27 de mayo de 2016

Ettore Majorana


La ciencia, como la poesía, está a un paso de la locura
Leonardo Sciascia
"La desaparición de Majorana"

   El nuevo protagonista para la sección "Demencia, la madre de la Ciencia" es el italiano Ettore Majorana.

  Ettore Majorana nació el 5 de agosto de 1906 en Sicilia. Fue el menor de cinco hermanos y pertenecía a una familia de buen nivel cultural pues su padre era físico y tuvo varios tíos juristas. Estudió en un colegio jesuita y comenzó la carrera de ingeniería para abandonarla en el penúltimo curso a petición de Enrico Fermi que le aconsejó estudiar Física. 

   Enrico Fermi era un reputado físico nuclear cuando conoció al joven Majorana. Por aquel entonces Fermi estaba estudiando una ecuación diferencial no lineal –explicaría qué es una ecuación diferencial lineal si  lo supiera, pero no es el caso– y tras varios días de trabajo intensivo la resolvió de forma numérica y se la enseñó a Majorana. Majorana la resolvió de forma analítica en una sola noche. Un asombrado Fermi le sugirió al joven estudiante de ingeniería que se olvidara de las máquinas y que se pusiera a estudiar Física. 

   Fue así como pasó a formar parte del llamado Grupo de Roma, un grupo de científicos italianos comandados por Enrico Fermi y que buscaban descollar en el campo de la Física en los años 30 del siglo pasado.

   A Majorana se deben muchos de los estudios sobre los neutrones. Trabajó con Heisenberg –un físico alemán– en este campo y cuando el teutón publicó sus descubrimientos y al saber que el italiano también había llegado a las mismas conclusiones le ofreció a Majorana compartir la autoría a lo que este contestó que le daba igual, que no estaba interesado en que le reconocieran su aportación para explicar el comportamiento de protones y neutrones en el átomo. Para mí, esto es un síntoma más que evidente de la locura de este científico, mucho más que lo que viene a continuación y por lo que le he hecho un hueco en esta sección de ilustres dementes.

  Majorana tenía un carácter huraño y melancólico. También poseía un defecto imperdonable en un científico que quiera prosperar y ser reconocido: tenía escrúpulos. Su propio mentor, Enrico Fermi, dijo de él que carecía de sentido común. Mal vamos.

   Apenas salía de su casa y no tenía amigos; siempre se mostró poco comunicativo con sus semejantes. No todos los artículos que publicó  trataban de física, uno de ellos versaba sobre filosofía, y es esta vertiente la que hace pensar a más de uno que ese carácter atormentado que le definía no era más que la muestra de un espíritu sensible. Aunque otros autores explican su hosquedad como la típica forma de ser de un siciliano.

    Huía de las demostraciones públicas que alababan su talento y en más de una ocasión ocultó sus brillantes ideas para no ser aplaudido. Si esto no es una muestra de que estaba loco al menos demuestra que no era un científico al uso.

   Le concedieron la cátedra de Física teórica en la Universidad de Nápoles pero a sus clases asistían muy pocos alumnos (unos nueve en total) pues no le entendía nadie. Sus conocimientos eran muy elevados y además él era poco comunicativo: dedicarse a la docencia no era la mejor de sus opciones laborales. Fermi fue quien le propuso para el cargo y hay que reconocer que no estuvo muy acertado con esa decisión.

   En el mundo científico se conoce a Ettore Majorana por la ecuación y el fermión que llevan su nombre. No voy a hablar de la ecuación ni del fermión, entre otras cosas porque no sé muy bien en qué consisten -estamos hablando de física nuclear y a un nivel demasiado elevado para mí, pero la cosa va de partículas y antipartículas, de materia y antimateria-.

   Pero fuera del ámbito estrictamente científico es más famoso por su desaparición.

   El 25 de marzo de 1938 Majorana sube a un barco que va de Nápoles a Palermo. Según lo que comenta antes de la partida, va a visitar a su amigo Emilio Segré, un profesor de la Universidad de Palermo, pero resulta que Segré en esas fechas estaba en California. Se supone que llega a Sicilia pues al día siguiente manda una carta desde la capital siciliana anunciando su regreso, pero nadie le vuelve a ver. Tenía 31 años.

   En un periódico italiano apareció el siguiente anuncio en la sección de desaparecidos:

Treinta y un años, 1,70 de estatura, delgado, moreno de pelo, ojos oscuros, larga cicatriz en el dorso de la mano. Se ruega a quien sepa algo se dirija al reverendo padre Marianecci, Viale Regina Margherita, 66, Roma''

Anuncio en el periódico sobre la desaparición de Majorana

   A partir de este momento todo son especulaciones pues en realidad no se sabe qué pasó. Hay muchas teorías pero imperan tres: la del suicidio, la del ingreso en un convento y la de una huida a Argentina –con cambio de identidad incluido-.

   Oficialmente se le dio por muerto aduciendo que se había suicidado arrojándose al mar Tirreno. Pero este suicidio no se pudo corroborar nunca. En cualquier caso su desaparición fue premeditada pues escribió una carta a su familia donde se puede leer lo siguiente:

''Sólo os pido una cosa: no vistáis de negro, y, si es por seguir la costumbre, poneos sólo alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego, si podéis, recordadme con vuestro corazón y perdonadme''

   Esta puede ser la nota de un suicida o también la de alguien que quiere hacer borrón y cuenta nueva partiendo de cero en otro lugar. De hecho, el caso se reabrió a raíz de una foto tomada a un italiano en Venezuela y donde los investigadores de los Carabinieri detectaron diez puntos coincidentes y una compatibilidad hereditaria con el padre de Majorana.  El diario de Milán Corriere della Sera publicó el 7 de junio de 2011 la historia de que Majorana podría haber vivido de incógnito en Iberoamérica.

   Sea como fuere, 78 años después sigue la polémica. Mucha gente, al día de hoy, sigue preguntándose a dónde fue Majorana. Yo también siento curiosidad pero por averiguar por qué decidió desaparecer. El lugar al que realmente fue a parar me da lo mismo puesto que lo eligió él.



Kirke  




25 de mayo de 2016

Océanos de tiempo

   Augusto de la Orden es un joven psiquiatra que llega a Madrid en el año 1892. Uno de sus primeros pacientes es otro médico, el doctor Décimus Lenoir, acusado de matar a su propio hijo.

  En un intento de comprender qué puede llevar a un padre a comportarse así, Augusto, a través de cartas, diarios y recortes de periódico encontrados en la casa del asesino averiguará qué ocurrió realmente. Así nos retrotraemos siete años atrás, cuando sucedió el terrible asesinato.

   En 1885 se desata en Madrid una epidemia de cólera, la enfermedad se extiende de manera alarmante causando gran número de muertos. Pero a la vez se suceden varios hechos luctuosos relacionados con niños: secuestros, agresiones y muertes ocasionadas por otra dolencia de origen muy diferente al de la epidemia. 

  Décimus Lenoir como especialista en enfermedades tropicales decide investigar y como hombre de ciencia que es no puede comprender algunas evidencias que revelan un origen extraño en la causa de la muerte de esos niños.

   Durante sus investigaciones se topa con dos individuos a cual más peculiar: el padre Riesco, un sacerdote apartado de su parroquia por su comportamiento poco ortodoxo y Reinaldo Urdiales, un criollo venezolano que posee cualidades extraordinarias para determinado tipo de caza.

   Décimus impotente para comprender qué está ocurriendo y viendo a su propia familia en peligro decide aliarse con tan extraños personajes pues hay cosas que la ciencia no puede explicar.

   En perfecta simbiosis, Lenoir, Riesco y Urdiales se enfrentan a un mal que no tiene explicación, al menos una explicación razonable. Un mal que destruye el cuerpo y también el espíritu, un mal que sigue actuando más allá de la muerte. Ciencia y saber ancestral van de la mano para acabar con un poder maléfico que ataca sin piedad. 

   Con la genialidad que caracteriza a Tristante, este escritor nos sumerge en un mundo oscuro. Nos pasea, con fantástica pericia, por los mitos más arraigados en la superstición popular. Crea una atmósfera tenebrosa donde se presiente una amenaza, un peligro que proviene de seres aparentemente inofensivos -lo que los convierte en mucho más peligrosos-, seres que atravesando océanos de tiempo siembran muerte y dolor.

   Cuando pienso en un escenario de terror y misterio no sé por qué siempre me sitúo en el Londres victoriano, con sus calles oscuras y cubiertas por la niebla. Jerónimo Tristante me ha demostrado que no hace falta viajar tan lejos.

  Si se sabe contar bien una historia de miedo, las calles de Madrid pueden ser el decorado perfecto. No hace falta irse a un callejón oscuro de Whitechapel, en la calle Huertas también puede residir el mal. Si uno quiere imaginarse una escena escalofriante con muertos que se levantan de sus tumbas tampoco es necesario situarse en el cementerio de Highgate, el de la Almudena es perfectamente válido.

Mausoleo del Cementerio de la Almudena (Madrid)


   Porque si se quieren vampiros no es necesario irse a Transilvania, en el madrileño Barrio de las Letras también los hay. Y si se quiere acabar con ellos no hace falta llamar a Van Helsing, el trío Riesco-Lenoir-Urdiales se las apaña muy bien dando matarile a tan nefastos seres.

   Una novela que utiliza todos los tópicos ya conocidos del género "vampírico" y no por eso deja de ser entretenida y hasta asombrosa, pues el final, además de tener un ritmo trepidante, viene con sorpresa incluida. El que la acción se desarrolle en escenarios conocidos ha sido un aliciente más para que haya disfrutado mucho con su lectura.

   He leído por la red que este es el primer libro de una trilogía llamada "Los diarios secretos del doctor Lenoir". Al día de hoy sólo se ha publicado esta primera novela de la trilogía, dado que se editó en 2013 no sé si el autor ha cambiado de idea. Espero que no, porque desde hoy soy una seguidora incondicional de Lenoir y sus fascinantes compañeros, Riesco y Urdiales. Yo estoy dispuesta a viajar con ellos por los océanos del tiempo.


Kirke  





   

21 de mayo de 2016

El gran Gatsby


Reseña perteneciente a la sección Alalimón

El gran Gatsby escrita por Francis Scott Fitzgerald
El gran Gatsby dirigida por Baz Luhrmann (Reseña de Chelo)

   Jay Gatsby es un triunfador, un millonario que derrocha su dinero y su simpatía a partes iguales en fastuosas fiestas donde se reúne lo más granado de la sociedad neoyorquina de los felices años veinte.  Gatsby muestra una imagen enigmática y oscura que se presta a distintas conjeturas y ninguna agradable. Unos piensan que es un espía alemán, otros que un asesino y la mayoría creen que su fortuna tiene un origen ilícito.
   En el mundo surgido de la Primera Guerra Mundial la especulación y la corrupción son los mejores métodos para ganar fácilmente mucho dinero. La felicidad de los años veinte se manifestaba en interminables fiestas, con champagne, música y la insensatez propia de los que no tienen de qué preocuparse en lo tocante al dinero. Hijos de acaudalados empresarios, herederos de grandes fortunas viven en una burbuja de confort, completamente ajenos a la realidad.


   A este extracto social pertenece Daisy Buchanan: “Daisy era joven y su mundo artificial olía a orquídeas, a agradable y alegre esnobismo, a orquestas que marcaban los ritmos del año, fundiendo en nuevas melodías la tristeza y la fascinación de la vida”, “resplandeciente como la plata, orgullosa y a salvo, por encima de las agrias luchas de los pobres”. Lo que hoy en día llamaríamos ‘una niñata’. Esta mujer, superficial e insulsa hasta la exasperación, ha conquistado el corazón del exitoso Gatsby. 

   Daisy está casada con Tom Buchanan, un jugador de fútbol  muy, muy rico, que posee un cuerpo atlético y es arrogante y despreciativo con todos los que le rodean.  Tom y Daisy se han encontrado con todo hecho, todo lo que poseen lo han heredado de su familia y viven de la riqueza generada por sus antepasados. Pertenecen a una clase social que les proporciona inmunidad. 

Destrozaban cosas y personas y luego se refugiaban detrás de su dinero o de su inmensa desconsideración, o de lo que los unía, fuera lo que fuera, y dejaban que otros limpiaran la suciedad que ellos dejaban”.

   En cambio Gatsby se ha hecho a sí mismo. Partió de cero pero su ambición y entusiasmo le hicieron triunfar. Es “abrumadoramente consciente de la juventud y el misterio que la riqueza encierra y preserva, de la lozanía que da un buen vestuario”. Sabe que el dinero tapa defectos y calla los rumores, al menos mientras corra el champagne y suene la música. 


   Gatsby se nos presenta enigmático y para mí muy atractivo. Un atractivo doble pues no puedo desligar la imagen de este personaje con la del actor de una de las películas que versionaron la novela, la que tenía como protagonista a Robert Redford. Con ese aura de misterio y con esa planta la seducción está asegurada.

   A través de un personaje secundario que hace de narrador, Nick Carraway, Scott Fitzgerald nos hace un fantástico análisis de la sociedad estadounidense de aquellos años (posiblemente válido para cualquier otra época). 

   En el ejemplar que he leído viene un epílogo titulado “Los espejos de Gatsby”. El firmante, Justo Navarro, hace un buen análisis de la obra. No suelo leer los anexos, ya sea en forma de prólogos o epílogos, escritos por autores diferentes del escritor de la novela en cuestión. No me gusta que me interpreten lo que voy a leer o lo que he leído. En este caso hice una excepción.

   En dicho epílogo se llega a decir que Gatsby representa el mito del hombre de las ciudades, “ese a quien conocemos un día por casualidad y nunca sabremos quién es exactamente ni de dónde ha salido”. También se dice que es un héroe de tragedia “los mismos pasos que da hacia su plenitud y su felicidad lo llevan a la destrucción”. Y, sin ánimo de destripar el argumento, se da un simbolismo católico al final que tienen algunos personajes, pues católica era la religión de Scott Fitzgerald. Ver un paralelismo simbológico entre una piscina y una pila bautismal es algo que a mí no se me hubiera ocurrido ni harta de vino. Por cosas como estas no me gusta leer los prólogos o los epílogos de escritores ajenos a la novela.

   Yo todo esto que se cuenta en el epílogo no lo he captado. Para mí, además de la crítica a la sociedad pudiente/cínica norteamericana, la novela es una historia de amor. Un amor imposible, un amor desequilibrado donde uno lo da todo y el otro sólo se deja querer y ante la menor dificultad se acobarda y deja de luchar. 

   Una historia de amor como muchas otras, donde no siempre gana quien más se lo merece. 



Kirke  



16 de mayo de 2016

De lecturas y remedios


En Egipto se llamaban a las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma.
 En efecto, curábase en ellas de la ignorancia, 
la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás.
Jacques Benigne Bossuet (1627-1704)

   Hace tiempo expliqué el origen de mi alias, Kirke (De diosas y mitología). Ahora explicaré el porqué del nombre de mi blog, Leer, el remedio del alma.

   Los antiguos egipcios para denominar a las bibliotecas utilizaban un término que quería decir hospital del alma, porque consideraban a los libros remedios que curaban los males espirituales. Si tomamos el concepto “espiritual” en su sentido más amplio creo que los antiguos egipcios dieron en el clavo.

   El poner remedio a los males es algo implícito en los que nos dedicamos a las ciencias de la salud pero siempre desde un punto de vista somático. En el ámbito sanitario se persigue, fundamentalmente, curar los males físicos y en estos incluyo los mentales pues el cerebro y sus circunvoluciones tienen una base material, por mucho que algunos psiquiatras –y la mayoría de los psicólogos– nos intenten convencer de lo contrario.

   Pero el espíritu y/o el alma no se encuentran en este ámbito. De hecho, ¿qué es el espíritu y/o el alma? Para simplificar y no confundir demasiado de ahora en adelante me referiré a los dos con el término “alma”, ya que es esta palabra la que aparece en el título de este blog.

   El concepto de alma siempre ha estado asociado a la religión. Para diferenciarnos del resto de los seres vivos los mandamases en esto de las creencias nos dijeron que los hombres –y las mujeres– tenemos alma. Es la cualidad que nos hace “humanos”, o eso es lo que nos quieren hacer creer. De hecho se dice de quien no tiene sentimientos que es un “desalmado”. Según esto ¿los sentimientos salen del alma? No me voy a poner trascendental con este tema pero muchos animales, que no tienen alma, en cuanto a sensibilidad podrían dar sopa con honda a más de un humano que sí la tiene. 

   Hipócrates ya sabía la importancia que tiene el alma: “Cuando el cuerpo descansa, el alma despierta, se pone en marcha, administra su propia casa y lleva a cabo por sí misma todas las acciones del cuerpo”. 


   Para mí, la lectura siempre ha sido una buena medicina. El remedio que me sosiega, que me excita, que me relaja, que me anima. La lectura puede ser un revulsivo o un purgante o un antidepresivo o un relajante o un estimulante; todo eso puede ser. Incluso puede ser una vacuna, aumenta mis defensas para no contraer la enfermedad de la ignorancia que tantos estragos causa. Podría decir que es mi personal panacea.

   Panacea fue una diosa –ya estamos a vueltas con las diosas– que poseía una poción que curaba a los enfermos; por eso también es el término que se emplea para el medicamento –utópico medicamento–que sirve para curar múltiples enfermedades. En la Antigüedad, muchos alquimistas buscaron este fármaco, incluso algunos creyeron que cuando lo encontraran no sólo curaría cualquier enfermedad sino que prolongaría indefinidamente la vida. En la actualidad, algunos creen que pueden vivir eternamente y no enfermar recurriendo a remedios que, en el mejor de los casos, atenúan los efectos de la vejez pero que de ninguna de las maneras los eliminan.

   Bien, la lectura es mi panacea. Leyendo no voy a evitar contraer enfermedades y mucho menos envejecer, pero sí consigo que la enfermedad o la vejez sean mucho más llevaderas. Leer cura mis males espirituales aliviando mis estados de ánimo negativos; consigue cambiar mi humor. 

   La evasión que suministra la lectura me permite viajar a lugares y/o a épocas, remotas o futuras, que me desligan de la rutina. Entre las páginas de una buena novela puedo vivir mil aventuras, estimulantes experiencias que me divierten y que me transportan muy lejos de donde realmente estoy. Puedo conocer a personajes fascinantes con los que compartir sentimientos: sufrir cuando ellos sufren, reír cuando ellos ríen, conmoverme con sus vivencias.

   Leer también me ayuda a reflexionar. Algunas lecturas me hacen recapacitar sobre aspectos en los que no había reparado o que no me habían llamado nunca la atención.  Un buen libro puede remover mi conciencia y despertar mi solidaridad, incluso incitarme a la acción. 

      Y qué decir del placer que se experimenta cuando salta la chispa y existe una simbiosis entre la historia encerrada en unas páginas y yo. Cuando esa conexión se da el disfrute es casi perfecto y la sensación de euforia no tiene nada que envidiar a la que proporcionan muchas drogas estimulantes –drogas que yo nunca he probado pero cuyos efectos conozco porque los he estudiado, que conste–.

   Y ya que he citado a la droga, la lectura lo es para mí. Soy una adicta, una yonqui, no puedo estar mucho tiempo sin un libro entre las manos. La dependencia es tal que el día que no he podido dedicar un rato a leer me acuesto con la desagradable sensación de no haber aprovechado bien el tiempo.



   Por mi profesión conozco la farmacopea y los medicamentos efectivos para muchas dolencias y tengo en mi casa bastantes fármacos, están en el cuarto de baño y los guardo en una caja metálica. Pero también tengo una gran farmacia para los males del alma, están repartidos por toda la casa, son los libros y los guardo en las estanterías. Recurro más a menudo a estos últimos que a los de la caja de metal, ya que me preocupa mucho la salud de mi alma, porque el mismo Séneca dijo: “Si el alma es la enferma, lo mismo da que se encuentre rodeada de riquezas o en la pobreza, porque su mal la seguirá a todas partes”.

   Pero yo sé cómo sanar un alma enferma, tengo la panacea. Leer, es el remedio del alma.


Kirke  

NOTA: Todas las imágenes son dibujos de la ilustradora Mónica Carretero.



15 de mayo de 2016

El olvido que seremos


"En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor"

   Así comienza esta historia, las diez mujeres eran una niñera, dos criadas, la madre, cinco hermanas y una monja. El niño es el autor que escribe en primera persona y el señor es el padre de las hermanas y el niño, y el destinatario de esta conmovedora novela.

   Porque todo el libro es un sentido homenaje al padre ausente, al padre que fue asesinado. 

   Héctor Abad Faciolince vuelca en esta emotiva novela todo el amor que recibió de su padre, porque sobre todos los sentimientos que su progenitor le regaló impera la felicidad de sentirse amado sobre todas las cosas: sobre sus defectos, sobre sus carencias. 

   En un ejercicio de catarsis o de exorcismo el autor rememora los años junto a su padre y lo que significaron para él y así poder superar el dolor de su pérdida. Una pérdida aún más dolorosa por la violencia con la que le fue arrebatado.
   Veinte años después de su asesinato el hijo puede recordar al padre. Veinte años necesitó para poder escribir sobre él, veinte años fueron necesarios para no ceder a las lágrimas y que el testimonio no fuera sensiblero y lacrimoso. Veinte años hubieron de pasar para que la herida no sangrara y quedara una cicatriz que le permitió volcar todos los recuerdos de forma serena.

Una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme,  este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra”.


   Este libro por un lado cuenta la infancia del escritor. Todos y cada uno de los recuerdos están ligados de una forma u otra al padre. La figura paterna lo domina todo. Fue tanta la influencia que cualquier anécdota, cualquier atisbo del pasado está presidido por el padre.

Héctor Abad Faciolince junto a su padre

   Así conocemos a Héctor Abad, un médico que da clases en la universidad de Antioquía y que se implica en el bienestar de los más necesitados. Se pone al frente de la Escuela de Salud Pública de Medellín y sus ideas avanzadas le granjean la enemistad y la inquina de los sectores más reaccionarios. Pero su amplitud de miras le hace ser un incomprendido por la izquierda más extremista.

Cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles, marxista en economía porque detestaba la explotación económica y los abusos infames de los capitalistas y liberal en la política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder, al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder.


   Mezcladas con las pinceladas del retrato del padre, el hijo cuenta su infancia entre los rosarios de su familia materna y la enseñanza en un colegio religioso. Una infancia como la de muchos otros niños pero donde la ausencia temporal del padre merma la felicidad del niño, siempre necesitado de la amorosa influencia paterna.

Entre dos pasiones religiosas insensatas, una masculina, en el colegio, y otra femenina, en la casa, yo tenía un asilo nocturno e ilustrado: mi papá.

   Entre los recuerdos rescatados del pasado el autor reflexiona sobre la felicidad, sobre la muerte, sobre los ideales, sobre la pérdida, sobre el dolor. Porque el dolor ya ha visitado a la familia Abad antes del asesinato del padre. La enfermedad golpea con su insensible crueldad al núcleo familiar y el alegato sobre la muerte y el sufrimiento que el autor hace es realmente conmovedor. Sólo es un avance de lo que está por venir.

Cuando la felicidad nos toca es cuando menos nos damos cuenta de que somos felices, y tal vez las alturas nos mandan nuestra buena dosis de dolor, para que aprendamos a ser agradecidos.

   En los años ochenta Colombia vive una violencia extrema,  y los colombianos se desayunan todos los días con un rosario de cadáveres: por un lado los asesinados por los paramilitares y los escuadrones de la muerte y por el otro los muertos a cuenta de la guerrilla. Es entonces cuando el doctor Abad se implica en la defensa de los derechos humanos, cuando se empeña en denunciar las atrocidades amparadas por el Estado y el Ejército. Tanta significación tiene un precio y el doctor Abad lo paga.

   El médico combativo acabó sucumbiendo por la peor enfermedad de Colombia: la violencia.

   El hijo se queda huérfano y ante la demoledora acción del tiempo que todo nos hace olvidar quiere poner remedio, quiere posponer el olvido. 

Todos los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito”.

Este libro es un intento de postergar el olvido que seremos.




Kirke  






10 de mayo de 2016

El Quijote y yo

Primera edición de "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha" (Ejemplar de la Biblioteca Nacional)

    No recuerdo cuándo fue exactamente la primera vez que oí hablar de don Quijote, supongo que sería en mi casa y por boca de mi padre. Mi progenitor es un admirador fiel de Cervantes, además siempre le ha defendido de sus detractores pues le considera el más grande escritor de todos los tiempos y el más ilustre representante de nuestras letras.

   Si a Cervantes en mi casa se le consideraba un ídolo, su principal obra, El Quijote, se consideraba la mejor novela que pueda leerse.

   Tampoco recuerdo cuándo la lectura del Quijote fue una obligación académica, sé que fue en el bachillerato pero no sabría decir en qué curso exactamente. Sí me acuerdo que antes de esta imposición yo ya había tenido mis escarceos con tan famosa novela pues mi padre me regaló una edición juvenil donde se resumían las aventuras de tan famoso loco.

Mi primer Quijote

   Con aquella lectura quise complacer a mi padre, fue de esos regalos que agradan más a quien hace el ofrecimiento que al agasajado. De hecho, por aquel entonces, creía que toda obra clásica reconocida universalmente era sinónimo de rollazo por lo que me dispuse a sacrificarme y darle esa satisfacción a mi padre.

   Me llevé una grata sorpresa cuando comprobé que su lectura era muy entretenida, que Alonso Quijano estaba como una chota y que Sancho Panza era un tipo muy gracioso. De todas formas, al ser una edición resumida y adaptada al público juvenil, pensé que era cosa de la editorial y que la obra genuina era realmente más aburrida. Por eso me animé a leer algunos de los capítulos que más me gustaron en la versión original y ver qué tal. 

Ejemplar de mi padre y que yo leí por primera vez

   Para mi desgracia –y más abajo explico por qué– una de las aventuras que quise leer en su totalidad fue la que narra el duelo con el vizcaíno. En ese capítulo Cervantes se refiere a un tal Cide Hamete Benengeli como el verdadero autor de la historia. Quisiera aclarar que por aquel entonces no sabía qué era la metaliteratura y que además yo era muy ingenua, por lo que me creí a pies juntillas que ese Cide era real. 

   De tal manera que, unos meses después, en un examen del colegio ante la pregunta de “¿Quién escribió el Quijote?” –en la EGB no era obligatorio leer la novela pero sí saber quién fue su autor– yo, queriendo ser la alumna más aventajada pues por algo ya me había leído el Quijote (en versión resumida, sí, pero me lo había leído) contesté “¡Cide Hamete Benengeli!”. Aunque la profesora se asombró de que conociera ese nombre me cascó un cero igualmente, y a mi padre, cuando se enteró por qué había suspendido el examen, casi le da un infarto.

Ejemplar que me regalaron en el Metro el año del cuarto centenario de la edición del Quijote

   Una vez ya en el instituto, la lectura de la primera parte del Quijote era obligada y en esta ocasión la versión era la completa. Recuerdo la consternación de mis compañeras cuando supieron que había que leérselo sin posibilidad de escaqueo pues habría un examen donde nos pedían un resumen de un capítulo elegido al azar. Yo me empeñé en convencerlas de que la lectura sería entretenida, y algunas acabaron por darme la razón. También tengo que reconocer que hubo un pequeño grupo que sufrió mucho con la experiencia.

Ejemplar que tenemos en casa


   La segunda parte tardó más tiempo en ser leída. Lo hice ya en la Universidad, y esta vez sin ningún imperativo académico, lo hice porque sí. Y disfruté tanto o más que con la primera. Dicen que esta segunda parte es mejor y que no tiene los fallos de la primera. Yo no sabría decir cuál me gustó más. De esta segunda parte lo que sí recuerdo perfectamente fue la tristeza que me embargó cuando leí la muerte de don Quijote. Compartí con Sancho el dolor de ver partir a su amo en su último viaje, y como él, yo también me sentí un poco huérfana. 

Ejemplar que tenía mi suegro

   Podría escribir mucho acerca de lo que representa la figura de don Quijote, su altruismo, su locura por querer defender a los más desfavorecidos, cuánta insensatez y cuánta generosidad a partes iguales se da en este personaje. También podría escribir sobre lo que representa Sancho, su pragmatismo y su sabiduría empírica, cuánta sensatez y cuánta picardía a partes iguales se da en este personaje. Pero eso se lo dejo a los entendidos de literatura, los que analizan profundamente el texto desde sus conocimientos como profesionales en la materia.

   Yo soy una simple lectora, no sé de figuras retóricas, no sé de recursos literarios –no capto la metaliteratura–. Yo sólo sé que esta novela me entretuvo, que me reí con las alocadas aventuras que corren Alonso y Sancho, que la altura de miras de don Quijote me conmovió y que la locura que le hizo ser tan estrafalario es digna de admiración. 

   Quizás esa locura no era tal sino una incomprendida cordura, pues el velar por los demás y defender a quién no puede hacerlo por sí mismo es algo inconcebible desde el egoísmo que caracteriza al ser humano. O quizás es necesario estar un poco loco para creer que la justicia puede triunfar.

Primera edición de la segunda parte del Quijote (Ejemplar de la Biblioteca Nacional)
Kirke



7 de mayo de 2016

Operación Black Death

   "Verano de 1944. Monique de Bissy, una joven de la resistencia belga, ha logrado escapar de los alemanes y ha sido rescatada por la red de evasión Comète. Con un estado de salud precario, es acogida por Martín Inchauspe, un aristócrata de dudosa reputación, sospechoso de traficar con obras de arte expoliado por los nazis."

   Esta es parte de la sinopsis de esta novela de espías, o de intriga, o de aventuras, o de romance, o de Historia, porque hay un poco de todo y todo bueno.

   Quizás domine sobre todos los géneros el de espías, porque la lectura se hace como si de un teletipo se tratara, en capítulos cortos y como a fogonazos. De hecho, insertados entre la trama argumental aparecen las informaciones que se intercambian los diferentes servicios de espionaje, los alemanes y los de los aliados. Y quizás, de todos los géneros que se toca, el que menos me gustó fue el del romance; no soy muy aficionada a historias de amores y la parte que relata el enamoramiento entre dos de los personajes me resultó un pelín empalagosa, pero no demasiado.

   La ambigüedad que caracteriza a los espías es la que impera también en la novela. El propio protagonista, Martín Inchauste, un tipo ambicioso y frívolo a partes iguales, se nos muestra enigmático. Su comportamiento heroico en la Guerra Civil en el bando ganador y su sangre azul de aristócrata le franquean las puertas de los estamentos más influyentes de la sociedad española de los años cuarenta, ese estatus le confiere a la vez cierta impunidad que le permite traficar con obras de arte que han sido incautadas por los nazis. Sin embargo su actitud deja ciertas dudas, pues se adivina que tras ese carácter frívolo se esconde algo más. Las propias autoridades desconfían de él ya que no están muy seguros, no saben si Inchauste trabaja "con" los alemanes o "para" ellos.

   Como buena novela, principalmente, de espías, nadie es quien dice ser y nada es lo que parece. La poca definición de los personajes los muestra enigmáticos y sospechosos.

   En los cortos mensajes que se trasmiten los diferentes servicios de espionaje se cita a personajes por su nombre en clave: Mr. Thomas, Nemo, Crook, Mr. Thimoty, Alphonse y muchos más, son los alias tras los que se esconden otros que en la vida cotidiana tienen quehaceres insospechados. Y como un juego del gato y el ratón, los alemanes intentan engañar a los aliados, estos averiguar los oscuros planes de los primeros y desbaratarlos, y todos ganar la partida de la Segunda Guerra Mundial que ya está en sus últimas horas. Como colofón y con un as guardado en la manga en esta partida, los nazis juegan la carta de la guerra química. Ahí es nada.

   Además todo esto se narra con una redacción exquisita, un lenguaje elaborado y unos diálogos que dan mucha frescura y agilidad a la narración, que la hacen muy creíble. El autor se ha documentado exhaustivamente y da detalles precisos, hasta de la moda y la vestimenta de los protagonistas. Gracias a esta labor de documentación una servidora se ha enterado de la aplicación bélica de cierta toxina que produce una bacteria y que yo desconocía. Nunca te acostarás sin aprender una cosa más.

   Cabría explicar que Black Death es el nombre que le dieron en Inglaterra a la epidemia de Peste Negra que se desató en Europa en el siglo XIV y que mató a un tercio de la población. Y ya no cuento más, el que quiera saber qué relación tiene esa muerte negra con los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial que se lea la novela.

Kirke  




4 de mayo de 2016

La sanadora (Versión extendida)*

(*) Este relato se basa en uno mucho más corto que presenté al concurso "Panacea" de relato breve de la Facultad de Farmacia de la UCM.
   
   Noto sus desconfiadas miradas sobre mí. Sé que desde hace tiempo todos me temen. Cuando pasan a mi lado muchos se persignan y se encomiendan al mismo dios que les niega el pan y la salud, algunos incluso escupen a mis pies. Sin embargo cuando enferman recurren a mí; ni sus plegarias ni su dios son tan efectivos como mis pociones.

   Me gusta vivir sola, en mi aislada cabaña del bosque, rodeada de vegetación, acompañada por los trinos de los pájaros y el cantar del arroyo que discurre cerca de mi morada. 

   Me gusta dormir con el olor del espliego en mi almohada,  con el arrullo de las hojas de los árboles que, mecidas por el viento, interpretan una melodía relajante y envolvente. Me gusta despertar con el canto del herrerillo y con el tamborileo del pájaro carpintero, insistente vecino que viene a recordarme con su ‘toc-toc’ que debo levantarme y recorrer el bosque a la búsqueda de plantas y raíces.

Herrerillo común

   Entre hayas y robles camino; desde sus ramas los estorninos y los petirrojos observan mis movimientos deleitándome con sus gorjeos. En mi deambular me acompañan lagartijas, culebrillas y alguna comadreja. A veces su compañía me despista y paso de largo sin recoger las flores del brezo que tanto alivian las inflamaciones o las hojas de acebo para las calenturas o la artemisia que calma las molestias del menstruo. Poco a poco voy llenando mi zurrón con acederilla, ajo de oso, arándanos y martagón. Este último lo tomo con sumo cuidado pues, antes de hacer cataplasmas con él, me sirve de adorno en la alacena.


Martagón (Lilium martagon)

    
   Pero a ellos les molesta que me aloje fuera de la aldea. Viven en un poblacho embarrado, hacinados con sus animales, en casas donde el hedor de bestias y humanos se mezcla haciendo el aire irrespirable, donde el agua sólo sirve para hervir las míseras viandas que los alimentan malamente. Ni siquiera son capaces de ver que muchas de sus dolencias se evitarían si utilizaran más el agua y limpiaran los desechos que los rodean. Si dejaran pasar la luz y el aire a sus casas, los miasmas no se cebarían en ellos.

Raíz de mandrágora
(Mandragora autumnalis)
   En cambio, las hierbas y raíces que cuelgan de las vigas del techo de mi cabaña les atemorizan, especialmente la que tiene forma humana; dicen que con ella hago hechizos. Sólo es raíz de mandrágora y muchos de los que me llaman bruja se beneficiaron de sus propiedades cuando, narcotizados, pudieron resistir los dolores causados por fracturas que yo misma me encargué de curar.

   Ese encono ha crecido últimamente. En la aldea se comenta que por las noches me visita el Maligno y que hago tratos con Él. Dicen que el canto del autillo es en realidad la voz del Demonio, que conversa conmigo. Dicen que el Señor de las Tinieblas me ha brindado protección y es por ello que nunca enfermo. 

   ¡Estúpidos! Mi buena salud es el resultado de una vida sana y feliz, sin ataduras, sin convenciones, sin fingimientos. Mi única virtud es conocer y respetar la Naturaleza para así beneficiarme de los dones que Ella nos regala.

   Pero es inútil razonar con ellos. Son unos ignorantes embrutecidos y el clérigo -que desde el púlpito los conmina a acatar las órdenes y los abusos del señor de estas tierras- los alecciona contra mí. A los aldeanos no les gusta que viva fuera de la aldea y al clérigo no le gusta que no asista a los oficios religiosos, que no me pliegue a los designios de su dios.

   Estoy harta de sus insultos, estoy harta de sus aviesas miradas, estoy harta de su maledicencia, estoy harta de su insania. ¡Estoy harta!

   Me cansan sus temores, me cansan sus recelos, me cansan sus gemidos lastimeros cuando la muerte les visita y les arrebata sus miserables vidas. Me cansan ellos. Estoy muy cansada.

    Sé que pronto vendrán a buscarme, pero no me encontrarán. El bebedizo de beleño empieza a surtir efecto y enseguida llegará la dulce somnolencia. Con un sabor amargo en el paladar dormiré eternamente, lejos ya de la inquina y del miedo. Sólo entonces, descansaré.

Beleño blanco (Hyoscyamus albus)
Kirke 

NOTA: Todas las plantas citadas en este relato no se desarrollan en el mismo hábitat, el ponerlas juntas en un mismo bosque ha sido una licencia literaria que me he permitido. Si algún botánico lee esto espero que sepa perdonarme.


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores