27 de noviembre de 2016

La carne



   La sección Alalimón se presenta hoy con un formato diferente al habitual. Si bien desde este blog se trata de una reseña literaria, en el de Chelo no será una película el tema a tratar, sino una charla que concedió la autora del libro protagonista; resultará de lo más interesante y un perfecto complemento a la reseña de la novela.

   El libro es La carne y su autora es Rosa Montero (Enlace a El blog de Chelo).


    Si tuviera que hacer una sinopsis de la nueva novela de Rosa Montero utilizaría unas frases que aparecen nada más comenzar el libro:

“La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que no vas a poder vivir”
    Porque esta corta novela –demasiado corta para mi gusto– va de nostalgia y cierta derrota; la derrota que nos regala la vida cuando uno echa la vista atrás y ve lo que aún no ha hecho y posiblemente no llegue a hacer.

   Esta reflexión es la que se hace la protagonista, Soledad, una mujer que contrata los servicios de Adam, un gigoló (qué poco me gusta esta palabra), para que la acompañe a la Ópera y dar un escarmiento a su ex-amante. La velada acabará complicándose y ya de paso también se complicará la vida de Soledad.

    Los sesenta años que va a cumplir Soledad le pesan como una losa, en realidad lo que le pesa es el pasado y  la decepción de no haber conseguido todos sus sueños, especialmente los que al amor se refieren.

   Aunque Soledad ha conseguido muchas cosas sus carencias le pesan más. Y como recuerdo constante de los años vividos y sin vuelta atrás está su propia carne: 

“El cuerpo era una cosa tremenda. La vejez y el deterioro se agazapaban de manera insidiosa y a menudo el interesado era el último en enterarse”

    Y es que otra cosa que caracteriza a la vejez, o al paso de los años, es que cuando a uno le llega piensa que la decrepitud y el deterioro no nos van a afectar tanto como a los demás. Cuando esa etapa de la vida se acerca es inevitable pensar que algunas de las cosas que hacemos las hacemos por última vez, aunque “la gente casi nunca sabe cuándo es la última vez que hace algo que le importa”

    Soledad es la comisaria de una exposición que se está preparando en la Biblioteca Nacional sobre “Escritores malditos”. Y de malditos Soledad sabe mucho.

“Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte”

    La incomprensión cuando nos rodea por todas partes solo trae soledad y si esa soledad no es libremente elegida entonces se convierte en una maldición.

   Al hilo de esta exposición en ciernes Rosa Montero nos muestra un buen elenco de escritores que, por un motivo u otro, tuvieron una vida azarosa y maldita. Así nos hace un estupendo repaso de la vida de William Burroghs, Philip K. Dick, Guy de Maupassant y muchos más. Todos reales a excepción del último que cita: Luis Freeman y que a mí fue el que más me fascinó, pues la vida de este escritor inventado esconde una alegoría muy esclarecedora sobre el papel de la mujer en la sociedad.

   En esta parte de la novela, Rosa nos sorprende con un cameo. Ella misma aparece como un personaje más, algo que a mí me pareció original. La descripción que se da de ella en palabras de la protagonista es estupenda y llena de ironía.

   He disfrutado con esta mini-novela; está muy bien escrita –algo habitual y esperable en Rosa Montero– pero me he quedado con ganas de más. No soy amiga de los relatos excesivamente largos, ni de la aparición innecesaria de páginas que rellenen una historia corta, pero creo que a esta novela le falta profundidad. El personaje de Soledad se intuye complejo y rico en matices pero al final se queda todo en agua de borrajas. 

   Una vez más Rosa Montero vuelve a reflexionar sobre el paso inexorable del tiempo, algo que ya empieza a ser una constante en sus creaciones. Lágrimas en la lluvia (enlace reseña) , La ridícula idea de no volver a verte (enlace reseña) o El peso del corazón (enlace reseña) también hablan de esto. Quizás saber que “la última vez” la está acechando sea un motivo de obsesión y no pueda evitar plasmarlo en los libros que escribe. Quizás lo irreversible de lo ya vivido le empiece a pasar factura.

“Ser viejo es tener un pasado irremediable y carecer de tiempo para enmendarlo”

   A mí aún me faltan bastantes años para llegar a la edad de la autora, incluso me faltan unos cuantos para llegar a la de Soledad, pero siento cierta empatía con las dos pues soy consciente de que ya estoy en la segunda etapa de la existencia, esa en la que la vida nos va arrebatando las cosas que nos dio en la primera. 






Dedicatoria que me pidió Chelo en su encuentro con Rosa Montero

25 de noviembre de 2016

El Círculo del Alba

   En 1903 Bruno Moreto queda desolado cuando su tutor, Ernesto Olmedo, muere en extrañas circunstancias. Olmedo además de regentar una funeraria colaboraba con la policía como médico forense; sus dotes de observación le cualificaban para ayudar en la resolución de algunos asesinatos. 

   Bruno obtuvo de su tutor importantes enseñanzas: “Todos morimos, tarde o temprano. Lo realmente prioritario, si queremos indagar en el origen exacto de la muerte, es devolver la voz a los muertos”. Enseñanzas que le serán muy útiles pues la policía recurre al joven Bruno para investigar una serie de asesinatos rituales de niñas. Un asesino recorre la ciudad de Madrid raptando pequeñas que luego aparecen muertas, dentro de una de sus manitas llevan una golondrina que tiene en su interior una libélula azul.

   Para resolver tan macabros crímenes cuenta con la ayuda del hermano del doctor Olmedo, un conde italiano que regresa a España después de 25 años.

   Para más intriga, Bruno descubre que antiguos condiscípulos de su tutor han muerto suicidándose. Tanto suicidio le hace sospechar e indaga también qué se esconde detrás de todas estas muertes.

   Con estas premisas parte el argumento de una novela fascinante. Un thriller ambientado en el Madrid  de los inicios del siglo XX. Una obra con muchos personajes, todos muy bien perfilados y con una ambientación exquisita.

   La narración es fluida y se utiliza un lenguaje muy bien cuidado, además los diálogos dan mucho ritmo a la trama.

   Las descripciones son realmente buenas, la autora nos lleva con pericia por todos los rincones de la ciudad: desde los arrabales del Manzanares, con sus pobres casuchas donde los habitantes sobreviven malamente entre la miseria, hasta los salones de la alta sociedad, con sus reuniones sociales donde médiums entretienen a un público burgués deseoso de nuevas sensaciones. Luisa Ferro recorre un Madrid variopinto, y lo hace muy bien: desde los jardines del Retiro hasta el cementerio de la Almudena, desde la Dehesa de la Villa a las Ventas del Espíritu Santo o el arroyo Abroñigal. 

Un Madrid multicolor en primavera, de sol y sombra en verano, de acuarela en otoño y de niebla y ceniza en invierno

Ventas, año 1900

    Cementerios, casas abandonadas, calles estrechas y solitarias son algunos de los escenarios y el misterio que se respira en toda la novela se ve envuelto de cierto halo sobrenatural. Una delicia.

   Una novela que mantiene en vilo al lector; la intriga se mantiene hasta llegar a un final trepidante y algo folletinesco, lo reconozco, pero que me ha parecido muy acorde con la época en la que se desarrolla. Una novela con un argumento bien trabajado, con muchos sucesos, a priori aislados, que poco a poco van encajando unos con otros para formar un mosaico que nos cuenta una historia fascinante.

   A estas alturas creo que ya he dejado ver que la novela me ha gustado mucho. Pero es que además de todo esto tuve un aliciente más: retroceder en el tiempo y pasear por la ciudad que me vio nacer y que quiero con toda mi alma: Madrid.

 "Una ciudad que es mujer, que reparte hostias como panes y que también sabe encandilar con dulces besos de violeta"






21 de noviembre de 2016

Leer, el remedio del alma: Bottom 10

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   Hace unos meses publiqué las entradas más visitadas en mi blog, en aquella ocasión me comprometí a publicar también las menos vistas porque a mi modo de ver podían verter una información muy curiosa de este blog. Aunque he tardado un poco en cumplir aquella promesa aquí están las diez publicaciones menos aceptadas, o quizás simplemente las que menos publicidad tuvieron, o las que pasaron más desapercibidas porque el blog andaba en mantillas -la mayoría son de los inicios- y no tenía apenas proyección.

   El que sean publicaciones de la época en que me inicié en esto de "bloguear" las hace muy entrañables para mí. Me he detenido a leerlas con una sonrisa en los labios pues aquellas reseñas, si las comparo con las que actualmente escribo, apenas parecen unos cortos comentarios sobre el libro en cuestión. 

   He comprobado que con el tiempo he ido haciendo reseñas mucho mejor argumentadas y complejas, que las complemento con frases extraídas de la lectura y que detallo mucho mejor algunos aspectos del libro leído. Lo que no ha cambiado es la mala leche que me sale en forma de sarcasmo cuando un libro es rematadamente malo -comprobadlo con las entradas número 3 y 4-, no tengo remedio.

   Aquí os dejo las estancias menos conocidas de mi casa, pero eso no quiere decir que sean las más feas, sino las más recónditas y quizás por eso mismo las más curiosas.

   Pasen y vean:

10- Estigmas

NOTA: Las entradas van numeradas en orden creciente pero en orden inverso a su número de visitas, es decir, la número 10 es la que menos visitas obtuvo.



18 de noviembre de 2016

La dieta del Geno Tipo


   Hace unos meses tuve que leer este libro por imperativo laboral. Los alumnos de 4º curso de Dietética debían hacer un trabajo basado en este best-seller y una servidora debía encargarse de supervisar las pruebas prácticas que tendrían que realizar. No tuve más remedio que leerme la obra en cuestión pues sería muy poco profesional no conocer el porqué y los motivos que llevarían a hacer determinadas mediciones a los alumnos.

   Quiero resaltar la obligatoriedad de esta lectura porque en condiciones normales nunca me habría acercado a una obra de estas características.

   Suelo huir de los superventas, también de los libros de divulgación científica y de los de autoayuda. Cuando estos tres conceptos se reúnen en un solo libro no huyo, escapo como alma que lleva el diablo. Pero en determinadas ocasiones hay que plegarse a las órdenes que nuestros superiores nos dan: donde hay patrón, no manda marinero.

   Ya la presentación del escritor me dio mala espina. El autor, Peter J. D’Adamo, es doctorado en naturopatía y licenciado en medicina naturópata. He intentado averiguar si este doctorado y esa licenciatura es una especialidad de la carrera de medicina en EEUU –país donde realizó esos estudios– pero no he tenido éxito. Es decir, no sé si este señor es un médico de los de verdad u otro vendedor que adorna su currículo con la palabra “doctor” delante de su nombre.

    El concepto naturopatía  es de por sí ambiguo. Etimológicamente significa: 'Doctrina que defiende el empleo de medios naturales en todos los aspectos de la vida, especialmente para conservar la salud y tratar las enfermedades'.

   Es decir, para curar enfermedades la Naturaleza se basta y sobra. Como boticaria que soy tendría mucho que añadir al respecto. Sí es verdad que muchos remedios farmacológicos provienen de plantas y otros elementos presentes en la Naturaleza, pero la ciencia farmacológica ha evolucionado mucho y algunos compuestos creados en el laboratorio también son efectivos y mucho más eficaces. Negar las bondades de la investigación no me parece correcto.

   En cualquier caso, independientemente de la formación académica del autor, es innegable que su libro se ha convertido en un fenómeno editorial y los millones de ejemplares vendidos le han reportado pingües beneficios. A mí esto no me molesta, lo que me preocupa es que la venta de estos libros ha venido acompañada del seguimiento de unas recomendaciones alimentarias que distan mucho de ser adecuadas, y me atrevería a decir, saludables.

   A mitad de camino entre un libro de autoayuda y un anuncio de la teletienda, el libro nos marca unas pautas para “cambiar nuestro destino genético”. Cada individuo viene marcado por una dotación genética heredada de sus progenitores que a su vez la heredaron de sus antepasados. Esta información que se encuentra en nuestros genes puede derivar en aspectos positivos y negativos. Según el autor, nosotros podemos cambiar eso y lograr que solo se manifiesten los aspectos buenos, relegando o “acallando” los malos. 

   La verdad es que el concepto de partida es real. Se basa en el “genotipo” (todo junto). El genotipo es la variedad de genes que un individuo posee, unos se manifestarán en forma de determinadas características y otro permanecerán “callados”. Aquí el autor da una vuelta de tuerca y elabora un concepto “particular” (sic) añadiendo ciertos aspectos que incluyen la relación con el entorno, la influencia de la historia familiar y los efectos de las historia fetal o prenatal. A esta nueva definición él la bautiza como Geno Tipo.

   Incluso esta nueva forma de entender el genotipo clásico es correcta. Las nuevas investigaciones sobre el tema han llegado a la conclusión de que el entorno tiene una influencia importante en la expresión o no de determinados genes, es lo que actualmente se denomina “epigenética”. También es aceptado por la mayoría de los científicos que lo que ocurre en el desarrollo fetal puede incidir en la aparición de determinadas enfermedades cuando ese feto se convierte en adulto –obesidad, diabetes, y otras enfermedades están directamente relacionadas con la alimentación de la madre durante la gestación y la presencia de determinados genes–.

   Hasta aquí, todo bien. El problema viene cuando saca conclusiones de estas premisas. Y esto es algo que caracteriza a muchas nuevas teorías o terapias alternativas. Parten de una base científica correcta, con un buen razonamiento, pero en un determinado momento dan un “salto” y se sacan conclusiones de la chistera, como si de un truco de prestidigitador se tratara. 

   Según el autor nosotros podemos “hacer hablar” a algunas partes de nuestra herencia mientras hacemos que otras se queden en silencio. Pero primero debemos saber qué genes tenemos en nuestras células para saber cuáles deben “hablar” y cuáles deben “callarse” .

   Lo ideal para saber qué genoma poseemos es ir a un laboratorio y que nos hagan el perfil genético. No obstante, el autor nos da otra alternativa, mucho más cómoda y barata: comprar su libro (y leérselo).

    El caso es que se nos dan unas pautas para averiguar qué genes poseemos y qué enfermedades somos propensos a padecer. Una vez conocida esta información pasa a una segunda fase: cómo neutralizar esos genes “malos” mediante la alimentación.

   La forma de saber qué genes se encuentran en nuestras células me pareció bastante peregrina –medir el torso o las piernas, la proporción entre dedo anular e índice, tamaño craneal, etc.– aunque alguna de estas mediciones sí sirven para averiguar algunos datos de composición corporal, me cuesta creer que también sirvan para conocer la dotación genética. Y eso que avisa que lo va a explicar; explicación que brilla por su ausencia porque fue lo primero que yo quise buscar y no encontré.

   El autor, en un alarde de síntesis con el genoma humano, clasifica todas las posibles combinaciones de genes en seis grandes grupos a los que da nombres muy sugerentes: Cazador, Recolector, Maestro, Explorador, Guerrero y Nómada. Estos nombres se basan en otra teoría suya: nuestros genes ya vienen determinados por nuestros ancestros más antiguos que se dedicaban a una u otra labor en función de su predisposición genética. Según a qué grupo pertenezcamos tendremos tendencia a padecer determinadas enfermedades. Por cierto, a cuenta de esta clasificación el autor escribe:

"No tengo realmente pruebas arqueológicas ni antropológicas para completar los datos. Puedo deducir cómo se desarrollaron estos grupos pero esta es la parte de la historia para la cual las pruebas siguen siendo básicamente circunstanciales. He identificado los seis grupos que existen y luego he especulado acerca de cómo llegaron hasta aquí. El resto tendrá que aportarlo algún otro."

    En este punto de la lectura mi asombro llegó a  la alucinación. Es decir, el autor expone una serie de teorías, pero la demostración de su veracidad se la endiña a otro. Yo lo flipo.

   Una vez que ya sabemos a qué enfermedades estamos predestinados (Alzheimer, infarto de miocardio y/o ictus, cáncer de mama o de cualquier otro tipo, etc.) y ante la posibilidad de que nos sumamos en la más profunda depresión, el autor nos ofrece una salida optimista y reparadora: su libro. En él encontraremos remedio al fatal destino genético.

   No negaré que en la introducción se habla de conceptos genéticos de manera acertada: acetilación de histonas, metilación, genes reactivos, etc. Lo que ya no es tan acertado es llegar a la conclusión de que la dieta puede metilar los genes indeseables (un gen metilado no se expresa y no manifiesta la información que lleva, léase en este caso el padecer una enfermedad). Lo que no explica es cómo la dieta metila los genes “malos” y deja sin metilar “los buenos”, los que sí nos interesa que se expresen. 

   Otra de las perlas con las que adorna la introducción es su particular concepto de la selección natural y que él llama “efecto fundador”, una mezcla entre antropología y ciencia ficción: 

“Cuando un pequeño grupo se separa de un grupo mayor y emigra a tierras lejanas, sus miembros sólo transportan una fracción del potencial genético de la población original. Sean cuales sean los genes que han logrado llevarse del grupo mayor, esos serán los genes que sobrevivan, y nos son necesariamente los más aptos. No obstante, son los supervivientes, y los que pasarán su herencia genética al resto de nosotros”. 

   Si no son los más aptos, me pregunto yo, ¿cómo logran sobrevivir? El autor lo explica claramente: han tenido suerte . Si Darwin levantara la cabeza…

   En fin, no voy a extenderme más porque podría poner muchos más ejemplos. Tampoco analizaré las posibles dietas a seguir que el autor propone, pues como todas las dietas tienen muchos fallos y carencias.

   Pero si tuviera que extraer una conclusión global o un objetivo sería muy clara. Toda la obra está encaminada a una meta final: vender el libro. Aunque hay otra más, vender el otro libro que publicó anteriormente a este y que también fue superventas: “Los grupos sanguíneos y la alimentación”. Este último no me lo he leído y viendo cómo me fue con el que nos ocupa ahora, no pienso leerlo ni harta de vino. Para leer ficción prefiero las novelas.






13 de noviembre de 2016

El éxito de los demás


"Pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrase del éxito de un amigo sin sentir cierta envidia"
Esquilo

    Siempre se ha dicho que los españoles somos muy envidiosos, que el recelo que sentimos hacia el éxito de los que nos rodean saca lo peor de nosotros.

   Mi suegro solía mencionar, a cuenta de esto, unas frases muy ilustrativas: 

¿Qué es lo mejor que le puede pasar a un español? Que le toque la lotería. Y ¿qué es lo peor que le puede suceder? Que le toque al vecino.

    Somos envidiosos hasta el punto de desear mala suerte al de al lado aunque esa malaventura nos afecte también a nosotros. Cuando sufrimos una desgracia “colectiva” –una inundación, por ejemplo– parece que nos conforta un poco más saber que ha habido más gente que también la padece. Los psicólogos dicen que se debe al reconocimiento cognitivo compartido. Yo creo que se debe a la pura y simple envidia. Seamos sinceros, saber que el agua que nos ha destrozado nuestra casa también ha dejado la del vecino manga por hombro nos consuela. 

    El propio saber popular lo contempla:

Mal de muchos, consuelo de todos (o de tontos)

   Que los logros de un desconocido nos molesten puede aceptarse como un defecto sin más trascendencia –a no ser que el desconocido sea un inútil redomado y entonces no es envidia, es justa indignación–. Pero ¿qué pasa cuando es un amigo quien tiene éxito? 

    Cuando alguien a quien apreciamos y valoramos consigue alcanzar una meta largamente deseada sería lógico y normal alegrarnos por su éxito. O no.

   Si me pongo con esta reflexión es porque hace unos días una compañera de la Universidad defendió su tesis doctoral y lo hizo francamente bien. Expuso un trabajo excelente y demostró lo que valía con una presentación y una alocución perfectas.

   Con esta compañera me une no solo una afinidad laboral, también somos amigas. Hemos compartido muchas horas en el laboratorio y muchas penalidades pasadas a deshoras. Su compañerismo ha sido excelente y siempre ha supuesto una gran ayuda en mi trabajo. Además, las penurias unen mucho; juntas hemos soportado muchos inconvenientes y juntas los hemos afrontado mejor. 

   Recuerdo especialmente una víspera de nochebuena en la facultad de farmacia a las siete de la mañana. Tuvimos que acudir para terminar un experimento que se quedó colgado en medio de los días festivos de esas fechas. En el edificio no había nadie más que nosotras dos y el vigilante jurado. Además del frío que hacía –la calefacción no estaba encendida– tuvimos que soportar el silencio absoluto de un edificio decimonónico solitario –un gran contraste con la actividad que suele tener en días lectivos– y los ruidos esporádicos emitidos por la tarima de madera y vaya usted a saber qué otras “cosas” más.  Juntitas, como hermanas siamesas, no nos separamos en ningún momento. Aquel día comprobé cuánto refuerza una amistad el miedo.

    Podría contar muchas anécdotas a cuenta de nuestra amistad laboral. Como el día que se estropeó un aparato de medición en el laboratorio y mis muestras listas para analizar estuvieron a punto de echarse a perder. Mientras que yo me tiraba de los pelos y no dejaba de renegar en todos los idiomas que conozco, ella se fue por los pasillos preguntando “¿alguien tiene un colorímetro, por caridad?”

    Además de ser muy competente, la puñetera tiene conciencia –algo también muy raro de encontrar hoy en día–. Me vienen a la memoria los días que tenía que consolarla, con una caja de pañuelos en la mano, porque el sacrificio de las ratas que necesitaba para sus experimentos le provocaba remordimientos en el corazón y lágrimas en los ojos.

   El caso es que el día que expuso su tesis doctoral todo fueron parabienes. Sus padres orgullosos no podían dejar de sonreír viendo a su brillante hija. Los profesores que la tutelaron también sonreían con orgullo, todos sus compañeros se felicitaban por tener una colega tan ejemplar. Pero yo estaba verde de envidia. Sí, porque ese trabajo tan excelente me hizo ver la mediocridad del mío y pensé que ni de lejos podré alcanzar tanta perfección.

   Y es que el éxito de los demás nos hace pupa porque suele poner en evidencia nuestras carencias y eso es algo de lo que solamente nosotros tenemos la culpa. No los demás.

   La quiero mucho y me alegro por ella, pero le tengo envidia. Me dicen que es envidia sana. ¿Sana? ¿Cómo la envidia, que es un pecado capital, puede ser sana? En catequesis me contaron que los pecados capitales te mandan derechita al infierno. Y el infierno, con esas altas temperaturas, muy sano no es.

    Pero esto es lo que hay. Tendré que asumir mis carencias, ponerme las pilas e intentar acercarme, aunque sea de lejos, a la perfección de su trabajo, a ver si así yo también consigo el éxito.


Esta publicación está dedicada con todo el cariño (y la envidia) a Alba, en reconocimiento a su compañerismo y amistad. Va por ti, guapa.




11 de noviembre de 2016

Falcó


    Lorenzo Falcó es el protagonista de la última novela de Arturo Pérez-Reverte. Este nuevo personaje es un espía de la inteligencia naval que trabaja para el recién alzado ejército de Franco en los inicios de la Guerra Civil.

  Aunque su jefe tiene una ideología política que le hace tomar partido por los militares sublevados, Falcó es un peón más del tablero, que juega en función de cómo le vienen dadas. Durante la República su jefe trabajaba para el gobierno y por tanto él también, ahora su jefe trabaja para los rebeldes y él hace lo mismo. 

   Para Falcó palabras como patria, amor o futuro no tienen ningún sentido. Y es que Falcó solo se guía por una ideología: la supervivencia. Su guerra es otra, y en ella los bandos están perfectamente claros: de una parte él, y de la otra todos los demás.

   Falcó es “un buen chico al que le fueron mal las cosas en el colegio” y tras un periplo por diferentes países embarcado en negocios turbios, acaba trabajando como espía. Su  pericia en el combate cuerpo a cuerpo y su gran capacidad para salir de apuros más o menos complicados le convierten en un elemento indispensable para cualquier servicio de espionaje.

  Falcó es un tipo muy guapo, posee un atractivo que le hace irresistible a las mujeres y él lo aprovecha en beneficio propio, lo que se traduce en que se acuesta con toda fémina que se le pone por delante. Aspecto este que me ha parecido algo machista y un poco prepotente. Muy a lo Humphrey Bogart -aunque a mí, Bogart, nunca me pareció ni remotamente guapo-.

   Con esta presentación bien podríamos decir que Falcó es la versión española de James Bond, y en lugar de trabajar para su graciosa majestad la reina Isabel, lo hace para el Generalísimo Franco. 

   Si solo nos quedamos con esto a mí la novela me ha decepcionado un poco. El perfil del protagonista está muy bien definido: cínico, valiente, egoísta y con un punto de chulería. Pero es un perfil ya de sobra utilizado por el escritor. De hecho, en algunos momentos pensé que si cambiaba la vestimenta del protagonista por otra del siglo XVII y le añadía unos cuantos años más de edad, bien podría pasar por el capitán Alatriste.

     Vuelve, una vez más, el héroe que lleva su última noche consigo a todas partes, sabedor de que la muerte le ronda. El héroe que se encarga del trabajo sucio y que acaba siendo traicionado por quienes dirigen y se aprovechan de su labor sin arriesgar nada.

    Otra cosa que no me gustó fue el argumento, me pareció poco trabajado, algo flojo. Aunque como la novela no es muy extensa quizás no había tiempo para complicar la trama.

   Pero en esta novela hay otro elemento que se repite: el impecable estilo narrativo de Pérez-Reverte. Su forma de contar las cosas me atrapó desde el inicio y el protagonista, con sus acciones más que previsibles, no me impidió disfrutar de la lectura.

   Además, en esta ocasión don Arturo nos da una visión ecuánime pero también demoledora de los dos bandos que dividieron España en una guerra fratricida y cruel. Con el verbo mordaz e incisivo que le caracteriza, Reverte nos pinta el cuadro de las dos Españas, dos barbaries paralelas:

   En un lado “una planificada represión bajo mando único, un exterminio sistemático de cuanto oliese a democracia, libertad y ateísmo, con la idea de una nación unida, religiosa y fuerte por encima de todos. Una guerra total hecha por militares profesionales que usaban el terror y la sangre como arma definitiva”.

   En el otro bando, “un disparate de improvisación, oportunismo y demagogia, con las cárceles abiertas el 18 de julio arrojando chusma a las calles, convertida en milicianos que se gastaban en juergas y mujeres lo que robaban asesinando a mansalva, y el pueblo armado soberano en el caos ajustando cuentas, un odio homicida no solo hacia el ejército de Franco, sino también hacia los miembros del propio bando. Partidos y facciones enfrentadas entre sí, indecisos entre ganar la guerra o hacer la revolución, incapaces de coordinar un esfuerzo común.”

   Una vez bien definidos los bandos enfrentados, la sentencia final: la guerra la van a ganar los que carecen de escrúpulos democráticos, porque son los más criminalmente disciplinados y los más fuertes.

   Y lo peor: cuando todo acabe van a faltar tumbas.

   Otra constante en la obra de Reverte, y que en esta novela también aparece, es el ensalzamiento del valor; una cualidad que hermana a la gente, por encima de ideologías.

    Independientemente del bando elegido, Pérez-Reverte alaba y admira a quien lo da todo por sus creencias, a quien su integridad le hace llegar hasta el final, asumiendo las consecuencias que pueda acarrear y que, en una guerra, suele ser la muerte. Admiración que va dirigida a todos aquellos que se muestran fieles a sus ideas y, lo más importante, a sí mismos.







6 de noviembre de 2016

Hipatia de Alejandría


Había una mujer en Alejandría que se llamaba Hipatia, hija del filósofo Teón, que logró tales alcances en literatura y ciencia, que sobrepasó en mucho a todos los filósofos de su propio tiempo.
Sócrates Escolástico.

    Hoy traigo como protagonista de Demencia, la madre de la Ciencia a una mujer considerada la primera científica, o al menos la primera cuya vida está bien documentada. Una mujer que suscitó –aún suscita– mucha controversia; para unos fue “un oráculo de luz” y para otros “un emisario de las tinieblas” y en esta doble apreciación mucho tuvo que ver su condición femenina. Esta mujer es Hipatia de Alejandría.

   Hipatia nace en Alejandría en el siglo IV de nuestra era. No hay consenso a la hora de establecer el año exacto de su nacimiento. Se dice que fue en el año 370, pero si murió en el 415 –esta fecha sí se conoce con exactitud– implicaría que tenía tan solo 45 años al fallecer y se cree que el prestigio alcanzado no se correspondería con una persona de tan poca edad. Según este razonamiento, otros eruditos establecen el año de su nacimiento en el 355.

   Sea como fuere, Hipatia nace en una Alejandría que vive un pequeño renacimiento científico donde el debate acerca de la posición de la Tierra en el Universo es un tema recurrente en los foros de discusión. Además es hija de un matemático-astrónomo-filósofo (en aquella época la mayoría de los eruditos eran multidisciplinares) que ejercía de profesor en la Biblioteca de Alejandría –una de las mayores y mejores documentadas del mundo–. Dado el talante abierto de su progenitor, la educación que recibe Hipatia es idéntica a la que reciben los varones; una educación en todo momento supervisada por su padre.

Recreación de la Biblioteca de Alejandría

   Hipatia destaca en muchas áreas del conocimiento, pero su trabajo más importante es en álgebra. Comenta trabajos de otros eruditos en la materia, ampliando y perfeccionando teorías que estaban aún por desarrollar. 

   Desarrolla ecuaciones múltiples, explica las órbitas irregulares de los planetas utilizando las secciones cónicas (las figuras geométricas que se forman cuando un plano pasa por un cono), elabora unas tablas para los movimientos de los cuerpos celestes, y muchas otras cosas más.

   Pero también se interesa por la mecánica y la tecnología práctica. Diseña varios instrumentos científicos: un astrolabio plano que sirve para medir la posición de las estrellas y los planetas, un aparato para destilar agua, un instrumento para medir el nivel del agua y un hidrómetro que mide la densidad de los líquidos.

   También encuentra tiempo para impartir clases. Sus clases se dan en su domicilio y son diálogos en los que se discute de múltiples temas: filosofía, astronomía, religión, etc. Además, y al contrario de lo que ocurre en los centros educativos, a su casa acuden estudiantes de todas las religiones y credos. 

   Se implica además en los asuntos municipales y su influencia en la esfera política empieza a ser notable. Muchos representantes políticos acuden a ella en busca de consejo, pues todos le reconocen su integridad y sus altos valores éticos. 

Recreación de Alejandría

   Pero en Alejandría la convivencia empieza a ser complicada. Estamos en unos años donde el Imperio Romano se está convirtiendo al cristianismo, y los cristianos –con un poder creciente en diferentes estamentos de gobierno– empiezan a ver herejía en la ciencia. 

   El 17 de octubre del año 412 Cirilo es elegido obispo de Alejandría. Este personaje se destaca por su intolerancia y su fanatismo religioso. Cirilo con el pretexto de purificar la fe empieza a perseguir a los que no practican el cristianismo. Se desata una violencia extrema y los asesinatos por motivos religiosos están a la orden del día.

   Hipatia defiende el racionalismo científico griego y no se decanta por ninguna confesión, manteniéndose al margen de las disputas religiosas. Pero Cirilo recela de la influencia que tiene en algunos sectores de poder –Orestes, el prefecto romano de Egipto, fue alumno de Hipatia– y emprende una campaña de difamación contra ella. En su afán por desprestigiarla la acusa de brujería, y de “crear ateos” con sus ideas racionales.

   La muchedumbre, adocenada por las arengas de tan despreciable obispo –elevado a los altares como San Cirilo de Alejandría–, ataca el carruaje en que viaja Hipatia un día del mes de marzo del año 415. La desnudan, la agreden con fragmentos de cerámica hasta matarla y, posteriormente, queman su cadáver. 
    Dado que la muerte de tan admirable mujer coincidió con el inicio de una época oscura en materia científica, se considera a Hipatia como la última científica pagana del mundo antiguo y el símbolo del fin de la ciencia en la Antigüedad.

   En cualquier caso fue una mujer que se mantuvo íntegra en momentos convulsos donde el fanatismo manipulado por individuos deseosos de dominar y controlar llevó a la humanidad a siglos de oscurantismo y barbarie.


   No se me ocurre mejor homenaje a esta mujer que terminar esta publicación con sus propias palabras; unas palabras que definen muy bien su filosofía de vida y que bien haríamos muchos en tomar como propias y seguir al pie de la letra.

Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar
Hipatia (355-415)



3 de noviembre de 2016

La dama de la ciudad prohibida


    Nos encontramos en la China imperial del siglo XVIII, el emperador Kangxi acaba de fallecer y como establece la tradición parte de su séquito le acompañará eternamente en su tumba. Lo que se traduce en el sacrificio de varios sirvientes y concubinas. Entre estas se encuentra Xiaomei.

    LinShui, la hermana de Xiaomei y concubina también, no acepta esta decisión, máxime cuando la propia Xiaomei dice hacerlo voluntariamente. Shui no se cree que su hermana se sacrifique por propia voluntad y decide investigar qué es lo que realmente llevó a Xiaomei a tomar una decisión así. Investigación que será ardua y complicada pues la vida en el harén imperial no permite muchas transgresiones.

    Este es el punto de partida de esta novela, y también se podría decir que es "la excusa" para introducirnos en la Ciudad Prohibida.

   La Ciudad Prohibida fue, durante varios siglos, el hogar de los emperadores de China y su corte, así como centro ceremonial y político del gobierno chino. 

    Entre sus múltiples dependencias se encontraba el harén, allí cientos de concubinas vivían entre algodones, lujo e intrigas palaciegas. Allí las cortesanas del emperador se dedicaban a adiestrarse en las artes amatorias y la práctica del canto y otras disciplinas, todas ellas encaminadas para procurar deleite al monarca y a los invitados de las muchas fiestas y ceremonias que en palacio se celebraban. Si bien vivían rodeadas de lujos el gineceo no dejaba de ser una prisión dorada.

Ciudad Prohibida (Pekín)

    El autor nos describe con gran minuciosidad las estancias de esta jaula de oro: los suntuosos salones, los exuberantes jardines y los lujosos atavíos de los personajes. La capacidad descriptiva es tan buena que casi se puede oler el aroma desprendido por las orquídeas o los jacintos negros que adornan los jardines, u oír el frufrú de la seda de los vestidos cuando las mujeres caminan.

    Además, Jesús Maeso de la Torre se ha documentado escrupulosamente sobre la Historia y los hábitos sociales de la China de aquella época. Con meticulosidad exquisita nos habla de los diferentes rituales religiosos, de los cargos administrativos que regían el Imperio, de los diferentes tipos de templos y monjes que poblaban tan vasto territorio y muchas cosas más.

    He de confesar que tanto detalle me llegó a abrumar en más de una ocasión. La profusión de tantos datos pormenorizados ralentiza el ritmo de la lectura. El suspense que se inicia al principio de la novela es el que me mantuvo a la expectativa por saber el desenlace, aunque mediada la narración ya se intuye y esto es lo que, a mi modo de ver, resta interés al libro.

    En cualquier caso es una novela perfectamente ambientada, con gran profusión de descripciones de todo tipo y todo ello escrito con un lenguaje muy rico y una narración excelente.






1 de noviembre de 2016

Tirso de Molina


   El protagonista para este mes de Noviembre en Poemas y Cantares es Tirso de Molina.

   Fray Gabriel Téllez –más conocido por su pseudónimo Tirso de Molina– nace en Madrid el 24 de marzo de 1579.

   Procedía de una familia muy humilde que trabajaba para un noble. Con 21 años ingresa en la Orden de la Merced y toma los hábitos un año después. Con 27 años se ordena sacerdote.

   En la Universidad de Alcalá de Henares conoce a Lope de Vega y se convierte en su discípulo más leal. Él siempre se consideró un “lopista” a la hora de escribir obras de teatro.

   De hecho, al igual que su maestro, se aficionó a escribir comedias siendo este el motivo de continuos desencuentros con las autoridades religiosas. Aunque también escribía sobre temas religiosos, sus sátiras y comedias le llevaron a un retiro forzoso en un monasterio de Aragón.

   Viaja a Santo Domingo cuando tiene 37 años, y durante tres ejerce de profesor de teología en la universidad de allí. Los conocimientos sobre la Conquista que en esa isla adquiere le servirán posteriormente para ambientar algunas de sus obras.

   En 1618 se instala en Madrid. Unos años después unas nuevas comedias publicadas le mandan al destierro. En esta ocasión recala en Sevilla. Pero Tirso no se amilana y sigue escribiendo. Tanto es así que se llega a sugerir que le excomulguen por profano y reincidente.

   Los enfrentamientos con miembros de su propia Orden lo llevan nuevamente al destierro, concretamente a Cuenca. Después de varios destinos, a cual más solitario y remoto, recala en Soria, en el Convento de Nuestra Señora de la Merced. Muere en Almazán (Soria) en 1648 con 68 años.


   Aunque a Tirso de Molina se le conoce como dramaturgo he decidido que sea el poeta protagonista de este mes de Noviembre porque fue el creador del mito de Don Juan con El burlador de Sevilla y convidado de piedra (aunque hay eruditos que cuestionan esto lo daré por sentado, no voy a entrar en obras anteriores a esta en la que ya se habla del mismo personaje). Para mí –y creo que para mucha gente de mi generación– Don Juan está estrechamente relacionado con el día de difuntos (día que se celebra mañana).

   Hace un año por esta fecha, publiqué los versos del “otro” Don Juan, el de Zorrilla (José Zorrilla). Siempre que estudiaba en el colegio y en el instituto las dos versiones de este controvertido personaje, me llamaba la atención lo diferente de la historia, aunque en principio se presente tan parecida. 

   Si en la versión de Zorrilla don Juan es redimido por el amor de una de sus víctimas, doña Inés, en la de Tirso don Juan es mandado a los infiernos por el padre de otra de ellas, doña Ana de Ulloa. Espero no haberle destripado a nadie el final de las historias con este párrafo, pero creo que a estas alturas ya todo el mundo conoce las dos obras de teatro –y si no es así ya va siendo hora–.

   Por esos dos finales tan distintos, a mí me parecen las dos obras completamente diferentes. La de Zorrilla es romántica y ensalza el amor como un arma poderosa que puede cambiar al más crápula de los individuos. En cambio la pieza de Tirso de Molina es una historia de venganza y castigo; el burlador ha de ser condenado y debe pagar sus faltas. Y es a ese respecto que aquí pongo varios versos de los que se pueden leer –o escuchar si se ve la representación– en esta fantástica obra:

Adviertan los que de Dios
juzgan los castigos grandes
que no hay plazo que no llegue
ni deuda que no se pague.

   Don Juan a lo largo de la pieza dice a menudo “Cuán largo me lo fiáis”, es una expresión a la que recurre cuando le advierten de los castigos que le esperan cuando muera. Él se siente joven y ve aquello del infierno muy lejos.

Mientras en el mundo viva, 
no es justo que diga nadie
qué largo me lo fiáis
siendo tan breve el cobrarse.

Y por último los versos dichos ya al final de la obra por don Gonzalo de Ulloa, padre de Ana (digamos que la equivalente a doña Inés en la versión de Zorrilla).

Aquéste es poco
para el fuego que buscaste.
Las maravillas de Dios
son, don Juan, investigables,
y así quiere que tus culpas
a manos de un muerto pagues,
y así pagas de esta suerte
las doncellas que burlaste.
Ésta es justicia de Dios,
quien tal hace, que tal pague.

    Como yo no soy demasiado romántica –o eso dicen los que me rodean– a mí me gusta más la historia del burlador de Sevilla. Esos versos lapidarios –nunca mejor dicho– de don Gonzalo me ponen la carne de gallina.  Además, de un año a esta parte a esas estrofas en concreto les pongo voz y cara –la de Eduardo Velasco– pues asistí a la representación de esta obra en el Teatro Español, y si bien la puesta en escena aún me provoca pesadillas (si queréis saber por qué, pinchad aquí), la declamación de los versos de Tirso fue perfecta.

   Quizás mi predilección por esta primera versión de don Juan se base menos en mi falta de romanticismo y más en mis ansias de venganza. Y es que una servidora está más que harta de ver cómo viven en la impunidad tantos mangantes y estafadores. Aunque sea ficción la historia de Tirso, me gusta mucho el final, por ejemplarizante y por la descarga de frustración que me supone.

  Es bueno saber que el que la hace, la paga. 






Hada verde:Cursores
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