19 de febrero de 2018

"El bosque animado"-Wenceslao Fernández Flórez


Nueva entrega de Alalimón.

"El bosque animado", novela escrita por Wenceslao Fernández Flórez.
"El bosque animado", película dirigida por José Luis Cuerda (Reseña de Chelo, aquí)

San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia “rugosa, frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves”.

En San Salvador de Cecebre hay un bosque, o mejor dicho, una fraga. Y este libro es la historia de la fraga de Cecebre. La fraga en lengua gallega es un bosque inculto, entregado a sí mismo, con varias especies de árboles mezclados. Pero para no confundir demasiado al lector poco habituado al idioma gallego hablaré aquí de bosque aunque en realidad, y que quede bien claro, es una fraga.

El bosque suena, se comunica y los árboles se hablan entre sí. Está vivo. Además, sus sonidos son distintos según el estado de ánimo. El bosque no dice las mismas cosas de día, cuando lo transitan los humanos o de noche, cuando la luna le da un halo plateado y embellece todo. El bosque no suena igual si hace sol o si está lloviendo; cuando llueve los goterones hacen ruido de pisadas y parece que el bosque camina lleno de gente en marcha.


Cuando la lluvia visita el bosque se esconde en los sembrados esponjosos y bajo la hierba de los prados, engorda a las plantas, ensancha los musgos, convierte el polvo de los caminos en barro y las corredoiras en cauces.

El bosque cambia como cambian las estaciones. Se engalana cuando el invierno llega y a través del suave terciopelo del musgo, entre el crujir de los líquenes, aparecen por el suelo setas multicolores: “Esos enanitos de gorros de colores que son los hongos y que tienen sangre de agua, porque son hijos de la lluvia”.

En el bosque no solo están los árboles, también lo habitan otros seres que le dan vida. El topo Furacroyos, de color gris invierno busca a su esposa perdida y vive en su retiro subterráneo donde también habitan los seres mágicos que fueron desplazados por la incredulidad de los hombres; la mosca Hu-hu, al frente del pueblo pardo ha encontrado la igualdad social y junto a sus congéneres es feliz aunque, en su uniformidad, las moscas no se escuchan unas a otras porque todas piensan lo mismo; el murciélago Abrenoite se reparte los crepúsculos con el gallo. 

Entre los animales del bosque hay solidaridad, el pueblo pardo incluso realiza actos terroristas como desagravio a los ataques que sufren (se introducen en los oídos de los hombres, en su comida, en su bebida, y molestan hasta volverlos locos). Los habitantes del bosque cuando se saludan no se desean un buen día o una buena noche, se dicen: “¡Que el hombre te ignore!”

Y también están los hombres. 

Marica de Fame vive míseramente con sus hijos Fuco y Pilara, es tan pobre que no tiene más tierra que la que le hayan de dar al morir en el cementerio. Geraldo habita en lo alto de un castro, trabajó como ballenero pero volvió a Cecebre porque era un hombre de tierra, tenía alma de labrador y en el mar no era feliz. Las hermanas Roade llegaron de la ciudad porque la humedad de la costa las enfermaba y aunque la noche del bosque es más oscura que en la capital, su salud ha mejorado sensiblemente. La familia D’Abondo, propietaria de las tierras de la comarca, vive rodeada de comodidad y calor en el pazo. Moucha, la bruja, tiene el libro de San Ciprián con todos los conjuros necesarios para curar a los ameigados. El señor de la tesis, un hombre de Madrid que se dedica a estudios científicos, recala en Cecebre en busca de tranquilidad para poder escribir -no sé muy bien por qué, pero sentí cierta afinidad con este personaje-.


De todos los hombres, el único que se atreve a vivir en el bosque es Xan de Malvís, o como él prefiere que le llamen, Fendetestas. El único habitante humano del bosque abandonó sus tareas de jornalero para “emprender la higiénica vida del ladrón de caminos” porque la vida de bandido puede ser dura pero lo es más arar. No le importa vivir en el bosque pero tiene un grave inconveniente: no hay tabaco y a él le gusta mucho fumar. Asalta a los caminantes que se adentran en la fraga al grito de “¡Alto, me caso en Soria, la bolsa o la vida!”. En cada uno de sus atracos espera anhelante que su víctima sea un cura pues su sueño es robar algún día a uno. Un ladrón sumamente peculiar.

En el bosque también hay espíritus. La Santa Compaña se pasea por allí de vez en cuando, para susto de quienes creen verla de lejos. Nadie quiere tomar el testigo del penitente que encabeza la fila de ánimas por lo que todos vuelven la cara evitando mirar tan fantasmal comitiva. Este desfile solo se puede dar en lugares como la fraga, "en las tierras llanas la gente es más seca y carece de fantasía".


Pero no todos los fantasmas procesionan en grupo, algunos van por libre y en solitario. Ese es el caso de Fiz Cotovelo que no cumplió su promesa de acudir a San Andrés de Teixido (allí va muerto quien no fue vivo) y anda penando desconsolado para disgusto de Fendetestas que ve mermada su clientela desde que en el pueblo se corrió la voz de que un espíritu deambula por el bosque. 

Todo este variopinto elenco de personajes se pasean por el bosque y por las páginas de este libro entrañable. Como si de un cuento mágico se tratara, Fernández Flórez nos relata la vida de los habitantes, habituales u ocasionales, de la fraga de Cecebre.

Con un lenguaje poético y evocador, con ciertos tintes de realismo mágico, la prosa maravillosa de esta novela nos sumerge en un bosque encantado. Un bosque donde se encuentra la Vida, así con mayúscula, y también, como no, la Muerte porque la una no es posible sin la otra.

La lectura de este libro es un paseo por un bosque entrañable, lleno de humor, de ternura, de tristeza y de acentos cadenciosos que, personalmente, me trasladan a épocas muy bonitas de mi niñez. Un paseo que recomiendo encarecidamente a todos.

Al igual que todo gallego ha de ir alguna vez en la vida a San Andrés de Teixido, todo buen lector español ha de leer una vez al menos “El bosque animado”. Un canto precioso a la vida.


Vídeo "El bosque animado"







14 de febrero de 2018

Olvido


En un rincón, olvidadas, recuerdan tiempos mejores: imágenes y sonidos que forman parte del pasado, cadencias melancólicas de las teclas de un piano, compases alegres de las cuerdas de un violín.

Apartadas, arrinconadas, inútiles en una caja vieja de cartón, rememoran otro tiempo cuando vivieron horas intensas, cuando Ella las mimaba, las buscaba con ansiedad para mantener los pies erguidos en un equilibrio imposible y así, juntas, mecerse al compás de una melodía: plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

Sobre la supeficie de raso los desgarros de la tela, como cicatrices de guerra, hablan de las horas de ensayo, de los giros fallidos, de las caídas. Las suelas desgastadas muestran los innumerables pasos de baile sobre el parqué. 

Hoy abandonadas, recuerdan el ayer; los ensayos delante del espejo. La mano derecha de Ella aferrada a la barra, los pies en punta. Plié, jeté, una y otra vez, repitiendo hasta la extenuación. Practicar para conseguir la ejecución perfecta. “Vamos con el primer ocho. Empezamos en quinta y terminamos con un demi-plié”. Bajo la atenta mirada de la Profesora, y siguiendo sus órdenes, los movimientos exactos, precisos, de la coreografía se convierten en armonía con los pies de Ella. Vocablos en francés a voz en grito son gracilidad sobre el entarimado, arte en movimiento. “Repetimos a partir del tercer ocho. Esa barbilla arriba, las manos en sexta. Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis”.

Olvidadas, recuerdan el nerviosismo que lo impregnaba todo antes de la función. A través del telón llega el murmullo apagado del público expectante.“¿Estará mamá? Sí, seguro que sí. No puede faltar”. Las carreras entre bambalinas. “Ese moño más estirado, esas cintas bien apretadas. Venga niñas, colocaos bien. Tercera posición”. Los acordes de la orquesta afinando sus instrumentos, el piano, el violín, “Do mayor, iniciamos la opertura cuando se apaguen las luces. Uno, dos, tres”. Toses en el patio de butacas. “Atentas a las posiciones, cada una en su marca. Al centro, salid… ¡Ya!”

El cortinaje se aparta. Los focos cegadores impiden ver qué hay delante. Silencio. Los primeros acordes comienzan a sonar. Primer ocho, segundo ocho, tercer ocho. Roces de tul, seda deslizándose por el escenario. Ella girando, saltando, dibujando en el aire la música. Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Aplausos, ovaciones. La satisfacción del trabajo bien hecho, el resultado de muchas horas de tesón.

Recuerdan un pasado que se fue. Tiempos de nostalgia guardados en una caja de cartón.

Ella decidió buscar otros ritmos, nuevos sones más actuales. El parqué fue sustituido por el asfalto, el piano por el bombo, Tchaikovsky por Eminem, Viena por el Bronx. Ahora los movimientos son más bruscos, menos sutiles. Los pies de Ella ya no las necesitan.

En un rincón, olvidadas, recuerdan, añoran, perdonan. Esperan y confían.

Esperan que Ella evoque la cadencia de un adagio, la energía de los allegro o la hermosura de un arabesque. Confían que Ella también recuerde. Entonces volverá a buscarlas para sentir juntas la emoción de bailar. Al son de acordes armoniosos, saltarán con las teclas de un piano, vibrarán con las cuerdas de un violín, dibujarán hermosas figuras en el aire. Y bailarán.

Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis.  





Hada verde:Cursores
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