22 de marzo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (X)

Dos científicos discuten aunque uno no quiera


Me considero una persona pacífica. Por lo general, y si no me tocan mucho las narices, no suelo ser beligerante. Practico la tolerancia y sigo la máxima 'vive y deja vivir'. Este rasgo de mi personalidad es un inconveniente a la hora de investigar. Porque en el mundo científico se lleva mucho discutir.

Dicen que dos no discuten si uno no quiere. En investigación esto no es verdad. Yo no quiero discutir pero acabo haciéndolo a pesar de ello.

Los artículos científicos (y la tesis) se dividen en una serie de apartados. Uno de ellos es “Resultados”, ahí se exponen los datos obtenidos en el trabajo correspondiente. Después de ese apartado viene uno que no me mola nada: “Discusión”. Es decir, una vez expuestos los resultados, toca discutirlos.

El propio título ya da mal rollo. Parece como que la cosa no pinta bien y hay que batirse el cobre para defender aquello que se quiere publicar. Se da por sentado que enfrente hay alguien que va a poner pegas y ya, de antemano, hay que pelear. Es como estar a la greña constantemente.

Ni me gusta discutir, ni me gusta pelearme. En el colegio huía de los matones; siempre los he detestado, por abusones, porque no me gustan los que quieren imponer sus ideas por la fuerza y porque en una pelea física llevo las de perder siempre. Soy de constitución más bien endeble, ni demasiado alta ni demasiado corpulenta, por lo que si me tengo que dar de bofetadas no tengo muchas posibilidades de salir airosa. Además soy muy miedica y tengo muy poca tolerancia al dolor.

Quizás de aquellas experiencias infantiles me ha quedado ese disgusto por la confrontación y como soy de natural tranquilo y conciliador cuando llego a esa sección de la tesis (en la que estoy ahora precisamente) lo paso especialmente mal.

Aunque, puestos a pelear, prefiero utilizar la lengua a las manos; prefiero las peleas dialécticas, por lo que, dentro de lo que cabe la discusión de la tesis aún tiene un pase para mí. No obstante, no me gusta.

Cuando uno discute y sabe que tiene razón puede tener cierto aliciente, pero cuando uno no tiene muy clara la firmeza de su postura la cosa ya es más complicada, porque yo en la tesis tengo un inconveniente más que añadir a mi talante pacífico: mis resultados tienen pocas ‘p’ significativas (En busca de la significación perdida) y pocos asteriscos, o sea, bajo peso estadístico y ese punto de partida ya es un serio hándicap a la hora de discutir. Es como si un púgil salta al cuadrilátero con una pierna rota y un parche en un ojo: le van a caer tortas hasta en el carnet de identidad.

Afortunadamente tengo un director, el número UNO (Con tres basta) que siempre sabe cómo justificar lo que, a priori, no tiene muchos visos de ganar en una discusión. Así que yo expongo los datos, los dejo ahí y por si alguien se pone chulo planteando objeciones yo me escondo detrás de mi director y él se encarga de defenderlos. Es como el primo de Zumosol.

Cicerón dijo que la discusión fortalece la agudeza, en mi caso fortalece más bien mi instinto de supervivencia y me busco las mañas para cubrirme bien las espaldas. Si no hay más remedio que discutir, discuto, pero lo hago con buenos aliados que me aseguren la victoria.

Aunque yo sigo pensando que la única manera de ganar una discusión es evitándola. Prefiero que digan de mí ‘aquí huyó como una cobarde’ a ‘aquí murió como una valiente’. De momento no pienso huir pero tanta discusión me está soliviantando, quizás cuando termine la tesis pueda conseguir un puesto en uno de esos programas de televisión donde se ponen a discutir gritando todo el rato, con lo que la próxima vez que me pregunten para qué sirve mi tesis podré contestar:

- Para ser tertuliano en "Sálvame" o en "Jugones".

Tanto sufrimiento para acabar así. ¡Madre mía, qué depresión!


18 de marzo de 2017

La hija de Cayetana

María Teresa de Silva Álvarez de Toledo XIII duquesa de Alba de Tormes es la protagonista de esta novela, o una de ellas pues se puede considerar a este libro como una obra coral dado el gran número de personajes que aparecen, cada uno con su propia historia.
Además de la duquesa también aparece Francisco de Goya, la reina María Luisa de Parma, Godoy y muchos otros más. Con la excusa de una de las muchas peculiaridades/excentricidades de la duquesa -adoptó a una niña de raza negra- Carmen Posadas nos repasa la sociedad española de finales del siglo XVIII, desde el estrato social más bajo de los arrabales al más alto ubicado en los palacios. A lo largo de sus más de cuatrocientas páginas se desgranan los usos y costumbres de aquellos años, las veleidades de la aristocracia y las necesidades del pueblo llano.

Parece ser que la número trece de la casa Alba, al no poder tener descendencia, decidió adoptar y para demostrar su carácter indómito y/o antojadizo lo hizo con una niña de color, María Luz. Una adopción que no dejó de ser un capricho pues a la muerte de la duquesa el ducado pasó a manos de su primo, Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva.
Se hace especial hincapié en la forma de vivir de esta mujer, fuera de convencionalismos; le gustaba provocar haciendo cosas que los aristócratas no hacían, como mezclarse con el pueblo llano. Por lo visto solía vestirse de manola y presumía de castiza. Durante toda la lectura se ven muchos paralelismos -supongo que intencionados- con la última duquesa de Alba, que también gustaba de ir a las fiestas populares. 
Aunque ese casticismo del que presumía la de Alba no era más que una impostura; puede que asistiera a verbenas y comiera churros, pero la vida, la de verdad, la tenía en sus palacios rodeados de lujo. Esa supuesta rebeldía en realidad era una forma encubierta de la frivolidad y el desapego que caracterizó a la aristocracia en el siglo XVIII y que en el país al otro lado de los Pirineos la convirtió en carne de guillotina. 

A través de personajes históricos y ficticios la autora nos cuenta muchas historias, no solo la de Cayetana. Entre los personajes ficticios se encuentra Trinidad, la madre biológica de María Luz y que tiene su propia historia llena de aventuras y desventuras y que bien podría haber dado lugar a una novela propia. 
Todas estas historias están salpimentadas con multitud de curiosidades como la colección de arte erótico de Godoy, los líos amorosos de la reina María Luisa, o la existencia de esclavos en España. Pero, aunque el estilo literario de Carmen Posadas es muy bueno, lleno de matices y con mucho sentido del humor, tanto personaje y tanta historia llegó a abrumarme. 
Además hay algunos cambios de ritmo que me llegaron a desconcertar: llega a relatar escenas con gran abundancia de detalles para luego contar en un par de párrafos otras donde hay más acción. 
En resumen, una novela entretenida a la que le sobran páginas y que se puede tolerar por estar muy bien escrita.



14 de marzo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (IX)

La versión interminable



En una publicación anterior de este diario tan particular confesé cuánta aversión me produce la palabra “cita” (Y eso, ¿quién lo dice?). Hoy traigo otra que me produce escalofríos: “versión”.

Los diferentes apartados de los que consta una tesis se escriben por separado para que luego sean revisados por los directores. Como cabría esperar siempre tienen algo que corregir, de manera que un fichero tiene varias copias con modificaciones, es decir hay varias versiones del mismo texto.

Y aquí entra en juego una cualidad muy importante para escribir una tesis: tener muy claro por qué versión va uno; de lo contrario, la tragedia está servida.

Ya he comentado en otra publicación que yo tengo tres directores (Con tres basta) por lo que cuando envío un texto para su corrección recibo tres documentos con los respectivos comentarios. Después de intentar ajustar esas tres versiones corregidas envío la nueva versión a mis directores. Estos vuelven a corregir y a comentar y yo vuelvo a ajustar –y a desesperarme–. Cabría esperar que a la segunda o a la tercera tanda de correcciones la cosa ya estuviera terminada, pero no. Este proceso puede acabar en un bucle donde el número de versiones corregidas tiende al número n (el número n representa a cualquier número, por lo general el último número de una sucesión muy larga).

Esto se traduce en que se van acumulando varias copias con diferentes modificaciones del mismo texto y si uno no anda avispado la puede liar parda porque un error de etiquetado se traduce en corregir lo ya corregido o en escribir sobre una versión antigua donde no están incluidos cambios posteriores.

Una de las peores frases que un doctorando puede oír de su director es:

–Pero esto ya lo habíamos cambiado, ¿por qué vuelve a estar mal?

Cuando a mí me dicen esa frase, en mi cabeza suena la música de la película Psicosis, esa que se oye cuando atacan a la chica en la ducha.


Para evitar errores de este tipo hay varias maneras de marcar los ficheros, cada una tiene sus pros y sus contras:

§ Utilizar la fecha en que se escribe el texto. Esta táctica para mí no es muy útil porque al tener tres directores y como no se coordinan a la hora de reenviar los ficheros si me los mandan el mismo día puede dar lugar a confusión. Además, comprobar cuántos días van pasando –si comparo la fecha del primer fichero con la del último– me agobia mucho y me pone muy nerviosa.

§ Emplear las iniciales de quien lo escribe al lado de la fecha. Para evitar el inconveniente del punto anterior en cuanto a la autoría de quien corrige el texto esta técnica puede resultar eficaz, no obstante sigue teniendo la misma pega en cuanto al agobio de ver las fechas y comprobar cuántos días transcurren sin llegar al final.

§ Poner un número de orden delante del nombre y poner las iniciales de quien lo ha escrito al final. Esta técnica es la que solía utilizar al principio. Era aséptica porque al no venir fecha no se es tan consciente del paso del tiempo (y del poco avance de la tesis) pero deja de ser útil en cuanto a serenidad cuando las versiones sobrepasan el número 10. No viene la fecha pero no hace falta ser especialmente pesimista para reconocer que si se han escrito más de diez versiones corregidas es que la cosa no va bien.

Por eso, ahora utilizo otra técnica que yo llamo de autoayuda y que consiste en añadir un mensaje positivo después del nombre del fichero. Por ejemplo:

MaterialYMétodos Versión Casi Final.docx
MaterialYMétodos Final.docx
MaterialYMétodos Definitiva.docx
MaterialYMétodos Esta Sí Que Sí.docx
MaterialYMétodos Venga Que Esta Es La Buena.docx
MaterialYMétodos Como Esta No Valga Me Corto Las Venas.docx

Pero esta técnica también tiene un inconveniente, y es que Word no sabe de autoayudas ni de estados de ánimo y clasifica los ficheros por orden alfabético, por lo que para saber cuál es el último texto escrito hay que recurrir a la fecha de creación, provocando en mí el efecto agobio que ya he mencionado y que tan arraigado tengo últimamente.


Otra cosa de la que tengo varias versiones es la copia de seguridad. Es tal el pánico que me entra solo de pensar que mi portátil se estropee, y se pierda toda la información de la tesis, que suelo copiar todo en varios sitios. Para tal efecto tengo un disco duro externo, pero también guardo todo lo referente a la tesis en un pen-drive, en un disco virtual y ahora estoy pensando en pedirle a mi vecino de abajo que me permita almacenar en su ordenador una de dichas copias. Por si acaso.

Estas copias también deben ser debidamente etiquetadas pues si se quiere recuperar algo que se borró o perdió accidentalmente hay que saber a qué versión hay que ir a buscar. Suelo poner la fecha como dato informativo; un dato bastante inútil en cuanto a información pues saber la fecha me sirve de bien poco ya que cuando pierdo un fichero no suelo acordarme de cuándo era y en el caso de que me acuerde siempre es, por pura Ley de Murphy, de un día del que no hay copia de seguridad.

De momento aquí estoy con todas estas versiones, esperando la definitiva VERSIÓN FINAL, la que se enviará a la imprenta y quedará registrada, la versión válida y la incambiable. Pero mientras esa quimérica Versión Final llega yo tengo en la cabeza varias versiones de MI final, de DÓNDE voy a acabar YO:

Versión 1:En la planta de Cardiología de un hospital.
Versión 2:En la planta de Neuro Psiquiatría de un hospital.
Versión 3:En la planta de enfermos peligrosos de un manicomio.
Versión 4:En un penal, por masacre indiscriminada.
Versión 5:En un convento de clausura.
Versión 6:En una secta.

    Estoy pensando cuál de todas me gusta más y no me entusiasma ninguna. Creo que tendré que seguir corrigiendo y versionar más.


Kirke


6 de marzo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (VIII)

Dime a quién admiras y te diré con quién andas(*)


     Quien más quien menos tiene ídolos que admirar. Todos tenemos nuestras aficiones y el que destaca en ese campo se convierte en objeto de admiración.

    Un poeta francés del siglo XIX (Theophile Gautier) dijo que admirar es amar con la mente. Pero un escritor español del Siglo de Oro (Baltasar Gracián) dijo que la ignorancia es la madre de la admiración. Según el DRAE, admirar es “tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios” pero no entra en calificaciones sobre el admirador.

    El caso es que yo en esto de la investigación científica tengo varios personajes a los que admiro y por los que siento un gran respeto, no sé si porque tengo una mente que ama (si hacemos caso a Gautier) o porque soy tonta de capirote (si hacemos caso a Gracián).

    Algunas de estas personas admiradas por mí ya fallecieron y están en el firmamento brillando con más estrellas, pero otras aún caminan entre nosotros y, aunque para mí son igualmente de inaccesibles que si se tratara de espíritus inmateriales, puedo disfrutar de su sabiduría en vivo y en directo acudiendo a conferencias o simposios en los que participan y a los que yo puedo asistir como espectadora.

    Pero mi admiración siempre es 'desde lejos' y muy moderada. No soy nada mitómana. No me gustan los autógrafos ni los selfies con el personaje admirado. No niego que me encantaría departir ante un café con alguno de mis mitos científicos, pero soy consciente de mi insignificancia y de la alta probabilidad de poner de manifiesto, en el caso de que se diera esa circunstancia, cuán lejos estoy del nivel alcanzado por el admirado ídolo y de quedar como lo que soy, una ignorante (y de paso darle la razón a Baltasar Gracián).

    Así que admiro a mis ídolos desde la distancia.

    En cierta ocasión asistí a una conferencia de uno de ellos con motivo de una Convención de la Estrategia NAOS (Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad). El lugar de la conferencia fue el Ministerio de Sanidad y el ídolo en cuestión era José María Ordovás. Para quienes no se muevan en el ámbito de la nutrición aclararé que este señor es un prestigioso investigador, pionero en nutrigenética y nutrigenómica, respetado mundialmente como uno de los pilares más importantes de este campo. Es decir, Ordovás es a la nutrición lo que Cristiano Ronaldo (o Messi, según los gustos) al fútbol, solo que con bastante más intelecto y con una conversación mucho más interesante que la de los futbolistas (y que me perdonen los futboleros).


    Además, el profesor Ordovás es amigo de mi director número UNO y cuando éste supo de mi asistencia a una conferencia de su colega me pidió que le transmitiera recuerdos de su parte; algo que yo no hice, primero porque era materialmente imposible acercarse a más de diez metros del reputado profesor pues estaba escoltado por todos los gerifaltes del Ministerio y porque, ya lo he dicho, yo admiro a mis ídolos desde la distancia, lo que me impide aproximarme y ponerme a hablar con ellos.

   Pero de lo que yo realmente quiero hablar hoy es de la “admiración por transferencia”. Porque esta tesis me está trastornando, pero también está trastornando a mi círculo más cercano. En el caso que nos ocupa, está afectando a mi media naranja. 

    Puede que sea cierto eso de “dime con quién andas y te diré quién eres” o puede que tengan razón quienes dicen “dos que duermen en el mismo colchón son de la misma opinión”, o simplemente que “todo se pega menos la hermosura”. El caso es que mi querido consorte también admira, por ósmosis, por amor o por la matraca que le doy todos los días con la puñetera tesis, a los mismos personajes. 

   Hace un par de semanas y con motivo de unas jornadas de alimentación saludable en el grupo empresarial del que forma parte la empresa donde trabaja mi marido, José María Ordovás dio una conferencia. Cuando mi esposo me oyó hablar de Ordovás con la admiración que le tengo, y que se merece, no lo dudó un instante y decidió acudir con varios compañeros a los que también les convenció mi idolatría.

    El caso es que yo le pedí, bromeando y recordando la petición de mi jefe en aquella otra conferencia a la que yo asistí, que le diera recuerdos. Todo era una broma pero mi consorte, que cuando quiere me hace caso, ni corto ni perezoso intervino en el turno de preguntas y se los dio, ya de paso hasta me citó a mí. Cuando por un chat del móvil me lo contó creí que me estaba vacilando y devolviéndome la broma.

   Salí de mi error cuando unos minutos más tarde me envió por el mismo chat un selfie con el susodicho profesor. Pasmada me quedé. 

    Además, como el selfie no salió muy bien de nitidez los compañeros de mi marido hicieron varias fotos cual si de un photocall se tratara. ¡No me lo podía creer!



   Se podría decir que, en este caso, mi querido cónyuge aceptó mi admiración como parte de los bienes gananciales que se adquieren en el matrimonio, asumiendo su parte con valentía y arrojo.

   Tengo muchos ídolos lejanos y distantes a los que admirar, personas que son un referente profesional, personas a las que tomo como ejemplo a seguir en mi carrera. Pero, también, a mi lado tengo a mucha gente que sin ser famosa, ni tener un curriculum llamativo, bregan conmigo el día a día, me aguantan, me soportan y me animan constantemente; eso sí que es para admirar. 

    A todas esas personas las admiro de verdad, por su paciencia y su inestimable compañía. A todas ellas las admiro y además las quiero, con la mente y con el corazón. Muchos de los que esto están leyendo forman parte de ese grupo: sois admirables.



Dime quién te admira y te ama, y te diré quién eres.
 Antoine de Saint-Exupery.


(*) Esta publicación está dedicada a mi admirada media naranja: Jose.



1 de marzo de 2017

La pregunta de sus ojos


   Después de varios meses en el dique seco, este barco maravilloso que tengo el honor de tripular con una excepcional marinera, Chelo, vuelve a navegar. 

   En esta ocasión se trata de una novela/película recomendada por nuestro compañero y amigo, Francisco Moroz:

La pregunta de sus ojos, novela escrita por Eduardo Sacheri
El secreto de sus ojos, película dirigida por Juan José Campanella (Reseña de Chelo)


    Benjamín Chaparro es prosecretario de un juzgado de instrucción y está a punto de jubilarse. Esta situación le atemoriza pues siendo un hombre solitario el trabajo es el único motor que le hace levantarse todas las mañanas. Ahora, y ante la perspectiva de tanto tiempo libre, tiene miedo. Miedo al vacío, a dejar de ser útil, a convertirse en nada.

   Ante este panorama tan poco alentador surge una idea en su mente: rescatar del recuerdo un caso que tuvo que atender en el juzgado más de treinta años atrás. Decide escribir sobre ello y utilizar la memoria trasladada al papel como catarsis pues aquel suceso le marcó para siempre.

   En 1969 una mujer aparece muerta y violada. El caso recae en el juzgado de Chaparro y a él le toca la instrucción del caso. Durante las indagaciones trabará contacto con el marido de la víctima, Ricardo Morales, y aunque no es la intención del prosecretario, la fuerza de carácter del viudo hará que Chaparro establezca un vínculo especial con este personaje, un individuo que al perder a su esposa lo ha perdido todo, hasta la razón de vivir; solo le mantiene el deseo de justicia pero ni eso se le concede. Morales es un sujeto que está más allá de cualquier daño, no por sentirse a salvo, sino por haber sucumbido.

"El tiempo pasa más lento para los que padecen, y la angustia y el sufrimiento marcan la piel con signos definitivos"

   Durante la investigación saldrán a la luz rencores, venganzas y corruptelas que salpican los juzgados de una Argentina que se sumerge sin remisión en una de las épocas más oscuras y llenas de oprobio de su historia. Estamos en los años setenta donde los militares, con total impunidad, hacen y deshacen eliminando a cuantos se oponen a sus tejemanejes, haciendo del miedo su mejor herramienta para gobernar. Esta tesitura es el caldo de cultivo perfecto para que crezca la peor ralea y los más abyectos crímenes queden sin castigo; al menos sin castigo oficial.

"Todos somos cobardes, solo es cuestión de que nos atemoricen lo suficiente"

   Sin embargo, a pesar de todo, siempre hay valientes anodinos que se oponen al orden establecido, por mucha presión y amenazas que sufran, y con tenacidad siguen buscando la verdad y la justicia, o lo que ellos entienden por justicia. Cada uno a su manera y según sus capacidades intenta seguir el camino que su conciencia le dicta.

   Cabría esperar, y a tenor de lo ya contado, que esta es una novela policíaca. Hay un asesinato, y se busca a un asesino. Pero no lo es. Porque todas las novelas policíacas suelen terminar cuando se prende al criminal. Por lo general, no sabemos qué pasa después de capturar al homicida. Aquí sí, la historia continúa y nos cuenta qué puede ocurrir una vez resuelto un caso. O lo que ocurre después de haber resuelto este caso. 

   Porque pasan muchas más cosas y porque todo lo que ocurre después hará de Chaparro una persona distinta, tanto que, muchos años después y ya jubilado, escribe toda la verdad para que su conciencia no olvide y para que el lector sepa cuánto puede hacer un ser humano cuando se le lleva al límite, cuando las instituciones no responden, cuando uno mismo se ve obligado a tomar la iniciativa y resolver temas pendientes.

   La novela utiliza un ritmo muy bueno, con ciertos tintes de ironía y de humor negro el autor define muy bien los entresijos de la justicia argentina. La descripción de los personajes es estupenda, llena de matices que van más allá de los rasgos físicos. 

   Confieso que he tenido algunos problemillas a la hora de entender ciertas expresiones típicas del país donde se desarrolla la acción, pues utiliza en ocasiones un lenguaje coloquial que a mí, castellana de pura cepa, me ha costado comprender: ‘chapalear’, ‘redoblante’, ‘bolsillear’, ‘estar al pedo’, ‘volarse los patos’, son algunas de estas expresiones que solo por el contexto he conseguido medio entender.

   Pero, con todo y con eso, me ha encantado el estilo narrativo. Sacheri escribe muy bien y mantiene la intriga hasta el final revelando la verdad oculta de ese caso tan importante en la vida de Benjamín Chaparro, aunque un poco antes de llegar a esa revelación yo ya me la imaginé por lo que en ese aspecto no fue tan sorprendente como cabría esperar.

   Lo que sí me resultó sorprendente fue el porqué del título, hasta el final tampoco se explica y la verdad es que nunca hubiera imaginado ni la pregunta ni a quién pertenecían los ojos que la hacían. Ahí sí que fui sorprendida.

"La brevedad o la prolongación de la vida de un ser humano depende del caudal de dolor que esa persona se ve obligada a soportar"







Hada verde:Cursores
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