19 de octubre de 2017

"Los instrumentos del mal"-Imogen Robertson

Sussex, 1780. Cuando un cadáver sin identificar aparece en las lindes de su propiedad, la curiosa Harriet Westerman no puede evitar implicarse en la resolución de este misterio. Para ello busca la ayuda de su huraño vecino, un anatomista de inteligencia notable pero escasas aptitudes sociales. Las pistas apuntan a la familia del conde de Sussex, a su joven segunda esposa y a su hijo alcohólico, excombatiente en la guerra de Independencia americana. Mientras tanto, en Londres, Alexander Adams es asesinado delante de sus dos hijos pequeños. Las deudas y la complicada historia de los pequeños los llevarán también a Sussex, donde se convierten en un elemento clave de la resolución del misterio. La presión sobre Harriet y Gabriel es grande, y el peso de los secretos del conde amenaza con sepultarlos a todos.

Esta es la sinopsis del libro que se puede leer en la carátula.

Dos asesinatos en principio sin conexión resultan que sí están ligados y los misterios a los que se hace alusión en la sinopsis se ven venir mediado el libro. "Los secretos del conde" tampoco son demasiado originales a mi modo de ver por lo que eso de que pueda "sepultar a todos" me pareció bastante exagerado. 

Un thriller sin demasiadas pretensiones pero bastante entretenido, las cosas como son. Hay asesinatos, hay investigadores voluntarios y desde su "amateurismo" (ni Harriet ni Gabriel son detectives profesionales) intentan averiguar quién se esconde tras esos hechos tan luctuosos. Todos los ingredientes del género policíaco -si es adecuado emplear el término policíaco cuando la trama transcurre en el siglo XVIII- se dan en esta novela; hay asesinados y asesinos, hay investigaciones, hay un pasado oscuro en alguno de los personajes que aflora y como un fantasma acosa a toda una familia. Y de telón de fondo unos hechos históricos que le dan más colorido, por un lado la guerra de la independencia de EEUU y por otro los llamados disturbios de Gordon (unas algaradas que se dieron en Londres a raíz de un edicto donde se permitía a los católicos tener propiedades y heredar tierras).

Quizás en lugar de una reseña debería hacer aquí un análisis sobre las sinopsis de los libros. ¿Quién las hace? Siempre he pensado que son personas a sueldo de la editorial, pero siempre creí que además se habían leído el libro. Dado que últimamente lo que cuenta la solapa del libro difiere bastante de lo que uno se encuentra entre las páginas del mismo... empiezo a tener mis dudas sobre esto último.

En cualquier caso quienes escriben las sinopsis saben mucho de psicología o son optimistas redomados y saben extraer conclusiones que muchos lectores -entre los que yo me suelo encontrar- son incapaces de sacar. Algunos además, y me estoy refiriendo a esta sinopsis en particular, cuentan demasiado, porque alguna de las cosas que se reseñan en la misma ocurren al final de la novela, y eso ya me parece fatal.

Como ya empieza a ser habitual en mí, cuando un libro me decepciona me pongo a marear la perdiz y me paro en detalles que no tienen demasiada importancia pero que me llaman la atención. Por ejemplo, en un momento dado uno de los personajes escribe una dirección en un "cuaderno", arranca la hoja y se la da a su interlocutor. Llamadme tiquismiquis, pero ¿en el siglo XVIII había cuadernos? Tenía la impresión de que escribir en aquella época era una tarea bastante ardua, por lo del tintero, la pluma, secar la tinta y todas esas cosas. Pero si había cuadernos a lo mejor no era tan complicado.

Otra cosa que yo creía bastante peliaguda en ese siglo era lo de enviar cartas. Estaba en la idea de que la correspondencia se daba de tarde en tarde y había que esperar bastante para enviar y recibir una carta. Sin embargo, uno de los personajes tiene una importante noticia que contar a una amiga suya y le pone en antecedentes pero sin entrar en detalles, porque eso tan importante se lo va a contar en otra carta que enviará ese mismo día pero por la tarde (!). Evidentemente, a ese personaje le pasa algo y la carta donde se aclararía "un gran misterio" no se escribe y el misterio se hace de rogar -y el libro se puede prolongar unas cien páginas más-.

Y ya por último, otro personaje es testigo de una escena muy importante, pero se le olvida, así sin más, sin recibir un golpe en la cabeza ni nada por el estilo. Treinta años después la recuerda -la memoria de este personaje parece que viene y va sin motivo aparente-, y desencadena una reacción en otro personaje que derivará en hechos trágicos. Siento no ser más explícita pero no quiero destripar el argumento -para eso ya está la sinopsis-.

En fin, un libro para pasar un rato entretenido y no darle tantas vueltas como he hecho yo. Porque la lectura de evasión es entretenimiento en forma de libro y los libros, libros son.


13 de octubre de 2017

Dígaselo con un abanico (Segunda Parte)


Enlace para ver la primera partepinchar aquí  

Al día siguiente y aún escocida por el fracaso de su temeraria actitud se dispuso a vestirse para acudir a misa en la aledaña iglesia de la Santa Cruz. Allí le pondría un par de velas a San Judas Tadeo, abogado de los casos difíciles y desesperados, pues muy difícil y desesperado parecía conseguir la atención de Salvador Rupérez y Quiroga. 

Cuando estaba acomodándose la última horquilla en su estirado moño, Pacita —la criadita que ayudaba a Paca, la cocinera, y que se encargaba de los pequeños recados— entró toda presurosa en su dormitorio.

—Doña Matilde, doña Matilde, que en la puerta hay un chico con un recao pa usté.
—Pacita, ¿cuántas veces te he dicho que has de llamar antes de entrar en una estancia? Hija mía, qué poca carrera hago contigo, no hay manera de que sigas las mínimas normas de la educación —contestó Matilde a la acalorada chiquilla.
Tié usté razón, señora. Pero ¿qué hago con el recao?

Fue entonces cuando Matilde fue consciente de lo que implicaba la irrupción de la criada; un recado de alguien. Hacía años que no se recibían avisos en esa casa, tan solo la invitación impecablemente escrita en letra inglesa —cómo no— de las hermanas Rupérez para las meriendas de los martes, pero hoy era miércoles. ¿Quién podría ser?

—Bueno, pues pídele al chico ese que te diga lo que quiere y me lo comunicas —le contestó a la sirvienta.
—Es que viene escrito en un papel, señora.
—Bien, ¿y qué? —replicó Matilde mientras se acomodaba un pequeño mechón de pelo especialmente rebelde.
—Pues que yo no sé leer, doña Matilde. No puedo saber qué recao es.
—¡Alma de cántaro! Pues coge ese papel y tráemelo. Por Dios bendito, mira que eres simple, niña. ¡Vamos!

Mientras Pacita salía de la habitación a todo correr para obedecer las indicaciones de su señora, Matilde se quedó cavilando quién sería el autor de esa misteriosa nota.

—¡Bah! Seguro que es una equivocación o alguna chiquillada de los zarrapastrosos que andan por los descampados de Atocha.

Mientras estaba en estas cavilaciones Pacita regresó y le tendió un sobre. Era de color ocre, de buena textura; con una letra pulcra y sin florituras ponía ‘Para Matilde Salazar’, en el anverso y  con el mismo tipo de letra se podía leer ‘Salvador Rupérez y Quiroga’.

Con el corazón a punto de salírsele por la boca, Matilde empezó a temblar de pies a cabeza. Pacita, que aún permanecía en la estancia a la espera de nuevas instrucciones, se asustó pues pareciera que a su señora le estuviera dando un ataque de no sabía muy bien qué.

—Señora, ¿qué le pasa? ¿le está dando un paralís? —preguntó la chiquilla seriamente preocupada.
—¿Eh? Nada, nada, no pasa nada, Pacita —contestó la aludida siendo consciente de la presencia de la niña—. Puedes retirarte, vete a ayudar a Paca.

Una vez sola, Matilde se decidió a leer la nota. Antes necesitó respirar profundamente varias veces hasta que consiguió ralentizar los latidos de su corazón.

¡Una nota de Salvador! ¿Qué querría de ella? Quizás sí que entendió todos los mensajes que le había enviado la tarde anterior y por pudor, y porque era todo un caballero, no quiso que nadie —ni siquiera ella misma— se diera cuenta de que había entendido cada uno de sus movimientos con el abanico.

La nota rezaba así:

“Estimada señorita Salazar:
Perdóneme la intromisión y la osadía por dirigirme a usted de una manera tan abierta, pero después de la velada de ayer en casa de mis tías tengo una idea en mente en la que usted juega un papel muy importante y me veo en la necesidad de hablarlo directamente sin necesidad de testigos que entorpecerían el diálogo.
¿Cabría la posibilidad de que nos reuniéramos en algún lugar, público por supuesto, para poder decirle de viva voz lo que desde ayer necesito comunicarle? He pensado que el lugar de encuentro podría ser el café Universal de la Puerta del Sol, allí podríamos hablar cómodamente y estaría encantado de invitarla a una horchata o a lo que prefiera usted.
Sé que mi petición puede parecer atrevida e insolente, pero le aseguro que mis intenciones son absolutamente honestas y no ha de temer ningún agravio por mi parte.
Sea como fuere yo estaré en dicho café esta tarde a las cuatro, si finalmente se decide a acceder a mi petición me hará sentirme un hombre afortunado.
Se despide de usted con afecto:
Salvador Rupérez y Quiroga.”
Con manos temblorosas Matilde apretó la nota contra su pecho y se puso a reír y a llorar a la vez. Salvador quería una cita con ella. ¡Una cita! Por “una idea en mente” desde ayer en la velada en casa de sus tías. Estaba claro que tenía que ver con sus manejos del abanico. Seguro.

*****

Matilde decidió no ir a misa y dejar las velas a San Judas para otra ocasión. Pensó en una tarea más productiva como elegir un vestido para su cita con Salvador y, lo más importante, pensar qué abanico sería el más adecuado. Aun así las manecillas del reloj del salón parecían no moverse, por lo que decidió dejar de mirarlo y guiarse por las campanadas del cercano reloj de la Puerta del Sol, algo que la hizo llegar con diez minutos de retraso porque era famosa, y motivo de chanzas por parte de los madrileños, la poca fiabilidad del reloj emplazado en la torre de Gobernación.

Cuando entró en el café a punto estuvo de desmayarse de tan emocionaba como se sentía. Al fondo, al lado del espejo, estaba Salvador, con su piel morena, con sus ojos claros y con su sonrisa en la boca en cuanto la divisó. Él se levantó y galantemente le tendió la mano a la vez que retiraba una de las sillas para que Matilde se sentara.  

—No sabe qué feliz me hace verla aquí y comprobar que ha aceptado mi invitación —dijo Salvador iniciando la conversación.
—Bueno, confieso que me tiene sumamente intrigada eso que quiere hablar conmigo —contestó Matilde con un hilillo de voz pues el nerviosismo que la atacaba siempre que estaba delante de Salvador hizo de nuevo acto de presencia.

Después de que el camarero les sirviera sus consumiciones —café para él y azucarillos para ella—, Salvador continuó con la tímida conversación. Se le notaba azorado, pensó Matilde, y eso era señal de que lo que le iba a comunicar era importante.

—Verá, Matilde, no soy hombre de circunloquios. Durante muchos años me he desenvuelto entre plantaciones y gente del campo cultivando café, por eso le pido de antemano disculpas si mi tono y mis maneras le resultan bruscas.
—Ay, Salvador, ¡qué cosas dice usted! No me parece en absoluto un hombre brusco —respondió Matilde al mismo tiempo que sentía ruborizarse, por lo que optó por ocultarse detrás de su abanico a la vez que se daba algo de aire para ver si así se le iba el calor que empezaba a sentir en todo el cuerpo.

Cuando hizo esta maniobra Salvador amplió su sonrisa —y Matilde sintió aún más calor—.

—Matilde, es usted una artista con los abanicos. Y precisamente de ellos quería hablarle.

Llegados a este punto el movimiento de muñeca de Matilde era desenfrenado, y el aire que despedía el abanico llegó hasta los ocupantes de la mesa colindante.

—Pues usted dirá.
—Mire, desde que la conozco me ha llamado mucho la atención la cantidad de abanicos que posee. 
—Sí, bueno, verá, es que aquí en Madrid hace mucho calor y… en fin, son muy útiles, claro, porque si no fuera por el aire que dan no se podría aguantar, aunque ustedes los hombres no los llevan y no pasa nada, o eso parece, es decir, que no se va a morir uno por no llevar abanico pero si lo lleva mejor que si no lo lleva ¿no cree?

Mientras decía todo esto, Matilde pensó que hubiera sido mejor quedarse calladita, porque para decir semejante sarta de bobadas era preferible enmudecer. Pero entre el calor y la sonrisa de Salvador estaba al borde del síncope y su cerebro no era capaz de funcionar con lucidez.

Sin embargo Salvador siguió sonriendo y prosiguió.

—Mi madre y mis tías también son aficionadas a utilizarlos pero reconozco que usted tiene un donaire particular. Además, ayer fui consciente de quién es de verdad. Su manera de utilizar ese útil y al mismo tiempo bello instrumento me ha hecho reflexionar y de ahí mi petición por verla hoy.

Según hablaba Salvador, Matilde estaba flotando en una nube vaporosa y nadando en un mar de sudor pues el calor que sentía no se lo habrían quitado ni los abanicos gigantes de plumas que vio en uno de los cuadros de El Prado.

—Matilde, ¿sería usted tan amable de acompañarme a elegir un abanico para alguien muy especial? Usted es una entendida en la materia, ayer me lo demostró con unos movimientos de gran pericia y creo que me sería muy útil.
—¿Elegir un abanico? ¿Para alguien muy especial? —balbució ella aturdida por lo que acababa de escuchar.
—Es algo que llevo con mucha discreción, por eso he querido hablarlo con usted fuera de las paredes de la casa de mis tías. Tengo una prometida en Cuba y quería regalarle un abanico, pero cuando fui a una de las mejores tiendas de la ciudad me asaetearon con ingentes detalles. Que cómo quería las varillas, de carey, nácar o marfil, que si mejor de madera, pero madera de peral o de manzano, que si la tela de seda o de encaje. En fin, que me aturdieron con muchas preguntas y no supe contestar. 
—Bueno... esto... en realidad es sencillo. No... no es tan complicado. Ejem, las varillas mejor que sean de peral, pero los padrones han de ser de nácar porque así duran más, la tela que sea resistente pero no muy gruesa pues le quitaría cimbreo —contestó Matilde con un hilillo de voz otra vez, pero en esta ocasión no por el nerviosismo sino por la amarga decepción que se acababa de instalar en su pecho.

Además, el calor que anteriormente la abrasaba había sido sustituido por un sudor frío que estaba haciéndole tiritar. 

Después de despedirse apresuradamente de Salvador aduciendo una jaqueca repentina y dejando al indiano algo extrañado, Matilde salió a todo correr del café Universal.

*****

Matilde caminaba calle Alcalá arriba anegada en sudor y lágrimas. El agua en la cara no fue capaz de atenuar el tremendo sofoco que padecía. Pestañeando furiosamente para ahuyentar el llanto se fue a su casa deseando quitarse la ropa que tanto la incomodaba y el mal sabor de boca de unos azucarillos que le habían dejado un regusto a hiel. 

Mientras iba camino de su casa agitaba frenéticamente el abanico. ¡Por Dios, qué calor!



Escrito en Madrid, una tarde calurosa del mes de agosto. 

9 de octubre de 2017

Dígaselo con un abanico (Primera Parte)


¡Por Dios, qué calor! Matilde caminaba calle Alcalá arriba sudando a mares y renegando del sol implacable que ese mes de agosto estaba castigando a los madrileños de manera inmisericorde. Según el reloj de la Puerta del Sol pasaban más de las seis de la tarde pero el sofoco era mayúsculo y aunque movía su abanico a un ritmo frenético apenas podía mitigar la calorina que la estaba abrasando. Bien es verdad que el corpiño, la falda, la sobrefalda y sobre todo el maldito polisón no ayudaban en nada a refrescarse. Ya podía ella abanicarse que poco iba a conseguir con tanta tela encima.

Mientras refunfuñaba y sofocada maldecía su incomodidad, Matilde se imaginó que las mujeres pudieran ataviarse con un vestido más ligero que dejara los brazos y la piernas descubiertos. Sería estupendo poder vestir así, sobre todo para ir por las calles de Madrid en verano. Nada más tener esta idea se tapó con el abanico el rostro ante tamaña estupidez al mismo tiempo que se ruborizaba por ocurrírsele semejante indecencia. Ninguna mujer en su sano juicio y con un mínimo de decoro se vestiría así jamás. 

Pero lo que más molestaba a Matilde no era el calor. Su malestar venía de la frustración que acababa de sentir en la velada de las señoritas Rupérez. Había acudido a la casa de las dos hermanas a una reunión informal de las que eran tan aficionadas estas mujeres y que consistía en una especie de merienda a base de té y pastas, tan al estilo inglés que pretendía imitar la menor de las Rupérez desde que estuvo un mes en Londres para ultimar los trámites de una herencia familiar. 

Las reuniones en casa de las hermanas eran el único entretenimiento que Matilde tenía para distraer las interminables horas del día pues desde que falleció su anciana madre, y libre ya de los cuidados que requería la enfermedad y los muchos años de su progenitora, Matilde no sabía qué hacer con su tiempo libre en particular, ni con su vida en general.

Un poco de parloteo con chismes sobre amistades comunes servían a Matilde de evasión. A estas reuniones solían acudir también algunos caballeros, normalmente militares retirados —tan ociosos o más que la propia Matilde— o los esposos de algunas de las invitadas a la merienda; en cualquier caso, la media de edad de los varones superaba la sesentena. 

Sin embargo, desde hacía cuatro meses se había incorporado al remedo de ágape británico un nuevo invitado: don Salvador Rupérez y Quiroga, sobrino de las Rupérez y recién llegado de las Américas tras varios años haciéndose cargo de la plantación de café que su padre poseía en la isla de Cuba. 

Desde el primer momento en que lo vio, Matilde se sintió desfallecer. Salvador frisaba los cuarenta años y tenía una planta estupenda; su elevada estatura, su piel morena, sus ojos claros —que parecían aún más claros en el moreno rostro— y su maravillosa sonrisa la cautivaron de tal manera que cuando se lo presentaron apenas fue capaz de balbucir un tímido ‘encantada de conocerlo’. 

Y tan encantada que estaba; aquella noche tras la presentación no consiguió dormir y a pesar de rezar el rosario antes de acostarse —como siempre hacía desde que tenía uso de razón— su mente se pobló de imágenes muy poco marianas y en las que aparecía siempre el rostro de Salvador, con sus ojos claros y su maravillosa sonrisa.

Por eso desde hacía semanas no se perdía una de esas reuniones. Ya podían caer chuzos de punta o lucir un sol abrasador, como en esta ocasión, que Matilde acudía a casa de las Rupérez con la devoción de un peregrino para adorar a su dios transoceánico. Pero una vez hechas las salutaciones que las buenas maneras y el protocolo exigen, Matilde no era capaz de articular palabra; cautivada e intimidada a partes iguales por la arrolladora personalidad del indiano, donde los ojos claros jugaban un papel primordial, Matilde apenas hablaba, tan solo se limitaba a asentir los insustanciales comentarios de los contertulios y a dirigir furtivas miradas a su amado. 

Porque Matilde se había enamorado como una adolescente a pesar de haber dejado la treintena hacía años. Apenas había cruzado con el objeto de su amor un par de frases ya que su timidez no le permitía hablar con él más allá del consabido ‘buenas tardes’ o ‘adiós’ en las despedidas. Cada vez que volvía de una de esas veladas Matilde se maldecía y se prometía que en la siguiente sería más habladora y conseguiría cruzar varias frases con Salvador para comprobar, a la postre, que todas sus buenas intenciones en nada se quedaban cuando se volvía a reencontrar con él en la casa de las Rupérez.

Pero hoy debería haber sido diferente. 

Matilde era apocada pero también sabía buscar alternativas. Unos años atrás, su amiga Elvirita le había enseñado el lenguaje de los abanicos; movimientos muy concretos con este utensilio podían enviar mensajes muy sugerentes. Así que hoy Matilde decidió comunicarse con Salvador a través del sempiterno abanico que nunca la abandonaba y que dados los calores agosteños era inevitable utilizar. Lo que su lengua y su timidez no se atrevían a decirle lo diría su abanico. 



Sin embargo, algo había salido mal. 

Hoy Matilde había llevado su abanico más lujoso, uno con las varillas de marfil, con un país entelado en seda con peonías rosas sobre fondo azul que era un primor. Durante las dos horas en que se desarrolló el frugal condumio Matilde se empleó en gesticular con el abanico. 

Primero lo portó ostentosamente en su mano izquierda mientras con una inclinación de cabeza respondía al educado saludo de Salvador nada más llegar a la casa de sus tías. Pero Salvador no reparó en este gesto, no se dio por aludido con ese “deseo conocerte” que implica llevar el abanico cerrado en la mano zurda. No obstante, Matilde no se amilanó y siguió en su tarea de comunicarse mediante ese instrumento aventador. 

Una vez sentados en sus respectivos asientos y delante del servicio de té primorosamente servido por Lucía, la doncella de las Rupérez, Matilde con una parsimonia que habría dejado boquiabierto a un monje tibetano, se dedicó a mirar detenidamente los dibujos del paisaje de su abanico mientras  lanzaba miradas a Salvador, pero éste se limitó a sonreírla como si le hiciera gracia el gesto de ella. Como si fuera divertido que una dama le dijera “me gustas mucho”, algo que por otra parte, pensó Matilde, le debían de decir muy a menudo dada la buena planta del gachó. 

Como estas aproximaciones no parecían hacer mella en el caballerete, Matilde empezó a abanicarse fuertemente hasta conseguir que los pocos mechones que se escapaban de su estirado moño se agitaran, y así transmitir a su amado el mensaje implícito en este gesto: “pienso en ti”. Pero Salvador tampoco captó el mensaje, tan solo consiguió que la mayor de las Rupérez le comentara:

—Matilde, querida, ¿tienes mucho calor? Te noto sofocada, le pido ahora mismo a Lucía que te traiga un vaso con agua fresquita.

Viendo que sus manejos con el abanico no iban al puerto que ella deseaba, Matilde se volvió más temeraria y decidió atacar con toda la artillería. Pensó que era mejor dejarse de rodeos e ir directamente al grano. Con toda la osadía de la que fue capaz abrió su abanico en todo su esplendor y, con la mirada fija en Salvador, se tapó los ojos. ¡Por Dios! ese “te quiero” debería haberse ‘oído’ en todo Madrid, pero nadie en la sala lo percibió porque ni Salvador, ni ninguno de los tertulianos, se inmutó.

Con el corazón desbocado ante su propia temeridad, con la insensatez que da la desesperación y una vez perdido el pundonor, Matilde decidió una jugada inaudita e impropia de ella, siempre tan comedida y tan modosita: se dio un golpe con el abanico cerrado en la mano izquierda. Si con ese “ámame” que le acababa de comunicar a Salvador éste no reaccionaba es que el caballero era un témpano de hielo —por mucho que viniera de tierras caribeñas—. Una vez más la reacción provocada ante semejante gesto fue inesperada. En esta ocasión fue un coronel retirado, don Jesús Fuentes y Gil, el que exclamó:

—Matilde, ¿qué le ocurre? ¿le ha picado un mosquito? Este verano infernal y las aguas estancadas del Manzanares están llenando las calles de esos desagradables insectos. Toda una incomodidad que la municipalidad no quiere afrontar, pero claro qué se va a esperar de un alcalde revolucionario como ese medicucho de Abascal. ¡Si don Pedro Sainz de Baranda levantara la cabeza!

—La volvería a dejar caer, coronel —respondió doña Luisita, la viuda de un antiguo compañero de armas de don Jesús—. Deje en paz a los muertos. Yo no he visto ningún mosquito y además el Manzanares está muy lejos de aquí.

En este punto la conversación derivó en cómo atajar el ataque de los mosquitos, en cómo aliviar sus picaduras y si entre las competencias del ayuntamiento se encontraba la de conseguir que el río Manzanares tuviera más caudal en verano. Y Salvador sonriendo maravillosamente con sus ojos claros en su moreno rostro, con su elevada estatura sobresaliendo entre los presentes, con su porte de dios y… sin captar ni uno solo de los mensajes que Matilde le estaba lanzando.



Así iba rumiando Matilde su frustración, deseando llegar cuanto antes a casa para quitarse las molestas ropas que tanto la incomodaban con esos calores.

(Continuará...)


5 de octubre de 2017

"Las filipinianas"-Inma Chacón

Una saga de mujeres aristócratas con unas vidas marcadas por el viaje. Tres hermanas, que llegan a Manila arrastradas por el sueño de su padre. En un clima de tensiones políticas, estas mujeres lucharán por encontrar el hueco que las defina a sí mismas, en la masonería, en la familia, o en la sociedad clasista de la segunda mitad del siglo XIX, pero, sobre todo, en un país bello y a la vez hostil que las cambiará para siempre

Esta sería la sinopsis de la novela. Según esta sinopsis el título de filipinianas es muy apropiado. Y lo es, solo que es oportuno bien mediado el libro, porque a Manila llegan estas tres mujeres cuando se ha pasado el ecuador de la novela. Previamente las tres mujeres protagonistas (o casi todas ellas)  han estado en Toledo, Madrid, Palma de Mallorca y Alejandría. Quiero recalcar con esto que la introducción a la trama –si es que tanta página previa a Filipinas fue una introducción– me pareció excesiva.

Porque según iba leyendo tenía la sensación –muy habitual en algunas novelas– de que se contaban muchas cosas pero en realidad no estaba pasando nada. Al llegar a Filipinas –por fin– parece que la cosa se anima pues arriban en los meses previos de la guerra que acabaría con la independencia de esa colonia. Como se cita a Baler –el lugar donde resistieron absurdamente los últimos de Filipinas– y también a célebres cabecillas que dirigieron la revuelta yo me hice ilusiones.

El caso es que fue eso, una ilusión, porque lo que prometía se quedó en nada, al menos para mí.

Definiría a esta novela como “lo que podría haber sido pero no fue”. Podría haber sido un alegato sobre el papel de las mujeres en el siglo XIX y la rebeldía de algunas ante la subyugación establecida. Podría haber sido un alegato sobre el colonialismo y los colonos integrados en el país que los acogió y que deben abandonar todo por decisiones meramente políticas y odios estimulados espuriamente por objetivos oscuros. Podría haber sido muchas cosas pero al final es una historia algo ñoña y liviana.

De un tiempo a esta parte me descubro a mí misma muy picajosa a la hora de leer, me fijo demasiado –esto no sé si es bueno o malo– en detalles que a lo mejor no tienen tanta importancia. El caso es que, o tengo muy mala suerte, o he desarrollado un sexto sentido para captar gazapos. Lo peor es que cada vez los aguanto menos. 

Previamente a esta novela abandoné una ambientada en el siglo XV porque en un momento dado aparecía un personaje portando un cubo y ¡una fregona! Fue tal el mosqueo que me agarré que cerré el libro y no seguí. En esta novela que nos ocupa he encontrado también algunos errores –quizás no de tanto calado como el que acabo de exponer–. Cuando se cita a Hipatia de Alejandría se refieren a ella como “la directora de la Biblioteca de Alejandría”, algo totalmente falso. 

Además, y esto me molestó más que ese cargo imaginario adjudicado a Hipatia, los diálogos me parecieron simplones y poco trabajados. Se describen situaciones absurdas como que un personaje abandone el puesto de cónsul en Alejandría para cumplir su sueño que consiste en tocar el órgano en la catedral de Manila. Todo esto añadido a una historia que podía haber sido excelente y que se quedó a medio gas, hizo que esta lectura me decepcionara y me dejara desorientada a partes iguales.

Mi decepción y desorientación se debe a que hace varios años leí la continuación de esta novela (Tiempo de arena). Si leí la segunda parte antes que la primera fue por puro desconocimiento y porque tengo la desagradable manía de ponerme a leer libros sin documentarme previamente sobre el autor y su bibliografía. Cuando leo una sinopsis atractiva me tiro de cabeza a la piscina y así me va.

El caso es que aquella segunda parte –que yo leí primero– me gustó mucho. Viendo lo poco que me ha gustado ahora la primera, ya no sé si yo he cambiado, si la que cambió fue la autora que escribió mejor y se lo curró más en la segunda o qué demonios ha pasado. Podría averiguarlo leyendo por segunda vez la segunda parte que previamente leí primero –esto se está pareciendo a una crónica de la Guerra de las Galaxias con tanto episodio hacia adelante y hacia atrás, mil perdones–, pero no me apetece. Me quedaré con la incógnita.

De todas maneras, a mí me gusta ser positiva y extraer conclusiones válidas incluso de las lecturas mediocres –de las malas lecturas solo saco conclusiones negativas porque mi positivismo tiene sus límites–. Así que de esta novela destacaré las buenas descripciones de Filipinas, de Manila en concreto, y el romanticismo implícito en toda la historia con sus amores aventureros y revolucionarios. 

Otra conclusión extraída de esta lectura es que a partir de ahora no pondré calificación de “kirkes” al final de la reseña, porque ya no estoy segura de que algo que me gusta ahora me siga gustando dentro de unos años o viceversa. Si no me apetece releer algunos libros para comprobar si mis gustos han cambiado menos me va a apetecer repasar el blog cada dos por tres.



1 de octubre de 2017

Carolina Coronado

Retrato de Carolina Coronado por Federico Madrazo, óleo sobre lienzo, Madrid, Museo del Prado

La protagonista de este mes de octubre, tan otoñal y tan romántico, en Poemas y Cantares es Carolina Coronado.

Carolina Coronado nace el 12 de diciembre de 1820 en Almendralejo (Badajoz). Su familia tiene un buen nivel económico y es de ideas progresistas. A pesar de este progresismo Carolina es educada como cualquier niña de su época –cualquier niña que puede recibir educación– por lo que aprende a coser y a tocar algún instrumento –arpa y piano– para que pueda deleitar a las amistades en las reuniones sociales.

Con dieciocho años y en plena guerra carlista toma partido por el bando de la reina Isabel II, definiéndose Carolina así como revolucionaria. Personalmente, definirse como revolucionario y apoyar a un rey –en este caso, una reina– no me parece muy coherente; aunque teniendo en cuenta que en el otro bando el pretendiente al trono era Carlos de Borbón, un defensor a ultranza del más rancio absolutismo, puede que lo de revolucionaria por apoyar a Isabel tuviera sentido.

Donde también demuestra su talante revolucionario, y para mí más acorde con este término, es con su postura antiesclavista. Participa junto a Concepción Arenal en la Sociedad Abolicionista de Madrid y defiende a capa y espada la abolición de la esclavitud en todos los países en general y en la colonias españolas en particular.

Con veintiocho años una ‘enfermedad nerviosa’ la deja medio paralítica y es cuando los galenos le prescriben ‘tomar aguas cerca de Madrid’ –la ciencia médica en aquella época estaba en mantillas–. Por este motivo se traslada a la capital y así llega a conocer al que sería su marido. Se casa con el secretario de la embajada de Estados Unidos en Madrid. Tiene tres hijos, un niño y dos niñas, de los cuales solo sobrevive una de las niñas. 

Mientras vive en Madrid su casa es la sede de tertulias literarias a las que acuden escritores y políticos de talante revolucionario como Castelar –este sí que era antimonárquico, de hecho participó activamente en la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II–.

Precisamente en estos años convulsos de destronamientos parciales –se fue la reina Isabel pero vino el rey Amadeo– Carolina se va a vivir a Portugal. Allí vive modestamente pues la fortuna que había amasado su marido se invirtió en uno de los negocios más ruinosos de la época: el tendido de un cable submarino que pretendía unir Europa con Estados Unidos (se quería establecer comunicación telegráfica para acortar el tiempo de envío de mensajes, pero el cable se deterioró rápidamente y solo duró tres semanas). 

Carolina sufre de catalepsia. Esta afección suele aparecer en cuadros de esquizofrenia y psicosis, pero en el siglo XIX se consideraba una especie de falsa muerte (el enfermo se queda momentáneamente paralizado y sin sensibilidad). Según las crónicas, esta poetisa “muere” varias veces y esto hizo que se obsesionara con la posibilidad de que la enterraran con vida. Esta obsesión se extendió para con sus allegados: embalsamó el cadáver de su marido y se negó a enterrarlo, refiriéndose a él –una vez fallecido– como ‘el hombre de arriba’ o ‘el silencioso’. Recordemos que la catalepsia es un síntoma de psicosis.

Carolina muere –de verdad– en Lisboa el 15 de enero de 1911. Tiene noventa años.

Dicen que esas “muertes” que tuvo condicionaron mucho su talante romántico. Personalmente, creo que esa enfermedad condiciona más para escribir relatos de terror que poesías de amor. Pero es innegable que Carolina tiene muchos aditamentos muy propios de la época en que vive.

Se la compara con Rosalía de Castro y con Bécquer. El caso es que yo apenas había leído nada de ella, y si soy sincera me sonaba más su nombre porque es el de una calle relativamente cercana a mi domicilio.

Con motivo de esta publicación sí que leí varios de sus versos y me quedo con el soneto que a continuación expongo. En él se expresan las dudas de quien es motivo de un escrito y está sometido a la pluma y el escrutinio del escritor. 

¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?
Deja por Dios tan peregrina idea
que podrás sólo hacer que el mundo vea
en vez de lo que soy lo que tú eres.

Digno de ti será lo que escribieres
a tu alma harás brillar en tu tarea,
mas nunca harás que el juicio exacto sea
de cómo yo he cumplido mis deberes.

Mi vida por ti escrita, amiga mía,
un poema completo sólo fuera
hijo del corazón y fantasía,

Donde con gran vergüenza yo me viera
cual debiera haber sido o ser debía
y no cual soy o he sido en mi carrera.

Carolina Coronado (1820-1911)

En estos momentos que se cuestiona el periodismo como una herramienta para manipular por lo distorsionador que puede resultar la manera de contar las cosas me ha parecido esta poesía muy apropiada.

Evidentemente una cosa es la poesía y la ficción literaria donde el escritor tiene la potestad de escribir como le plazca, porque para eso tiene su propia imaginación, y otra cosa es la información verídica donde el periodista tiene la obligación de ser riguroso, porque para eso (se supone) estudió en la Universidad.


Hada verde:Cursores
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