19 de febrero de 2018

"El bosque animado"-Wenceslao Fernández Flórez


Nueva entrega de Alalimón.

"El bosque animado", novela escrita por Wenceslao Fernández Flórez.
"El bosque animado", película dirigida por José Luis Cuerda (Reseña de Chelo, aquí)

San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia “rugosa, frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves”.

En San Salvador de Cecebre hay un bosque, o mejor dicho, una fraga. Y este libro es la historia de la fraga de Cecebre. La fraga en lengua gallega es un bosque inculto, entregado a sí mismo, con varias especies de árboles mezclados. Pero para no confundir demasiado al lector poco habituado al idioma gallego hablaré aquí de bosque aunque en realidad, y que quede bien claro, es una fraga.

El bosque suena, se comunica y los árboles se hablan entre sí. Está vivo. Además, sus sonidos son distintos según el estado de ánimo. El bosque no dice las mismas cosas de día, cuando lo transitan los humanos o de noche, cuando la luna le da un halo plateado y embellece todo. El bosque no suena igual si hace sol o si está lloviendo; cuando llueve los goterones hacen ruido de pisadas y parece que el bosque camina lleno de gente en marcha.


Cuando la lluvia visita el bosque se esconde en los sembrados esponjosos y bajo la hierba de los prados, engorda a las plantas, ensancha los musgos, convierte el polvo de los caminos en barro y las corredoiras en cauces.

El bosque cambia como cambian las estaciones. Se engalana cuando el invierno llega y a través del suave terciopelo del musgo, entre el crujir de los líquenes, aparecen por el suelo setas multicolores: “Esos enanitos de gorros de colores que son los hongos y que tienen sangre de agua, porque son hijos de la lluvia”.

En el bosque no solo están los árboles, también lo habitan otros seres que le dan vida. El topo Furacroyos, de color gris invierno busca a su esposa perdida y vive en su retiro subterráneo donde también habitan los seres mágicos que fueron desplazados por la incredulidad de los hombres; la mosca Hu-hu, al frente del pueblo pardo ha encontrado la igualdad social y junto a sus congéneres es feliz aunque, en su uniformidad, las moscas no se escuchan unas a otras porque todas piensan lo mismo; el murciélago Abrenoite se reparte los crepúsculos con el gallo. 

Entre los animales del bosque hay solidaridad, el pueblo pardo incluso realiza actos terroristas como desagravio a los ataques que sufren (se introducen en los oídos de los hombres, en su comida, en su bebida, y molestan hasta volverlos locos). Los habitantes del bosque cuando se saludan no se desean un buen día o una buena noche, se dicen: “¡Que el hombre te ignore!”

Y también están los hombres. 

Marica de Fame vive míseramente con sus hijos Fuco y Pilara, es tan pobre que no tiene más tierra que la que le hayan de dar al morir en el cementerio. Geraldo habita en lo alto de un castro, trabajó como ballenero pero volvió a Cecebre porque era un hombre de tierra, tenía alma de labrador y en el mar no era feliz. Las hermanas Roade llegaron de la ciudad porque la humedad de la costa las enfermaba y aunque la noche del bosque es más oscura que en la capital, su salud ha mejorado sensiblemente. La familia D’Abondo, propietaria de las tierras de la comarca, vive rodeada de comodidad y calor en el pazo. Moucha, la bruja, tiene el libro de San Ciprián con todos los conjuros necesarios para curar a los ameigados. El señor de la tesis, un hombre de Madrid que se dedica a estudios científicos, recala en Cecebre en busca de tranquilidad para poder escribir -no sé muy bien por qué, pero sentí cierta afinidad con este personaje-.


De todos los hombres, el único que se atreve a vivir en el bosque es Xan de Malvís, o como él prefiere que le llamen, Fendetestas. El único habitante humano del bosque abandonó sus tareas de jornalero para “emprender la higiénica vida del ladrón de caminos” porque la vida de bandido puede ser dura pero lo es más arar. No le importa vivir en el bosque pero tiene un grave inconveniente: no hay tabaco y a él le gusta mucho fumar. Asalta a los caminantes que se adentran en la fraga al grito de “¡Alto, me caso en Soria, la bolsa o la vida!”. En cada uno de sus atracos espera anhelante que su víctima sea un cura pues su sueño es robar algún día a uno. Un ladrón sumamente peculiar.

En el bosque también hay espíritus. La Santa Compaña se pasea por allí de vez en cuando, para susto de quienes creen verla de lejos. Nadie quiere tomar el testigo del penitente que encabeza la fila de ánimas por lo que todos vuelven la cara evitando mirar tan fantasmal comitiva. Este desfile solo se puede dar en lugares como la fraga, "en las tierras llanas la gente es más seca y carece de fantasía".


Pero no todos los fantasmas procesionan en grupo, algunos van por libre y en solitario. Ese es el caso de Fiz Cotovelo que no cumplió su promesa de acudir a San Andrés de Teixido (allí va muerto quien no fue vivo) y anda penando desconsolado para disgusto de Fendetestas que ve mermada su clientela desde que en el pueblo se corrió la voz de que un espíritu deambula por el bosque. 

Todo este variopinto elenco de personajes se pasean por el bosque y por las páginas de este libro entrañable. Como si de un cuento mágico se tratara, Fernández Flórez nos relata la vida de los habitantes, habituales u ocasionales, de la fraga de Cecebre.

Con un lenguaje poético y evocador, con ciertos tintes de realismo mágico, la prosa maravillosa de esta novela nos sumerge en un bosque encantado. Un bosque donde se encuentra la Vida, así con mayúscula, y también, como no, la Muerte porque la una no es posible sin la otra.

La lectura de este libro es un paseo por un bosque entrañable, lleno de humor, de ternura, de tristeza y de acentos cadenciosos que, personalmente, me trasladan a épocas muy bonitas de mi niñez. Un paseo que recomiendo encarecidamente a todos.

Al igual que todo gallego ha de ir alguna vez en la vida a San Andrés de Teixido, todo buen lector español ha de leer una vez al menos “El bosque animado”. Un canto precioso a la vida.


Vídeo "El bosque animado"







14 de febrero de 2018

Olvido


En un rincón, olvidadas, recuerdan tiempos mejores: imágenes y sonidos que forman parte del pasado, cadencias melancólicas de las teclas de un piano, compases alegres de las cuerdas de un violín.

Apartadas, arrinconadas, inútiles en una caja vieja de cartón, rememoran otro tiempo cuando vivieron horas intensas, cuando Ella las mimaba, las buscaba con ansiedad para mantener los pies erguidos en un equilibrio imposible y así, juntas, mecerse al compás de una melodía: plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

Sobre la supeficie de raso los desgarros de la tela, como cicatrices de guerra, hablan de las horas de ensayo, de los giros fallidos, de las caídas. Las suelas desgastadas muestran los innumerables pasos de baile sobre el parqué. 

Hoy abandonadas, recuerdan el ayer; los ensayos delante del espejo. La mano derecha de Ella aferrada a la barra, los pies en punta. Plié, jeté, una y otra vez, repitiendo hasta la extenuación. Practicar para conseguir la ejecución perfecta. “Vamos con el primer ocho. Empezamos en quinta y terminamos con un demi-plié”. Bajo la atenta mirada de la Profesora, y siguiendo sus órdenes, los movimientos exactos, precisos, de la coreografía se convierten en armonía con los pies de Ella. Vocablos en francés a voz en grito son gracilidad sobre el entarimado, arte en movimiento. “Repetimos a partir del tercer ocho. Esa barbilla arriba, las manos en sexta. Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis”.

Olvidadas, recuerdan el nerviosismo que lo impregnaba todo antes de la función. A través del telón llega el murmullo apagado del público expectante.“¿Estará mamá? Sí, seguro que sí. No puede faltar”. Las carreras entre bambalinas. “Ese moño más estirado, esas cintas bien apretadas. Venga niñas, colocaos bien. Tercera posición”. Los acordes de la orquesta afinando sus instrumentos, el piano, el violín, “Do mayor, iniciamos la opertura cuando se apaguen las luces. Uno, dos, tres”. Toses en el patio de butacas. “Atentas a las posiciones, cada una en su marca. Al centro, salid… ¡Ya!”

El cortinaje se aparta. Los focos cegadores impiden ver qué hay delante. Silencio. Los primeros acordes comienzan a sonar. Primer ocho, segundo ocho, tercer ocho. Roces de tul, seda deslizándose por el escenario. Ella girando, saltando, dibujando en el aire la música. Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Aplausos, ovaciones. La satisfacción del trabajo bien hecho, el resultado de muchas horas de tesón.

Recuerdan un pasado que se fue. Tiempos de nostalgia guardados en una caja de cartón.

Ella decidió buscar otros ritmos, nuevos sones más actuales. El parqué fue sustituido por el asfalto, el piano por el bombo, Tchaikovsky por Eminem, Viena por el Bronx. Ahora los movimientos son más bruscos, menos sutiles. Los pies de Ella ya no las necesitan.

En un rincón, olvidadas, recuerdan, añoran, perdonan. Esperan y confían.

Esperan que Ella evoque la cadencia de un adagio, la energía de los allegro o la hermosura de un arabesque. Confían que Ella también recuerde. Entonces volverá a buscarlas para sentir juntas la emoción de bailar. Al son de acordes armoniosos, saltarán con las teclas de un piano, vibrarán con las cuerdas de un violín, dibujarán hermosas figuras en el aire. Y bailarán.

Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis.  





12 de febrero de 2018

"Apaches"-Miguel Sáez Carral

Hace casi cuatro años que leí esta novela, aprovechando la emisión de la serie televisiva basada en ella, hoy rescato la breve reseña que en su día escribí para complementarla con algunas reflexiones más.

*** 

Años 90, Miguel tiene una vida apacible con su novia y su trabajo en una agencia de noticias. De repente su situación da un giro de 180 grados cuando descubre que su padre está arruinado. Vuelve a la casa familiar, vuelve al barrio y a todo lo que ello implica: el reencuentro con sus amigos de la infancia y con su manera de vivir; delincuencia pero también un sentido de la lealtad que no se encuentra en otros ambientes. Se ve inmerso en un mundo de criminalidad donde impera la ley del más fuerte, donde todos los días hay que defender el propio territorio, donde para sobrevivir hay que ser un apache.

  Esta sería la sinopsis del libro, en cuanto a mis impresiones podría resumirla diciendo que la novela tiene altibajos.

   La descripción de un barrio obrero, de los de toda la vida, es muy buena. Se nota que el autor vivió en uno de ellos y lo refleja muy bien -según él esta novela es autobiográfica-. Yo también viví en un barrio así, aún lo hago, y he reconocido muchas escenas como si pertenecieran a mis propios recuerdos de aquellos años. Ese sentido de la vecindad, que cada vez es más difícil de encontrar en cualquier barrio, sea obrero o no, se resalta mucho en la novela; unos vecinos que se convierten en amigos a fuerza de convivir y compartir momentos, los buenos y los malos y que lleva a ayudarse entre sí en un "hoy por ti, mañana por mí". Me pareció entrañable esa muestra de solidaridad, quizás por lo extraña de ver hoy en día.

La novela se desarrolla en el barrio de Tetuán, bastante conflictivo en cuanto a delincuencia. En los años 90 la heroína causa estragos entre muchos jóvenes, la mayoría sin trabajo y con un expediente familiar de malos tratos. Para costear la adicción a esta droga se dedican a actividades delictivas.

Pero también hay otros delincuentes más refinados, los que estafan a sus socios y los dejan en la ruina. El contraste entre estos dos mundos tan distintos de delincuencia es reseñado muy bien en la novela, de tal manera que uno toma partido por el ladronzuelo de poca monta y tiende a disculpar su manera de actuar.

Pero no nos engañemos, los delincuentes, de guante blanco o de navaja fácil, son gente poco recomendable y solo actúan movidos por sus propios intereses. Por eso la descripción de uno de los personajes, Sastre, el mejor amigo de la infancia del protagonista, no me gustó. Sastre, una especie de Robin Hood urbano, es capaz de matar sin pestañear a quien se le oponga, pero se encarga de robar juguetes para donarlos a la parroquia. Me pareció muy poco creíble.

  En algunos momentos el ritmo es trepidante, persecuciones, atracos, y mucha acción, pero en otros se insiste demasiado en algunas situaciones y parece que la trama no avanza.

   He visionado solo dos capítulos de la serie y ver en carne y hueso a personajes que previamente yo me había imaginado me decepcionó. No dudo de la calidad interpretativa de los actores que intervienen en dicha serie, pero creo que los rasgos físicos de algunos no se ajustan muy bien al perfil del personaje. Y aquí, otra vez, Sastre me defraudó. Eloy Azorín es un buen actor, representa bien su papel pero yo me imaginaba a este personaje algo más joven y más macarra, puede que haya habido una mala caracterización por parte de vestuario y/o maquillaje. O simplemente que cuando uno lee la imaginación entra en funcionamiento y no coincide con lo que otros interpretan al leer lo mismo (y además se encargan de la selección del reparto de actores).

  "Apaches" es una novela entretenida, para pasar un rato agradable, nada más (y nada menos). Cuando yo la leí me costó trabajo encontrarla (me la recomendó una amiga que vive en Tetuán), supongo que ahora, con la serie de TV en pantalla, se convertirá en un bombazo de la literatura. La publicidad no siempre va a acompañada de justicia y calidad.


7 de febrero de 2018

Viaja con nosotros


    Aquella mañana Jacinto se dirigió al estanco más cercano para adquirir la tarjeta de transporte: “Deja tu coche y viaja con nosotros”. Era un título de transporte novedoso, para utilizar solo autobuses urbanos y costaba menos de la mitad que un abono mensual corriente. A Jacinto no le gustaba mucho estar apretujado entre otros viajeros algunos con prácticas higiénicas un poco laxas— pero el ahorro que le suponía era un buen acicate para animarse.

   Con su nueva tarjeta en la mano sí que había salido barata, pensó fue a tomar un autobús. Cuando el autocar llegó, se subió y pasó la tarjeta por la canceladora que emitió un pitido diferente al de los demás viajeros que se habían subido delante de él. En ese momento, y cuando Jacinto se disponía a ir al fondo del vehículo, el conductor le dio el alto.

Un momento, caballero. Usted tiene la tarjeta “Deja tu coche y viaja con nosotros” indicó el conductor.
Sí respondió Jacinto.
¡Qué bien! Ya creía que en toda la mañana no se iba a subir nadie con una tarjeta de esas comentó el conductor mientras se levantaba de su asiento y abría la portezuela que cerraba la cabina donde estaba. Tengo unas ganas locas de comerme el bocata que me ha hecho la Mari. 

   Mientras esto decía, el conductor se situó en el rellano del bus e hizo un ademán con las manos señalando a Jacinto el sillón donde hasta hacía un instante él había estado sentado.

Perdone, creo que no le entiendo contestó Jacinto.
Venga, póngase al volante y dele al acelerador.
¿Perdón? ¿Que me ponga al volante? ¿Pero qué dice?
No se haga el longui y dele vida que voy algo retrasado. Debería estar ya en la plaza de Canillejas y todavía faltan cinco paradas.
Oiga, ¿pretende que me ponga a conducir el autobús yo? ¿Se ha vuelto loco?
El que se está haciendo el loco es usted. Pero ya me conozco el percal, no es el primero que se quiere escaquear. Es muy bonito eso de pagar menos por el billete y luego escurrir el bulto, pero a mí no me la dan. Usted tiene que cumplir con las cláusulas de la tarjeta esa, así que venga que ya me estoy cansando.
¿Cláusulas? ¿Qué cláusulas? preguntó Jacinto al mismo tiempo que ante los suaves, pero contundentes, empujones del conductor se introducía en la cabina y se sentaba en el asiento del volante.

   Mientras esto hablaban algunos pasajeros empezaron a impacientarse.

Venga, hombre. No le dé más vueltas. ¡Circule! gritó desde atrás una señora de mediana edad con un carrito de la compra.

   Una adolescente vestida con el uniforme de un colegio cercano y cargada con una mochila que, a juzgar por el volumen, debía de llevar en su interior la mitad de los fondos de la Biblioteca Nacional, exclamó:

¡Vaaamos! Hoy vuelvo a llegar tarde, la de mates me va a poner otro negativo. ¡Mierda!
Vamos a ver porfió Jacinto al conductor aquí debe de haber un error. Creo que me confunde con algún compañero que le tendría que sustituir, pero no es así. Soy un viajero más.
De viajero más, nada. Usted tiene la tarjeta esa que han creado para los conductores que no usan el transporte público porque prefieren conducir, ¿no?
Efectivamente. Pero no sé qué tiene que ver con…
Pues cumpla con su obligación continuó el conductor sin hacer caso de las protestas de Jacinto. Conduzca el bus y déjese de lamentos, que a este paso no llegamos nunca. Con esa tarjeta se paga menos pero hay que apechugar.

   Entonces, un anciano sentado en los primeros asientos del autobús comentó:

¡Eso, hombre! No se haga el tonto, que ya está bien. Como llegue tarde a la partida me va a tocar de pareja el Anselmo y es un manta.
Pero… dijo Jacinto, en esta ocasión ya en voz más baja porque estaba empezando a asustarse ya que todos los viajeros del autobús estaban pendientes de él, algunos con el ceño fruncido y en actitud amenazante.

   Aturdido y confuso, Jacinto empezó a conducir. Sin saber muy bien por dónde tirar decidió seguir por la calle en la que se encontraba. El resto del pasaje pareció que se tranquilizaba hasta que, recorridos unos quinientos metros, todos a una empezaron a silbarle y a gritar.

¡Pare! ¡Eh! ¿Dónde va? 

   Se había saltado una parada y los pasajeros que debían bajarse en ella comenzaron a insultarle. Jacinto pegó un frenazo provocando que el resto del pasaje le insultara también. Una señora, que se había roto una uña a resultas del parón brusco, se dirigió a la cabina con muy malas intenciones y Jacinto, temiendo por su integridad física, decidió huir saltando por la ventanilla que tenía a su izquierda.

   Una vez en la calzada empezó a correr en dirección contraria y para escapar más rápidamente algunos pasajeros se habían bajado del autobús y habían empezado a perseguirlo a la vez que vociferaban le dio el alto a un taxi que por allí pasaba. Cuando, desesperado y asustado, se situó en el interior del vehículo le dijo al taxista:

Por favor, a la avenida Marqués de Corbera. ¡Deprisa!
Está usted de suerte le contestó el taxista hoy tenemos descuentos especiales. ¿Quiere beneficiarse de una rebaja del 50%?
Hombre… pues claro que sí.

   En ese momento el taxista se bajó del coche, le abrió la portezuela a Jacinto y, mientras le invitaba a salir de la parte de atrás, le dijo:

Bien, pues, usted mismo, póngase al volante y emplee la ruta que más le guste. Voy a aprovechar para llamar a mi hija que hoy tenía el examen de conducir.



Nota: Este texto corresponde a un ejercicio donde se pedía una historia disparatada contada con humor.




4 de febrero de 2018

"Los demonios exteriores"-David Rubio

De niño pensaba que, cuando más los necesitáramos, los extraterrestres nos encontrarían y harían desaparecer las cosas malas del mundo

Hoy me encuentro en una encrucijada con esta reseña, por dos motivos. Porque tengo que hablar de un libro con una temática que de entrada no me resulta muy atractiva y porque está escrito por un amigo; un amigo virtual, pero amigo al fin y al cabo.

Siempre he presumido de ser muy sincera cuando vierto mi opinión sobre lo que leo y en esta ocasión, mal que me pese, tengo que ser fiel a mi forma de ser.

Quienes por aquí pasáis sabéis que muchas veces suelo ir contracorriente en cuanto a percepciones de un libro. Cuando en muchos foros se dice una cosa a cuenta de una novela, a veces,  yo opino lo contrario. Me temo que en esta ocasión ha vuelto a ocurrir.

He leído reseñas y comentarios sobre “Los demonios exteriores”, todos son unánimes y yo no estoy de acuerdo con ellos. Lo siento.

Todos coinciden en definir esta obra como un libro de relatos cortos de ciencia-ficción. No es verdad. El libro de David Rubio es una novela en toda regla y catalogarlo como de ciencia-ficción me parece una clasificación demasiado ligera. Es mucho más.

Considero que el libro es una novela porque las diferentes historias que lo conforman, en principio independientes, tienen un hilo conductor a través del tiempo. El primer relato –capítulo diría yo– tiene lugar una semana después de que el hombre pisara la Luna y el penúltimo en el año 2136, conociendo, poco a poco, cómo el contacto con seres de otros planetas influye en la vida terrestre. Estos relatos acaban formando una historia completa muy bien estructurada y con un final… Bueno, el final es de lo mejor que he leído en literatura de ciencia-ficción. Un final que solo viene a corroborar lo que se va viendo a través de todo el libro: el autor hace gala de una imaginación increíble. 

Tampoco estoy de acuerdo con incluir esta novela en el género de ciencia ficción. Sí, la acción se desarrolla en un tiempo futuro –excepto el primer relato– pero hay mucho más. Se reflexiona sobre temas que no son futuristas, todo lo contrario, son temas que siempre han estado ahí, en la idiosincrasia del ser humano: la inmortalidad (Transferencia), el racismo y/o la xenofobia (El caso del hombre desmontado), y muchas más cosas. Podría poner más ejemplos pero no quiero extenderme; el que quiera más detalles que se lea el libro.


Otra cosa con la que no estoy de acuerdo respecto a otras opiniones es sobre el estilo narrativo de David. Por ahí se dice que escribe bien, incluso que muy bien. No es verdad. Escribe muy, muy, muy bien. Ya quisieran otros autores ya consagrados (e incluso galardonados) tener la narrativa fluida y más que correcta de David Rubio. He leído mucho y creo, a estas alturas, reconocer a un buen escritor; David lo es.

En todo momento me situé en el escenario que se describía; veía y oía a los personajes. Y eso que algunos eran difíciles de ver pues pertenecen a galaxias lejanas y tienen una morfología muy peculiar. Por eso me pareció mucho más meritoria la credibilidad de las situaciones. Representar, por ejemplo, una escena donde una familia come alrededor de una mesa puede resultar relativamente fácil, pero cuando uno de los comensales tiene varios brazos o necesita estar en un medio líquido para vivir, la cosa es mucho más complicada. David Rubio lo hace fácil y uno asume la existencia de zorquianos, xenitas, gliesianos, sirianos o centurianos como si fuera lo más habitual del mundo. Al menos del mundo que recrea David.


Pero además de una recreación exquisita, llena de matices y guiños –hay un salón de actos que se llama Arthur C. Clarke, o un programa radiofónico que se llama La quinta dimensión y que a mí me hizo recordar al mítico “Milenio 3”– también hay un mensaje implícito en todo lo que cuenta. Por muchas cosas nuevas que nos depare el futuro, el ser humano es como es y eso lo lleva a comportarse de una manera concreta: recelar del que es diferente, venga de un país lejano en la Edad Media o de otra galaxia en el futuro; ser un conquistador de inexploradas tierras en el Nuevo Mundo en el siglo XV o ser un conquistador de nuevos planetas en el espacio en el siglo XXII. 

“Su especie (la humana) parece desconfiar de aquello que no puede destruir”

El lenguaje técnico, supongo inventado en la mayoría de las ocasiones, es digno de una película de Star Trek y cuando recurre a datos científicos se nota una buena documentación –utilizar como lenguaje universal el peso atómico de los elementos me pareció fantástico y de una lógica aplastante–. Además, al final de algunas de las historias se dan giros inesperados que demuestran, una vez más, la imaginación del escritor.

Y por si todo esto no fuera suficiente, está el final de la novela. Ya aludí a él en el inicio de la reseña. Antes me gustaría aclarar que uno de los motivos por los que no me gustan las historias futuristas es porque los finales me dejan con la sensación de que ha habido mucho ruido y pocas nueces.  No es el caso de “Los demonios exteriores”, tiene un final sorprendente, muy filosófico y que da que pensar al lector, algo que siempre viene bien.

“Solo rebuscaban en nuestras miserias y miedos para ofrecernos sus tentadoras promesas, como los demonios que ansían nuestras almas”

Por cierto, y por si no ha quedado claro: el libro me encantó. Si todas las novelas de ciencia-ficción fueran como esta yo me haría una seguidora incondicional de ese género. Pero no me hago ilusiones, de momento me tendré que conformar con seguir a David Rubio en sus siguientes publicaciones; leerlo es apostar sobre seguro.

Las ilustraciones son obra del propio autor.

NOTA: David, si lees esto te pido disculpas por si el inicio de esta reseña te ha inducido a error sobre mi percepción del libro. Mi alias ‘Kirke’ no es gratuito: soy una bruja.



Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores