22 de septiembre de 2017

Las secuelas de 'Doctoranda al borde de un ataque de nervios'



Cuando inicié la serie 'Doctoranda al borde de un ataque de nervios' nunca imaginé que disfrutaría tanto y que tendría tan buena acogida. Además el soporte moral que me disteis quienes habéis seguido las diferentes publicaciones fue fundamental a la hora de superar el estrés de presentar la tesis doctoral.

Lo que tampoco podía sospechar cuando empecé a escribir esa serie fue que algunas publicaciones trascenderían el blog y llegarían a los ojos del editor de una revista científica. Pero el caso es que así fue y este editor me ofreció amablemente colaborar en su publicación con otro artículo escrito en clave de humor. 

Me puse manos a la obra y el artículo ya está publicado. Se titula "Lo impactante que es tener un buen factor de impacto". En él ironizo sobre una característica de algunas revistas científicas, el factor de impacto, y cómo un índice que se supone sirve para evaluar la calidad de un trabajo se convierte en un elemento distorsionador de la realidad (en el artículo explico qué es dicho factor y para qué sirve).

Me gustaría dar las gracias al doctor Culebras por darme la oportunidad de traspasar las fronteras del blog y al profesor Sánchez Muniz por animarme a hacerlo.

El enlace a la revista es este
 JONNPR 

y el del artículo este otro, 


La opinión de toda una multitud siempre es más creíble que la de una minoría.
MIGUEL DE UNAMUNO

Para que un ser humano pueda vivir necesita fundamentalmente agua, oxígeno, energía y nutrientes(1). Si ese ser humano se dedica a la investigación necesita otro elemento más: publicar en revistas científicas.
Un investigador científico si no publica se muere, o no existe, que para el caso es lo mismo.
Escribir un artículo exige mucho trabajo, primero hay que recopilar datos en el laboratorio, luego hay que procesarlos, evaluarlos y extraer conclusiones —a ser posible conclusiones que sirvan para algo—. Después hay que plasmar de forma concisa todo y bien sustentado bibliográficamente; el artículo ha de entenderse y ser atractivo para el editor de turno. Porque no solo hay que escribir, hay que publicar y en este proceso es donde el investigador ha de demostrar que está hecho de una pasta diferente a la del resto de los mortales.
El artículo ha de pasar una serie de evaluaciones en las que el autor del mismo es sometido al tercer grado de tantos requerimientos y explicaciones que piden algunas editoriales; conozco a más de uno que ha necesitado apoyo psicológico e incluso tratamiento psiquiátrico después de contestar a los comentarios de los revisores.
Si el editor y los benditos revisores deciden que aquello merece la pena y se puede publicar, el investigador además de sentirse eufórico, afortunado y agradecer a los dioses paganos y oficiales la inmensa merced, está convencido de haber cumplido su misión. O no…
Porque aunque publicar cuesta un Potosí —léase esto de manera figurada y también literal ya que en algunas editoriales hay que pagar verdaderas fortunas para que te publiquen(2) — resulta que no es suficiente. Y es que además de publicar hay que hacerlo en una revista con un buen factor de impacto.
El término en sí ya da malas vibraciones.
Impacto es sinónimo de “choque”, “colisión” y “encontronazo”; estos vocablos, al menos para mi subconsciente, van acompañados de la palabra “sufrimiento”.  
¿Qué significa que algo tiene impacto? Según se mire puede ser bueno o malo. Es como una sorpresa, puede ser una sorpresa agradable (eso es bueno) o puede ser una sorpresa desagradable (eso es malo). Impactar implica impresión, y volvemos a lo mismo, todo depende de cómo sea la impresión. A todo esto hay que añadir que cuando de sensaciones se trata hay un componente subjetivo que es imponderable y por tanto muy difícil de cuantificar.
Pero volvamos al factor de impacto en las revistas científicas.
Recalé en la investigación después de años dedicada a otros menesteres profesionales alejados de ella, por eso la primera vez que oí hablar de ese factor me puse en guardia pues me vino a la mente el concepto “impacto” junto a todos sus sinónimos y la otra palabra que yo asocio, “sufrimiento”.
Recuerdo que a raíz de mi primer artículo publicado alguien me preguntó qué factor de impacto tenía. Yo, ignorante de mí, me lo tomé al pie de la letra y contesté que sí que estaba impactada pero que esperaba recuperarme pronto de la impresión. Después de que mi interlocutor me sacara del error —y los colores de la vergüenza tras el patinazo— busqué más información sobre el tema.
Resulta que el factor de impacto (FI) indica el prestigio de una revista científica y parece que se relaciona con la credibilidad otorgada a la misma. O sea, a mayor impacto, mayor credibilidad. El FI de las revistas se publica cada año en el "Journal Citation Reports", es como el ranking de la ATP pero en lugar de tenistas salen revistas científicas.
Hasta aquí todo va bien. La cosa se tuerce cuando uno indaga cómo se calcula dicho factor.
El FI resulta de un cociente, en el numerador va el número de artículos de la revista que han sido citados durante dos años, en el denominador va el número de artículos publicados en esa revista y durante esos mismos dos años(3).
A mí este método no me termina de convencer, porque cantidad (que es lo que realmente mide ese cociente) no es sinónimo de calidad. Que algo esté en boca de todo el mundo no quiere decir que ese algo sea bueno.
Si trasladamos este razonamiento a los éxitos literarios me viene a la mente  “50 sombras de Grey”, superventas donde los haya la autora vendió los libros como churros, ha sido citada en muchos medios de comunicación y hasta en alguna que otra junta de propietarios, pero la novela es una birria de tomo y lomo.
Que conste que no pienso que las revistas con un FI elevado sean malas. Pero igualmente no creo que las revistas que no tienen un buen FI —o que simplemente no lo tienen, ni bueno ni malo— sean de peor calidad que las que sí lo poseen.
Encima eso de que es mejor publicar en una revista con un buen FI ejerce el efecto llamada. Todos los investigadores intentarán publicar en esas revistas por lo que tendrán muchos artículos que publicar y también serán citados con mayor asiduidad, lo que hará que el FI crezca sirviendo de reclamo para más investigadores. Es como la pescadilla que se muerde la cola, y también como decía mi abuela: cría fama y échate a dormir.
Además, aquí aparece otro tema también controvertido: las citas —y no me refiero a los encuentros entre dos o más personas sino a las bibliográficas que son bastante más aburridas que las otras, dicho sea de paso—. ¿Quién cita a quién y por qué? Lo normal, cuando uno investiga en un campo concreto, es que se cite a quien trabaja en algo parecido, incluso de su mismo grupo. Esto es lo normal, pero lo picaresco incluye que algunos se citen a sí mismos para subir ese FI en beneficio propio. Con todo este embrollo de cita a cita y cito porque me toca, lo de la pescadilla que se muerde la cola se convierte en un bucle sin fin y en otro dicho de mi abuela: Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.
En este escenario las nuevas revistas, las que intentan hacerse un hueco en esto de publicar ciencia, lo tienen más que crudo. Iniciar una nueva andadura siempre es complicado, pero cuando se empieza una aventura en este campo con un lastre como es el FI, la aventura puede convertirse en una auténtica odisea y los aventureros en héroes espartanos.
Pero puede que se vislumbre una luz al final del túnel. Desde el año 2012 la Declaración sobre Evaluación de la Investigación de San Francisco (DORA) cuestiona recurrir al FI como un buen indicador para evaluar los méritos de una investigación científica(4).
En esta declaración se defiende que un trabajo de investigación se valore por lo que es y no por dónde se publica, algo con lo que una servidora está completamente de acuerdo. Antes he mencionado lo difícil que es para las nuevas revistas hacerse un hueco en el mundo editorial científico, pero los nuevos investigadores lo tienen igual de mal, o peor incluso.
A lo largo de mi corta labor investigadora, he tenido que luchar contra molinos de viento en forma de editoriales de revistas científicas con un FI elevado. Como tienen tantos trabajos para publicar —recordemos que todos los investigadores quieren publicar ahí porque así se les valorará más— cuando les llega un artículo de alguien sin un pasado glorioso —léase sin muchos artículos  publicados en revistas con FI elevado— yo creo que ni se leen el título. Si a esta falta de pasado glorioso se le añade que los datos no son demasiado relevantes o dan resultados negativos, la tragedia está servida en forma de no publicar nada de nada, o como diría también mi abuela: no te comes una rosca.
El caso es que cada vez son más las instituciones que se suman a esta declaración de San Francisco y parece que algo se está moviendo al respecto. Siempre es una buena noticia que el sentido común se imponga, y para la que esto escribe un motivo de esperanza.
Sea como fuere, yo cada vez que consiga que me publiquen un artículo en una revista —con un buen FI, con uno malo o sin ninguno, da igual— me sentiré fuertemente impactada (en el sentido positivo de la palabra). Ver mi trabajo editado y divulgado siempre es un placer, y un impacto también. 

Agradecimientos.
Mi más sincero agradecimiento al profesor Francisco José Sánchez Muniz por la lectura crítica de este texto y por sus certeros consejos y puntualizaciones.

BIBLIOGRAFÍA
1.      Gil A. Tratado de nutrición. Editorial Médica Panamericana: Buenos Aires;  2017.
2.      Sánchez-Muniz FJ., Bastida S. Y aún dicen que el pescado es caro. JONNPR. 2016; 1(7): 239-243.
3.      Garfield, E. Journal citation reports. Current contents. 1976; 30: 5-20.
4.      Franco-López A., Sanz-Valero J., Culebras JM. El factor de impacto ya no es el patrón oro; la declaración de San Francisco sobre evaluación de la investigación. JONNPR. 2017; 2(5): 173-176.

19 de septiembre de 2017

"El caso de la mano perdida"-Fernando Roye

Estamos en 1952, en un pueblo perdido de la Sierra Morena. En el medio rural el orden y el cumplimiento de la ley están bajo la responsabilidad de la Guardia Civil. 

En Santa Honorata quien está al mando del cuartel de la Benemérita es el sargento Carmelo Domínguez, apodado “El hechizado” por su heterocromía. Todos creen que esos ojos dispares en cuanto a color son el signo de los poderes que posee el sargento, ya que algunos de sus razonamientos son ilógicos pero certeros a la vez, por lo que algo extraño parece caracterizarle.

El sargento Domínguez es un hombre tranquilo, nunca levanta la voz, no parece alterarle nada. ‘No le gusta trabajar porque le fatiga, pero cuando le da por hacerlo se aplica de veras’. Por eso cuando aparece una mano amputada se dedica a averiguar dónde está su propietario y en qué condiciones (vivo o muerto). 

Los caciques del pueblo, un conde y el alcalde, le presionan para que deje las investigaciones de poca importancia en pos de otros menesteres de más envergadura, como encargarse de la seguridad del jefe de Estado en una breve estancia en la localidad. Porque el mismísimo Franco acudirá a una cacería en las tierras del conde y asegurar la integridad del generalísimo es prioritario para todos. Bueno, para el sargento Carmelo Domínguez, no. Para él es más importante saber quién ha perdido una mano.

A pesar de todos los impedimentos que le ponen en el camino de su investigación, el sargento de la Guardia Civil persiste en sus pesquisas. Con deducciones algo extrañas llega a conclusiones muy acertadas porque al sargento “no se le da bien juntar letras pero lee perfectamente entre líneas”.

De esta manera nos adentramos en una historia policial, con tintes de género negro, sobre todo porque se desarrolla en una época muy negra de la Historia de España: la postguerra. Una época donde ser sindicalista o haberse identificado con el bando perdedor de la guerra era motivo suficiente para ser sospechoso de un asesinato o de cualquier otra fechoría.

A lo largo de toda la lectura hay cierto tono irónico, incluso cómico, que sirve para relajar el ambiente deprimido (y deprimente) que caracterizó a la sociedad española tras la Guerra Civil (especialmente a los que no se beneficiarion de la Victoria). 

Lo único que no me llegó a convencer fueron los diálogos. Cuando hablan algunos personajes con poco nivel cultural se utilizan expresiones, a mi modo de ver, demasiado elaboradas con un vocabulario rico y que no cuadran en alguien que no ha salido del ámbito rural y sin estudios de ningún tipo.

Además he encontrado algunos gazapos. En un momento dado se hace referencia al crimen de Cuenca y se dice que el “asesinado” apareció varias semanas después cuando realmente fueron 16 años los que transcurrieron entre su desaparición y su posterior aparición. 

Las descripciones de la casa cuartel con sus diferentes moradores me parecieron estupendas. No solo está el sargento Domínguez, también se encuentra el cabo Rosario María Liaño, los guardias Ambrosio del Val, Benito Viedma, Ortega Brito... y también sus esposas e hijos. Una convivencia forzada entre colegas y sus familias que conlleva muchos inconvenientes pero también algunas ventajas. Una gran familia a la fuerza, para bien o para mal.

Una novela entretenida con un personaje principal entrañable: el sargento Carmelo Domínguez y que a mí me hizo recordar a otro detective, en este caso televisivo, por su manera tan peculiar de investigar: el detective Colombo.

He leído que el escritor nos va a deleitar con más casos de este singular sargento. Yo me apunto a esta serie de casos porque seguro que disfrutaré tanto como con el de la mano perdida.








Hada verde:Cursores
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