16 de mayo de 2017

La felicidad

Foto

         Relato presentado en la comunidad Escribiendo que es gerundio, en el apartado "Una imagen, un relato".


    Qué gran serenidad me invade, qué plenitud siento. Mi cuerpo parece levitar y esa quietud que recorre mis venas me hace sentir ligera. La sensación de paz es muy agradable y esa luz opalina que todo lo envuelve me resulta acogedora.
    Ni recuerdo la última vez que me sentí así de bien. El estrés del trabajo, las tareas domésticas después de una jornada agotadora, el cuidado de los niños. No puedo más. Esta paz es tan extraña como inesperada.
     Desde donde estoy, en esta roca alejada de todo y de todos, las nubes se presentan como un lecho acogedor, un mullido colchón que promete un cálido recibimiento. Quiero ir hacia allí, sé que así la paz será eterna.
    No sé por qué estoy desnuda, ni por qué estas cuerdas de goma me impiden moverme. Quiero ir hacia las nubes, pero las ataduras en mis brazos y en mi cara no me dejan. Ya está, he conseguido arrancarlas, ya soy libre de saltar. Qué feliz me siento. ¡Allá voy!

***

— ¡Doctor! ¡Doctor! Tenemos un problema.
— ¿Qué ocurre, enfermera?
—La paciente del quirófano 6, está muy agitada, no consigo que se calme y se ha arrancado la vía y la mascarilla de oxígeno. En cuanto el anestesista le administró lo que se supone que era óxido nitroso empezó su comportamiento extraño.
—¿Qué quiere decir con ese “se supone”?.
—Creo que se equivocó de toma de gas, doctor.
—¡¡¿Qué?!! ¡Menuda denuncia nos va a caer! Esto es intolerable, se nos va a venir todo un ejército de abogados encima cuando la paciente despierte. Eso si despierta y no se nos queda tiesa en la mesa de operaciones.
—Puede que no nos denuncie, doctor, después de todo.
—¿Por qué lo dice?
—No sé, no parece que lo esté pasando muy mal. Ahora mismo tiene una sonrisa de felicidad en la cara.


10 de mayo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XV)

La mejor defensa es un buen ataque



   Estos días ando preparando la defensa de la tesis. Mi trabajo ya ha pasado el escrutinio del decanato de la facultad y el del rectorado. Tras ese escrutinio me han dado la aprobación y consideran la tesis apta para exponerla. 

   Ahora tendré que demostrar, ante un tribunal de cinco especialistas en las materias que trato, que ese beneplácito es merecido.

   Es lo que en esto de las tesis se llama la lectura o defensa. Hace unas semanas comenté que un apartado de los artículos (y de la tesis) no me gustaba nada por lo que llevaba implícito su nombre. Me refería al apartado “Discusión”. Lo de discutir ya me parece negativo. Bien, pues el término “Defensa” me da el mismo mal rollo que el de discusión.

   Porque cuando uno se defiende es porque lo atacan, y si “defensa” me da muy mala espina, “ataque” ya me pone muy nerviosa.

   La defensa de una tesis consiste en exponer (mediante una presentación de diapositivas por PowerPoint) durante 40 minutos ante el citado tribunal, un resumen de la tesis, explicando en qué se basa la misma y los resultados que se han obtenido. Después de esta exposición, cada miembro del tribunal hace una serie de preguntas al doctorando.

   De entrada, 40 minutos puede parecer mucho, pero si se tiene en cuenta que en ese lapso de tiempo se ha de contar el trabajo de varios años, bien mirado es muy poco. Entonces se plantean dos opciones: una, resumir bastante quitando muchas cosas; dos, contarlo todo pero a toda pastilla.

   Las dos opciones tienen su lado bueno y su lado malo.

   La primera, la de contar menos de lo que se hizo, es buena porque aprovechas y no hablas de lo más peliagudo, o lo que peor llevas. Pero esta opción es mala porque muchas cosas en las que has invertido un tiempo precioso y gastado muchas neuronas no van a ver la luz, al menos públicamente hablando.

   La segunda opción, contar todo a todo correr, también tiene sus pros y sus contras. Lo bueno: que si vas muy deprisa lo más seguro es que aturdas al tribunal con un exceso de información y eso puede derivar en que lo descoloques y no sepan ni qué preguntar. Lo malo: que si vas muy deprisa lo más seguro es que aturdas al tribunal con un exceso de información y eso puede derivar en que lo cabrees y te inflen a preguntas sobre todo porque no han entendido nada.

   A estas dos opciones hay que añadir una tercera: que tus directores no te dejen hacer ni una cosa ni la otra, es decir, que quieran que lo cuentes todo, sin correr y en 40 minutos. Esta es la opción que se baraja siempre y la que, no se sabe cómo, se acaba haciendo. Intento indagar, a través de compañeros que ya pasaron por este trance, cómo lo hicieron y ninguno sabe contestarme a ciencia cierta. Yo creo que hay algún santo patrón de la Defensa Doctoral, o algo así, que se encarga de este milagro, pero tampoco he podido averiguar qué santo es para ponerle una vela.

   Hay una cuarta posibilidad que, aunque remota, puede ocurrir: que no digas nada, ni mucho ni poco, ni deprisa ni pausadamente. Esto pasa cuando el pánico escénico hace acto de presencia y deja a las cuerdas vocales en estado catatónico. Es lo que comúnmente se llama “quedarse en blanco” y lo que yo denomino “cagarla, pero bien”.

   Por si esto fuera poco, después vienen las preguntas de todos y cada uno de los miembros del tribunal. Por dónde te pueden salir es la principal causa de preocupación del doctorando, pero yo a este respecto no me hago cábalas porque lo tengo muy claro: me van a preguntar sobre lo que peor me sé.

   El caso es que en organizar la defensa estoy, y ando algo preocupada pues no sé si sabré defenderme de forma correcta. Ya comenté que mi trabajo tiene pocos asteriscos y mis resultados no son para que me den el premio Nobel precisamente.

   Dicen que la mejor defensa es un buen ataque, así que he pensado en presentarme ese día con una armadura y una espada, pero soy de constitución endeble y no creo que pueda con la impedimenta. También he pensado en llevar algún tipo de artefacto arrojadizo (cóctel molotov, granada de mano, etc.) pero me parece una medida excesivamente drástica, y entre que me suspendan la tesis o ir a la cárcel, prefiero lo primero.

   Así que, ante todo lo dicho, he optado por hacer una presentación muy bien presentada (valga la redundancia), con unos esquemas muy esquemáticos (valga, otra vez, la redundancia) y con una animación de diapositivas sobria pero animada (la redundancia que vuelva a valer). De momento estoy pensando en contarlo todo, luego ya veré si mi mente ese día le da por recortar por su cuenta ante el cronómetro que tendré en el atril para avisarme del ritmo que llevo y para acojonarme aún más -como si no fuera suficiente ver a cinco señores que saben muchísimo sobre lo que hablas atentos a tus palabras-.

   Para evitar la opción de no decir nada también pienso prepararme, dado que soy farmacéutica y conozco algunos principios activos que pueden ayudar a relajar emplearé esos conocimientos en mi persona (que nadie se alarme porque no pienso utilizar sustancias ilegales ni dosis elevadas que me dejen dormida).

   Cuando el día de la defensa llegue iré bien pertrechada, para atacar, para defenderme y para fenecer en el intento si es necesario, pero ese día tengo que triunfar porque la derrota no se contempla. Cual gladiador valiente saldré a la arena a vencer (o morir). De hecho, el protocolo marca que el doctorando inicie su disertación con la frase “Con el permiso del tribunal comienzo mi exposición”, pero estoy pensando cambiarla por esta otra:

“Ave, Tribunal, la que va a morir os saluda”

   Espero que todos los miembros del tribunal, después de la exposición y el turno de preguntas, acaben con el dedo pulgar hacia arriba. Por si acaso, seguiré buscando al santo patrón de la Defensa Doctoral para que me eche una mano.





6 de mayo de 2017

La buena letra

   Hace tiempo que tengo ganas de leer algo de Chirbes. Una compañera bloguera, Rosa Berros, que es una fan incondicional de este escritor, lleva tiempo recomendándome leerlo.

    Por fin le hice caso y no me arrepiento.
    
Una madre le cuenta a su hijo pequeñas anécdotas familiares y a través de ellas vamos conociendo las vicisitudes de una familia como otra cualquiera que tuvo que pasar por una guerra fraticida, la Guerra Civil española, y la época posterior al conflicto bélico.

A través de los recuerdos de la madre no solo sabemos del devenir de esa familia, también sabemos de la huella que la experiencia vivida y el tiempo ha dejado en esa mujer.

Ana, la narradora, recuerda los años de la guerra y lo que vino después cuando esta terminó. Al rememorar para su hijo la memoria que le viene es "una memoria enferma y sin esperanza".

Porque desesperanza y hastío es lo que se respira en este relato (no es una novela, no llega a las doscientas páginas). En toda la lectura se percibe una constante nostalgia de un tiempo pasado que siempre fue mejor que el presente. Un tiempo pasado antes de que la guerra y la derrota llegara a la vida de Ana y de su familia.

En la memoria de Ana permanecen los recuerdos amargos de años de frío y oscuridad de una guerra que nunca terminó para los vencidos. El derrotado tuvo que soportar la venganza del vencedor. Ella y su familia hubieron de adaptarse para poder sobrevivir y aunque ahora, cuando Ana invoca ese pasado, el recuerdo se torna más amable y duele menos, se percibe un poso de tristeza.

La guerra, y lo que vino después, enseñó a Ana y su familia, a soportarse, a quererse entre sí, a valorar lo realmente valioso. Aunque algunos se volvieron huraños, se tornaron egoístas, perdieron los ideales por los que lucharon y la decepción se anidó tan profundamente en sus almas que se convirtieron en seres egocéntricos y amargados.

 Un relato hecho de recuerdos que persiguen pero que también identifican. Un relato de derrota y tristeza; la tristeza que se siente cuando uno se da cuenta de que ha luchado y ha perdido.

"He resistido, me he cansado en la lucha y he llegado a saber que tanto esfuerzo no ha servido para nada."





3 de mayo de 2017

Sin ella no vale nada


   Con este relato he participado en el segundo certamen Panacea, organizado por la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid.

   El tema de este año era "Elixires y la eterna juventud". Me he inspirado en una escena de una película de los años 80 que me dejó una honda impresión (la escena, no la película): Los inmortales, además la banda sonora es una canción de Queen, Who wants to live for ever. Al final del relato os pongo un video clip de la canción y con escenas precisamente de esa película (pido disculpas por la calidad pero no he encontrado otra versión mejor).

SIN ELLA NO VALE NADA

  Hoy me ha dejado, hoy la he perdido para siempre. Nunca entendió por qué mi piel no tenía arrugas ni por qué mi pelo no se volvió blanco con el transcurrir de los años. Mientras ella, poco a poco, iba acusando el paso del tiempo yo seguía igual de lozano que cuando nos conocimos.

   Mi aspecto y nuestro amor permanecieron inmutables a lo largo de estos sesenta años juntos. Pero ella no; ella fue cambiando como cambiaban las estaciones del año, como cambiaba el paisaje fuera de nuestra cabaña. Tan solo su mirada quedó igual, el brillo de sus ojos siempre fue el mismo, incluso en el momento de expirar en mis brazos no perdieron ni un ápice de luz.

   Ahora me ha dejado, estoy solo y maldigo aquel condenado elixir que bebí hace una eternidad. Maldigo esta eterna juventud que de nada me sirve si ella no está.




28 de abril de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XIV)

Es de bien nacido el ser agradecido

Aunque aún no soy doctora y aún me queda alguna que otra publicación por colgar en este particular diario, a estas alturas tengo que cumplir con una "obligación" que no puedo postergar por más tiempo: dar las gracias.

   Al inicio de la tesis, antes del índice y el texto propiamente dicho, se suelen escribir unas palabras para agradecer a las instituciones y a los compañeros la ayuda prestada para realizar la tesis. En este apartado el doctorando tiene libertad absoluta y no debe rendir cuentas a nadie, ni a sus directores ni a ningún organismo oficial. También es la parte de la tesis que se lee todo el mundo, por curiosidad y por saber si le citan.

   El caso es que yo, aprovechando esa libertad para escribir sin ningún tipo de cortapisas, me he explayado de lo lindo. Tengo  muchas personas a quienes agradecer su apoyo y su ayuda y esa deuda he intentado saldarla dedicando unas letras escritas con todo el alma y el corazón puestos en ellas. Entre estas personas os encontráis todos los que por aquí os habéis pasado y os habéis interesado por mí; nobleza obliga y aquí os cuelgo los agradecimientos donde os veréis reflejados. Aviso que el texto es bastante largo, así que, para el que no quiera tanta lectura, facilitaré la búsqueda avanzando que el párrafo donde hablo de vosotros es el quinto empezando por el final.

   Gracias por vuestra comprensión y constantes apoyos. Gracias de corazón.
A mis padres porque con ellos empezó todo.
A mi esposo y a mi hija porque con ellos todo continúa.
La ciencia, como la poesía, está a un paso de la locura.
LEONARDO SCIASCIA, La desaparición de Majorana,

Agradecimientos.
Muchas veces me han preguntado por qué estudié Farmacia y sobre todo por qué me gusta tanto la investigación. Incluso yo misma me lo he preguntado. Aún sigo haciéndolo, especialmente cuando las cosas no salen como me esperaba. ¿Por qué?
Desde mi más tierna infancia yo ya decía que quería ser científica aunque no sabía en realidad en qué consistía, pero la imagen de un señor con tubos de cristal en la mano mezclando cosas para conseguir líquidos de colores que desprendían humo me atraía mucho. Recuerdo la ilusión que me hizo mi primer juego de química y los desaguisados que organicé en la cocina de casa, para desesperación de mi madre. 
Ya más mayor, las asignaturas que más me gustaban eran la Biología y la Química; se me daban francamente bien y disfrutaba mucho las clases. Debo decir que tuve unos excelentes profesores y creo que ellos también tuvieron mucho que ver en esta predilección. Sabía que quería estudiar una carrera universitaria, de ciencias, pero no sabía cuál exactamente. Al final me decidí por Farmacia, porque se impartían muchas asignaturas de química y enfocadas a la salud, otro tema que me gustaba/gusta mucho. Si a esto le añadimos que soy muy curiosa y que a todo le quiero buscar una explicación creo que mi destino estaba claro: investigar.
En la universidad descubrí que lo de trajinar en el laboratorio me agradaba mucho, que  llevar a la práctica y visualizar las reacciones químicas previamente escritas en un papel me fascinaba. La investigación más genuina la descubrí con la carrera ya terminada, cuando realicé una tesina. Aunque es detrás de ese trabajo en el laboratorio donde se encuentra la verdadera labor científica: analizar los datos y extraer conclusiones.
Tuve otras experiencias laborales y alejadas de la investigación por motivos prácticos –la investigación en este país no da para comer demasiado bien–. Trabajé en oficinas de farmacia y también en un hospital. Con los años, y por avatares del destino, la investigación se volvió a cruzar en mi camino.
Una antigua compañera y amiga de mis estudios universitarios en Alcalá, contactó conmigo después de muchos años sin saber la una de la otra. Tras ponernos al día de nuestras vidas, y conocedora de mi falta de ocupación laboral, me ofreció la posibilidad de volver a mi sueño juvenil de investigar. Más concretamente, me ofreció realizar una tesis doctoral.
Anteriormente he dicho que soy muy curiosa, a este rasgo de mi personalidad hay que añadir que también soy muy impulsiva, por lo que sin apenas recapacitar acepté tan insólita oferta. La artífice y la culpable de tamaño desafío fue Mª José González. Pepa, gracias por ser tan valiente y tan generosa con ese ofrecimiento, aunque después de los apuros pasados no sé si realmente darte las gracias o retirarte la palabra porque en menudo berenjenal me acabaste metiendo.
Así que con los años volví a investigar, e inicié una andadura inesperada e insospechada dada mi edad. Una andadura que me reportó momentos de auténtico frenesí, disfrute y agobio a partes iguales. Durante todo el proceso de la realización de esta tesis doctoral me hice muchas preguntas, la mayoría de índole técnica pero otras tuvieron un cariz más filosófico y entre estas se encontraba una que se repetía constantemente: ¿por qué me decidí a investigar? Después de mucho reflexionar creo que ya tengo la respuesta: ¡porque estoy loca!
Me temo, además, que la locura es una característica de los que se dedican a la Ciencia. Hace muchos años, la hinchada del equipo de baloncesto Estudiantes, ya lo avisó: la madre de la Ciencia no es la experiencia; demencia es la madre de la Ciencia.
A lo largo de la Historia muchos han sido los científicos que descollaron por sus descubrimientos y por sus aportaciones, ayudándonos a conocer mejor el mundo que nos rodea. Algunos pasaron sin pena ni gloria, otros aparecen en los libros de texto con su nombre escrito en letras de oro, pero casi todos tuvieron un rasgo común: no estaban en sus cabales. Al menos no tenían la cordura que se le supone a una persona ‘normal’.
Dicen de Isaac Newton que era presa fácil de la ira y que protagonizó varios episodios de paranoia. Albert Einstein tenía aversión por los calcetines y los pijamas, y se afeitaba con jabón de fregar. Nikola Tesla dio muestras de ser un excéntrico hasta el punto de enamorarse de una paloma –además, y según él, ella le correspondía–.
Nada más lejos que compararme con semejantes genios de la Ciencia, estoy loca pero mi locura no llega a tales extremos. Sin embargo creo que estos excepcionales científicos son un ejemplo de que la ciencia y la investigación sólo es entendida o bien llevada si se tiene un punto de locura. De algunos científicos incluso se llegó a decir que estaban poseídos por espíritus.
En mi caso no sé qué espíritu me poseyó induciéndome a realizar tamaña tarea (una tesis doctoral), pero sí sé qué ánima me acompañó en esta singladura, no como un ente poseedor que manipula, sino como un ser protector que desde el más allá me confortó. Me estoy refiriendo a mi madre, y a ella va dedicado mi siguiente agradecimiento. Mamá, desde donde quiera que estés, sé que me has estado viendo y que te has estado preguntando cómo me he metido en semejante historia, tú que siempre eras tan sensata y me reprochabas mi impulsividad. Muchas veces, igual que cuando estabas físicamente a mi lado, y en momentos de lamentaciones por mi parte, podía oírte decirme al oído: esto lo has elegido tú, así que ahora no te quejes. En esta ocasión, como en muchas otras más, tenías toda la razón, mamá.
Mientras que mi madre siempre fue el pragmatismo personificado, mi padre, y supongo que para compensar, es el idealista que desde pequeña me enseñó a ser ambiciosa en sueños y siempre me animó a emprender proyectos. Con él aprendí que para convertir esos sueños en realidad es necesario luchar y que las cosas verdaderamente valiosas son las que se consiguen con esfuerzo. Afortunadamente, aún lo tengo a mi lado y en esta empresa siempre me ha estado apoyando, aunque para sus adentros dude de mi salud mental. Gracias, papá, por legarme tu idealismo.
Si en el plano emocional he tenido la ayuda de mis progenitores –y de más personas que citaré más adelante–, en un plano más técnico también he sido afortunada pues pude contar con la inestimable ayuda de mis tres directores:
Francisco Jiménez Colmenero, práctico y eficaz, serio y ecuánime, dando siempre un punto de vista crítico para llegar a buen puerto. Su visión pragmática y sus certeros consejos han sido muy útiles para mí.
Begoña Olmedilla Alonso, inmune al desánimo, siempre con una palabra alentadora y disponible en cualquier momento y lugar. Siempre dispuesta a ayudar y con la mente llena de alternativas cuando el camino principal se presentaba obstaculizado.
Y por último, el profesor Francisco José Sánchez Muniz. Su trayectoria profesional avala una calidad investigadora excepcional. Con él he aprendido lo que es el rigor y la rectitud a la hora de manejar los datos. Pero además me ha enseñado, con su infinita paciencia y su inagotable capacidad para el trabajo, otros valores que trascienden lo estrictamente científico. No solo es un excelente profesional, también es una excelente persona. Gracias, Paco, por compartir conmigo tu sabiduría, por demostrarme qué es la seriedad en la investigación y, lo más meritorio, gracias por aguantarme. Eres, y serás siempre, un referente para mí.
Agradezco al Instituto de Ciencia y Tecnología de los Alimentos y Nutrición (ICTAN) del CSIC así como al departamento de Nutrición y Bromatología I (Nutrición) de la Facultad de Farmacia de la UCM, y a su directora, Ana López, que me permitieran utilizar sus instalaciones para realizar la fase experimental que forma parte de esta tesis. También agradezco a Begoña Elorza, vicedecana de Programación Docente y Doctorado,  por su diligencia a la hora de gestionar todos los trámites que la burocracia exige.
Gracias a los voluntarios que participaron en el estudio objeto de esta tesis. Sin su contribución no hubiera sido posible esta investigación. La ilusión y el talante colaborador que tuvieron todos y cada uno de ellos fueron encomiables. Gracias a todos.
Esta tesis tampoco hubiera sido posible sin la generosa aportación de muchas personas que, desinteresadamente, pusieron a mi disposición su buen hacer y sus conocimientos profesionales en diferentes momentos y por lo que les estoy eternamente agradecida. Gracias, Mar Ruperto, Pilar Oubiña, Rafaela Raposo, Manuel Espárrago, María Sánchez, Laura Barrios. En este grupo se encuentra Sara Bastida, que además ha supuesto un apoyo logístico y moral constante, una hermana mayor cuya sombra protectora me ha estado cuidando en todo momento; gracias Sara.
También he tenido la inmensa suerte de contar con compañeros que me ayudaron mucho. No me gustaría dejarme en el tintero a ninguno pero si alguien no se ve reflejado aquí le ruego me disculpe la torpeza: Laura, mi guía inicial en el laboratorio y siempre con una sonrisa en la cara; Miguel, mi profesor particular para medir la arilesterasa; Rocío, con quien compartí muchas horas y batallas contra los elementos para determinar enzimas;  Jorge, compañero de penurias y angustias finales en la entrega de la tesis; Eva, siempre accesible para darme consejos y enseñarme trucos; Ángela, en todo momento dispuesta a ayudar con la ilusión que la caracteriza; Pilar, atenta y eficaz; Elvira y Juana, compañeras de cafés matinales tan cargados de cafeína como de ánimo; Adrián, Feras y Pablo, los tres mosqueteros del laboratorio, siempre con una frase o un comentario alegre para animarme en el último tramo. Gracias a todos por ser tan pacientes y tan generosos dedicándome vuestro tiempo.
Entre estos camaradas tengo que hacer una mención aparte para dos compañeros.
Gonzalo, un colega con el que compartí la primera etapa de esta tesis. Fue una ayuda imprescindible para recopilar todos los datos de los voluntarios que intervinieron en el estudio y para orientarme por los laboratorios del ICTAN. Gracias, Gonzalo.
La segunda mención aparte es para Alba. Su capacidad de trabajo es muy grande pero su labor como consejera espiritual-paño de lágrimas-diván de psicólogo fue tan buena que yo creo que tiene superpoderes. Gracias por tu inestimable ayuda técnica pero sobre todo por estar siempre ahí, para lo que fuera menester, por escucharme siempre y por tus constantes ánimos; ánimos que fueron en muchas ocasiones decisivos para que no tirara la toalla. Me has demostrado qué valiosa es la amistad, sobre todo en los momentos difíciles, y cuánto conforta una palabra amable. Sin tu apoyo y tu visión positiva yo no habría llegado hasta aquí. Gracias, amiga.
En estos agradecimientos también he de mencionar a todo un granado y variopinto grupo de internautas que en el maravilloso mundo bloguero me han estado animando constantemente. Desde mi bitácora y con la serie “Doctoranda al borde de un ataque de nervios” he descargado tensiones escribiendo anécdotas de la tesis y en ese blog fueron muchos quienes se interesaron por mi estado anímico. Gracias, compañeros, por vuestros ánimos y vuestras letras. Además, a Francisco Moroz he de agradecerle el diseño de la portada de la tesis y de la imagen que la ilustra.
También tengo que agradecer el soporte moral que me reportaron mis amistades. Especialmente a dos de ellas, Pepa y Roberto, les agradezco su interés por conocer el desarrollo de mi trabajo y las sobremesas en las que se dedicaron a escucharme. Fueron muchas las horas que hemos compartido, yo desahogándome y ellos atendiendo a mis lamentos con un estoicismo admirable. Gracias por vuestra compañía y por vuestros sensatos consejos. Gracias, amigos.
Dejo para el final a dos personas que además de apoyarme han sido una parte muy especial en este camino. Dos personas que fueron partícipes emocionalmente, desde el primer día hasta el último, de todo este proceso de realizar una tesis doctoral, soportando con disciplina espartana mis tensiones y mis agobios. Esas dos personas son mi esposo y mi hija.
Almudena, gracias por aceptar mis ausencias y mis días de mal humor cuando más absorbida me tenía la tesis, gracias por ser tan dulce siempre; esos abrazos que me diste en los momentos álgidos de más tensión fueron un precioso bálsamo para mí. Jose, gracias por tu continuo apoyo, has sido un pilar importante en esta aventura. Además de ejercer como un competente informático –que  me ahorró más de un disgusto con algunos ficheros ‘perdidos’–, de procurarme herramientas que me facilitaron mucho la tarea de almacenar y escribir, y de realizar todo el proceso de maquetado de la tesis, has sido un pozo de paciencia infinita y también una fuente de serenidad en mis momentos de mayor nerviosismo. Nunca te estaré suficientemente agradecida por compartir tu vida conmigo. Gracias a los dos por vuestra comprensión y por vuestro amor. Os quiero mucho.
En resumen, gracias a todos los que, de una manera u otra, habéis hecho posible que esta demente haya convertido en realidad su sueño más alocado. 

25 de abril de 2017

La loba de al-Andalus

   Estamos en el siglo XII, los almorávides han tomado el poder hace lustros en los reinos musulmanes del sur de la Península ibérica, pero su extremismo religioso se ha suavizado y apenas queda nada del fanatismo que caracterizó sus primeros años de gobierno.

   En los reinos cristianos del norte, el emperador Alfonso VII de Castilla y León consigue mantener a raya el avance de los musulmanes gracias a sus aliados de Navarra y Aragón; aunque también cuenta con la ayuda de Mardanish, el rey Lobo, un caudillo musulmán que gobierna en el reino de Murcia y que gracias a sus buenas relaciones con los gobernantes cristianos y a su talante moderado consigue que la zona de Levante sea próspera.

   Sin embargo, desde África soplan vientos de intolerancia. Los fanáticos almohades quieren reconquistar al-Andalus para que la ley del Corán sea quien gobierne en esas tierras. Para estos ultraortodoxos islamistas las costumbres relajadas de los reinos andalusíes son inadmisibles.

   En este escenario se desarrolla esta extensa novela (casi mil páginas). En ella se cuentan las vicisitudes de los diferentes reinos, cristianos y musulmanes, que conformaban la Península ibérica en plena Reconquista. Las alianzas, que se formaban o rompían según los intereses de los gobernantes de turno, hacían inclinar la balanza de una batalla a favor de unos o de otros. Intrigas y conjuras, romance y aventura, de todo hay en esta vasta novela, porque mil páginas dan para mucho.

   Esta es la primera novela de una serie de tres donde la tercera aún está por publicar (creo). Yo leí la segunda, El ejército de Dios, primero y luego esta. Si lo hice así fue por desconocimiento, pues no sabía que ese segundo libro pertenecía a una serie (o una saga, que todavía no me aclaro con la diferencia). El ejército de Dios me gustó mucho y por eso me decidí a leer el libro que le precedía.

   No sé si porque no estaba yo para muchos circunloquios (mi situación de estrés creo que ha condicionado mucho la impresión de esta lectura) o porque esta novela no es tan ágil como la segunda, el caso es que se me ha hecho algo pesada. 

   Aunque el estilo narrativo es muy fluido y se lee bien, me ha saturado tanta página. Los avances y retrocesos, tanto de los ejércitos cristianos como de los musulmanes, se cuentan plaza a plaza, castillo a castillo. Guadix, Écija, Jaén, Córdoba, Játiva y muchos enclaves más son arrebatados por los cristianos de manos de los musulmanes y viceversa.

   Para mí ha habido un exceso de detalle; cada guarnición o plaza y cada castillo que se asedia y se toma se cuenta con minuciosidad, y en aquella época las guarniciones o plazas y los castillos cambiaban de dueño y bando continuamente. Para mí esto ha ralentizado mucho el avance de la historia general de la novela.

   No obstante, es una lectura entretenida que se lee bien. El autor hace gala de una estupenda labor de documentación pero sin proliferar los detalles técnicos, es decir, se dedica a novelar, y muy bien, hechos históricos. Una no tiene la sensación de estar leyendo un libro de Historia, todo lo contrario, en todo momento se nota que es una novela. Además, al final aclara qué se ha inventado y qué es real, qué personajes son ficticios y cuáles existieron realmente.

   Una buena novela histórica que, para mi gusto, hubiera estado mejor si se hubiera abreviado algo, pero que, con todo y con eso, es muy entretenida.







21 de abril de 2017

Casorio y mortaja, del cielo bajan

Una vez recuperada la normalidad, al menos en parte, voy a retomar mis aficiones y escribir en este blog es una de ellas. Lo he estado haciendo estos meses, pero casi en exclusividad me centré en mis agobios doctorales.

Hoy traigo un texto de ficción, algo a lo que no soy muy aficionada porque no tengo imaginación y me cuesta mucho pergeñar historias, pero esta ocasión es excepcional pues con este mini-relato participo por primera vez en un reto que organiza la comunidad de Google, "Escribiendo, que es gerundio". 

Además, me hace mucha ilusión participar por dos motivos. Primero porque los administradores de la comunidad son dos maravillosos compañeros de la blogosfera con los que siento una especial afinidad, y segundo porque este primer reto se basa en contar una historia partiendo de un refrán, y yo soy una gran admiradora de esas sentencias populares tan llenas de sabiduría.

Sin más dilación aquí viene mi aportación a esta iniciativa. El refrán en el que se basa es:

Casorio y mortaja, del cielo bajan

   Me enseñaron desde pequeña el respeto que les debo a mis padres y qué conlleva ser la única heredera del reino. Desde que tengo uso de razón sé que no puedo comportarme como el común de los mortales. Mis obligaciones dinásticas están por encima de mis deseos y ante todo he de obedecer a mi señor padre, el rey.

   Siempre soñé con unirme a algún príncipe azul, algún heredero de otro feudo con el que compartir trono y lecho. La fortuna trajo hasta este reino un rico conde, ganador de mil batallas y poseedor de un vasto ejército; sus huestes serán un poderoso regalo de boda para las defensas de nuestro acosado territorio. Su valentía le precede, y su violencia también.

   Siempre soñé con el día de mi boda y siempre pensé que sería el más feliz de mi existencia. Pero hoy me siento la mujer más desdichada sobre la faz de la Tierra. Temo por mi vida. De mi futuro esposo se cuentan cosas terribles; su cólera y su despotismo son legendarios. Ya lleva desposadas tres mujeres y las tres murieron tempranamente. Las malas lenguas dicen que de palizas recibidas cuando, el que hoy será mi esposo, estaba bajo los efectos de alguna de sus habituales borracheras.

   Mi aya, entre lamentos, me dice “Casorio y mortaja del cielo bajan”. La pobre mujer no para de rezar a todos sus santos milagreros para que el refrán no se cumpla conmigo. Pero esta noche yo lo haré realidad.

   Sin embargo, no será mi mortaja la que del cielo baje si consigo que, en el brindis nupcial, unas gotas de la estricnina que guardo en mi anillo lleguen a la copa de mi flamante marido. 



18 de abril de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios XIII


Parirás con dolor

Dios, como castigo por comer la fruta del árbol prohibido, dijo a Eva: parirás con dolor. Mi osadía y mi arrogancia por decidir hacer una tesis fueron castigadas con unos últimos días finales llenos de obstáculos.

Como si de un parto se tratara os contaré cómo fueron estos últimos días hasta que di a luz mi querida tesis. A partir de aquí utilizaré expresiones típicas de un embarazo y su correspondiente alumbramiento pero, por si alguno se pierde, pondré entre corchetes lo que realmente significa el símil.

Hace años que deseo ser madre [tener un doctorado] y aunque mi edad ya está fuera del rango deseable para que el embarazo y el parto sean seguros, los médicos [directores] decidieron que con un especial seguimiento quizás pudiera ver realizado mi sueño.

Así que me quedé embarazada y poco a poco sentí cómo una vida se gestaba dentro de mí [pensamientos recurrentes sobre experimentos, pruebas en laboratorio y análisis estadísticos]. A lo largo de muchos meses, la criatura [tesis] fue creciendo, a veces parecía que no se desarrollaba bien [no salían resultados concluyentes] y hasta hubo momentos en que creí que había abortado espontáneamente ante la ausencia de signos vitales [ninguna ‘p’ significativa y un artículo rechazado por varias editoriales], pero gracias al cuidado de mis excelentes ginecólogos [directores], la criatura se desarrolló, creció y llegó a la fase final de la gestación [escritura].

Dada la fecha de concepción [registro del programa de doctorado en la secretaría] calculé que saldría de cuentas a finales de abril. Sin embargo, por prescripción facultativa [ordenanzas del decanato] se decidió que el parto habría de ser a lo más tardar el día 20 de abril.

Como la niña venía de nalgas [dos artículos que debían publicarse aún no se habían entregado a las revistas correspondientes] mis ginecólogos decidieron esperar hasta el último día de plazo y que la niña naciera por cesárea [entregar los ejemplares impresos en el decanato en el último momento].

Antes de que llegara la tan ansiada fecha me comporté como una madre primeriza responsable y acudí a clases de preparación al parto [indagué cómo hacer el pdf que integra los artículos publicados en las revistas y el texto escrito, y cómo encuadernar los ejemplares], además mi cónyuge me acompañó solícito y también participó en esas clases. 

El lugar del alumbramiento [Facultad de Farmacia] ya estaba decidido desde el inicio de la gestación, pero los facultativos que vigilaron el desarrollo de todo el embarazo pertenecían a dos hospitales distintos [CSIC y UCM], por lo que en algunos momentos hubo alguna controversia sobre el tratamiento a seguir pero todo se desarrolló felizmente.

Cuando faltaban menos de dos semanas para salir de cuentas uno de los ginecólogos me avisó de que la fecha del parto se iba a anticipar, en lugar del jueves día 20, sería el martes día 18. Este inesperado adelanto me pilló por sorpresa y aunque ya tenía preparada la canastilla [la tesis escrita] me faltaba aún comprar la cuna [hacer el pdf final y llevarlo a la imprenta]. No obstante, me puse a buscar como loca un modelo que me gustara y que fuera útil a mis necesidades [maquetar bien el pdf y comprobar que no hubiera erratas]. El domingo 16, no sé si por los nervios o porque la criatura ya tenía ganas de salir, estuve todo el día con contracciones [ataque de nervios en toda regla porque el pdf no salía bien], y algunas fueron realmente intensas [al quinto intento encontré un texto en los encabezamientos que no se veía en la versión Word] por lo que pasé un día bastante fastidiado. Me metí en la cama con mucha ansiedad.

Al día siguiente, lunes 17, me dispuse a ir a la tienda para comprar la cuna [fui a la imprenta a encuadernar los ejemplares]. Después debía hacer unos trámites administrativos para poder ingresar al día siguiente en el hospital y dar a luz [entregar en el decanato un montón de formularios y la tesis impresa], pero uno de mis ginecólogos que debían firmarme el informe de ingreso se puso enfermo y ese día no pasaba consulta [no acudió a su puesto de trabajo], pero como es un excelente profesional me ofreció la posibilidad de acudir a su domicilio para recogerlo allí.

No sé si por el contratiempo inesperado o porque la hora ya se estaba acercando empecé a sentirme mal y con muchas contracciones [nerviosismo en estado puro y varias vueltas a la manzana del domicilio de mi director número DOS para dar con el portal de la vivienda]. 

Al final el día del nacimiento llegó. La mañana no pudo empezar peor. Tenía pensado estar todo el día acompañada por una colega que había dado a luz hacía poco [entregó su tesis en noviembre] y así me podría aconsejar con su propia experiencia, pero cuando me disponía a salir de casa me envía un mensaje al móvil para comunicarme que su abuela se encuentra mal y que está en urgencias con ella. Mi cónyuge se ofreció a acompañarme pero resulta que estaba con un ataque de gota que no le permitía caminar. Conmigo la ley de Murphy no se cumple, se ensaña.

Viendo que la cosa no empezaba bien decidí relajarme escuchando música. En casos de estrés puede resultar de mucha ayuda, aunque yo no me puse a oír melodías cadenciosas. Esas moñadas no me parecen útiles. Me planté los auriculares y me fui a afrontar mi destino oyendo a Bruce Springsteen con los acordes de “No surrender” (No rendirse). 

La tan ansiada criatura estaba ya en el canal de parto [ejemplares impresos y encuadernados y formularios cumplimentados] pero aún necesitaba dos informes de dos galenos de otras especialidades [evaluadores externos] que aunque estaban en el mismo complejo sanitario [Universidad] trabajaban en ramas distintas de la sanidad y tenían su consulta en diferentes pabellones [Facultades].  La hora tope para entrar en quirófano era las 12 h. Al menos uno de los galenos pasaba consulta cerca [en la misma planta del departamento] pero el otro estaba en un pabellón algo alejado de la clínica donde yo daría a luz y mientras las contracciones cada vez eran más seguidas y dolorosas tuve que desplazarme a pie hasta su consulta.

Tengo que aclarar que el complejo sanitario donde yo iba a alumbrar [Universidad Complutense] es el más grande de España (algunas capitales de provincia son más pequeñas que el campus, para más desgracia yo no estudié allí y no conozco dónde se ubican otras facultades). Con el tic-tac de las 12 h. en la mente y con contracciones casi continuas me desplacé hasta dicha consulta, y aunque seguí las indicaciones que previamente me habían dado mis compañeros, el pabellón buscado no se encontraba donde me habían dicho; fue cuando pensé que o lo habían abducido los extraterrestres, o me había perdido, esta última conjetura era la más plausible (y la verdadera) dado mi estado de nerviosismo y mi desastrosa capacidad para orientarme. Después de varias vueltas, y al borde del colapso, logré encontrar al facultativo que me dio el informe y pude regresar a mi unidad de ginecología. 

Cuando por fin pude entrar en el quirófano para la tan ansiada cesárea le entregué “in extremis” a la cirujana encargada de realizarla [la vicedecana de Doctorado] todos los requerimientos necesarios para poder dar a luz. La cirujana me recibió con la amabilidad acostumbrada en otras consultas y además con cara de extrañeza ante mi faz sofocada (estaba literalmente asfixiada de tanto correr), por lo que solícita me preguntó a qué se debía mi semblante angustiado. Cuando le dije que la hora límite estaba a punto de expirar, su gesto de extrañeza se agudizó y fue cuando me dijo que todavía me quedaban dos días, que hasta el día 20 tenía tiempo de sobra…

No voy a reproducir lo que se me pasó por la mente porque sería de muy mal gusto. Además ese error de fechas casi consiguió que el parto se malograra porque de tanto correr a punto estuve de parir en la calle [pensé en entregar los ejemplares a unos jardineros que andaban por allí y abandonar].

El caso es que mi niña ya está aquí, aún está toda arrugadita por los esfuerzos del parto [la versión impresa para la administración es muy sobria y sin ningún adorno] pero con los días se pondrá más guapa y para cuando llegue el día del bautizo [la defensa ante el tribunal] lucirá sus mejores galas [una encuadernación más trabajada y con una portada más vistosa]. Entonces, si los sacerdotes que ofician la ceremonia [los miembros del tribunal] dan su aquiescencia [me aprueban la tesis] mi niña ingresará en la comunidad cristiana [formará parte de la base de Tesis Doctorales del Ministerio de Educación] y yo seré completamente feliz [Doctora en Farmacia].

De momento, mientras que llega el bautizo y para que os hagáis una idea, os mando una imagen de mi recién nacida. Aunque ahora mismo no luzca especialmente guapa para mí es la niña más bonita del mundo y yo soy una madre orgullosa de su retoño.




7 de abril de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XII)

Con la burocracia hemos topado



A lo largo de estos últimos meses me he dedicado a lamentarme de todos los sinsabores que acarrea elaborar y escribir una tesis. También conlleva muchos otros momentos muy agradables, pero de esos hablaré cuando ya la tenga entregada y haya hecho la defensa; ahora mismo estoy tan agobiada que no soy capaz de valorarlos en su justa medida y no sería honesto.

Me he quejado de lo complicado que es publicar y colgar en la web un artículo, del galimatías que supone escribir una cita bibliográfica correctamente o de lo difícil que es cumplir con todas las expectativas de mis directores. 

En esta etapa final de la tesis he pasado por momentos muy duros donde un reloj inmaterial me ha estado martilleando la cabeza con su inmisericorde tic-tac avisándome de que el tiempo corre y que el plazo de entrega está a punto de expirar. Pero no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista, así que hoy, por fin, puedo decir que tengo la tesis terminada, o casi. En la ciencia en general, y con las tesis (y sus directores) en particular no hay nada definitivo.

Con todo y con eso, puedo considerar que ya la he terminado, aún quedan algunos flecos como rematar algunas tablas y completar algunas citas bibliográficas, pero escribir, lo que se dice escribir, ya no tengo que escribir más. Así que ya me puedo relajar un poco; aunque solo un poco. Hay que maquetarla y eso es otro trabajo titánico en el que, afortunadamente, cuento con ayuda conyugal. Pero lo más difícil ya está hecho. ¡Bien!

Los que por aquí me conocéis ya os habréis dado cuenta de algunos rasgos de mi carácter, pero no sé hasta qué punto os podéis hacer una idea de cómo soy yo y, por tanto, quizás no sepáis de una característica muy particular mía: canto victoria antes de tiempo.

Con la tesis me ha ocurrido. Como ya no tengo que redactar, ni coordinar datos, ni hacer más gráficas, creí que ya había pasado lo más difícil. Pues no, porque no contaba con la cantidad de trámites administrativos que hay que realizar. Parafraseando a nuestro genial don Quijote podría decir, y con las manos en la cabeza:

 —Con la burocracia hemos topado, amigo Sancho.

Siempre creí que para acceder al grado de doctor era indispensable realizar la Tesis Doctoral, y así es, pero lo que nunca me habían dicho es que también hay que cumplimentar tantos formularios.

Tengo que entregar informes de idoneidad de todos los miembros del tribunal propuesto, lo que supone una cantidad de diez informes (cinco miembros titulares y cinco suplentes) y tres o cuatro más extras por si acaso falla alguno de los nominados. También tengo que entregar informes de dos evaluadores externos y de mis tres directores, certificados de que he estado trabajando cumplidoramente, un resumen de la tesis en español y otro en inglés, formularios varios dando información diversa, etc, etc. 

Cuando fui a informarme de todos estos trámites en el decanato juro que cuando salí de allí me faltaba la respiración y estaba muy angustiada. Y también muy preocupada, porque si la comisión académica que tiene que dar el visto bueno a la tesis, previamente debe leerse tanto informe, cuando llegue a mi tesis estarán tan agotados que no tendrán ganas de más lectura y no se la van a leer. Y eso no solo me preocupa, además me molesta porque después de tantos sacrificios qué menos que alguien se la lea, aunque solo sea por caridad.

Pero no solo hay que cumplimentar un montón de formularios, también hay que seguir unas estrictas normas en el formato de presentación de la tesis. La Memoria de la Tesis (ese es el nombre formal) se ha de presentar en formato digital y en formato impreso. Y no vale cualquier soporte informático ni cualquier tipo de impresión, de eso nada.

La versión digital ha de ir en un CD previamente rotulado y en una caja rígida de plástico, el informe que va a la plataforma Teseo (base de datos del Ministerio de Educación de las Tesis Doctorales realizadas en universidades españolas) debe ir en un pendrive aparte y no puede exceder de 4000 caracteres. El libro ha de ir encuadernado en tapa de cartón o semirrígida, con el escudo de la universidad bien visible, con el nombre de la facultad y el departamento correspondiente, con el nombre completo del doctorando y el de todos sus directores y por supuesto, el título de la tesis. 

Esto último, lo de poner el título de la tesis, puede resultar evidente, pero según qué casos parece que no. A algunos se les olvida ponerlo, y si alguien ya se está riendo que tenga un poco de recato porque entre ese grupo de despistados me encuentro yo. 

Resulta que estuve haciendo pruebas para el diseño de la portada, para ello conté con la ayuda de un estupendo diseñador gráfico(*) que dio muestras de su profesionalidad haciendo un trabajo perfecto. Bueno, perfecto, perfecto, no quedó, pero no fue culpa suya, fui yo que, dando muestra del estado de confusión mental en que me ha sumido esta tarea, tuve el “pequeño” error de no poner el título de la tesis. Menos mal que eran bocetos y que aún no los había llevado a la imprenta, porque llego a entregar la tesis así en el decanato y, además de no darme el visto bueno, me convierto en el trending topic del twitter de la universidad durante decenios.


Pero esto es solo un ejemplo más de tanto estrés y nerviosismo causado por la tesis. Podría poner muchas más anécdotas de cómo esta aventura me está transformando en una completa desquiciada: hace unos días en el autobús me agarré a la muleta de un señor en lugar de a la barra de sujeción y ayer, al regar las plantas de mi casa, le eché agua a un jarrón donde tengo flores de tela. 

Por si esto fuera poco, ahora tengo que enfrentarme a la burocracia administrativa rellenando un montón de impresos. Ya puestos, creo que voy a ver si consigo el formulario para ingresar voluntariamente en algún sanatorio mental.


(*) El maravilloso diseñador gráfico que me ha confeccionado la portada es nuestro querido compañero Francisco Moroz. 
Gracias, padrino, por la portada y la imagen tan bonita que has diseñado.


31 de marzo de 2017

El asesinato de Sócrates

Marcos Chicot tuvo un gran éxito con “El asesinato de Pitágoras” y estuvo entre los finalistas al premio Planeta en el año 2013. Ahora vuelve con otro asesinato de un filósofo, el de Sócrates y también ha quedado finalista. Chicot, una vez más recurre a una herramienta que le funciona muy bien, mezclar historia con asesinatos y yo, una vez más vuelvo a caer en el tremendo error de leerme premios o finalistas del Planeta.

Aunque para ser exactos esta novela (¿novela?) no me la he leído, al menos completa, porque he tenido que abandonar. Imposible para mi estado mental actual asimilar la cantidad de datos y conceptos que en esta novela (¿novela?) se dan.  

Si en “El asesinato de Pitágoras” se intercalaban asesinatos con la exposición de conceptos filosóficos y matemáticos (estos últimos muy bien explicados, por cierto), en esta novela (¿novela?) el aporte de información es muchísimo mayor y la cantidad de asesinatos muchísimo menor, porque al menos hasta donde yo he llegado (un tercio de un libro con 768 páginas) asesinar, lo que se dice asesinar, no se asesina a nadie (muere bastante gente de manera violenta pero en guerras, asaltos y cosas así). 

Me imaginé que la similitud con el título de la novela de Pitágoras me haría encontrar una similitud en la trama, es decir, thriller con historia. Pero no, historia hay mucha pero de la que va con mayúsculas, es decir, Historia griega, Historia espartana, Historia del Arte, Historia de la Filosofía, etc, etc. Pero de la otra historia, de la que va en minúscula, o lo que yo llamo argumento, más bien hay poca. 

La novela (¿novela?) se inicia con un personaje que visita el oráculo de Delfos y que pregunta a la pitonisa cómo morirá su joven amigo Sócrates. La pitonisa responde que morirá violentamente –antes de llegar a tan ansiada respuesta tuve que leerme cerca de 20 páginas donde se describe Delfos, el oráculo, el funcionamiento del tinglado que allí tenían montado y algunas predicciones varias pretéritas y famosas-. Y es que  toda la novela (¿novela?) o hasta donde yo leí (casi 300 páginas) es un compendio de datos –supongo que reales y bien documentados porque no me paré a confirmarlo, de ser así aún estaría con el primer capítulo- donde los personajes ficticios son una excusa para volcar información documental.

El caso es que saber que Sócrates moriría violentamente y a manos de otro me intrigó. Al principio soporté espartanamente tanta información añadida; la soporté así porque soy muy disciplinada y porque una buena parte de la novela (¿novela?) se desarrolla en Esparta y, quizás, puede que me solidarizara con los pobladores de aquella región, no por empatía, sino porque es tal la brasa que se da acerca de las costumbres de allí que una no puede menos que sentirse identificada en cuanto a sufrimiento y resistencia al dolor.

Pero mi sufrimiento y mi resistencia tienen un límite y es que cuando empecé la novela no recordaba de mis clases de Historia (la que lleva mayúscula) cómo murió Sócrates, pero sí recordaba que murió anciano. Dado que la novela (¿novela?) empieza con un Sócrates de treinta y tantos años, mi moral empezó a flaquear pensando lo que me quedaba hasta averiguar quién asesina al filósofo, así que decidí dejarlo y mirar en alguna enciclopedia. 

El poner entre signos de interrogación la palabra novela es debido a que a mí no me ha parecido que sea tal. Para mí una novela por muy histórica que sea debe tener una historia (con minúscula) complementada con hechos históricos bien documentados. En este caso es al revés, en esta obra hay un montón de sucesos reales que se cuentan como si de una clase docente se tratara y para disimular se ponen personajes que sirven de escenificación o pretexto para demostrar cuánto y qué bien se ha documentado el autor. Así que para mí no es una novela, es un docudrama. 

Por cierto, y sin ánimo de destripar nada, cuando leí en la enciclopedia cómo murió Sócrates resulta que más que asesinado muere “ejecutado” y de una forma un tanto peculiar atendiendo al término “ejecución”. Así que ahora tengo la intriga de saber qué entiende el autor de esta novela (docudrama) por “asesinar”. Si alguien se lee el libro entero, por favor, que me lo comunique por privado. Gracias.



27 de marzo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XI)

Científico que no publica, “submission” que se evita



Ya he comentado en otras entradas de este diario lo complicado que resulta publicar en las revistas científicas. Yo lo paso francamente mal. Si consigues que el artículo finalmente sea publicado se dan por buenos todos los sacrificios. Pero cuando un artículo, donde se han invertido muchas horas de trabajo y grandes cantidades de ilusión, es rechazado, la decepción es muy grande y la moral se tambalea. Pero la labor de los revisores es la de revisar y, en algunas ocasiones, mandar con viento fresco a los autores de los artículos revisados. Puede ocurrir y ocurre. De hecho a mí me acaba de pasar y ando un poco escocida, la verdad sea dicha. 

Pero mi desánimo no solo se debe a esas horas invertidas en un trabajo que ha sido calificado por otros como no demasiado bueno. Es que, además, escribir un artículo no solo tiene el inconveniente de pelear para convencer con pocos asteriscos (En busca de la significación perdida), poner la bibliografía (Y eso ¿quién lo dice?) y soportar el ojo escrutador (y malintencionado en ocasiones) del referee de turno ('Peer-review: el poder en la sombra); a todos estos padecimientos hay que añadir uno más: la entrega del artículo terminado o “Submission”.

Cuando un artículo ya está listo para enviar a una revista hay que colgarlo en la web pertinente, es el último trámite. Después de mucho penar para que el artículo haya quedado bien, después de adaptarlo a los muchos requisitos de la revista en cuestión, después de repasar y repasar y cuando ya está todo bien maqueado puede parecer que este trámite final es lo más fácil. ¡Qué va!

La “submission”  requiere grandes dosis de paciencia y un sexto sentido para leer el pensamiento de quien elaboró la web de la revista y así adivinar qué hay que poner en algunos campos.

La información requerida por las revistas suele ser el nombre y filiación de los autores. También suelen preguntar las diferentes áreas de investigación en las que se mueven y a las que habría que asignar el artículo que se quiere entregar. Normalmente, hasta ahí llega la curiosidad de los editores, pero a veces van más allá y piden muchas más cosas. En ocasiones piden tanta información que yo he llegado a sospechar que la CIA anda detrás y está espiando conociendo datos gracias a la “submission”. En una revista (norteamericana, por cierto) salvo el número de pie que calzábamos los autores preguntaron de todo; ante la avalancha de preguntas estuve a punto de enviar el libro de familia y hasta mi árbol genealógico para ver si así ya se daban por satisfechos.

Pero lo peor no es la cantidad de preguntas, lo malo es cuando la web tiene “Time Out”, es decir, si tardas un poco en poner lo que sea que estén pidiendo, el sistema se cierra y no te deja continuar, obligándote a empezar de nuevo. Dada mi lentitud leyendo en inglés, y mi suspicacia e inseguridad ante las preguntas (muy poco claras) que se me hacen, si hay “Time Out” me salta siempre. Es entonces cuando aflora la barriobajera que llevo en mi interior y empiezo a blasfemar a grito pelado; la intensidad de los gritos suele ser directamente proporcional al progreso de avance en la “submission”. Que se cierre la página al principio cuando has puesto solo el nombre de un autor o el título del artículo tiene un pase, pero que te lo haga cuando ya estás a punto de acabar… En cierta ocasión me ocurrió eso y la vecina de al lado llamó a la puerta convencida de que me estaba atacando una banda de salteadores dadas las voces que proferí.

Además de informar sobre la filiación de los autores y el área de investigación en el que el artículo puede encajar también hay que cargar los ficheros en los que se desglosa el propio artículo: abstract (resumen), texto, tablas, figuras y gráficos complementarios. Esta fase de la “submission” también tiene lo suyo pues la web se puede poner farruca y darle por no cargar y por más que le das al botón de “Upload” el fichero no sube, o sí pero no estás seguro con lo que, ante la duda, le vuelves a dar y el fichero se carga dos veces, entonces le das a “Remove” pero como no andes espabilado te “remove” todo, el fichero duplicado y los que previamente ya se habían cargado bien y entonces hay que subirlos todos de nuevo. 

Puede ocurrir que durante todo este proceso y dado que no se pasa a la “Next” sección, el sistema empiece su maldita cuenta atrás y salte el puñetero “Time Out” por lo que hay que volver a contestar a las preguntas del principio, cargar los ficheros otra vez, y además, en mi caso, acordarme de toda la parentela (la viva y la muerta) del informático que diseñó la web.

Si uno ya ha conseguido llegar a este punto sin que el plazo del “Time Out” expire –o sin expirar uno mismo de un infarto agudo de miocardio– el sistema genera un PDF de todos los ficheros cargados. Algunas web tienen a bien mostrar un reloj de arena como símbolo de que te toca esperar durante el proceso, pero otras no ponen nada con lo que en ese lapso de tiempo me suelo mosquear bastante y me pongo a pensar cosas como:

- ¿Se habrá cargado todo bien?
- ¿Se habrá cargado algo bien?
- ¿Se habrá cargado algo?
- ¿Me he quedado sin conexión a internet y estoy haciendo el panoli, aquí, mirando la pantalla?

Este último pensamiento siempre va acompañado de otro:

- ¡Ay, Dios! ¡El “Time Out” ha saltado seguro! 

Si los duendes informáticos y la compañía que me suministra el servicio de ADSL lo permiten, al final el proceso de entrega termina satisfactoriamente y es cuando en la pantalla del ordenador aparece la deseada y nunca bien ponderada expresión:

“Article successfuly submitted”

Cuando leo esa frase, y después de tanto sufrimiento para llegar hasta ahí, en mi cabeza suenan violines y en una ocasión creo que vi al Arcángel San Gabriel.


Ante lo expuesto se puede deducir que enviar un artículo supone toda una tortura para mí. He estado dándole vueltas para evitar este particular martirio; pensé en tomar ansiolíticos o acudir a clases de relajación, pero al final me decidí por una táctica muy española: pasarle el marrón a otro. 

Afortunadamente, tengo una estupenda colega que se presta a colgarme los artículos, así me aseguro de que el artículo se entregue correctamente y a mí no me dé un ataque de ansiedad. Gracias, compañera. Ella es muy tímida y le da vergüenza que la mencione, así que solo diré que su nombre empieza por ‘Al’ (y termina por ‘ba’).

Hoy, precisamente, me ha colgado un artículo satisfactoriamente, así que esa prueba ya está superada. Ahora toca esperar la respuesta de la revista, pero de eso ya me preocuparé a partir de mañana. En este momento quiero disfrutar del concierto de violines que tengo en la cabeza; están tocando música celestial.


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores