22 de septiembre de 2017

Las secuelas de 'Doctoranda al borde de un ataque de nervios'



Cuando inicié la serie 'Doctoranda al borde de un ataque de nervios' nunca imaginé que disfrutaría tanto y que tendría tan buena acogida. Además el soporte moral que me disteis quienes habéis seguido las diferentes publicaciones fue fundamental a la hora de superar el estrés de presentar la tesis doctoral.

Lo que tampoco podía sospechar cuando empecé a escribir esa serie fue que algunas publicaciones trascenderían el blog y llegarían a los ojos del editor de una revista científica. Pero el caso es que así fue y este editor me ofreció amablemente colaborar en su publicación con otro artículo escrito en clave de humor. 

Me puse manos a la obra y el artículo ya está publicado. Se titula "Lo impactante que es tener un buen factor de impacto". En él ironizo sobre una característica de algunas revistas científicas, el factor de impacto, y cómo un índice que se supone sirve para evaluar la calidad de un trabajo se convierte en un elemento distorsionador de la realidad (en el artículo explico qué es dicho factor y para qué sirve).

Me gustaría dar las gracias al doctor Culebras por darme la oportunidad de traspasar las fronteras del blog y al profesor Sánchez Muniz por animarme a hacerlo.

El enlace a la revista es este
 JONNPR 

y el del artículo este otro, 


La opinión de toda una multitud siempre es más creíble que la de una minoría.
MIGUEL DE UNAMUNO

Para que un ser humano pueda vivir necesita fundamentalmente agua, oxígeno, energía y nutrientes(1). Si ese ser humano se dedica a la investigación necesita otro elemento más: publicar en revistas científicas.
Un investigador científico si no publica se muere, o no existe, que para el caso es lo mismo.
Escribir un artículo exige mucho trabajo, primero hay que recopilar datos en el laboratorio, luego hay que procesarlos, evaluarlos y extraer conclusiones —a ser posible conclusiones que sirvan para algo—. Después hay que plasmar de forma concisa todo y bien sustentado bibliográficamente; el artículo ha de entenderse y ser atractivo para el editor de turno. Porque no solo hay que escribir, hay que publicar y en este proceso es donde el investigador ha de demostrar que está hecho de una pasta diferente a la del resto de los mortales.
El artículo ha de pasar una serie de evaluaciones en las que el autor del mismo es sometido al tercer grado de tantos requerimientos y explicaciones que piden algunas editoriales; conozco a más de uno que ha necesitado apoyo psicológico e incluso tratamiento psiquiátrico después de contestar a los comentarios de los revisores.
Si el editor y los benditos revisores deciden que aquello merece la pena y se puede publicar, el investigador además de sentirse eufórico, afortunado y agradecer a los dioses paganos y oficiales la inmensa merced, está convencido de haber cumplido su misión. O no…
Porque aunque publicar cuesta un Potosí —léase esto de manera figurada y también literal ya que en algunas editoriales hay que pagar verdaderas fortunas para que te publiquen(2) — resulta que no es suficiente. Y es que además de publicar hay que hacerlo en una revista con un buen factor de impacto.
El término en sí ya da malas vibraciones.
Impacto es sinónimo de “choque”, “colisión” y “encontronazo”; estos vocablos, al menos para mi subconsciente, van acompañados de la palabra “sufrimiento”.  
¿Qué significa que algo tiene impacto? Según se mire puede ser bueno o malo. Es como una sorpresa, puede ser una sorpresa agradable (eso es bueno) o puede ser una sorpresa desagradable (eso es malo). Impactar implica impresión, y volvemos a lo mismo, todo depende de cómo sea la impresión. A todo esto hay que añadir que cuando de sensaciones se trata hay un componente subjetivo que es imponderable y por tanto muy difícil de cuantificar.
Pero volvamos al factor de impacto en las revistas científicas.
Recalé en la investigación después de años dedicada a otros menesteres profesionales alejados de ella, por eso la primera vez que oí hablar de ese factor me puse en guardia pues me vino a la mente el concepto “impacto” junto a todos sus sinónimos y la otra palabra que yo asocio, “sufrimiento”.
Recuerdo que a raíz de mi primer artículo publicado alguien me preguntó qué factor de impacto tenía. Yo, ignorante de mí, me lo tomé al pie de la letra y contesté que sí que estaba impactada pero que esperaba recuperarme pronto de la impresión. Después de que mi interlocutor me sacara del error —y los colores de la vergüenza tras el patinazo— busqué más información sobre el tema.
Resulta que el factor de impacto (FI) indica el prestigio de una revista científica y parece que se relaciona con la credibilidad otorgada a la misma. O sea, a mayor impacto, mayor credibilidad. El FI de las revistas se publica cada año en el "Journal Citation Reports", es como el ranking de la ATP pero en lugar de tenistas salen revistas científicas.
Hasta aquí todo va bien. La cosa se tuerce cuando uno indaga cómo se calcula dicho factor.
El FI resulta de un cociente, en el numerador va el número de artículos de la revista que han sido citados durante dos años, en el denominador va el número de artículos publicados en esa revista y durante esos mismos dos años(3).
A mí este método no me termina de convencer, porque cantidad (que es lo que realmente mide ese cociente) no es sinónimo de calidad. Que algo esté en boca de todo el mundo no quiere decir que ese algo sea bueno.
Si trasladamos este razonamiento a los éxitos literarios me viene a la mente  “50 sombras de Grey”, superventas donde los haya la autora vendió los libros como churros, ha sido citada en muchos medios de comunicación y hasta en alguna que otra junta de propietarios, pero la novela es una birria de tomo y lomo.
Que conste que no pienso que las revistas con un FI elevado sean malas. Pero igualmente no creo que las revistas que no tienen un buen FI —o que simplemente no lo tienen, ni bueno ni malo— sean de peor calidad que las que sí lo poseen.
Encima eso de que es mejor publicar en una revista con un buen FI ejerce el efecto llamada. Todos los investigadores intentarán publicar en esas revistas por lo que tendrán muchos artículos que publicar y también serán citados con mayor asiduidad, lo que hará que el FI crezca sirviendo de reclamo para más investigadores. Es como la pescadilla que se muerde la cola, y también como decía mi abuela: cría fama y échate a dormir.
Además, aquí aparece otro tema también controvertido: las citas —y no me refiero a los encuentros entre dos o más personas sino a las bibliográficas que son bastante más aburridas que las otras, dicho sea de paso—. ¿Quién cita a quién y por qué? Lo normal, cuando uno investiga en un campo concreto, es que se cite a quien trabaja en algo parecido, incluso de su mismo grupo. Esto es lo normal, pero lo picaresco incluye que algunos se citen a sí mismos para subir ese FI en beneficio propio. Con todo este embrollo de cita a cita y cito porque me toca, lo de la pescadilla que se muerde la cola se convierte en un bucle sin fin y en otro dicho de mi abuela: Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.
En este escenario las nuevas revistas, las que intentan hacerse un hueco en esto de publicar ciencia, lo tienen más que crudo. Iniciar una nueva andadura siempre es complicado, pero cuando se empieza una aventura en este campo con un lastre como es el FI, la aventura puede convertirse en una auténtica odisea y los aventureros en héroes espartanos.
Pero puede que se vislumbre una luz al final del túnel. Desde el año 2012 la Declaración sobre Evaluación de la Investigación de San Francisco (DORA) cuestiona recurrir al FI como un buen indicador para evaluar los méritos de una investigación científica(4).
En esta declaración se defiende que un trabajo de investigación se valore por lo que es y no por dónde se publica, algo con lo que una servidora está completamente de acuerdo. Antes he mencionado lo difícil que es para las nuevas revistas hacerse un hueco en el mundo editorial científico, pero los nuevos investigadores lo tienen igual de mal, o peor incluso.
A lo largo de mi corta labor investigadora, he tenido que luchar contra molinos de viento en forma de editoriales de revistas científicas con un FI elevado. Como tienen tantos trabajos para publicar —recordemos que todos los investigadores quieren publicar ahí porque así se les valorará más— cuando les llega un artículo de alguien sin un pasado glorioso —léase sin muchos artículos  publicados en revistas con FI elevado— yo creo que ni se leen el título. Si a esta falta de pasado glorioso se le añade que los datos no son demasiado relevantes o dan resultados negativos, la tragedia está servida en forma de no publicar nada de nada, o como diría también mi abuela: no te comes una rosca.
El caso es que cada vez son más las instituciones que se suman a esta declaración de San Francisco y parece que algo se está moviendo al respecto. Siempre es una buena noticia que el sentido común se imponga, y para la que esto escribe un motivo de esperanza.
Sea como fuere, yo cada vez que consiga que me publiquen un artículo en una revista —con un buen FI, con uno malo o sin ninguno, da igual— me sentiré fuertemente impactada (en el sentido positivo de la palabra). Ver mi trabajo editado y divulgado siempre es un placer, y un impacto también. 

Agradecimientos.
Mi más sincero agradecimiento al profesor Francisco José Sánchez Muniz por la lectura crítica de este texto y por sus certeros consejos y puntualizaciones.

BIBLIOGRAFÍA
1.      Gil A. Tratado de nutrición. Editorial Médica Panamericana: Buenos Aires;  2017.
2.      Sánchez-Muniz FJ., Bastida S. Y aún dicen que el pescado es caro. JONNPR. 2016; 1(7): 239-243.
3.      Garfield, E. Journal citation reports. Current contents. 1976; 30: 5-20.
4.      Franco-López A., Sanz-Valero J., Culebras JM. El factor de impacto ya no es el patrón oro; la declaración de San Francisco sobre evaluación de la investigación. JONNPR. 2017; 2(5): 173-176.

19 de septiembre de 2017

"El caso de la mano perdida"-Fernando Roye

Estamos en 1952, en un pueblo perdido de la Sierra Morena. En el medio rural el orden y el cumplimiento de la ley están bajo la responsabilidad de la Guardia Civil. 

En Santa Honorata quien está al mando del cuartel de la Benemérita es el sargento Carmelo Domínguez, apodado “El hechizado” por su heterocromía. Todos creen que esos ojos dispares en cuanto a color son el signo de los poderes que posee el sargento, ya que algunos de sus razonamientos son ilógicos pero certeros a la vez, por lo que algo extraño parece caracterizarle.

El sargento Domínguez es un hombre tranquilo, nunca levanta la voz, no parece alterarle nada. ‘No le gusta trabajar porque le fatiga, pero cuando le da por hacerlo se aplica de veras’. Por eso cuando aparece una mano amputada se dedica a averiguar dónde está su propietario y en qué condiciones (vivo o muerto). 

Los caciques del pueblo, un conde y el alcalde, le presionan para que deje las investigaciones de poca importancia en pos de otros menesteres de más envergadura, como encargarse de la seguridad del jefe de Estado en una breve estancia en la localidad. Porque el mismísimo Franco acudirá a una cacería en las tierras del conde y asegurar la integridad del generalísimo es prioritario para todos. Bueno, para el sargento Carmelo Domínguez, no. Para él es más importante saber quién ha perdido una mano.

A pesar de todos los impedimentos que le ponen en el camino de su investigación, el sargento de la Guardia Civil persiste en sus pesquisas. Con deducciones algo extrañas llega a conclusiones muy acertadas porque al sargento “no se le da bien juntar letras pero lee perfectamente entre líneas”.

De esta manera nos adentramos en una historia policial, con tintes de género negro, sobre todo porque se desarrolla en una época muy negra de la Historia de España: la postguerra. Una época donde ser sindicalista o haberse identificado con el bando perdedor de la guerra era motivo suficiente para ser sospechoso de un asesinato o de cualquier otra fechoría.

A lo largo de toda la lectura hay cierto tono irónico, incluso cómico, que sirve para relajar el ambiente deprimido (y deprimente) que caracterizó a la sociedad española tras la Guerra Civil (especialmente a los que no se beneficiarion de la Victoria). 

Lo único que no me llegó a convencer fueron los diálogos. Cuando hablan algunos personajes con poco nivel cultural se utilizan expresiones, a mi modo de ver, demasiado elaboradas con un vocabulario rico y que no cuadran en alguien que no ha salido del ámbito rural y sin estudios de ningún tipo.

Además he encontrado algunos gazapos. En un momento dado se hace referencia al crimen de Cuenca y se dice que el “asesinado” apareció varias semanas después cuando realmente fueron 16 años los que transcurrieron entre su desaparición y su posterior aparición. 

Las descripciones de la casa cuartel con sus diferentes moradores me parecieron estupendas. No solo está el sargento Domínguez, también se encuentra el cabo Rosario María Liaño, los guardias Ambrosio del Val, Benito Viedma, Ortega Brito... y también sus esposas e hijos. Una convivencia forzada entre colegas y sus familias que conlleva muchos inconvenientes pero también algunas ventajas. Una gran familia a la fuerza, para bien o para mal.

Una novela entretenida con un personaje principal entrañable: el sargento Carmelo Domínguez y que a mí me hizo recordar a otro detective, en este caso televisivo, por su manera tan peculiar de investigar: el detective Colombo.

He leído que el escritor nos va a deleitar con más casos de este singular sargento. Yo me apunto a esta serie de casos porque seguro que disfrutaré tanto como con el de la mano perdida.








15 de septiembre de 2017

"Caen estrellas fugaces"-J. Gil Romero y G. Irisarri

En 1859 una tormenta solar –conocida posteriormente como evento Carrington– es la causante de que se observe una aurora boreal en Madrid durante el mes de septiembre. Este extraño fenómeno atmosférico asusta a la población, mucho más cuando se dan una serie de inquietantes acontecimientos esa misma noche. 

En el patio de la cárcel del Saladero cae del cielo un ángel con las alas amputadas. El alcaide y los guardias del penal no salen de su asombro pero los fenómenos extraordinarios no han hecho más que empezar.

Con este punto de partida se inicia la primera parte de una trilogía que promete ser interesante. Desde luego este primer libro lo es y mucho.

Si los acontecimientos que se relatan son insólitos no lo son menos los personajes que por esta historia desfilan: Elisa Polifeme, una joven ciega con visiones premonitorias; Leónidas Luzón, un antiguo abogado del diablo que vive apartado de la sociedad por culpa de una enfermedad degenerativa que le dificulta moverse; Gabino Echarri, un jesuita con conocimientos y habilidades que trascienden lo humano; el conde del Fierro, un perverso aristócrata con oscuros objetivos; los hermanos Balan, pertenecientes a una etnia del centro de Europa con peculiares características morfológicas, etc.

Los dos personajes centrales, Elisa y Leónidas, son contrapuestos y al mismo tiempo complementarios, pues si ella convive diariamente con lo paranormal y lo extrasensorial, él es un hombre cínico que a fuerza de demostrar la falsedad de los milagros ya no cree en nada. Elisa y Leónidas viven en el siglo de la creencias: las espirituales –las sesiones de espiritismo son el divertimento más habitual de la alta sociedad– y las científicas –a finales del XIX hay un notable repunte de la ciencia experimental–. En esta época todo es posible, las historias de la Biblia conviven y se complementan con la razón y la lógica. 

Un Madrid decimonónico es el escenario de este thriller con tintes neogóticos y mucha crónica social. Hospicios abandonados, cafés que sirven de punto de encuentro para tertulianos de renombre o penitenciarías donde se abandona a la hez de la sociedad son algunos de los sitios que se describen al mismo tiempo que se adorna toda la historia con anécdotas de lugares emblématicos de Madrid. De manera muy amena los autores nos hacen un repaso del callejero y la Historia de esta ciudad de forma que ella también es un personaje más de la trama. 

En un momento determinado los autores hacen referencia a la pieza ‘Música nocturna de las calles de Madrid’ de Bocherini, y desde entonces leí con esa preciosa melodía en la cabeza, algo que me resultó estupendo; fue un añadido inesperado y sumamente agradable a la lectura  (si alguno no conoce esta pieza suena como música de fondo en el vídeo que está al final de la reseña).

He disfrutado mucho con esta lectura. La ambientación de algunos escenarios es tan buena que se percibe el halo de misterio y la presencia de lo sobrenatural: fascinante. 

Además se vislumbra una visión de cierto pasaje del Génesis que a mí me ha atrapado y que, supongo, se desarrollará más ampliamente en los otros libros. El maniqueísmo que, a mi juicio, se manifesta abiertamente en la Biblia aquí no solo se tumba sino que es sustituido con una nueva versión mucho más razonable (dentro de todo lo razonable que puede ser una historia como la que aparece en el Génesis, claro). 

Ángeles insumisos se mezclan con videntes ciegas y cínicos tullidos. Toda una amalgama muy entretenida y muy bien llevada en una historia llena de aventura y con mucho misterio. Misterio que queda en suspenso pues todavía faltan dos libros más para que se complete el argumento.

Habrá que esperar.


                               






12 de septiembre de 2017

"Las cadenas del destino" - Sebastián Roa

Tercera y última entrega de una trilogía fascinante basada en la Reconquista. 

Los dos libros anteriores me gustaron mucho (La loba de al-Ándalus, El ejército de Dios) y este último ha sido el broche perfecto para el relato de una parte de nuestra Historia digna de cualquier película de acción hollywoodiense.

En esta tercera parte la historia continúa donde acabó la segunda, con el desastre de la Batalla de Alarcos en el año 1195. Los cristianos completamente desmoralizados y con su ejército destruido intentan defenderse mediante alianzas y treguas del inminente ataque de las tropas almohades pues es de esperar que tras esa victoria de los musulmanes estos aprovechen la coyuntura.

Pero, una vez más, el califa debe sofocar las rebeliones en tierras africanas por lo que ha de movilizar sus tropas al otro lado del estrecho y eso supone un respiro y una oportunidad para recuperar las pérdidas en los ejércitos cristianos. Y es que el gobierno extremista de los almohades no está bien visto ni siquiera por muchos de sus súbditos, especialmente los andalusíes que son más flexibles en cuanto al seguimiento del islam y que durante muchos años han aprendido a convivir en relativa armonía con los cristianos.

Pero entre los reinos cristianos tampoco hay concordia. La envidia, la ambición y las ansias de poder de los distintos reyes dispersan los objetivos de tal manera que no se sabe a veces muy bien quién es el enemigo pues el que era un aliado en una ocasión se convierte en adversario para la siguiente.

“Está en el sino de los cristianos matarse entre sí, con más saña cuanta más sangre comparten”

En esta novela, tan extensa como las precedentes, transcurren diecisiete años, los que hay entre dos batallas cruciales en el devenir de la Historia de España: la de Alarcos y la de las Navas de Tolosa. A lo largo de sus páginas iremos sabiendo cómo se fraguan las alianzas que llevarán a formar un ejército cristiano que pueda hacer frente al del al-Ándalus. 

De una manera épica, que me gustó muchísimo, se relata la batalla de Las Navas de Tolosa casi minuto a minuto, y esto aunque pueda parecer excesivo no me hizo pesada la lectura, todo lo contrario, disfruté mucho con los avances de unos y con los ataques de otros. El tono épico de la parte final de la novela no evita que, al mismo tiempo, se nos represente la guerra en toda su crudeza; la muerte por doquier, las vidas segadas y la sangre de cristianos y musulmanes mezclada en el fango son descripciones que tienen mucha alegoría.

Al igual que en las otras dos entregas una mujer sirve de hilo conductor de la historia y lleva casi todo el peso del argumento. En esta ocasión se trata de la judía Raquel, una prostituta que se acaba convirtiendo en un elemento primordial como espía al servicio de otra mujer, Leonor de Plantagenet (esposa del rey Alfonso VIII de Castilla). La espectacular belleza de la judía y sus artes de seducción sirven para manejar a su antojo a visires, nobles y reyes de tal manera que se convierten en títeres en sus manos, demostrando que estos hombres piensan más con la entrepierna que con el cerebro. Es en este aspecto donde la historia se me hizo poco creíble. Ya sabemos eso de “pueden más dos tetas que dos carretas” pero no creo que, cuando de la estabilidad de un reino o de la estrategia de una batalla se trata, la pasión carnal llegue a nublar el entendimiento de quienes dirigen estados y ejércitos. 


Epopeyas y seducciones libidinosas aparte, el libro tiene su lado reflexivo, o puede que haya sido yo que le he buscado tres pies al gato dado que mientras estaba sumergida en su lectura un ataque terrorista se perpetró en mi país. Y es que entre los muchos personajes que desfilan por las páginas, hay uno (completamente ficticio) que escribe el Cantar del Mío Cid y en este punto se medita sobre el ascendiente del escritor/orador que con sus palabras enardece a un auditorio ávido de arengas que lo libere de la depresión de sus vidas, de tal manera que quien con sus palabras llega al corazón de otros tiene un poder superior incluso al que posee un general que lidera un ejército. Ahí lo dejo.

Siguiendo con mis reflexiones personales condicionadas por las vivencias de estas últimas semanas, en la novela se hace un canto a la unidad. Se insiste en que ante un enemigo común hay que olvidar rencillas particulares y hacer un frente único para plantar cara a quienes quieren cambiar nuestra forma de vida, a quienes quieren imponer el miedo y la intransigencia.

“Porque es muy alto el precio que hemos pagado, Leonor, para romper las cadenas que pretendían cerrar en torno a nuestro destino. Y esto lo sabrán nuestros hijos, y nuestros nietos, hasta el fin de los días. Ellos cuentan con el camino que les hemos labrado. Saben, sabrán siempre que a nada llegarán si no viven en paz entre ellos y si no se unen para defenderse de sus enemigos”

Con reflexiones o sin ellas, este libro es muy ameno y completamente recomendable. Un broche de oro a un trilogía de lo más interesante.









8 de septiembre de 2017

¡Viva mi barrio!


Yo no tengo pueblo. Cuando mis compañeros del colegio se tomaban las vacaciones del verano, todos y cada uno de ellos se iban a su pueblo. La mayoría habían nacido en alguna localidad más o menos lejana, y aunque plenamente integrados en la ciudad que los había acogido seguían vinculados al lugar que los vio nacer.

Pero yo nací en una capital, además capital con todas las de la ley pues es la capital de España: Madrid. Dado el carácter tan campechano de su población y las costumbres cosmopolitas tan ‘sui generis’ a Madrid se la considera en cierta forma un pueblo enorme. Por lo que, bien mirado, yo sí tengo un pueblo y además sería el más grande del mundo (con más de tres millones de habitantes no creo que haya ningún otro que lo supere en tamaño).

De todas formas, ante la duda de catalogar a Madrid como pueblo, villa o ciudad, seguiré en mis trece: yo no tengo pueblo.

Pero, en cambio, tengo barrio. Esa identidad de origen que algunos asumen como algo exclusivo y excluyente, yo la encuentro en el barrio en el que crecí, que no es precisamente el mismo donde nací (nací en el barrio de La Latina, pero esa es otra historia que contaré en otra ocasión), porque mi barrio tiene muchas cosas pero hospital no, así que mi madre tuvo que parir en otro sitio.

Siempre he pensado que uno es o pertenece al lugar donde se desarrolla como persona, donde tiene sus amistades, donde ha formado su familia y donde su vida se ha forjado. El lugar donde se nace puede ser accidental y circunstancial, pero el lugar donde uno vive es el que marca y deja su huella correspondiente.
Atardecer desde mi casa

Crecí y sigo viviendo en el barrio de La Elipa, un barrio obrero y humilde, de clase trabajadora. Un barrio que no destaca por nada especial, ni por su arquitectura ni por su historia. Aunque sus primeros pobladores llegaron a finales del siglo XIX su historia como barrio propiamente dicho comenzó en los años 50-60 cuando el aluvión de inmigrantes patrios, procedentes de otras regiones españolas, hizo crecer Madrid de manera desorbitada. 

Muchos pueblos presumen de tener un río, mi barrio también tiene uno, pero no se ve porque está soterrado. Se llama Arroyo de la Elipa, discurre por debajo de la principal avenida y es afluente del Arroyo del Abroñigal el cual, a su vez, discurre por debajo de la M-30; dicen que tiene un caudal mayor que el del río Manzanares, pero teniendo en cuenta el agua que lleva ese río tampoco es mucho decir.

El río de mi barrio, no se ve en la foto porque está debajo de la calzada, pero haberlo, haylo.

Normalmente las localidades, grandes y pequeñas, también presumen de sus habitantes ilustres, es como si le dieran “pedigrí” a la zona. En mi barrio tenemos lugareños que saltaron a la fama. El grupo Burning —grupo rock de los años de la movida madrileña con canciones como ‘Qué hace una chica como tú en un sitio como este’ y con letras como ‘en la Elipa nací y Ventas es mi reino’— era de aquí. Iker Casillas también fue un vecino de este barrio, antes de trasladarse a vivir a Móstoles. Alejandro Sanz estudió en uno de nuestros colegios, pero como habla con acento andaluz a pesar de nacer y criarse en Madrid y como él se considera gaditano a mí este cantante me tiene desconcertada en cuanto a origen o pertenencia. Actores como Eduardo Gómez (Aquí no hay quien viva, La que se avecina) o Patrick Criado (Águila Roja, Mar de plástico) son de la barriada; el primero hizo gala de su barrio vistiéndose con una camiseta con el logo de La Elipa en algunos de los episodios de Aquí no hay quien viva y al segundo yo me lo he encontrado más de una vez en el metro y paseando en bici. David Muñoz —el cocinero dueño del restaurante Diverxo— creció y vivió, hasta que se hizo famoso, en una calle al lado de la mía y su madre aún sigue yendo a la misma peluquería donde voy yo a cortarme el pelo. Los hermanos del grupo Estopa creo que también anduvieron por aquí, pero yo nunca me los encontré. Me gustaría presumir de personajes literarios pero no he encontrado ninguno, así que tendré que conformarme con lo que hay.

Antes he comentado que mi barrio no destaca por nada en especial, pero puede que sí. Hace unos meses una cadena televisiva emitió un reportaje donde se resaltaba el carácter combativo de sus vecinos. Resulta que somos bastante beligerantes en cuanto a defender derechos y necesidades.  Las algaradas para reclamar diferentes mejoras para la zona son memorables y dieron/dan muchos quebraderos de cabeza a los mandamases municipales. Es en este aspecto donde yo más orgullosa me siento de mi barrio.

Y es que hemos peleado por cosas de lo más variopinto. 

La más importante fue conseguir una estación de metro. Fueron muchos los años (casi veinte) que estuvimos peleando, manifestándonos, y reclamando ante las diferentes autoridades (comunitarias y municipales) ese medio de transporte en nuestro barrio. Al final, por insistentes y por pesados, nos hicieron caso y el metro llegó hasta nuestras casas.

Hoy, después de diez años del logro, esa estación de metro es un símbolo de la solidaridad de toda la población. Aún recuerdo el recibimiento de los trenes los primeros días tras la inauguración, la gente aplaudía en el andén la llegada del convoy. 

También nos manifestamos y protestamos cuando pretendieron cambiar nuestra área de salud, lo que conllevaba un cambio del hospital de referencia. Antes de la reforma sanitaria promovida por Esperanza Aguirre y su secuaz, Ignacio González, nuestro hospital era el de La Princesa, situado relativamente cerca del barrio. Pero con el cambio de la susodicha reforma pretendían llevarnos al de Ramón y Cajal, emplazado mucho más lejos y peor comunicado en cuanto a transporte público y con mucha mayor saturación y lista de espera. La asociación de vecinos se puso manos a la obra, y tras protestas y movimientos vecinales llegó a un acuerdo con las autoridades sanitarias y nos han dejado con nuestro hospital de toda la vida, el de La Princesa.

Otra ocasión en que el barrio se puso en pie de guerra fue cuando pretendieron talar un montón de pinos del pulmón de la zona, El Pinar. Este pinar ya fue seriamente esquilmado cuando lo redujeron a una tercera parte al construir la M-30, pero la especulación inmobiliaria tenía en mente acabar con el resto del parque. Se organizó una primera carrera campo a través en señal de protesta y acabó convirtiéndose en una cita anual para muchos deportistas.

Pero también peleamos por una escultura que se ha convertido en el emblema del barrio. Empezó siendo un columpio para niños y cuando su deterioro se hizo manifiesto y la suciedad y el incivismo de algunos la degradaron el ayuntamiento decidió demolerla. Otra vez los vecinos se pusieron manos a la obra, defendieron la escultura y consiguieron que la junta de distrito no solo la indultara, además sufragó el gasto de pintura, mientras que la mano de obra la pusieron los vecinos. La pintaron y ahí sigue.

Normalmente las esculturas se erigen a personajes famosos o a símbolos con más o menos enjundia. En mi barrio no. La escultura a la que hago referencia representa a un dragón. ¿Un dragón? os preguntaréis, ¿qué tiene que ver un dragón con la historia de La Elipa? Pues nada. Pero es original ¿a que sí? 


Quizás por cosas como esta a mi barrio se le califica como un lugar bastante friki —salimos en la guía de turismo friki, ahí es nada—, pero esto es algo sobre lo que yo albergo mis dudas. Primero porque definir el término friki es complicado, y calificar de esa manera a toda una población es aventurado.

A los elipeños o elipenses,—no hay mucho consenso a la hora de establecer el gentilicio— nos gusta la verbena y la fiesta. Hace años los vecinos de una zona del barrio adornaban sus patios con farolillos y flores en las fiestas patronales —porque tenemos un santo patrón y lo celebramos, claro que sí— y se hacían concursos para premiar la decoración más original. Venía hasta el alcalde a entregar los premios. También era costumbre invitar a un vaso de sangría a los que por allí pasábamos para observar esas obras de arte vecinal.

Hasta en la elección de la fecha para celebrar la fiesta del patrón mi barrio es original —o friki, según se mire—. Resulta que nuestro patrón es el apóstol Santiago y la fecha es el 25 de julio, pero dado que en ese mes la mayoría de los vecinos están fuera de vacaciones se decidió celebrar las fiestas en septiembre. Somos frikis y además sumamente pragmáticos. De hecho La Elipa es el único barrio que no comparte fiestas con ningún otro barrio aledaño; son únicas en el distrito. Por cierto, el distrito al que pertenece es el más grande del país: Ciudad Lineal.

Y hablando de lugares enormes, al lado tenemos el cementerio más grande de España y casi de Europa: el cementerio de la Almudena. De pequeña solía ir con mis amigos a darnos un paseo por allí, puede parecer macabro pero para nosotros era natural; desde la ventana de mi dormitorio de infancia se veía la tapia donde fusilaron a las trece rosas. Con cosas así cómo no vamos a ser frikis. 

Todo esto que cuento explica por qué el lema del barrio es “La Elipa sí que flipa”, es de lo más animoso y creo que muestra muy bien el talante de sus vecinos. Porque somos castizos, sí, nos gusta la verbena, la sangría y los patios adornados con farolillos, somos jaraneros; pero también nos gusta pelear por lo que creemos justo, y eso en estos tiempos de conformismo e indolencia es algo de lo que enorgullecerse y por lo que flipar. 

¡Viva mi barrio!




NOTA: Estos días son las fiestas, si alguno se pasa por mi barrio que me dé un toque y le invito a un vaso de sangría (o a chocolate con churros si sois abstemios).

Página web La Elipa: http://www.laelipasiqueflipa.com/

POST DATA: Dada la buena aceptación de esta publicación, pues he recibido felicitaciones por otros medios también, y ante la sugerencia de un compañero bloguero he decidido convertir esta entrada en un tag. Se llamará VIVA MI BARRIO (o mi pueblo si vivís en una localidad pequeña).
   Desde aquí os invito a que escribáis sobre vuestro pueblo, o sobre vuestro barrio. Será un placer compartir con vosotros vuestras experiencias con el lugar que os ha visto crecer.
   Cuando me invitan a este tipo de eventos no suelo yo nominar a nadie, lo hago en general pero no en particular. Pero en esta ocasión ya que soy la creadora de la cadena estaría mal que no me mojara nominando a nadie, así que haré una excepción e invito a seguir con el tema a Francisco Moroz. No obstante, y como indico arriba, daos todos por invitados.



4 de septiembre de 2017

"La princesa azteca" - Colin Falconer

Versión más que libre de la conquista de México por Hernán Cortés utilizando como hilo conductor de la historia a Malinche (Malinalli, doña Marina), la mujer que sirvió de intérprete al capitán español para desenvolverse por los territorios mexicanos.

Aunque el  autor hace gala de haberse documentado muy bien a la hora de relatar la llegada de los españoles a México y la ocupación/conquista de su capital, Tenochtitlán, incurre en algunos errores que me parecen imperdonables y que le restan seriedad y calidad a la novela. Por ejemplo, le asigna a Cortés una infancia en Sevilla que yo no he logrado verificar en ninguna fuente de información, también le ubica en ciudades como Toledo que creo no llegó a conocer este aventurero extremeño. A la hora de contar la muerte de Moctezuma, y sin entrar en detalles para no destripar nada a los que no conozcan el final del imperio azteca, se toma una licencia literaria que me pareció excesiva y más propia de una película de Hollywood.

La narración es muy mala, tanto que creo que la culpa debe de ser de la traducción porque he leído otras novelas de este autor y no escribe tan mal, así que me temo que me hice con una mala copia de esta novela y la lectura se me hizo muy cuesta arriba.

Sin embargo, quiero ser positiva y creo que a pesar de todo lo que he expuesto anteriormente, hay algunas cosas que se deben destacar de este relato. 


La imagen que se da de Hernán Cortés es bastante ecuánime, ni se le detesta, ni se le ensalza; esto es algo que me llamó la atención y más viniendo de un escritor no español. Es más, no hay ensañamiento con los españoles, cosa rara cuando de narrar la conquista se trata. He leído mucho sobre esta parte de la Historia americana (siento fascinación por la cultura azteca) y conozco muchas opiniones sobre este conquistador, en la mayoría de ellas se puede ver cierta inquina hacia él. No voy a entrar a valorar la manera de actuar de quien va a tierras lejanas con el único motivo de enriquecerse, aunque partiendo de esta base uno ya puede imaginarse que su comportamiento no puede ser muy ejemplar; quinientos años después los soldados que intervienen en las distintas guerras que jalonan nuestro querido planeta no tienen actitudes mucho más altruistas ni edificantes cuando toman posesión de los lugares donde atacan y destruyen.

La protagonista principal es Malinche, a la que se le asigna un origen más ilustre del que realmente tuvo pues nunca fue una princesa, y creo que no se le hace justicia. Me parece que se le podría haber sacado mucho más jugo. La figura de esta india que se pone al servicio del invasor  ha dado lugar a muchas interpretaciones (repito que he leído mucho sobre esta parte  de la Historia). Para unos fue una traidora, para otros el símbolo del mestizaje (fue amante de Cortés y tuvo un hijo suyo). Incluso ahora hay una nueva versión feminista donde se la describe como una víctima del machismo que la hizo vulnerable y así explicar que se enamorara de su violador y amo. Este personaje da para mucho, pero en esta novela no se aprovecha nada.

A la memoria me viene otro personaje también real, Gonzalo Guerrero (Caminarás con el sol), un marino español que fue apresado y esclavizado por los mayas del Yucatán pero se adaptó de tal manera que luchó contra sus compatriotas y, al igual que Malinche, se le consideró un traidor, en este caso por los españoles; pero entre los mexicanos simboliza el mestizaje y la integración. Y es a este respecto donde creo que se puede reflexionar sobre el papel de aquellos que al  conocer otra cultura totalmente distinta a la suya en lugar de sentir rechazo se sienten atraídos e incluso cómodos con ella aunque eso les suponga la repulsa de los suyos y la desconfianza de los otros. 

De hecho en esta novela hay cierto conato de reflexión sobre el mestizaje, no como una raza sino como la fusión de dos culturas, como el entendimiento entre dos maneras de ver la vida donde se evalúa lo bueno y lo malo. Aparecen dos personajes ficticios, Norte (un español retenido por una tribu indígena y luego liberado que siente el desarraigo del que ha vivido en los dos bandos y no se siente aceptado por ninguno) y Benítez un capitán que siente la atracción de los otros, a los que no ve como bárbaros y observa con más imparcialidad. 

Todos los personajes se perfilan sin juicios previos, a cada uno se le “justifica” en función de su “motor”: Cortés, la ambición (material y espiritual); Malinche, la venganza; Moctezuma, el miedo.

En cualquier caso la gesta, la aventura, la invasión o como se le quiera llamar fue una heroicidad. Consideraciones morales aparte, creo que no hay que restar valor a lo que hizo Cortés. Fue alguien excepcional que supo jugar sus cartas para ganar –contaba con armas de fuego y al principio los indígenas le tomaron por un dios, pero no hay que olvidar que eran 500 soldados contra muchos miles de guerreros–, aunque fue una ganancia muy fugaz pues ya sabemos cómo y dónde acabó su ambición. Y el que no lo sepa que se lea alguna de las novelas que sobre él se han escrito que son muchas, aunque no todas muy buenas. Desde luego, esta no es la mejor.








1 de septiembre de 2017

Ramón María del Valle-Inclán


   Con la vuelta a la normalidad traigo de nuevo una sección que quedó aparcada mientras estaba inmersa en mi tesis doctoral: Poemas y Cantares. El protagonista de este mes de septiembre es Valle-Inclán. También aprovecho para anunciar que a partir de ahora complementaré algunas publicaciones con vídeos realizados por mí (una de las ideas que me han venido este verano de desconexión).

   Ramón María del Valle-Inclán (en realidad se llamaba Ramón José Simón Valle y Peña) nació en Villanueva de Arosa (Pontevedra) el 28 de octubre de 1866, aunque otra población cercana, Puebla del Caramiñal, también se disputa el honor de ser el lugar de su nacimiento. El propio escritor zanjó la pelea afirmando que nació en un barco cuando atravesaba la ría de Arosa que discurre entre ambas localidades.

   Su familia era de ascendencia hidalga venida a menos. Tras una preparación académica en el hogar y en un instituto de Pontevedra, inicia los estudios de Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela. Pero le gusta más asistir a las tertulias literarias en los cafés que a las clases en las aulas. Tras repetir curso varias veces abandona la Universidad y se va a Madrid.

   En Madrid las tertulias literarias están en pleno apogeo y él se hace un hueco gracias a su ingenio. Empieza a colaborar en diferentes revistas publicando cuentos y algunos artículos. También se aficiona a la zarzuela.

   Con 26 años viaja a México, allí trabaja como traductor de textos en italiano y francés. Aunque su estancia en ese país no llegó a un año dejó huella. Participa en un duelo y en una pelea bastante sonada en Veracruz. Cuando regresa a España se instala en su Pontevedra natal donde vuelve a participar activamente de las tertulias literarias. Recién llegado de México exhibe una imagen peculiar: se cubre con un poncho mexicano (que más tarde cambiaría por una capa), lleva polainas blancas y una larga barba. 

   Vuelve a Madrid con casi 30 años al conseguir una plaza de funcionario del Estado. Se ve envuelto en diferentes escándalos (se bate en duelo y resulta herido). En las tertulias madrileñas, a las que tan aficionado es, conoce a Pío Baroja, Azorín y Jacinto Benavente. Los cafés de Madrid le conocen por su lengua vivaz y malintencionada, por su costumbre de monopolizar las conversaciones y por su querencia por la gresca. En uno de estos cafés, el Café Nuevo de la Montaña, sito en la Puerta del Sol, se pelea con un periodista, éste le rompe un brazo, uno de los gemelos se le clava produciéndole una herida que se gangrena y acaba en amputación. 

Placa conmemorativa de la pelea donde perdió un brazo. Hoy, en ese lugar se emplaza una tienda selecta de teléfonos móviles norteamericanos.

   Con 33 años es ya famoso con el mote de “El manco”. Este suceso no le impidió volver a los cafés a seguir vociferando y metiéndose con todo quisque. 

   La beligerancia de este peculiar personaje era legendaria. Cuentan que un día se cruzó en la Carrera de San Jerónimo (muy cerca del malhadado café de la Montaña) con Unamuno y Baroja. Estos tres escritores se llevaban fatal entre sí por celos y envidias literarias, lo que explica que estuvieran durante un buen trecho de esta calle andando e insultándose mutuamente a voz en grito. Debió de ser todo un espectáculo (bochornoso).

   Este gusto por la confrontación tuvo su lado positivo. Durante la convalecencia de una herida en un pie causada por un disparo escribe Sonata de otoño. 

   Con cuarenta años se casa con una actriz de teatro doce años más joven. Tienen seis hijos. Mientras ella va de gira teatral él ejerce de director artístico. Cuando no está de gira, reparte su vida entre Galicia y Madrid.

   Al inicio de los años 20 y coincidiendo con un empeoramiento de su salud, Valle Inclán empieza a utilizar el término “esperpento” que según él mismo definió “es una modalidad que busca encontrar el lado cómico en lo trágico de la vida”.

   Tras su paso por diferentes países participando en distintas iniciativas de corte semi-político (viaja al México revolucionario, a La Habana y Nueva York) emprende un proyecto ambicioso: El ruedo ibérico, una especie de episodios nacionales que narren los avatares históricos desde el reinado de Isabel II hasta la pérdida de las colonias de ultramar, pero solo escribe tres novelas.

   Cuando Primo de Rivera llega al poder, en 1923, se opone abiertamente al dictador y deja patente su parecer en cafés y tertulias, llegando a ser detenido en varias ocasiones. Monta uno de sus numeritos con escándalo incluido, en el estreno de una obra de teatro y como se niega a pagar la multa es encarcelado durante quince días.

   A pesar de intentar durante toda su vida recuperar los títulos nobiliarios que tenía su familia, es un firme defensor de la República (paradojas que tienen los genios), se presenta como diputado del partido de Lerroux pero no sale elegido. Al mismo tiempo es nombrado caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita por el carlista Jaime de Borbón (más paradojas geniales).

   Tras veinticinco años de matrimonio, su mujer le pide el divorcio, repartiéndose la custodia de los hijos pues él no puede pagar la manutención de todos ellos. Se marcha a Roma como director de la Academia Española de Bellas Artes con los tres hijos cuya custodia tiene. Corre el año 1933 y en España el ambiente político está enrarecido.

   En 1934 regresa a España y su salud no es buena. Se va a vivir a Santiago de Compostela y allí fallece el 5 de enero de 1936, tiene sesenta y nueve años y su entierro consiste en una ceremonia civil por expreso deseo del finado que dejó escrito: “No quiero a mi lado ni cura discreto, ni fraile humilde, ni jesuita sabiondo”.



   El poema que traigo se titula “Los pobres de Dios”. Durante años oí a mi abuela materna recitar los últimos cuatro versos y siempre creí que era una canción popular, hasta que ya adulta descubrí que era el final de un poema de Valle Inclán -aunque realmente es de Rosalía de Castro, pues estos últimos versos los tomó el poeta, se cree que como homenaje, prestados de su paisana-. Nunca pensé que mi abuela conociera esta poesía (o, en su defecto, la de Rosalía de Castro), y lo malo es que cuando supe el origen real de esas estrofas ya era tarde para preguntarle dónde las aprendió. Aquí traigo la poesía completa. 

Por los caminos florecidos
va la caravana de los desvalidos,
ciegos, leprosos y tullidos.
No tienen albergue en la noche fría,
no tienen yantar a la luz del día,
por eso son hijos de Santa María.
El polvo quema sus llagas rojas,
sus oraciones son congojas:
van entre el polvo como las hojas.
Van por caminos de sementeras,
caminos verdes entre las eras,
en donde cantan las vaqueras.

COMO CHOVE MIUDIÑO,
COMO MIUDIÑO CHOVE,
POL'A BANDA DE LAIÑO,
POL'A BANDA DE LESTROVE.

Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936)

   Una poesía dedicada a los que vagan sin rumbo, a los que no tienen dónde ir porque nadie los acoge. Ayer fueron ciegos, leprosos y tullidos, hoy son refugiados de guerras lejanas, siempre, ayer y hoy, vagando, siempre rechazados por sus semejantes. Hay cosas que nunca cambian, como la crueldad humana. 

   Y mientras nosotros miramos para otro lado, los pobres de Dios vagan mientras “chove” (llueve), bajo la lluvia, bajo nuestra indolencia y nuestra indiferencia.









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Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores