9 de octubre de 2017

Dígaselo con un abanico (Primera Parte)


¡Por Dios, qué calor! Matilde caminaba calle Alcalá arriba sudando a mares y renegando del sol implacable que ese mes de agosto estaba castigando a los madrileños de manera inmisericorde. Según el reloj de la Puerta del Sol pasaban más de las seis de la tarde pero el sofoco era mayúsculo y aunque movía su abanico a un ritmo frenético apenas podía mitigar la calorina que la estaba abrasando. Bien es verdad que el corpiño, la falda, la sobrefalda y sobre todo el maldito polisón no ayudaban en nada a refrescarse. Ya podía ella abanicarse que poco iba a conseguir con tanta tela encima.

Mientras refunfuñaba y sofocada maldecía su incomodidad, Matilde se imaginó que las mujeres pudieran ataviarse con un vestido más ligero que dejara los brazos y la piernas descubiertos. Sería estupendo poder vestir así, sobre todo para ir por las calles de Madrid en verano. Nada más tener esta idea se tapó con el abanico el rostro ante tamaña estupidez al mismo tiempo que se ruborizaba por ocurrírsele semejante indecencia. Ninguna mujer en su sano juicio y con un mínimo de decoro se vestiría así jamás. 

Pero lo que más molestaba a Matilde no era el calor. Su malestar venía de la frustración que acababa de sentir en la velada de las señoritas Rupérez. Había acudido a la casa de las dos hermanas a una reunión informal de las que eran tan aficionadas estas mujeres y que consistía en una especie de merienda a base de té y pastas, tan al estilo inglés que pretendía imitar la menor de las Rupérez desde que estuvo un mes en Londres para ultimar los trámites de una herencia familiar. 

Las reuniones en casa de las hermanas eran el único entretenimiento que Matilde tenía para distraer las interminables horas del día pues desde que falleció su anciana madre, y libre ya de los cuidados que requería la enfermedad y los muchos años de su progenitora, Matilde no sabía qué hacer con su tiempo libre en particular, ni con su vida en general.

Un poco de parloteo con chismes sobre amistades comunes servían a Matilde de evasión. A estas reuniones solían acudir también algunos caballeros, normalmente militares retirados —tan ociosos o más que la propia Matilde— o los esposos de algunas de las invitadas a la merienda; en cualquier caso, la media de edad de los varones superaba la sesentena. 

Sin embargo, desde hacía cuatro meses se había incorporado al remedo de ágape británico un nuevo invitado: don Salvador Rupérez y Quiroga, sobrino de las Rupérez y recién llegado de las Américas tras varios años haciéndose cargo de la plantación de café que su padre poseía en la isla de Cuba. 

Desde el primer momento en que lo vio, Matilde se sintió desfallecer. Salvador frisaba los cuarenta años y tenía una planta estupenda; su elevada estatura, su piel morena, sus ojos claros —que parecían aún más claros en el moreno rostro— y su maravillosa sonrisa la cautivaron de tal manera que cuando se lo presentaron apenas fue capaz de balbucir un tímido ‘encantada de conocerlo’. 

Y tan encantada que estaba; aquella noche tras la presentación no consiguió dormir y a pesar de rezar el rosario antes de acostarse —como siempre hacía desde que tenía uso de razón— su mente se pobló de imágenes muy poco marianas y en las que aparecía siempre el rostro de Salvador, con sus ojos claros y su maravillosa sonrisa.

Por eso desde hacía semanas no se perdía una de esas reuniones. Ya podían caer chuzos de punta o lucir un sol abrasador, como en esta ocasión, que Matilde acudía a casa de las Rupérez con la devoción de un peregrino para adorar a su dios transoceánico. Pero una vez hechas las salutaciones que las buenas maneras y el protocolo exigen, Matilde no era capaz de articular palabra; cautivada e intimidada a partes iguales por la arrolladora personalidad del indiano, donde los ojos claros jugaban un papel primordial, Matilde apenas hablaba, tan solo se limitaba a asentir los insustanciales comentarios de los contertulios y a dirigir furtivas miradas a su amado. 

Porque Matilde se había enamorado como una adolescente a pesar de haber dejado la treintena hacía años. Apenas había cruzado con el objeto de su amor un par de frases ya que su timidez no le permitía hablar con él más allá del consabido ‘buenas tardes’ o ‘adiós’ en las despedidas. Cada vez que volvía de una de esas veladas Matilde se maldecía y se prometía que en la siguiente sería más habladora y conseguiría cruzar varias frases con Salvador para comprobar, a la postre, que todas sus buenas intenciones en nada se quedaban cuando se volvía a reencontrar con él en la casa de las Rupérez.

Pero hoy debería haber sido diferente. 

Matilde era apocada pero también sabía buscar alternativas. Unos años atrás, su amiga Elvirita le había enseñado el lenguaje de los abanicos; movimientos muy concretos con este utensilio podían enviar mensajes muy sugerentes. Así que hoy Matilde decidió comunicarse con Salvador a través del sempiterno abanico que nunca la abandonaba y que dados los calores agosteños era inevitable utilizar. Lo que su lengua y su timidez no se atrevían a decirle lo diría su abanico. 



Sin embargo, algo había salido mal. 

Hoy Matilde había llevado su abanico más lujoso, uno con las varillas de marfil, con un país entelado en seda con peonías rosas sobre fondo azul que era un primor. Durante las dos horas en que se desarrolló el frugal condumio Matilde se empleó en gesticular con el abanico. 

Primero lo portó ostentosamente en su mano izquierda mientras con una inclinación de cabeza respondía al educado saludo de Salvador nada más llegar a la casa de sus tías. Pero Salvador no reparó en este gesto, no se dio por aludido con ese “deseo conocerte” que implica llevar el abanico cerrado en la mano zurda. No obstante, Matilde no se amilanó y siguió en su tarea de comunicarse mediante ese instrumento aventador. 

Una vez sentados en sus respectivos asientos y delante del servicio de té primorosamente servido por Lucía, la doncella de las Rupérez, Matilde con una parsimonia que habría dejado boquiabierto a un monje tibetano, se dedicó a mirar detenidamente los dibujos del paisaje de su abanico mientras  lanzaba miradas a Salvador, pero éste se limitó a sonreírla como si le hiciera gracia el gesto de ella. Como si fuera divertido que una dama le dijera “me gustas mucho”, algo que por otra parte, pensó Matilde, le debían de decir muy a menudo dada la buena planta del gachó. 

Como estas aproximaciones no parecían hacer mella en el caballerete, Matilde empezó a abanicarse fuertemente hasta conseguir que los pocos mechones que se escapaban de su estirado moño se agitaran, y así transmitir a su amado el mensaje implícito en este gesto: “pienso en ti”. Pero Salvador tampoco captó el mensaje, tan solo consiguió que la mayor de las Rupérez le comentara:

—Matilde, querida, ¿tienes mucho calor? Te noto sofocada, le pido ahora mismo a Lucía que te traiga un vaso con agua fresquita.

Viendo que sus manejos con el abanico no iban al puerto que ella deseaba, Matilde se volvió más temeraria y decidió atacar con toda la artillería. Pensó que era mejor dejarse de rodeos e ir directamente al grano. Con toda la osadía de la que fue capaz abrió su abanico en todo su esplendor y, con la mirada fija en Salvador, se tapó los ojos. ¡Por Dios! ese “te quiero” debería haberse ‘oído’ en todo Madrid, pero nadie en la sala lo percibió porque ni Salvador, ni ninguno de los tertulianos, se inmutó.

Con el corazón desbocado ante su propia temeridad, con la insensatez que da la desesperación y una vez perdido el pundonor, Matilde decidió una jugada inaudita e impropia de ella, siempre tan comedida y tan modosita: se dio un golpe con el abanico cerrado en la mano izquierda. Si con ese “ámame” que le acababa de comunicar a Salvador éste no reaccionaba es que el caballero era un témpano de hielo —por mucho que viniera de tierras caribeñas—. Una vez más la reacción provocada ante semejante gesto fue inesperada. En esta ocasión fue un coronel retirado, don Jesús Fuentes y Gil, el que exclamó:

—Matilde, ¿qué le ocurre? ¿le ha picado un mosquito? Este verano infernal y las aguas estancadas del Manzanares están llenando las calles de esos desagradables insectos. Toda una incomodidad que la municipalidad no quiere afrontar, pero claro qué se va a esperar de un alcalde revolucionario como ese medicucho de Abascal. ¡Si don Pedro Sainz de Baranda levantara la cabeza!

—La volvería a dejar caer, coronel —respondió doña Luisita, la viuda de un antiguo compañero de armas de don Jesús—. Deje en paz a los muertos. Yo no he visto ningún mosquito y además el Manzanares está muy lejos de aquí.

En este punto la conversación derivó en cómo atajar el ataque de los mosquitos, en cómo aliviar sus picaduras y si entre las competencias del ayuntamiento se encontraba la de conseguir que el río Manzanares tuviera más caudal en verano. Y Salvador sonriendo maravillosamente con sus ojos claros en su moreno rostro, con su elevada estatura sobresaliendo entre los presentes, con su porte de dios y… sin captar ni uno solo de los mensajes que Matilde le estaba lanzando.



Así iba rumiando Matilde su frustración, deseando llegar cuanto antes a casa para quitarse las molestas ropas que tanto la incomodaban con esos calores.

(Continuará...)


40 comentarios:

  1. Que alguien le ponga unas gafas a ese Salvador, que la pobre muchacha se va a descoyuntar el brazo y el otro ni se entera, jaja. Nena, ese abanico de las flores azules me acaba de enamorar y sin duda le haría un hueco en el mueble de mi salón pero para lucirlo, porque para refrescarme ya tengo un aparato de aire acondicionado. Besos

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    1. El pobre Salvador es un poco tardo o simplemente que el lenguaje (absurdo) de los abanicos le trae al pairo, jajaja.
      Ese abanico que te gusta es uno de mis preferidos. Tengo otro que también me gusta mucho y que saldrá en la segunda parte. Aunque yo los abanicos los tengo para utilizarlos y eso que en casa también tengo aire acondicionado.
      Por desgracia los veranos en Madrid siguen siendo tan calurosos como en el siglo XIX (menos mal que las mujeres podemos llevar menos ropa).
      Un besote, guapa.

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  2. Desde luego es una pena que a quien iba dirigido el mensaje con el abanico no se diera por aludido y también una pena que tuviera Matilde que pasar tanto calor con tanta ropa.
    Me ha encantado Paloma, el ambiente, las conversaciones, todo, estoy ya ansiosa por leer la segunda parte. un beso. TERE. psdta, y escribe mas que lo haces muy bien, ánimo.

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    1. Y a mí me encanta que te haya encantado. Escribí este relato en agosto. En plena chicharrera de calor veraniego (un calor que este año se resiste a abandonarnos) y cuando estaba dándole al abanico se me ocurrió esta historia.
      La verdad es que disfruté mucho escribiéndola, ahora si también disfrutáis quienes me leéis será una doble satisfacción.
      Un besote, Tere.

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  3. Al final Salvador o era analfabeto o de abanicos sabía menos que yo o lo que le interesaba eran otros movimientos más masculinos.
    La verdad es que Madrid en verano es mucho Madrid te refresques o no con azucarillos y aguardiente y aunque sea en la Verbena de la Paloma bajo la miradita y los achuchones de don Hilarión bien valen los polisones de nardo para levantar pasiones.
    Lo dicho, a ver si Matilde se asesora.

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    1. He ido unas cuantas veces a la Verbena de la Paloma y el calor era tal que no sé yo si los achuchones de don Hilarión serían bien recibidos por alguna damisela (y eso que sería un colega tuyo y mío el tal boticario).
      En la segunda parte se verá qué pasa con Matilde y sus manejos con el abanico.
      Besos.

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  4. Caray, Kirke, no sabía yo que manejabas así el lenguaje de los abanicos. Sabía que existe dicho lenguaje, pero hasta ahí llegan mis conocimientos.
    Me has dejado colgada, esperando a ver que le ha fallado a la pobre Matilde, para que Salvador no la entienda. ¿O la habrá entendido y no van por ahí sus gustos? ¿Le irán más otro tipo de movimientos, como dice Frasan M, más masculinos? ¿Será que todos en la merienda son tan ignorantes como yo del lenguaje de ese ventilador manual y poético?
    Me ha encantado lo que va de relato. Me has hecho reír con esos diálogos naturales y llenos de ironía, nos has situado históricamente con esos alcaldes que mencionas y, como a Marina, me has enamorado con tus abanicos.
    No demores la continuación.
    Un beso.

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    1. Tengo un montón de abanicos porque el calor en Madrid que comento en el relato no es ninguna licencia literaria, por desgracia es completamente real. Si algún día salgo sin uno de ellos me siento perdida, soporto fatal el calor y el aire, aunque sea caliente, que suministra este genial artilugio es para mí indispensable.
      Sin embargo, no tenía ni idea del lenguaje de los abanicos. Me documenté al respecto para este relato. Sabía de su existencia pero desconocía los detalles y siempre me pareció absurdo pues si todos saben qué significan esos gestos poco secretismo habrá entre los supuestos amantes, ¿no?
      El caso es que quise ironizar. Me alegra que te haya gustado y también que hayas visto mi "labor de documentación" sobre unos alcaldes de Madrid, algo que me vino bien para refrescar la memoria.
      El devenir de Matilde lo sabréis en unos días.
      Besos, guapa.

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  5. Al igual que el indiano, desconozco el lenguaje de los abanicos. No entendí tan siquiera a ese grupo llamado "locomía" ni lo que querían decir con esos movimientos frenéticos de muñeca.
    Lo que sí te puedo decir es que tu historia está escrita maravillosamente, poniéndonos en situación de una damisela treinteañera a la que se le pasa el arroz y quiere pillar cacho para no quedarse en la beatería de vestir santos.
    Quedo pendiente de la segunda parte.
    Besos.

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    1. No creo yo que los Locomía siguieran ningún ritual de comunicación cuando movían esos enormes abanicos.
      Hasta que me documenté para esta publicación yo tampoco conocía el lenguaje de esos signos con el abanico, y dado que soy amiga de usarlos mucho, espero que quienes me rodean tampoco lo sepan porque a saber qué habré estado yo "diciendo" con el abanico sin ser consciente de ello.
      Matilde tiene un problema, pero la culpa no es de los abanicos. Ya veremos cómo acaba esta mujer en breve.
      Un beso.

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  6. Me está gustando, Kirke. Es castizo y con puntos de humor a la vez. Sugerente ese lenguaje del abanico. ¡Cuánto se podía decir con él! Como otras veces, aplaudo tus incursiones en los relatos. Lo que menos me gusta es que se divida en partes; mi interés, con tantas informaciones, lecturas,redes, etc. es muy caprichoso (no sé si se mantendrá) si lo postergo durante mucho tiempo: los relatos cortos los prefiero leer de una sentada. Pero me aguanto.
    Un beso.

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    1. Este relato me salió más largo de lo habitual en mí. Al igual que me ocurrió con aquel episodio de Expediente X que escribí hace unos meses, dudé si publicarlo de una vez o dividido en dos partes. Al final me decidí por la segunda opción y veo que a ti no te parece bien. En aquel episodio de Expediente X hubo otro comentarista que me objetó algo parecido. Por lo tanto, y dado que esto es un foro para compartir opiniones, el próximo relato aunque sea algo extenso lo colgaré en su totalidad.
      En cualquier caso, las vicisitudes de la pobre Matilde se acaban en la próxima entrega que publicaré antes de terminar la semana.
      Gracias por tu útil comentario, Ángeles.
      Un besote grande.

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  7. Sencillamente genial, Paloma. Me lo he pasado en grande con las vicisitudes de tu querida Matilde. El indiano es un perfecto ignorante en el lenguaje del abanico. Pero, al parecer, sus contertulios también, incluyendo a las damas. Solo imaginarme la escena, me produce hilaridad. La descripción de los hechos, de las costumbres de la época y los comentarios de los asistentes al ágape de media tarde dan un mayor brío a la historia. Se te dan pero que muy bien los relatos. Tienes que cultivarlo más para mayor placer de tus lectores. Espero con verdadera intriga la continuación.
    Un abrazo.

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    1. Parece que ese famoso lenguaje no está tan extendido como se cree, pero si lo supiera todo el mundo tampoco sería útil. Aunque es menos útil aún que no lo sepa nadie y si no que se lo pregunten a la pobre Matilde.
      Como le comento a Francisco, yo empleo mucho los abanicos y ahora que sé qué significan algunos movimientos, que yo he realizado sin ser consciente del mensaje implícito, agradezco que nadie conozca el lenguaje porque creo que me hubiera puesto en alguna situación comprometida.
      Gracias por tu amable comentario, Josep Mª. En breve sabrás el desenlace.
      Un abrazo.

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  8. Precioso y simpático relato, nos dejas con la miel en los labios para saber que ocurrirá...cómo me ha gustado ese lenguaje misterioso y sensual de los movimientos del abanico, ahora sólo falta que el susodicho se de por enterado.

    Abrazos.

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    1. Algunos de los movimientos sí pueden verse desde una perspectiva sensual, aunque otros... no sé, no sé. Abanicarse fuertemente y que quiera decir "pienso en ti" me parece poco acorde. Yo me suelo abanicar así cuando hace mucho, pero mucho calor, y no estoy pensando en nadie, solo en atenuar el sofoco, jajaja.
      Gracias por tu visita, Mer.

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  9. ¡Qué divertido tu relato de época, Paloma! Y también qué didáctico en cuanto al lenguaje de los abanicos :)) Admiro el valor de tu protagonista, sobre todo teniendo en cuenta la época, pero alguien tendría que hacerle notar que ese cautivador lenguaje solo lo conoce ella en las reuniones de las Rupérez jajajaja. Me muero por saber cómo continúa.
    Enhorabuena, te ha quedado genial. Yo casi podía ver las escenas que nos pintas con palabras :))
    ¡Un beso grande de martes!

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    1. Cómo me halaga saber que te gustó, tú que describes siempre muy bien las escenas que escribes.
      Salvador puede que no entienda el lenguaje porque viene de allende los mares y quizás en las colonias no se utilice. En cuanto a los contertulios de las Rupérez dado el rango de edad quizás ellos ya no estén para mensajitos y prefieran decirse las cosas a la cara y directamente.
      Un besote, Julia.

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  10. Hola Kirke, doy fe de lo infernal que puede llegar a ser Madrid en verano. Yo desde luego cada vez tengo más calor en estos veranos que se demoran hasta entrado bien Octubre. Eso si, ahora las chicas van más ligeritas de ropa. O sea más calores para el prójimo, ja,ja,ja, Respecto a los abanicos, desconocía que hubiera ese lenguaje tan curioso, por lo visto a tu protagonista no le sirvió para nada.
    Un abrazo y felicitaciones por un relato que se lee, en un suspiro.

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    1. No se me había ocurrido que ahora que las mujeres pueden ir más ligeras de ropa, y por tanto pasan menos calor, eso suponga un calor añadido para los hombres, jajaja.
      Por lo que se ve, y a tenor de todos los comentarios, el lenguaje de los abanicos no lo conoce nadie más que Matilde, así le fue a la pobre, claro.
      Muchas gracias por tu comentario, Miguel. Bienvenido a esta tu casa.
      Un abrazo.

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  11. En el siglo XIX se consideraba que la mujer había nacido para hacer feliz al marido, para conocerle tenían las fiestas, el teatro, los bailes, los entierros y el paseo del Prado y como en tu excelente relato: las tertulias. Hasta los treinta años las señoritas no podían salir solas a la calle. ¡Imagínate!Pobre Matilde.

    Hasta los treinta años las señoritan no podían salir solas a la calle. Era tabú por ejm salir enseñando los brazos o rizarse el pelo. Así que pobrecita tu protagonista con el calor de agosto, en Madrid.
    El matrimonio era algo imprescindible para que la mujer lleguara a ser reconocida socialmente. Matilde tiene toda la pinta de ser una mujer entrada ya en la treintena, que se ve "mayor" y quiere pescar marido a toda costa, e ingenia comunicarse con el guapo galán de ojos celestes con el lenguaje del abanico.

    El pobre, no se quiere enterar o no se entera. Espero la segunda parte, me he divertido mucho leyendo ésta, y ya tengo ganas de ver en qué termina éste cómico relato. El humor es muy complicado de hacer llegar al lector. Y en éste caso, lo has bordado: con sobresaliente.

    Un abrazo literario,

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    1. Compruebo que tú también estás muy bien documentada sobre la época. La mujer siempre ha ido varios pasos por detrás de todo; la sociedad, la familia, siempre la han abocado a un segundo plano.
      Matilde debería espabilar, más sabiendo que tiene pocos cartuchos que emplear. Debería saber que si uno quiere decir algo ha de hacerlo de viva voz y alto y claro, emplear un abanico como herramienta de comunicación no fue una buena idea.
      Me alegra mucho saber que ese humor se haya transmitido al leer este relato, esa era mi intención y me enorgullece mucho que al leerlo os haya arrancado una sonrisa. No sé quién dijo que era mucho más difícil hacer reír que llorar.
      Yo, con saber que al menos habéis pasado un rato entretenido ya me conformo.
      Muchas gracias por tu visita y tu comentario.
      Un besote.

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  12. ¡Hola, Paloma! Un excelente relato en el que adaptas el tono y el lenguaje a la época y la historia que se narra. Eso dice mucho de tu capacidad narrativa. La escena en la que ella intenta enviar sus mensajes "abaniquiles" es divertidísima con esos malos entendidos tan deliciosos.
    Mi abuela conocía ese lenguaje. Creo que se trataba más bien de un ejemplo de hipocresía social. Se asumía lo que significaba cada gesto con el abanico pero como no se decía verbalmente se hacía la vista gorda. También se intentaba que solo lo viera el deseado, con discreción. No demores la continuación, a ver si el "ciego" en realidad no lo es tanto y solo le está haciendo pasar un mal rato. Enhorabuena por el trabajo de documentación. Un abrazo!

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    1. Jo, David, con todo lo que me estáis diciendo sobre este relato me estoy viniendo arriba. Me alegra saber que has disfrutado con esta lectura.
      La documentación, además de servir para situar la historia en un momento determinado, me ha permitido ambientarme y sumergirme mejor en la época. El conocer además algunos signos con el abanico me ha servido para tener cuidado cada vez que lo utilizo, no sea que me involucre en alguna situación comprometida.
      En cuanto al lenguaje del abanico sigo pensando que es absurdo, puede resultar un juego pero para mi gusto algo insulso. Las señales o los gestos solo me parecen útiles en el mus, y en ese caso también hay que tener cuidado de que solo los vea tu pareja (de juego).
      En breve sabréis qué ha entendido de todo esto el bueno de Salvador, que ha recalado en España algo despistado.
      Un besote.

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  13. ¡Me encanta tu relato! Mientras te leía me sentía como si estuviera viendo la escena por un agujerito del salón, y me subía el calor de pensar en los esfuerzos que hacía la pobre Matilde (oye, qué atrevida te salió...).
    Estoy a la espera de la continuación, no sé cómo puede acabar el asunto ;-)
    Un beso, pretty.

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    1. Matilde ha entendido el atrevimiento de manera equivocada. Toda esa osadía para ejecutar los movimientos del abanico si la hubiera empleado en decirle a la cara a Salvador lo que pensaba yo creo que habría sido más efectivo, o por lo menos que le hubiera escrito una carta.
      Cualquier otro tipo de comunicación que no sea el abanico hubiera sido más útil, a la vista está que ese lenguaje no lo conoce casi nadie.
      Un besote, compañera.

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  14. Que relato Paloma, ¡ohhh! Me ha encantado, pero muchísimo.
    Pobrecita y a la vez que sonrisas me ha arrancado, pero quizás a Salvador le pase como a mí que no sabía nada sobre los abanicos y sus mensajes. Quizás cuando lo descubra sea una bonita anécdota. He disfrutado de inicio a fin, espero con ganas la continuación.
    Un besazo.

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    1. Creo que la ignorancia de Salvador sobre el lenguaje del abanico no es exclusiva de él. Por lo que estoy comprobando no lo conoce casi nadie. Debe de ser como el esperanto, que no sirve mucho y ha caído en el desuso, jajaja.
      Bueno, el viernes tendremos el desenlace. A ver qué pasa con Matilde y Salvador (y el abanico).
      Un besote, Irene. Gracias por tu visita.

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  15. Imaginé cada momento de los que relatas. Es muy divertido pensar que ella le habla en y idioma que el desconoce o no... lo sabremos la próxima. Que sea pronto!

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    1. Para que dos personas puedan entenderse es fundamental que empleen un lenguaje que las dos conozcan. Por lo visto Matilde no tuvo en consideración la posibilidad de que Salvador no estuviera al corriente de ese lenguaje tan especial.
      El viernes se sabrá en qué queda la historia entre Salvador y Matilde.
      Muchas gracias por tu visita, Mirna.
      Un beso.

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  16. Muy bueno Paloma, me ha encantado. He imaginado a la pobre mujer dándole al abanico como una posesa y el otro desgraciado sin pillar ni las directas ni las indirectas. Pobrecita, me has hecho reír, le ha faltado primero el libro de instrucciones.

    No uso mucho el abanico pero sí recuerdo haber leído sobre esos códigos que usaban las damas y me pareció delicioso, igual que con tu relato.

    A ver qué pasa en la próxima...¿aprenderá el hombre?
    Un beso

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    1. No sé si Salvador necesitaría un libro de instrucciones o un diccionario abanico-español. El caso es que el pobre indiano no pescó ni una, o puede que sí...
      En fin, pasado mañana veréis qué pasó con esos movimientos desesperados de Matilde.
      Un besote, guapa.

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  17. Parece ser que nos traes una historia romántica, Paloma, que aún no sabemos por donde va a derivar. Ambientada en un Madrid de época, segunda mitad del XIX por las referencias que acertadamente nos das con los nombres de los alcaldes, reproduces muy bien el recato que aprisionaba a las mujeres en esos tiempos, tanto en el vestir como en las relaciones sociales. Esperamos la segunda entrega. Un saludo.

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    1. Pues sí, he escrito una historia romántica, o al menos se desarrolla en la época del romanticismo. Yo he sido la más sorprendida porque a mí, generalmente, los romances no me gustan como principal argumento en una historia. Pero una tarde de agosto y dándole yo a mi abanico me vino a la mente esto que aquí os traigo.
      Cosas de las musas (o del calor, no estoy segura).
      Gracias por tu comentario, Jorge. Mañana, el desenlace.
      Un abrazo.

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  18. jajaja qué divertido. Pobre Matilde, tanto sufrir y tanto calor para que no sé ni cuenta de las indirectas. No sabía que un abanico pudiera tener tantos significados, siempre se aprende algo nuevo :) La verdad que los de las fotos son preciosos!
    Un besito guapa, espero la continuación!!

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    1. Tengo una buena colección de abanicos que en verano reparto por los varios bolsos que tengo para asegurarme que no salgo a la calle sin uno.
      No soporto nada bien el calor y el abanico es para mí casi una herramienta de subsistencia en verano. Del lenguaje me he enterado yo también cuando me documenté para este relato, hasta entonces era tan ignorante de los signos del abanico como Salvador.
      Mañana sabrás en qué acaba la historia de Matilde y Salvador.
      Un besote, María.

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  19. ¡¡¡¡Hola!!!!
    Me encanta, he querido leer esta parte antes de pasarme a la siguinte, ya nos vemos allí, besos.

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  20. Ja, ¿quién le hizo creer que todo el mundo sabe de esas señas? Pobre mujer, se va a ir ardiendo si no logra conectar con el moreno.
    Saludos.

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    1. La pobre Matilde vive en su mundo particular y no se entera de nada. Más o menos como los demás con sus manejos con el abanico.
      Un saludo.

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Hada verde:Cursores
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