21 de abril de 2018

Un amor difícil (ni contigo, ni sin ti)



Hace unos días Julia C. escribió un precioso relato donde contaba de una manera sumamente poética, e insunuante, su relación con Morfeo (Morfeo y yo). Ella hablaba de ese amante esquivo que le escamotea sus atenciones, de cómo le añora cuando no está y cómo le agradece cuando sí está. Leyéndola, recapacité sobre mi propia relación con Morfeo y me di cuenta de que es muy diferente a la que tiene ella. Me propuso que escribiera sobre esa relación y yo, que me apunto a un bombardeo, acepté encantada.

Y aquí estoy para contar cómo es mi idilio con Morfeo.

Morfeo conmigo es atento, si por atento se entiende que acude a nuestra cita diaria por la noche. Es bastante puntual. Aunque si ahondamos más en el concepto “atento” tampoco se lo curra mucho, las cosas como son. Pero de esto la culpa la tengo yo, que soy una amante muy facilona y poco exigente.

Él viene y según llega, triunfa, porque consigue su objetivo –y el mío– en un plis plas. Me quedo frita en cuanto toco la almohada –a veces, incluso antes– así que es un amante muy eficiente, pero no todo el mérito lo tiene él, que yo también pongo de mi parte.

Suelo hacer bastante ejercicio físico –no es que sea deportista, es que a menudo llego tarde a los sitios por lo que me tengo que desplazar siempre corriendo, algo que tiene el lado positivo de hacer footing a la vez (yo lo llamo footing-colateral)– y además tengo una mente muy simplona que me ayuda a dejar los problemas de la jornada aparcados para el día siguiente. Estas dos características de mi rutina diaria son unos afrodisíacos estupendos para recibirle, así que cuando Morfeo acude a mí, me encuentra lista y predispuesta. Lo dicho, soy facilona.

Pero, a veces, esa atención que tiene conmigo me incomoda. Porque su querencia por visitarme es excesiva. No quiero que se me enfade –no está el patio como para ir desdeñando buenos amantes– pero en ocasiones me gustaría que no me atendiera tanto. Porque conmigo Morfeo es un poquito sobón; las caricias cuando se prodigan en demasía empiezan a ser cargantes, y tanta insistencia molesta cantidad.

Si digo esto es porque algunas veces me visita en momentos que no deseo o en los que estoy a otra cosa y “no me apetece hacerlo”. Que sea facilona no quiere decir que sea una obsesa y creo que ahí Morfeo se equivoca conmigo. Que me visite por la noche y cuando estoy en la cama, está bien (y eso depende de qué esté haciendo en la cama aunque no voy a entrar en detalles), pero cuando lo hace en otros lugares… su presencia podría considerarse acoso.

Morfeo me ha visitado en el cine –las luces apagadas y un tostón de película también son excelentes afrodisíacos cuando de Morfeo se trata–, o ha venido a verme cuando asistía a una conferencia –las luces estaban encendidas pero el conferenciante actuaba como un auténtico Valium con piernas–.

Hasta en el metro ha llegado a acosarme. En este último sitio es donde más me molesta que me posea, porque el runrún y el suave vaivén del vagón ayudan mucho a ello y yo me dejo. Lo malo es que después, cuando se va, yo me quedo cinco o seis estaciones lejos de mi destino y me tengo que poner a hacer una sesión extra de footing-colateral, con lo que se lo pongo más fácil para que por la noche Morfeo vuelva a triunfar, entrando así en una vorágine de darle al tema constantemente, y la verdad, lo poco agrada, pero lo mucho enfada.

Morfeo es un buen amante. Después de su visita, yo siempre me siento muy relajada y de buen humor, así que cumple con su cometido amatorio, pero siempre tengo la sensación de que mientras estoy con él me estoy perdiendo otras cosas también agradables e interesantes. Me temo que además de facilona soy algo casquivana.

En esta relación yo acepto que él se vaya con más personas, sé que no soy la única en su vida amorosa, y no me importa. Por eso, y por equilibrar la balanza, a mí también me gustaría tener mi propio espacio, ir a mi bola sin tenerlo rondando a todas horas no permitiéndome hacer a gusto otras cosas. Entre esas cosas se encuentra leer un buen libro sin dar cabezadas, por ejemplo. Morfeo conmigo es muy pesado, la verdad. No sé qué me ha visto.

Así que intento cambiar de aires con “otros”. Pero es difícil, porque Morfeo no permite que le abandonen así como así, aunque ese abandono sea temporal. Él quiere en todo momento llevar las riendas de la relación, él decide cuándo viene y cuándo se va y eso a mí me molesta mucho.

Con quien más suelo filtrear para dársela con queso a Morfeo es con Café. Me gusta mucho Café y por varios motivos. Su aspecto es muy atractivo –soy facilona, casquivana y… superficial, ¿qué pasa?–. Huele muy bien, me encanta su olor. Y, a veces, se presenta con una apariencia muy provocativa –cuando se pone nata por encima me vuelve loca–. Pero de Café también me gusta el interior, tiene una cualidad que le hace totalmente opuesto a Morfeo y por eso me gusta más –buscarse otro amante que es igual a lo que una ya tiene, siempre me pareció absurdo y poco práctico–, esa cualidad es la cafeína. Café es estimulante, jaranero, alegre, me hace sentir viva. Pero es inconstante también.

Café suele ser un buen amante, cumple como yo espero y me lo paso muy bien, pero a veces aunque se viene conmigo está como ausente. Su cualidad interior, la cafeína, no surge y no me siento tan viva. Es entonces cuando Morfeo, que es muy listo, se da cuenta y viene a visitarme en plan rechifla para recordarme quién manda en mí, quien es el dueño en nuestra relación: él.

También reconozco que las pocas veces que he escapado de sus garras y he conseguido estar bastantes horas alejada de él, al final le he echado de menos. No soporto más de una o dos noches sin su compañía, entonces le añoro mucho. Menos mal que Morfeo no es rencoroso, y siempre perdona mis infidelidades. Cuando le evoco, viene presuroso, hacemos las paces y nos reconciliamos.

Tenemos una relación difícil Morfeo y yo, pero creo que conseguimos una aceptable avenencia. De momento. Cualquier día, harto de mis devaneos, me abandona y entonces lamentaré ser tan ligera de cascos.




NOTA: Este relato no corresponde a ningún ejercicio del curso. Simplemente Julia me sugirió que contara cómo me llevo yo con Morfeo y accedí. Tenía ganas de escribir alguna gamberrada de las mías y vi en esa invitación una ocasión de volver a mis orígenes. 
Ningún profesor ha corregido esto, pero vosotros tenéis licencia para objetar lo que os parezca bien.

18 de abril de 2018

"Los restos del día" - Kazuo Ishiguro



Stevens es un mayordomo de los de toda la vida, al más puro estilo inglés. Trabaja en la mansión de Darlington Hall desde hace más de treinta años. El antiguo dueño, lord Darlington falleció y ahora la casa es propiedad de un norteamericano, mister Farraday. Este nuevo propietario tiene unas ideas más avanzadas que el fallecido lord y da aires nuevos a la casa. Algo que incomoda sobremanera a Stevens, porque a este mayordomo no le gustan muchas cosas pero especialmente detesta los cambios.

Cuando Stevens decide tomarse unas vacaciones, las primeras en un montón de años, aprovecha para visitar a miss Kenton, un ama de llaves que trabajó en la casa y que la abandonó cuando contrajo matrimonio. Esta antigua ama de llaves previamente le ha escrito una carta quejándose, veladamente, de su situación sentimental y Stevens deduce que quiere volver a trabajar con él.

Mister Farraday le ofrece su propio coche y hasta le sufraga la gasolina para que realice ese viaje. Antes de partir le acosan múltiples problemas que le agobian y preocupan. El principal es que no sabe qué tipo de atuendo es el más adecuado para viajar. Porque Stevens no ha salido de Darlington Hall y sus alrededores desde hace muchos años, aun así se siente un privilegiado y no ha visto necesidad de viajar.

“Considero que durante todos estos años, sin salir de esta casa, he tenido el privilegio de ver lo mejor de Inglaterra”

Salir de su reducto de seguridad también le asusta. Su “reino” es una casa donde él gobierna el mantenimiento de la misma y fuera de ese feudo no se siente cómodo ni protegido. El exterior le resulta amenazante por desconocido. Salir de Darlington Hall se le antoja peligroso, se siente indefenso.

“Como un barco cuando se adentra en el mar y pierde de vista la costa."

Esos días de camino a la ciudad donde habita miss Kenton los aprovecha Stevens para reflexionar sobre muchos temas relacionados con su austera vida. Se plantea una serie de cuestiones como ¿qué significa ser un gran mayordomo? Una gran pregunta y muy importante para Stevens. Con este interrogante suministra al lector multitud de ejemplos y situaciones ya vividas por él que muestran cómo ha de comportarse un gran mayordomo –no un mayordomo cualquiera, sino uno de los grandes–.

Una de las cualidades que todo gran mayordomo ha de poseer es dignidad.  Y a raíz de esta premisa cuenta más situaciones que ejemplifican en qué consiste esta virtud.  Otro concepto que analiza y que explica, siempre según su particular punto de vista, es la grandeza. Hay muchas más cuestiones que Stevens analiza, como qué es ser distinguido, la poca importancia que tiene ser antisemita o lo transcendental que es saber limpiar bien la plata.

Con la explicación de estos temas Stevens evoca épocas pasadas donde se muestran de paso retazos de su vida. Una vida siempre ligada al devenir de su patrón, una vida vivida a través de la evolución de su amo.


No destriparé el libro detallando qué significa para él la dignidad o la grandeza, pero desde luego su idea de esos conceptos no coincide en absoluto con la que tengo yo. Para que yo pensara igual que él necesitaría ser xenófoba y engreída (puede que lo sea pero creo que en mucha menor medida que este personaje).

“Solo es un gran mayordomo el que a lo largo de su carrera ha estado siempre al servicio de grandes caballeros, y a través de estos ha servido a toda la humanidad”

“En nuestra profesión no debemos dejarnos llevar por nuestros sentimientos y debilidades. Nuestra obligación es acatar los deseos de nuestro patrón.”

“Solo existen mayordomos en Inglaterra, en otros países hay criados”

A través de sus pensamientos y las escenas que evoca y relata, el lector se hace una idea de cómo es Stevens. A mí se me representó como un ser estirado, tan sumamente educado y serio que se muestra antipático, no sabe hacer bromas pues ni siquiera las entiende cuando se las hacen a él. Un individuo sumamente desagradable.

A lo largo de esta novela sentí mucha antipatía por el protagonista. Su manera servil de comportarse con los patrones y su arrogancia con los demás sirvientes, o incluso con el resto de la población que no es un “amo”, se me hizo insufrible. Pero esta impresión se desvanece poco a poco y a pesar de su insistencia en mostrarse como he señalado más arriba, porque según se desarrolla ese viaje al encuentro de miss Kenton se adivina a un pobre hombre.

En realidad Stevens es un ser desvalido, que añora tiempos de esplendor ya pasados. Es un hombre que se ha quedado solo, pues sus amigos eran otros mayordomos que desaparecieron del panorama laboral cuando las mansiones se fueron adaptando a los nuevos tiempos. Ante esta situación Stevens vacila, se siente desamparado, indefenso, no sabe reaccionar ni adaptarse al cambio.

Stevens por no adaptarse ni siquiera se da cuenta de que los conceptos tan importantes de su vida, dignidad y grandeza, han sido sustituidos por otros nuevos: nostalgia, soledad e incertidumbre. Lo que él pretende mantener son los restos de un tiempo que se fue.







14 de abril de 2018

Claveles sobre la acera


El sábado había amanecido con un sol radiante, después del duro y largo invierno esos tímidos rayos de sol eran muy bienvenidos.
Greta miró por la ventana hacia el cielo azul y luego sonrió.
—Karl, ¿qué te parece si nos tomamos un café en el Kiepenkerl?
—No, café no, sabes que no es bueno para tu tensión. Además a ti te gusta muy cargado y luego vienen los sustos. Si quieres, vamos después de comer, pero te tomas una infusión.
—Está bien, me tomaré una infusión. ¡Qué cascarrabias eres!
Greta y Hans decidieron celebrar la llegada del primer día real de primavera acudiendo a una de las terrazas de la ciudad.

Serenarme. Tengo que serenarme. ¿Cómo me voy a serenar? No puedo consentir que me traten así. Esos idiotas de la oficina no hacen más que cuchichear a mis espaldas. Siempre me miran mal, y se ríen de mí en cuanto me doy la vuelta. Sé que le cuentan cosas de mí al supervisor. Todo mentira. Me tienen envidia y quieren que me vaya. Puede que lo haga. Pero no se lo voy a poner fácil. Antes se van a enterar de quien soy yo.
¡Vamos, imbécil! Arranca ya, el semáforo se puso en verde hace un rato. Son todos unos estúpidos.

Tras recoger meticulosamente la mesa donde habían comido una ensalada con salchichas y unas chuletas de cerdo, Hans se dirigió al dormitorio para cambiar el cómodo chándal que siempre llevaba en casa por unos vaqueros y un suéter de algodón. Mientras, Greta se daba un poco de colorete en las mejillas, aunque las dos copas de Rioja que se había tomado ya le habían coloreado naturalmente los mofletes. Normalmente no tomaban vino en las comidas, pero esa botella había sido un regalo que Helga les había traído de sus vacaciones en España.
—Podríamos ir a bailar esta noche, cielo. Este sol me pone de buen humor y me anima mucho.
—Creo que el responsable de tu ánimo no es el sol, sino el contenido del regalo de tu amiga Helga —respondió Hans mientras miraba a su mujer con una sonrisa pícara.

Menuda panda de cretinos. No saben trabajar, si no fuera por mí nada funcionaría en la oficina. No saben nada, se olvidan de los plazos y luego vienen las reclamaciones a mí. Yo no fui el culpable de aquella demanda, fueron ellos. Pero no lo ven. No. No lo ven, no lo ven. Solo saben cotillear y vaguear. Y cuando algo sale mal las culpas al imbécil, al de siempre. No quieren reconocer que soy precisamente yo quien mantiene el funcionamiento de la empresa. Si no fuera por mí... Pero ya se enterarán, ya. Cuando ya no esté allí se darán cuenta y me echarán en falta. Pero entonces ya será tarde.

A Greta le gustaba mucho el sol. En Münster no se veía muy a menudo, pero en cuanto aparecía lo aprovechaban bien. Por eso envidiaba a Helga. Siempre que le hablaba de sus habituales estancias en España se ponía verde de envidia. Envidia de la sana, pero envidia. Cómo le gustaría disfrutar del clima mediterráneo. Hans y ella ya habían contemplado la posibilidad de comprar una casita allí, cerca de alguna playa; tenían algunos ahorros y hasta habían empezado a consultar en una inmobiliaria.

Nadie me conoce, nadie me entiende, ni esos listillos de los psicólogos que cobran una fortuna por hacer que te escuchan durante media hora. O los médicos, lo único que saben es recetar pastillitas de muchos colores. ¡Qué sabrán ellos! Yo no estoy loco, soy excepcional. Sé cosas que nadie sabe, entiendo muy bien lo que está pasando, veo cosas que los demás no saben ver. Me doy cuenta de lo que pasa, pero los demás no. Yo no estoy loco. Los demás están ciegos. Pero pronto verán, se enterarán de quién soy yo.

Otro de los regalos que Helga trajo de España fue una maceta con claveles rojos. Cuando Greta los vio lo primero que pensó fue que no iba a conseguir que sobrevivieran. Pero gracias a los cuidados de Hans, que era un estupendo jardinero, la planta no solo había resistido el duro invierno alemán, sino que había conseguido florecer aún más. Greta apreciaba mucho esa maceta, estaba prendada de la vistosidad de esas bonitas flores. Por eso, cuando Hans se acercó con dos claveles que había podado de la planta, frunció el ceño.
—¡Oh, no! ¿Por qué los has cortado? Las flores donde mejor están es en la tierra y vivas.
—Quedan aún muchos, y me apetecía regalártelos. Póntelos en la chaqueta —contestó Hans.
Con los dos claveles en la solapa de su chaqueta de punto, Greta se agarró del brazo de su marido y salieron juntos a sentarse en la terraza de su restaurante favorito.

No puedo más. No soporto sus miradas, no tolero más sus críticas, su tono lastimero cuando se dirigen a mí, como si fuera un pobre desgraciado. Lo dejo. Me voy. No lo aguanto. Es todo culpa de ellos. Pero antes se van a enterar, pagarán por lo que me han hecho.
Quítate de en medio, idiota, cruza de una vez, yo no pienso frenar. Maldito tráfico, no se puede circular, en cuanto sale un rayo de sol todos a la calle, como si fueran lagartos. ¡Que se tomen sus cafés en su casa y dejen libre el paso, joder!

Mientras Greta y Hans tomaban sus bebidas sentados en una de las mesas más cercanas al borde de la acera que tenía el Kiepenkerl, oyeron gritos y el ruido de unos golpes metálicos. Cuando Hans levantó la vista de su taza vio un coche que se abalanzaba sobre ellos, antes de que los golpeara brutalmente solo tuvo tiempo de coger la mano de Greta en un vano intento de salir de allí.

Después de que los sanitarios terminaran de llevarse las víctimas del atropello múltiple, uno de los policías encargados de fotografiar la escena vio dos claveles rojos tirados en el suelo. El rojo de los pétalos destacaba en el pavimento gris, un rojo muy diferente al de la sangre que se encontraba por todas partes. Si no fuera por la tragedia que se acababa de producir al policía le hubiera resultado una fotografía muy bonita: claveles sobre la acera.

Este ejercicio ha sido el último del curso. En él se nos pedía que tomáramos una noticia de un periódico y contáramos una historia con alguno de sus personajes. Supongo que, a estas alturas ya sabéis qué noticia utilicé como base argumental, no obstante, al final pongo un enlace. 
A modo de despedida y recapitulación del curso quise utilizar varias de las herramientas que he aprendido a lo largo del mismo: historias cruzadas, diálogos, presentación de personajes, monólogo interior, etc. Ya me contaréis qué os ha parecido este relato como colofón.

NOTA: Si os creíais que ya os habíais librado de mis relatos, estáis equivocados. Me he apuntado a otro bloque de tres meses, así que aún me vais a tener que aguantar una buena temporada. 
Disculpen las molestias.

11 de abril de 2018

Stephen Hawking


Con motivo del reciente fallecimiento de Stephen Hawking hoy traigo en la sección de “Demencia, la madre de la Ciencia”, una semblanza suya a modo de homenaje.

Stephen nace en el año 1942, estamos en la Segunda Guerra Mundial y Londres, donde viven sus padres, es bombardeado sin misericordia por la Luftwaffe, por lo que su familia decide trasladarse a Oxford y allí acaba naciendo el ocho de enero (otro ocho de enero, pero de trescientos años antes, falleció Galileo Galilei).

University College de Oxford

Sus años escolares los cursa en Saint Albans. A Stephen le gustan las matemáticas, y es esta disciplina la que quiere estudiar en la Universidad, pero su padre –un especialista en parasitología– quiere que estudie en el University College de Oxford, y ahí no imparten ese grado, por lo que el joven Stephen inicia allí sus estudios en Ciencias Naturales, para especializarse luego en Física. Tras conseguir el grado universitario se traslada al Trinity Hall de Cambridge para cursar el posgrado y allí se doctora en Física, tiene veinticuatro años.

Trinity Hall de Cambridge

Mientras se prepara el doctorado, se casa con Jane Wayline. De este matrimonio tendrá tres hijos.

Antes de iniciar el doctorado, Hawking muestra signos de la enfermedad que le acompañaría durante toda su vida. Un día, patinando en el hielo, se cae y tiene dificultades para levantarse. Con veintiún años le diagnostican la enfermedad lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad neurodegenerativa que produce parálisis muscular progresiva y que le obliga a desplazarse en silla de ruedas. En 1985, a causa de una neumonía, le tienen que practicar una traqueotomía y a consecuencia de esta maniobra pierde el habla; desde entonces solo puede comunicarse mediante un sintetizador de voz que pronuncia en voz alta sus pensamientos.

En 1990, y tras veinticinco años de matrimonio, se divorcia y se casa, cinco años después, con Elaine Mason, una de las enfermeras encargadas de cuidarlo. Este matrimonio duraría hasta el año 2007.

Hawking fue profesor en la universidad de Cambridge como titular de la cátedra de Matemáticas (la misma que ostentó Newton). Se jubila en 2009 y fallece, a la edad de setenta y seis años, el 14 de marzo de 2018.
 
Hawking con los protagonistas de la serie televisiva 'Big Bang Theory'
Como físico se dedicó a la investigación, siendo muchas sus contribuciones en este campo. Recibió múltiples galardones, entre los que cabe destacar la Orden del Imperio Británico y el premio Príncipe de Asturias a la Concordia, o los doce (doce, ahí es nada) doctorados Honoris Causa.

Sus teorías son muchas y también muy complejas. En un principio su interés se centró en la termodinámica, la relatividad y la mecánica cuántica. Enunció varios teoremas de singularidad donde probaba la existencia de una singularidad espaciotemporal en el espacio-tiempo y que las singularidades son una característica bastante genérica de la relatividad general. No me voy a poner a explicar en qué consisten las singularidades, entre otras cosas porque no las entiendo. Como tampoco entiendo en qué consisten la mayoría de sus trabajos. A lo más que llego es a medio comprender que intentó conciliar la teoría de la relatividad de Einstein con la teoría cuántica. 

También trabajó el concepto de “agujero negro” –zonas geométricamente bien delimitadas en el espacio, donde existe tanta gravedad y masa concentrada que impide el paso de la luz–. Según él, el espacio y el tiempo tienen un principio en el big bang y un final dentro de agujeros negros.

Asimismo, afirmó que debería haber una ley que hacía imposible viajar en el tiempo, pero al no encontrarla –lo que no implica que no exista– llegó a decir, haciendo gala de un gran sentido del humor:

“Quizá el viaje en el tiempo sea posible, pero no es práctico”

Pero creo que a Hawking se le conoce especialmente por sus ideas religiosas –o sería más correcto decir no-religiosas–, entrando en el terreno de la filosofía a través de la física. Aspecto este que a mí me fascina mucho. Para mostrar qué pensaba este maravilloso científico citaré aquí alguna de sus frases más ilustrativas –perfectamente comprensibles–.

"No soy religioso en el sentido normal de la palabra. Creo que el Universo está gobernado por las leyes de la ciencia. Esas leyes pudieron haber sido creadas por Dios; pero Dios no interviene para romper las leyes."

“Dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo y se creó de la nada. La creación espontánea es la razón de que haya algo en lugar de nada, es la razón por la que existe el Universo, de que existamos. No es necesario invocar a Dios como el que encendió la mecha y creó el Universo.”

Siempre se definió a sí mismo como ateo. De hecho, manifestó que para él ciencia y religión son incompatibles. Puede que no entienda muchas de sus teorías y/o demostraciones, pero con esta última aseveración estoy plenamente de acuerdo.

“En el pasado, antes de que entendiéramos la ciencia, era lógico creer que Dios creó el Universo. Pero ahora la ciencia ofrece una explicación más convincente. Lo que quise decir cuando dije que conoceríamos 'la mente de Dios' era que comprenderíamos todo lo que Dios sería capaz de comprender si acaso existiera. Pero no hay ningún Dios. Soy ateo. La religión cree en los milagros, pero estos no son compatibles con la ciencia.”

Dicen de Hawking que fue un luchador, que asumió su enfermedad con entereza y que dio muestras de un gran valor para seguir con sus trabajos a pesar de sus limitaciones físicas. Sin negar ni un ápice de valía a esto, yo creo que donde realmente demostró que estaba hecho de una pasta especial fue al dedicarse a divulgar sus ideas. Eso sí que tiene mérito.

No es fácil explicar alguna de las cosas que él desarrolló y, con todo y con eso, consiguió que los simples mortales entendiéramos, más o menos, qué es un agujero negro. Tenía muy claro que los conceptos científicos no son exclusivos de los investigadores, que el hombre de la calle tiene el derecho de estar al tanto de lo que hacen los científicos.

“Si la gente no sabe qué hacen los científicos, no apoyará a la Ciencia y eso será un desastre para la Humanidad”

Publicó varios libros de divulgación. Breve historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros, Brevísima historia del tiempo o El universo en una cáscara de nuez son los títulos más conocidos. Aunque no sé yo hasta qué punto alguno de estos libros se puede considerar al alcance del entendimiento de todos. Yo me leí Brevísima historia del tiempo y algunos pasajes se me hicieron muy cuesta arriba, pero con El universo en una cáscara de nuez no llegué a pasar de los dos primeros capítulos. Torpe que es una.

También se atrevió con la literatura juvenil y escribió algunos libros en colaboración con su hija Lucy. Mi propia hija leyó dos de ellos y se entusiasmó con el Universo y sus leyes. Creo que esas lecturas supusieron el empujón definitivo para que se decantara por el estudio de las Ciencias.

Dos de los libros para niños que escribió Stephen Hawking en colaboración con su hija Lucy


Pero, además de todo esto, no tuvo ningún inconveniente en aparecer, y así manifestar su apoyo incondicional, en series con trasfondo científico, como es la desternillante “Big Bang Theory”. Siempre fue un firme defensor de la difusión de los conocimientos científicos, algo que le hace aún más grande.

Podría escribir muchas más páginas sobre él. Sus ideas sobre la existencia de vida extraterrestre y su oposición al proyecto METI [Messaging Extraterrestrial Intelligence (enviando mensajes a la inteligencia extraterrestre)] darían para otra publicación. Pero no me voy a extender más.

Cuando, con veintiún años, le diagnosticaron su espantosa enfermedad, le pronosticaron una esperanza de vida no superior a tres años. Fueron cincuenta y cinco los que sobrevivió a ese terrible mal, contradiciendo a los médicos y a los tratados de medicina, pues fue un caso excepcional.

Yo comparto el ateísmo de Hawking, pero en este caso tiendo a creer en un Dios que obró el milagro de retrasar –en contra de las leyes médicas­– la degeneración mortal para que pudiéramos todos beneficiarnos de su maravillosa inteligencia.

Va por usted, míster Hawking.



8 de abril de 2018

Dos historias diferentes y un mismo día



Este relato obedece a un ejercicio donde había que contar dos historias diferentes que se cruzaban en un momento dado. En todos los ejercicios del curso que realizo hay un tope de palabras, aunque el profesor es muy flexible con ese límite, todos tenemos claro que no podemos excedernos demasiado por una cuestión de tiempo y de educación (son dos horas de clase y ahí tenemos que exponer nuestros relatos siete alumnos). Si explico este detalle es para que se entienda la objeción (relativa) que me hizo el profesor y que al final expondré. Primero el relato.

DOS HISTORIAS DIFERENTES Y UN MISMO DÍA

Hoy era un gran día para Antonio, como todos en los que se celebraba una junta de propietarios. En este tipo de reuniones la mayoría de los vecinos deseaban terminar cuanto antes para irse a su casa a encargarse de sus propios asuntos. Pero Antonio, no. Él disfrutaba con las juntas de vecinos. Repasar las cuentas, hablar de los desperfectos y de las reformas necesarias en el inmueble, donde tenía su vivienda desde hacía más de treinta años, le animaba mucho.
Encararse con los morosos le excitaba especialmente, sobre todo con la vecina del tercero A, a esa le gustaba exigirle y recordarle, casi siempre con muy malos modos, sus obligaciones para con la comunidad. En cambio con el del cuarto C, que también solía ser bastante remolón a la hora de pagar los recibos, no se ponía tan bravo, puede que porque le sacaba más de una cabeza de estatura y, a juzgar por los brazos musculosos que no perdía ocasión de mostrar el muchacho, debía de pasarse media vida en un gimnasio.

Hoy no había sido un buen día para Sara, de hecho había sido un desastre. Se había levantado de muy buen humor porque el día lluvioso que había pronosticado el parte meteorológico se había convertido en una jornada con un sol radiante.
Tarareando con los auriculares puestos se encaminó al bufete donde trabajaba como becaria. Pero nada más llegar la sonrisa que siempre llevaba en la cara se le congeló cuando Margarita, la recepcionista, le dijo que don Bernardo la esperaba en su despacho. Escamada se fue hacia el sanctasanctórum del jefazo y se sentó en la silla enfrente de la mesa donde la recibió un ceñudo y taciturno don Bernardo. Con pocas palabras y algún circunloquio de cortesía, el dueño y jefe omnipotente del bufete le comunicó que estaba despedida. Parece ser que la crisis y la pérdida de clientes obligaban a hacer recortes y habían empezado por prescindir de sus servicios. Con el chocolate del loro han empezado, pensó Sara, pues ella era estudiante de cuarto de Derecho y la que menos cobraba, con diferencia, de todos los integrantes del despacho de abogados.

Todavía faltaban más de dos horas para la junta pero Antonio ya estaba listo para el evento. En una carpeta de cartón azul llevaba todas las actas de la comunidad y los extractos bancarios con los últimos movimientos de la cuenta donde se ingresaban los recibos y se pagaban los pocos gastos que una pequeña comunidad de vecinos como la suya solía tener.
Pero, según Antonio, había muchas cosas que discutir. El deterioro de los buzones y el mal estado de limpieza de la escalera eran problemas que había que solucionar. Esas contrariedades no se podían dejar de lado por mucho que el resto de sus vecinos solo quisieran terminar pronto. Él sabría retenerlos, tenía una batería de preguntas que hacer al administrador de la finca y un montón de sugerencias para mejorar los espacios comunes. Y, como siempre, sabría imponerse con su tono autoritario, levantando la voz y haciendo callar a aquellos que no supieran de qué estaban hablando, especialmente a las mujeres. No conseguía acostumbrarse a que vinieran ellas en lugar de sus maridos a las juntas. Qué sabría una mujer del tipo de material necesario para impermeabilizar un tejado, o del mantenimiento de la maquinaria de un ascensor, esas eran cosas de hombres. Y así pasaba, claro, que se ponían a hablar sin ton ni son. Pero para eso estaba él, para impartir orden, porque el papanatas del administrador no sabía poner a esas cotorras en su sitio.

Tras tomarse un café en un bar, donde leyó varias veces la carta de despido, Sara paseó aturdida por Atocha. No se lo podía creer. No era mucho el sueldo que recibía por trabajar como una mula, pero le resultaba suficiente para pagar los pocos gastos que le ocasionaba vivir en el pequeño pisito heredado de su abuelo. Sara no tenía grandes caprichos, desde luego no de los caros. Su mayor diversión consistía en tirarse en el sofá con un buen libro después de una jornada agotadora tras pasar la mañana en la facultad y la tarde en el bufete. Bueno, ahora tendría más tiempo para estudiar, pensó. El que no se consuela es porque no quiere.
Sonó el móvil, era Marta. No le apetecía contestar la llamada y contarle lo de su despido, seguro que pondría el grito en el cielo e insistiría para que denunciara a los del bufete por cualquier cosa que habrían hecho mal. Porque para Marta los que estaban ‘arriba’ siempre hacían las cosas mal y los que estaban ‘abajo’ sufrían las consecuencias. Marta no era mala chica, siempre le dejaba los apuntes cuando no podía asistir a clase por culpa de algún trabajo imprevisto en el bufete, pero hoy Sara no estaba para aguantar discursos de esos comunistas de salón, críos de clase alta que habían elegido el bando político contrario al de sus padres y que estaban todo el día con sus arengas sobre la lucha de la clase obrera cuando no habían visto un obrero de cerca en su vida; aunque sus intenciones eran buenas, no sabían de lo que hablaban.

Había llegado media hora antes pero Antonio se sentó a la mesa de reuniones de la gestoría y extendió los papeles como si de un consejo de ministros se tratara. Una vez desplegada toda su artillería se imaginó mentalmente dónde se sentarían el resto de los vecinos. Mientras el administrador seguía en su despacho haciendo que ordenaba algo con tal de no tener que darle palique, Antonio repasaba cómo iba a empezar a enumerar las tareas para abordar el nuevo ejercicio. Pero lo que más le preocupaba era quién sería el encargado de tomar el relevo de presidente de la comunidad. Por él no habría ninguna pega en renovar una vez más su cargo, pero llevaba ocho años siendo presidente y algunos vecinos ya empezaban a protestar. Que si había que dar un aire nuevo, que si tantos años una misma persona no era conveniente… ¿Qué más dará que el presidente siempre sea el mismo? pensó Antonio, lo importante es que quien ostente el cargo se tome las cosas con seriedad, como hacía él.

Sara sí sabía de clases obreras, porque ella misma era una currante. Aunque ahora, exactamente era una currante sin curro. Su abuelo trabajó en una fábrica de motos y fue un sindicalista que se jugaba el puesto de trabajo cada vez que participaba en una huelga, no como los de ahora que tienen tarjetas Black o cuentas en Suiza. El piso que recibió en herencia fue lo único que el pobre hombre consiguió después de casi cincuenta años trabajando ocho horas diarias de pie delante de una cadena de montaje. Un piso que no sabría si conseguiría mantener, sin ningún ingreso no podría ni pagar el recibo de la comunidad. ¡Ay, madre! ¡La comunidad! Hoy había junta de vecinos, recordó. Lo que faltaba para terminar una jornada horrible, pero peor de lo que le acababa de pasar no podía ser.

Mientras los vecinos de su comunidad empezaban a llegar, Antonio seguía haciendo cábalas sobre quién podría recaer la presidencia. El del primero B no, porque el hombre estaba ya muy mayor y completamente sordo. El del segundo C tampoco, tenía una casa en un pueblo de León y desde que se había jubilado pasaba largas temporadas allí. Hizo un repaso rápido por todos los pisos y ninguno de sus propietarios le pareció idóneo. De todos ellos el que menos era apropiado para ejercer la presidencia de la comunidad era el dueño del quinto D, el problema primordial estribaba en que no era propietario, sino propietaria. Por ahí sí que no iba a pasar Antonio; si ya le parecía una estupidez que asistieran las vecinas a una junta, que una de ellas se encargara de presidir la comunidad se le antojaba una auténtica aberración.

Aunque era lo que menos le apetecía en ese momento, Sara hizo de tripas corazón y se acercó a la gestoría para asistir a la junta de propietarios. Se sentó lo más alejada que pudo del presidente, el tío del quinto B. Ella solía llevarse bien con todos los vecinos pero a ese no lo soportaba, era un tipo estirado y con un eterno gesto de desagrado en la cara.
Estuvo toda la reunión como ida, no hacía más que darle vueltas a su nueva situación, ¿cómo iba a pagar las facturas? Pedir ayuda a su madre no era una opción, la pensión de viudedad que cobraba apenas le llegaba para mantenerse sola. Podría alquilar el piso y volver a vivir con su madre. Después de tanto penar para independizarse volvía a estar en la casilla de salida.
En esas estaba cuando notó que todos los vecinos la miraban. Sorprendida dirigió una mirada interrogativa al administrador y este, con una sonrisa de anuncio de pasta de dientes, le comunicó que era la nueva presidente de la comunidad. Y ella que creía que el día no podía ir a peor. Todos los vecinos sonrieron complacidos. Bueno, todos no. El del quinto B tenía una cara más amargada de lo que era habitual en él.


Como ya es habitual que me preguntéis qué opinó el profesor os diré que el pareció bien el ejercicio pero que la manera de presentar a los personajes hubiera sido más correcta a través de diálogos y situaciones concretas que mostraran cómo son. Tuve que darle la razón, pero si no lo hice así fue porque emplear esa técnica requiere de mucho más texto y aquí estaba el inconveniente que reseñé al inicio. La extensión recomendada era de 600 palabras, es cierto que el profesor no impide que nos excedamos pero dentro de un límite, y este relato tiene más de 1500, por lo que emplear diálogos o escenificar situaciones concretas hubiera llevado a un relato mucho más largo. Fui consciente de ello y por eso me decidí a utilizar un narrador omnisciente que contara todo y así poder resumir más. Ante mis explicaciones el profesor comprendió el motivo de mi forma de narrar y lo dio por bueno.




4 de abril de 2018

"Crónica de una muerte anunciada"-Gabriel García Márquez


Después de varias lecturas frustrantes y desilusionantes he decidido apostar sobre seguro y releer a todo un clásico que nunca me ha decepcionado: Gabriel García Márquez. Y lo he hecho con una de las mejores novelas no solo del escritor colombiano sino, me atrevería a decir, de la literatura universal.

A estas alturas creo que todo el mundo sabe de qué va la novela o incluso se la ha leído –para los que no lo hayan hecho les digo lo mismo que cuando me refería a ‘Cien años de soledad’, no sé a qué están esperando.

En esta novela García Márquez inventa más bien poco porque los hechos que narra están basados en el crimen de Cayetano Gentile Chimento, un amigo suyo que fue asesinado al ser acusado de quitarle la virginidad a una mujer cuyo esposo en la noche de bodas descubre que ha sido engañado. Los hermanos de la novia se ven obligados a limpiar el honor de la familia. Partiendo de este hecho, y como el periodista que fue en su día, García Márquez escribe una maravillosa historia de investigación periodística.




La novela narra en forma de crónica los hechos que rodean la muerte de Santiago Nasar en la madrugada siguiente al matrimonio fallido entre Bayardo San Román y Ángela Vicario. A través de los testimonios de diferentes personajes que fueron testigos de los sucesos previos al asesinato, el narrador –amigo de Santiago intenta hacer una composición global de todos los hechos y se pregunta si se podría haber evitado.

Para quien no haya leído la novela, o ni siquiera sepa de qué va, avisaré que no hago ningún tipo de destripe –spoiler le llaman, pero odio esa palabreja. De hecho, la novela empieza así:

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las cinco y media de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.”

En todo el texto se recalca el hecho indiscutible de que han matado a Santiago Nasar. Uno puede preguntarse a qué se debe que una novela empiece desvelando el final, también se lo preguntó el escritor Santiago Gamboa y en una conversación que mantuvo con García Márquez, éste le contestó: “Decidí poner el final en la frase inicial del libro. De este modo la gente descansa de la intriga y puede dedicarse a leer con calma qué fue lo que pasó”

Efectivamente, el lector ya sabe cómo va a acabar el pobre de Santiago Nasar, pero lo que no sabe es por qué lo asesinan. Y es lo que, poco a poco, se va desvelando en esta maravilla de novela.

Toda una galería de personajes va desfilando, cada uno con su historia y sus motivaciones. Plácida Linero, la madre de Santiago y que tiene un sueño premonitorio; Victoria Guzmán, la cocinera de la familia; Clotilde Armenta, la dueña de un negocio en la plaza donde fue asaltado Santiago; Flora Miguel, la prometida de la víctima; Lázaro Aponte, el alcalde; Bayardo San Román, el esposo ultrajado. Por esos testimonios que se desgranan, y que cuentan lo que hicieron la víctima y los verdugos antes del asesinato, el lector averigua qué causas están detrás de la tragedia. También conocemos cómo son los hermanos Vicario, los asesinos.

“Eran de catadura espesa, pero de buena índole”

Los hermanos Vicario no quieren asesinar a su amigo, pero el honor está por encima de todo y el ultraje a su hermana no se puede pasar por alto. Ellos también son víctimas de una educación y una sociedad que les hace responsables de cosas en las que realmente no creen. En la familia Vicario “habían educado a las hijas para casarse y a los hijos los criaron para ser hombres”.

No obstante,  en un vano intento de evitar lo inevitable, los hermanos hacen todo lo posible para que el homicidio se malogre. Pero el destino, la mala suerte, o lo que sea que gobierna la vida de los mortales, abocan a un desenlace trágico.

Porque en toda la novela se respira ese sino ineludible, todo el mundo sabe que van a matar a Santiago, todos menos la propia víctima.

“Parecía un fantasma, todo vestido de blanco”

Pero todos, en el fondo, no creen que algo así pueda ocurrir y unos por suponer que el propio Santiago también lo sabe, otros por dejadez, ninguno hace nada y este acaba siendo asesinado.

La genialidad de esta novela estriba en que aún sabiendo el final el lector llega a las últimas páginas queriendo saber qué pasa, algo absurdo si se tiene en cuenta que el autor ya nos lo avanza en las primeras líneas de la historia. Es tal la pericia en la forma de narrar esta muerte anunciada que me impliqué como un personaje más, de manera que yo, al igual que la mayoría de los vecinos y amigos de Santiago Nasar, creí que al final no le pasaría nada y conseguiría salvarse. Está claro que solo un maestro de las palabras como es García Márquez puede conseguir algo así.

“Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas.
Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.”







1 de abril de 2018

Un día como los demás


Nunca me ha gustado escribir diarios. De adolescente me regalaron uno y me dejé llevar por la moda imperante entre mis amigas, a las que sí les gustaba escribir sus vivencias en un papel. Pero abandoné esa práctica enseguida, creo que no llegué a rellenar ni siquiera una semana.
En el curso de escritura creativa que estoy realizando nos animaron a escribir nuestras vivencias diarias, como una manera de desarrollar nuestra escritura a través de lo cotidiano. Para mí, relatar el día a día me parece muy aburrido y mi subconsciente me hizo crear otra cosa que me parece nada tiene que ver con un diario, o puede que sí. Este es el resultado.

DÍA 1
No tenía ninguna gana de levantarme, las cervicales me habían regalado un estupendo dolor de cabeza matinal, pero a las nueve me esperaban en la facultad de Veterinaria para cuidar un examen. La perspectiva de tirarme una hora y media dando paseos por un aula, mientras noventa alumnos intentaban sacudirse una asignatura de encima, no era muy alentadora.

Me dirigí hacia allí. Hacía mucho frío y en la Ciudad Universitaria siempre hay dos grados menos que en el resto de la capital. Cuando crucé el puente que atraviesa la carretera de La Coruña creí que el frío me atravesaría el cráneo. Lo que me faltaba para el dolor de cabeza.

Lo bueno de cuidar exámenes estriba en que una puede pensar, hay silencio y nada mejor que hacer, aparte de observar: con interés a quienes se afanan en responder las preguntas y con lástima a quienes miran fijamente el examen buscando que las respuestas surjan de repente como si de un holograma se tratara. Así que esta mañana me cundió en cuanto a pensar, si se puede catalogar de pensamiento el hacer mentalmente la lista de la compra y repasar las tareas pendientes (y que probablemente se queden en el eterno apartado de “pendientes”).

El examen duró menos de lo esperado, así que aproveché para ir andando desde Veterinaria hasta Farmacia, el paseo me sirvió para fijar ideas y hacer un guion con todas las cosas que iba a plantearle al jefe en la reunión que teníamos convocada. Una vez más, no me ha dejado meter baza y me ha cargado de trabajo. Tengo que hacer algo al respecto, su verbo fácil me aturulla y siempre salgo de su despacho con la sensación de ser un pelele.  

Ya en casa, después de una comida frugal y mi imprescindible café, me he tirado toda la tarde corrigiendo el borrador que Paco me entregó. Me resultó complicado poner orden en sus notas y me llevó más de dos horas dejar un texto medianamente legible. Tengo que apuntar en mi particular lista mental de cosas para decirle, que no pretenda que le lea el pensamiento cuando me entregue sus borradores.

Cuando llegó Jose nos volcamos en nuestro relajante ritual de tomar una copa de Rioja en la cocina mientras preparamos un bacalao al horno. Me contó el malestar que hay en la oficina ante tantos cambios en la dirección; la sensación de estar continuamente en la cuerda floja ya es algo habitual cuando habla de su trabajo. Yo le conté mis batallas universitarias y lo contenta que salí del examen porque no pillé a nadie copiando. Esos instantes de compadreo con mi compañero son lo mejor que me suele regalar el día y el incentivo para aguantar todo lo malo que una jornada pueda acarrear.

DÍA 2
Hoy no me apetecía levantarme temprano, hacía un día desapacible y no tenía que ir a la universidad, así que me hice la remolona en la cama. Otra cosa que me tengo que apuntar en esa puñetera lista: madrugar más aunque no tenga la obligación de llegar a una cita temprana.

Empleé toda la mañana en acabar de ordenar el borrador del capítulo que estamos escribiendo Paco y yo. Reconozco que la tarea fue mucho más placentera de lo que creí cuando acepté el encargo. Adaptar las figuras y darle uniformidad al texto me supuso mucha satisfacción. Me gusta ordenar, me gusta el orden. Convertir el caos en armonía me gusta.

Comida con Jose y Almudena. Hoy Almu nos ha alegrado la sobremesa con sus buenas notas del cuatrimestre y con anécdotas de las prácticas de galénica. Tarde de lectura con un buen café. Placeres pequeños que hacen la vida muy agradable. Es en estos momentos, a priori insignificantes, donde yo encuentro la felicidad. Y es, en estos momentos, cuando yo me pongo trascendental. Qué cosas.

OTRO DÍA 
Hoy ha nevado prácticamente todo el día. Recuerdo las nevadas de mi niñez como algo insólito e ilusionante y hoy ha sido igual. Con tanto frío y un día tan desapacible se me fastidió el paseo por El Retiro, pero el cambio de planes fue agradable. Descorrí las cortinas para que la visión de los copos de nieve descendiendo por el aire adornara el salón, como si de un cuadro se tratara. Al mal tiempo, buena cara.

He disfrutado de una mañana de domingo invernal, ordenando, cambiando libros de sitio y haciendo limpieza. Otra vez me he volcado en la lucha contra el caos, cajones desordenados con una mezcolanza de objetos depositados allí de manera provisional se han convertido en lugares donde encontrar lo que se necesita (siempre y cuando se pueda necesitar tanto trasto como tiendo a guardar, que lo dudo).

Por la tarde publiqué la reseña que tenía pendiente. Me he vuelto a poner sarcástica porque la novelucha ha sido un tostón. Me superan estos escritores que van de antisistema y para dar la nota, o para ocultar su poca calidad literaria, escriben estupideces que me aburren soberanamente. Así que he puesto de vuelta y media al librito y me he quedado más ancha que larga. Qué desahogo tan bueno es escribir.

AL DÍA SIGUIENTE
Sigue nevando. Hoy no me ha parecido tan encantador como ayer porque tenía que salir, y caminar con tacones y hecha un pincel por las calles nevadas es todo un engorro, y un sinsentido. Pero debía ir “mona”, la recepción con la ministra de Sanidad así lo exige y el protocolo manda. Mientras me vestía pensaba qué pasaría si me presentara en ese acto oficial tan serio y tan protocolario con un chándal de franela y unas botas militares con calcetines gruesos de lana. Sería todo un espectáculo, nada acorde con la seriedad del evento pero sí a tono con la meteorología.

Los discursos han sido tan soporíferos como me imaginaba y el evento tan aburrido como suelen ser todos los de su categoría. Menos mal que el ágape estuvo bastante bien. Después de bregar con un centro de la ciudad atascado llegué a casa deseando ponerme mi chándal y mis zapatillas forradas de borrego.

Tarde de lectura con un buen café caliente, otra vez el placer de lo sencillo y la cristalera del salón ofreciendo un cuadro invernal con copos blancos en movimiento.


NOTA: Esta especie de diario lo escribí hace bastantes semanas, se quedó arrinconado en una carpeta del ordenador porque no me animaba a publicarlo, entre otras cosas porque contar cosas de mí me da cierto reparo, pero sobre todo porque creo que mi vida no es nada interesante. Al final decidí traerlo al blog, vosotros me diréis si mereció la pena perder el tiempo leyendo esto.




26 de marzo de 2018

La literatura norteamericana y yo



Aunque en esta publicación voy a hablar de tres libros vaya por delante que esto no es una reseña triple. Dado que los tres libros en cuestión están escritos por norteamericanos y que los tres me han dejado sensaciones parecidas –en diferentes grados pero en realidad la misma sensación– voy a reflexionar sobre la literatura norteamericana y yo.

Hace unos meses, en este mismo blog, comenté el desencuentro que hay entre el arte moderno y yo (Historia de un desencuentro), pues creo que algo parecido me pasa con la literatura estadounidense, o quizás sería más correcto decir “cierta” literatura de Estados Unidos. Podría argumentar varios motivos por los que no me llevo bien con algunos autores de aquel país, pero se puede resumir básicamente en uno: me aburro.

Los libros que a continuación comento exponen muy bien este problema que tengo yo. Iré de menos a más en cuanto a aceptación a la hora de leerlos.

"Música de cañerías" - Charles Bukowski

Había oído hablar mucho de Bukowski y casi nada bueno, pero siempre he pensado que cuando de opinar se trata lo mejor es hacerlo con conocimiento de causa así que me decidí a leer algo de él. Confieso que no lo hice espontáneamente, fue una sugerencia que surgió en el curso de escritura creativa que estoy realizando.

Mi primera toma de contacto –y casi que puedo asegurar que será la última– con este autor fue con una serie de relatos cortos. Debería decir sobre qué tratan más o menos estos relatos, pero no lo haré, entre otras cosas porque no sabría por donde empezar, o terminar. Lo que sí tengo claro es que, ahora que ya he leído a Bukowski, he de darle la razón a los que le ponen de vuelta y media, aunque quizás no por los mismos motivos.

De Bukowski se dice que es obsceno y procaz escribiendo. Es verdad, el lenguaje utilizado no es precisamente gazmoño. El primer relato que inicia este libro comienza con la siguiente frase: “Me envolví en una toalla el pene ensangrentado”, a lo que yo me dije, ‘empezamos bien’. Los vocablos “follar”, “hija de puta” y cosas así, abundan por doquier. Pero a mí esto no es lo que me molestó –acepto que cada autor se exprese con el vocabulario que más le guste–, lo que me incomodó fue la ausencia de argumento, los textos se suceden unos a otros y al final la pregunta que permanece es: ¿qué ha pasado?

 “Es maravilloso, pero ¿de qué está hablando?”

Sé que hay lectores que no buscan una historia cuando leen, que lo que les gusta es la forma de narrar lo que sea, aunque ‘lo que sea’ en realidad no sea nada. Yo no estoy en ese grupo. Pero es que, para mí, Bukowski tampoco escribe bien, y que conste que es mi opinión personal. Así que no le veo yo el mérito a este señor.

Dicen que Bukowski era alcohólico, que el lugar donde más tiempo pasaba era en un bar. Algo que se refleja en muchos de sus relatos –hay un personaje común en casi todos ellos, el barman–.

—¿Por qué bebes tanto?
—Porque me aburro mucho.

No sé hasta qué punto este diálogo de uno de los relatos es un sarcasmo del autor o una incitación para que sus lectores compartamos vicio con él. Desde luego yo estuve a punto de darme un par de lingotazos para combatir el sopor de tanto texto sin sentido.

"El guardián entre el centeno" - J. D. Salinger

De este libro se han escrito ríos de tinta, sobre todo desde que se supo que lo habían leído algunos asesinos famosos por atentar contra celebridades. Quizás imbuida por el morbo yo también quise leerlo, además varias veces. Las dos primeras no conseguí terminarlo. Como dicen que no hay dos sin tres y que a la tercera va la vencida, insistí tras leer la semblanza de la novela que hizo mi compañera Rosa Berros en su blog.

Esta tercera vez sí que lo terminé, pero más por una cuestión de amor propio que porque me gustara. Siento disentir con mi adorable amiga Rosa, pero a mí el libro me pareció un tostón. Las aventuras de Holden me resultaron insulsas y algo absurdas –el trajín que se trae con los cinco dólares de más que le quiere cobrar una prostituta me dejó flipando–.

No sé por qué exactamente llevaba encima este libro el asesino de John Lennon cuando perpetró el homicidio, pero que se pusiera a leerlo justo después de matar al ex Beatle fue un signo inequívoco de que era un tarado –como todos los asesinos, dicho sea de paso–. Supongo que cuando uno mata a alguien lo lógico es echar a correr y no pararse a leer por mucho que te guste el libro. Pero si encima el libro que se pone a leer es este… ya no entiendo nada.

"Sukkwan Island" - David Vann

Esta novela ha sido un exitazo en gran parte de Europa. El autor, David Vann, se basó en una traumática experiencia personal para escribirla. Parece ser que cuando tenía trece años su padre le invitó a pasar una larga temporada en Alaska. El niño se negó y su padre se suicidó dos semanas después. Para combatir el sentimiento de culpa, Vann escribió esta novela.

En ella un niño también de trece años, Roy, se va a Alaska con su padre, Jim. Una vez allí, en una isla deshabitada y con una climatología sumamente adversa, Jim empieza a dar muestras de inestabilidad mental que pone en peligro la vida de los dos. Con estas premisas se inicia una historia que de manera muy lenta, pero que muy lenta, llevará a un final sorprendente en la primera parte, para seguir con una segunda parte algo más movidita pero con un ritmo demasiado lento también.

Si digo que hay movimiento en la segunda parte es porque en la primera, con excepción de pescar salmón e ir detrás de un oso sumamente esquivo que les putea bastante, no ocurre na-da. Tan solo al final, entonces sí, de golpe y porrazo todo se da la vuelta. Supongo que es una técnica como otra cualquiera, pero tener que leerme cien páginas para encontrar acción… es un sacrificio que se me antoja excesivo.

***

Bukowski tiene firmes defensores, de hecho está considerado como un escritor muy influyente además de ser el principal representante del llamado realismo sucio. El guardián entre el centeno es todo un referente de la literatura norteamericana, y Sukkwan Island ha recibido críticas elogiosas por parte de medios prestigiosos; así que empiezo a sospechar que el problema lo tengo yo. Que no capto la esencia de cierta literatura norteamericana.

Porque en estas tres obras yo no vi lo que otros lectores argumentaron.  Tanto el libro de Bukowski como el de Vann fueron comentados en una mini-tertulia en el curso de escritura que estoy realizando y las supuestas excelsitudes de esas dos obras que allí ponderaron mis compañeros yo no las noté cuando leí los libros. 

Voy a tener que hacérmelo mirar.



Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores