28 de noviembre de 2015

El imperio de plata

   Este es el cuarto libro de la Trilogía de Gengis Khan. Aunque pueda parecer una incongruencia eso de ser el cuarto libro de una trilogía, no lo es. La trilogía en sí habla de la vida del gran guerrero mongol Gengis que llegó a formar un imperio aunando todas las tribus mongolas. Supongo que la intención original del autor era escribir sobre este personaje pero viendo la buena acogida de estos libros decidió seguir escribiendo sobre sus sucesores una vez muerto el gran Gengis Khan.

   Gengis Khan ha muerto y uno de sus hijos, Ogedai, le sucede. Sin embargo hay más aspirantes al khanato y la tarea de gobernar a todos los mongoles manteniéndolos unidos no será fácil.

    El sucesor de Gengis se encuentra con vastos territorios conquistados por el empuje y la ambición de su padre pero esa vastedad hará que el estilo de vida mongol cambie mucho respecto al que su progenitor tuvo. "Gengis había conquistado el mundo desde un caballo, pero un khan no podía gobernar desde un caballo. Ogedai, parecía haberlo entendido mejor de lo que su padre lo entendió jamás.

    Porque una cosa es guerrear y conquistar y otra muy distinta es gobernar. Ahora los mongoles son dueños de extensos territorios y el contacto con otros pueblos y formas de vida les hace percibir la realidad de otra manera. "Gengis Khan decía que la mejor forma que tenía un hombre de pasar la vida era dedicarla a combatir contra sus enemigos. Pero lo que construimos puede perdurar y ser recordado, quizá durante miles de generaciones". 

   De hecho Ogedai se dedica a la construcción de una ciudad para que el imperio creado por su padre tenga una capital: Karakorum. Este hecho hará que muchos de sus asesores y antiguos compañeros de armas cuestionen la capacidad de gobernar del nuevo khan porque el asentarse en una ciudad contraviene el espíritu original de las tribus nómadas mongolas.

    No obstante las conquistas continúan y las nuevas generaciones, los sobrinos y nietos del gran Gengis Khan, siguen batallando. Esta vez su objetivo es Occidente y asolan Rusia, Hungría, Polonia y Serbia. Es decir, el espíritu combativo y aventurero no les abandona. Así Europa se ve amenazada por un ejército que tiene una forma de luchar muy peculiar. La organización de los tumanes y la manera de transmitir las órdenes en el campo de batalla es desconcertante para los ejércitos cristianos que se le enfrentan. Esta Horda de Oro será el nuevo enemigo a batir en Occidente y en los años venideros un auténtico suplicio pues aparecerán con un arma desconocida y mortífera que obtuvieron al conquistar los territorios chinos: la pólvora.

   Al igual que en los otros tres libros las escenas bélicas son contadas de forma muy entretenida.  Las cargas de la caballería mongola, una vez más, me hicieron disfrutar mucho.  En algunas escenas el lector se ve inmerso en la batalla y puede oír los relinchos de los caballos con el silbar de las flechas. Una maravilla. 

   Cuando leí los anteriores libros me dejé un tiempo de descanso para recuperarme de tanta acción y porque leer tal cantidad de páginas sobre una misma historia, aunque los personajes se van reemplazando en la línea temporal, puede resultar cansado. A este respecto se puede decir que este cuarto libro es más de lo mismo pero Conn Iggulden tiene un estilo muy fresco y la lectura no se hace pesada. Las descripciones las realiza en la dosis justa y las intrigas y conspiraciones propias de un imperio las maneja de forma que mantiene al lector pendiente de la evolución de la historia. Quizás sí que se le puede acusar de cierto maniqueísmo a la hora de presentar algunos personajes.

   De todas formas este género de aventura me gusta por la gran evasión que me proporciona. Ha sido refrescante viajar a épocas y lugares exóticos como Karakorum, Pekín o el sur de China. 

   Seguiré leyendo más adelante el quinto libro -creo que de momento no hay más- para seguir sabiendo de los descendientes del gran Gengis Khan.


Kirke     

25 de noviembre de 2015

El destino, los planetas y las estrellas


    De un tiempo a esta parte tengo la sensación de estar gafada, en cosas sin excesiva importancia pero gafada al fin y al cabo. Yo siempre he dicho que la Ley de Murphy -si algo puede salir mal, saldrá mal-conmigo no se cumple, se ensaña. O lo que es lo mismo, que tengo muy mala suerte.

    Esto ya me viene desde pequeñita, en el colegio cuando nadie quería salir voluntario a la pizarra y se echaba 'a suertes' siempre me tocaba a mí. Una vez se eligió quién sería el delegado de curso por fecha de nacimiento, el más joven se llevaría 'el premio' y me tocó a mí; teniendo en cuenta que nací en agosto ya hay que tener mala pata para que en una clase con cuarenta alumnos no hubiera ninguno que naciera en el último cuatrimestre del año.

   Pero últimamente creo que este mal fario es más acusado que nunca. Ayer sin ir más lejos; mi jefe quería que 'alguien' se encargara de analizar unas estadísticas bastante complejas -un marrón en toda regla- y resulta que de las diez personas que componemos el grupo de investigación la única que estaba en el laboratorio en ese momento era yo. Toma Ley de Murphy.

   Tengo varias amigas aficionadas a la astrología y aunque saben que yo no soy supersticiosa, porque pienso que trae mala suerte, se atreven a darme consejos para paliar mi mala fortuna. Una de ellas me recomendó que mirara mi carta astral para seguir los dictámenes de las estrellas y los planetas que, según ella, saben mucho más de mí que yo misma. Para estas esotéricas amigas hay que seguir eso de "conócete a ti mismo y así podrás gobernarte adecuadamente" pero a través de los astros porque si no estás en armonía con el cosmos la energía no fluye. Es decir, que si Júpiter va para un lado y yo para otro lo tengo crudo.

   Total que me puse a buscar según mi horóscopo qué me deparaban los planetas, o las estrellas, que no tengo yo muy claro quién manda más. Pero como soy una cotilla redomada en esa búsqueda me di cuenta que hay varios horóscopos y que según cada uno yo soy de una manera diferente. Y claro, ante esta situación me pregunté ¿y ahora qué hago? porque cada uno muestra una información distinta y no sé yo a qué se debe, si a que los planetas van por su cuenta -las órbitas que siguen le han quitado el sueño a más de un astrónomo- o que las estrellas brillan de diferente manera según quién las observe.

   Resulta que para el horóscopo celta mi símbolo es un pino o un salmón -hay varias versiones por lo que se ve-.

"Los Pinos son personas a quien les encanta las compañías agradables, no son nada narcisistas, son sofisticados y naturales. Intentan hacer de su vida un lugar muy confortable.
Los nativos bajo el pino son muy resistentes a los contratiempos, valientes, despreocupados y un tanto reservados, aunque muy buenos compañeros de trabajo. Su filosofía de la vida les asegura muchos éxitos siempre que sean constantes".

"El Salmón suele sumergirse profundamente en sus aguas interiores en busca de inspiración, visiones brillantes y perspectiva de ensueño. Es naturalmente intuitivo aunque no suela aprovecharlo. Tiene una visión única del mundo que lo puede hacer uno de los mejores artistas, poetas o visionarios de su comunidad".

   Para el zodiaco chino yo soy un tigre.

"En China, el tigre es un animal sagrado capaz de ahuyentar a los espíritus malignos y cazador de demonios. Para los orientales, es símbolo de fuerza y proezas, representa la montura de los dioses."

   Según los astrólogos egipcios estoy bajo el signo de Horus.

"Sin llegar a excederse disfrutan de los placeres de la vida, son magníficos anfitriones porque también son muy trabajadores. Están dispuestos a asumir cualquier responsabilidad y a brindar todo tipo de ayuda, los trabajos con sacrificio no les asustan, ya que parecen haber sido creados para eso, sin embargo no les gusta destacar y tratarán de pasar desapercibidos".

   Para los aztecas sin embargo me corresponde el símbolo de una casa.

"La Casa es símbolo de maternidad y la seguridad familiar, por lo que en la cultura azteca solían identificarse con las madres. Éstas, cuando ya no parían más hijos, se marchaban al Oeste en busca de un refugio donde afrontar su vejez. Pero no se marchaban solas, pues llevaban consigo la cultura y la tradición; por eso seguían siendo respetadas hasta que morían."

   Para el horóscopo occidental soy Virgo (horóscopo, repito)

"Un Virgo es conservador, muy trabajador y perfeccionista y tiende a preocuparse demasiado. Su lado meticuloso puede llevarle a ser excesivamente crítico y duro con los demás. A los virgo les disgusta la suciedad, el desorden, el peligro, las personas vagas y la incertidumbre."

   He ido analizando todos y cada uno de estos horóscopos y no me reconozco plenamente en ninguno. Una de dos, o esto es una tontería o a mí me engañaron con la fecha de mi nacimiento.

   Por deformación profesional y para aclararme las ideas he ido desechando lo que no me cuadra en absoluto y el primero en caer ha sido el tigre chino. A mí eso de ser montura de los dioses no me gusta nada de nada; conociendo mi mala suerte seguro que me toca Buda con lo gordo que está y me dejaría la espalda hecha puré aunque para tranquilizarme mi amiga esotérica me ha advertido que Buda no es un dios. Por si acaso fuera horóscopo chino.

   El segundo en caer ha sido el azteca  porque lo de servir solo para parir y luego mandarme al oeste -¿desde México el oeste es China?- no me atrae, a ver si allí, en el oeste me vuelvo tigre y me convierto en la montura de un dios (seguramente Buda aunque no sea un dios). Fuera horóscopo azteca.

   El salmón también lo he desechado porque esa faceta visionaria que se le presupone yo no la tengo. Sí que tiendo a tener visiones o más bien visión borrosa si me sumerjo durante mucho tiempo en el agua pero yo creo que más que por el horóscopo es por la hipoxia. El salmón también fuera.

   Así que creo que soy una mezcla de Pino, Horus y Virgo (de horóscopo). He visto que el denominador común es que soy una persona trabajadora así que me parece que ya puedo despedirme de mi sueño de que me toque la lotería algún día para dedicarme a "il dolce far niente" porque voy a tener que currar hasta la jubilación.

   Haciendo un compendio con estos tres horóscopos he intentado extraer enseñanzas que mejoren mi mala suerte y me he liado un poco porque no sé muy bien cómo utilizar toda esta información para librarme de los marrones que me caen constantemente.

  Así que dado que ni las estrellas ni los planetas me dan soluciones he decidido pasar de las trayectorias planetarias y seguir la dirección que a mí me parezca, preferentemente la contraria a la que lleve mi jefe cuando se acerque al laboratorio.

Kirke  



22 de noviembre de 2015

El paciente impaciente y otras anécdotas de la Boticaria García

   Tras el nombre Boticaria García se encuentra Marian García, farmacéutica con botica propia y que escribe un exitoso blog sobre diferentes temas relacionados con la salud y la farmacia.

   En este libro se recogen un montón de anécdotas acaecidas en su carrera profesional como boticaria al servicio del ciudadano. Con un estilo ligero y divertido nos cuenta los diferentes tipos de pacientes que han pasado por su botica: el paciente amigo, el paciente ladrón, el paciente pedigüeño, el paciente pensionista, el paciente ludópata, etc, etc. 

   Todas las experiencias vividas tras el mostrador vistas con un punto de humor y mucho sarcasmo.

   Es una lectura fresca y ligera. Para leer a ratos, al menos así me ha gustado a mí hacerlo porque todo de un tirón se me hacía menos divertido. Al ser historias más o menos independientes no hay una historia única a la que seguir y por eso preferí leer cada capítulo esporádicamente insertado entre novelas de más extensión.

    La verdad es que todo trabajo que se realice de cara al público se presta a vivir muchas anécdotas. Me ha divertido comprobar que algunos de los pacientes de Boticaria García también los conocí yo en mis guardias de juventud cuando me dediqué a las suplencias en oficinas de farmacia. ¡Qué recuerdos!

   De esa fugaz experiencia profesional yo también tengo mi propio anecdotario. Por eso no me puedo sustraer a contar aquí una anécdota que me ocurrió. 

   La primera farmacia en la que trabajé estaba ubicada cerca de un enorme hospital de Madrid famoso por su edificio de maternidad. Hasta el mostrador se acercaban muchos padres que acababan de tener un hijo y venían por complementos para el avituallamiento. De todos estos el chupete era el rey. 

  Por aquel entonces-estoy hablando de hace más de veinte años-la oferta chupetera no era muy variada. Los colores básicos eran azul (mayormente utilizado para los niños y también para las niñas con padres sin ideas preconcebidas), rosa (siempre para las niñas y también para los niños con padres sin complejos pero que yo no tuve la suerte de conocer) y el blanco (comodín que yo utilizaba para no darme paseos en balde, porque no fallaba, siempre que cogía un chupete al azar al abrir la caja el padre en cuestión me decía: "Este chupete es rosa y lo quiero para un niño, ¿me lo puedes cambiar?" o "Este chupete es azul y es para una niña ¿lo tienes en rosa?)

  Por esa cercanía a la maternidad del hospital las existencias de chupetes volaban y había que reponer constantemente. Además no sé por qué motivo la farmacéutica titular colocó los chupetes en el sótano y en la parte alta de la estantería y una servidora, que nunca tuvo mucho equilibrio al subirse a las escaleras de tijera, evitaba ir a esa zona por lo que ya digo que cuando me pedían un chupete elegía el blanco y sanseacabó. 

   Un día que los chupetes blancos se acabaron cuando llegó el primer padre (primerizo) a pedirme un chupete le pregunté si era para niño o para niña y él con los ojos como platos me contestó: "¿No da igual? ¿¡Las bocas de las niñas son distintas de las de los niños!?"

   Claro que el (padre) que se llevó la palma fue el que me pidió un chupete "de esos que cuando se le pone en la boca el niño deja de llorar".

   En fin, que las guardias pueden ser muy pesadas pero siempre hay algún paciente que nos las hace más llevaderas. 

   Si queréis que os aparezca una sonrisa con las anécdotas que ocurren en las farmacias podéis leer este simpático libro.

Kirke  


19 de noviembre de 2015

Los clásicos a lo clásico


   Hace un par de semanas publiqué una entrada, Los clásicos modernizados, quejándome amargamente de no poder disfrutar del teatro clásico porque los directores de escena se empeñan en hacer montajes vanguardistas con obras de épocas pretéritas. Esto ocurrió cuando asistí a la representación de "El burlador de Sevilla" donde me sentí yo la burlada pero no por don Juan -ojalá- sino por la puesta en escena.

   Hice también alusión a que pensaba insistir y que iría a ver "El alcalde de Zalamea" y prometí/amenacé escribir la crónica correspondiente.

    Bien, pues ya fui a ver esta obra al remodelado Teatro de la Comedia. Por cierto, en aquella entrada plasmé mi temor a que quizás la rehabilitación conllevaba cambiar las butacas por cojines. Afortunadamente las butacas siguen en su sitio y el lugar es igual de encantador que siempre. El vestíbulo es el que más cambios ha sufrido pero todos para bien: luce mucho más luminoso. Además en esta ocasión mi localidad se encontraba en un palco y me sentí como una aristócrata de esas que anteojos en ristre asistían a las representaciones en el siglo XVIII. Yo anteojos no llevaba, primero porque no los tengo y segundo porque estaba tan cerca del escenario que habría que estar muy cegata para necesitarlos. 

    El caso es que después de la experiencia con el burlador estaba dispuesta a encontrarme cualquier cosa. De entrada aquí tampoco había telón, al igual que en la otra representación, y me dije: mal, empezamos mal. A mí me da que el metro de terciopelo -o de lo que sea con que se confecciona un telón- debe de estar muy caro y la crisis ha desprovisto de telones nuestros teatros. El escenario era muy sobrio aunque, de antemano, no parecía que hubiera elementos anacrónicos.



    Y de pronto aparecieron los primeros actores -unos soldados- y se presentaron vestidos con sus botas, sus jubones, su impedimenta de soldado, hasta con el casco típico -el morrión- y las lanzas. ¡Qué alegría, por Dios! Los demás tampoco defraudaron, cada personaje con su atuendo: el capitán con su capa y su espada, el alcalde con su vara de mando y el rey Felipe II vestido de negro. Como debe ser. 

    El escenario apenas tenía aditamentos y la puesta en escena  austera pero sin desmerecer la época ni dar la sensación de extrañeza. Aquí también había música pero los instrumentos eran tambores, guitarras y vihuelas.

    Los estupendos actores tampoco decepcionaron y yo me vi sumergida de lleno en la historia. Sufrí con Pedro Crespo (fabuloso Carmelo Gómez) la humillación y el desprecio por ser villano, me indigné con la soberbia y la petulancia del capitán don Álvaro, sufrí con la tristeza de Isabel y me reí con las salidas de tono del soldado Rebolledo.

    Y presidiendo todo estaba Calderón de la Barca; sus versos, su mensaje -el abuso de poder y el poder del que lleva la razón- su humor -don Mendo y su criado Nuño nos arrancaron auténticas carcajadas a todo el público y los diálogos entre Pedro Crespo y don Lope fueron chispeantes-. De manera magistral se mezclaba lo cómico con la tragedia, se pasaba de la risa al enfado y la tristeza con la maestría propia que caracteriza al ilustre dramaturgo. Me lo pasé pipa.

    Quizás esa manía de hacer puestas en escena modernas para obras clásicas se base en llamar la atención y atraer más público pero el caso es que esta obra representada de forma tradicional tiene agotadas las entradas. Ya no quedan localidades hasta el 20 de diciembre cuando finalizará la representación en Madrid. Me parece a mí que no soy la única que quiere un teatro clásico a lo clásico.


   En fin, que disfruté muchísimo y que pude quitarme el mal sabor de boca que me dejó la burla del burlador. 

   Una obra clásica representada de forma clásica, con el vestuario adecuado, la música adecuada y un escenario sencillo pero sin elementos discordantes. El teatro que a mí me place.

¡Qué a gusto me he quedado, pardiez!

Kirke      

                                                                                                                            

18 de noviembre de 2015

Callejón de Dolores

   Un avión se estrella en el Callejón de Dolores, uno de los pasajeros lleva un misterioso maletín que desaparece en la confusión generada tras el accidente. La consecución de ese maletín llevará al inspector Villagrés y al médico Salceda, inquilino de la casa adyacente a la que ha recibido el impacto del avión, a situaciones insospechadas.

   Corre el año 1929 y estamos en Guatemala "una república en miniatura, con una cultura donde el pensamiento mágico domina sobre el lógico y las cosas no tienen a menudo explicación". En vísperas de la crisis financiera más demoledora del siglo XX y con una economía en declive pues el precio del café, una de las principales fuentes de ingresos del país, ha caído en picado el accidente de un avión puede parecer algo baladí, pero detrás de este suceso y el enigmático personaje del maletín se esconden mafias chinas y americanas -el propio Lucky Luciano es un personaje más- y una red de narcotraficantes. Por cierto el famoso gánster dice en un momento dado: " la vida es lo que sucede a tu alrededor mientras que los demás se lamentan de su mala suerte". No me gustaría coincidir en nada con este señor pero reconozco que la frase es muy buena.

   El inspector Villagrés es un tipo anodino pero con un don innato para la deducción, está rodeado de jefes corruptos y su capacidad no es aplaudida pero "su pasión de investigar, que es la pasión por revelar lo que está oculto y dar sentido a lo que en apariencia no lo tiene es lo que le sigue atando a este oficio." Por otro lado el doctor Salceda también se ve envuelto en las intrigas de las mafias. Estos dos personajes se vuelven entrañables a medida que avanza la novela pues la vida les pondrá en un brete al tener que elegir entre su honestidad innata y la tentación de resolver todos sus problemas mediante actos poco honrados y es que "todo gato es un santo hasta que le ofrecen un plato de leche". 

   Así se hace una interesante reflexión entre el bien y el mal: "El mal es hechicero, seductor. Ofrece goces a escondidas y se oculta en la creencia de que la transgresión no será sancionada. El bien, en cambio no es atractivo. Sus caminos son ásperos y fatigosos y llegar a él exige sacrificios."

    En principio es una novela de corte detectivesco pero de fondo se encuentran consideraciones de muy diferente naturaleza pero todas interesantes. Y es esto lo que ha hecho que este libro me encantara. No me puedo resistir a plasmar algunas de las sentencias de las que está plagada la novela y que dan lugar a la reflexión pues son temas de la más rabiosa actualidad:

"La justicia entre dos naciones tiene lugar únicamente cuando ambas tienen igual fuerza. Mas si esa simetría no existe no hay entre los pueblos soberanos consideraciones de justicia sino de necesidad. Los fuertes consiguen lo que pueden y los débiles están obligados a aceptar la tutela de los fuertes."

"El capitalismo y el socialismo no son ideologías, son pasiones irreductibles de los hombres que tiran de ellos en direcciones opuestas. De un lado, la pasión por crear riqueza. Del otro, la pasión por redistribuirla. Hay épocas en que se acercan y otras en que se distancian. pero siempre están ahí, presentes en la historia humana. Hay contrarios que no se destruyen, simplemente se transforman. Capitalismo y socialismo son como el Ave Fénix, renacen siempre de sus cenizas."

"La amistad y los afectos nacen a veces de algo tan simple como un guiño, un cruce de miradas o un tácito entendimiento, mensajes silenciosos que revelan empatías inesperadas y dan pie a que la distancia entre dos seres humanos se convierta en cercanía."

"Cuando la vida se deteriora, el espíritu se endurece, y hasta una gallina se vuelve agresiva y violenta si alguien intenta arrebatarle sus polluelos."

   Todo esto escrito de una manera estupenda, con un lenguaje fluido y muy cuidado. He disfrutado con el argumento en sí pero también con la forma de contarlo y con los aditamentos con que el autor ha adornado todo el relato. Una delicia.

   Y, ya para terminar,  quiero poner un último fragmento que me ha conmovido especialmente por la situación que estamos viviendo muchos a raíz de los últimos atentados terroristas  y que me ha removido de una forma particular:

"Si el azar se interpone con sus malas artes para dañar o segar injustamente las vidas o la felicidad de los hombres, solo hay una alternativa: enfrentarse a él. Sólo la determinación de los hombres a sobreponerse a la fatalidad les hace dueños de su destino. Uno no debe resignarse a que la fatalidad, los desmanes del azar o el miedo le destruyan."

Kirke  


    

17 de noviembre de 2015

El monte de las ánimas

"Ese monte que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. 
  Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
  Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche."

    Esta leyenda sobre el monte de las ánimas es la que le cuenta Alonso a su prima Beatriz que escéptica le reta a buscar esa noche de difuntos una banda azul que ha perdido en el monte. 

    Por si a estas alturas todavía hay alguien que no se ha leído este relato de Gustavo Adolfo Bécquer no seguiré contando más.

    La lectura de esta leyenda era obligada en mi colegio cuando llegaba el mes de noviembre. Recuerdo que la profesora nos hacía leer un par de párrafos a cada alumno y algunos se esmeraban especialmente en dar una entonación lúgubre a algunos pasajes, sobre todo los que se referían a espíritus y muertos en busca de venganza. Añoro esa lectura conjunta de toda la clase porque aunque ya sabíamos el desenlace de haberlo leído en anteriores cursos siempre asistíamos al final con el corazón encogido. 

    En este mes dedicado a los difuntos he querido volver a leer esta corta historia y rememorar esa sensación de miedo que nos invadía a todos los niños, cómo nos imaginábamos los esqueletos saliendo de sus tumbas para lamentarse de su triste sino. 

   También he querido hacer con esta lectura un homenaje a nuestros clásicos que permanecen relegados ante tanta novedad editorial y que esperan en un rincón de nuestras bibliotecas que volvamos a rememorar su excelente prosa.

    Bécquer con un estilo magistral nos sumerge en un escenario tenebroso y lúgubre donde se siente el miedo sin necesidad de escenas sangrientas. Una excelente historia de fantasmas que sólo puede escribir un maestro de la pluma como fue este ilustre sevillano.

(Fotos del Cementerio de La Almudena, Madrid)

Kirke  



14 de noviembre de 2015

No tengo palabras


     Cuando el dolor me atenaza se me cierra la garganta y me quedo sin voz; no tengo palabras.

   Ayer asistí impotente a las noticias que nos llegaban desde París. Una vez más la barbarie y la locura golpean esa ciudad. Cuando veía las imágenes de ayer un dolor infinito me invadió y sentí que una vieja herida se abría otra vez en mi corazón. Algunas heridas nunca cicatrizan y cuando reciben un nuevo golpe vuelven a sangrar, vuelven a doler.

    Y es que ayer, como un fogonazo, regresaron a mi memoria imágenes agazapadas en un rincón del subconsciente que como un enemigo silencioso esperan una oportunidad propicia para volver a atacar. Ayer recordé estampas de hace once años cuando mi ciudad también se vio invadida por la atrocidad. Recuerdos que no se van completamente y que regresan para volver a herir.

   Recuerdo el sonido de las sirenas de las ambulancias, el vuelo de los helicópteros, el inacabable goteo de número de víctimas (40, 80, 100......192). Recuerdo el estupor inicial, la indignación, la desorientación de quien es golpeado y no sabe por qué. Recuerdo en mi deambular por la ciudad los semblantes serios y taciturnos de mis vecinos; la infinita tristeza que nos abatió durante meses. 

   Me gustaría decir a los parisinos que mi corazón late al mismo ritmo que el de ellos, que mi dolor es idéntico, que mi tristeza es igual, que mis lágrimas se unen a las suyas pero el dolor me atenaza y no puedo hablar. No tengo palabras.


Kirke  


12 de noviembre de 2015

¡Gracias!



   Dicen que es de bien nacidos el ser agradecidos y estoy de acuerdo. Por eso con esta entrada quiero hablar de agradecimiento y de bien nacidos.

   Hace unas semanas una amiga bloguera, Chelo, en su blog hablaba del "no gracias", así, sin la coma. Se quejaba, con toda la razón, del silencio de algunas personas cuando reciben un favor, un detalle o simplemente un gesto amable. Se lamentaba, al fin y al cabo, de la falta de agradecimiento.

   No sé si nuestro vertiginoso ritmo de vida que conlleva el realizar tantas cosas, muchas de ellas a la vez, nos hace perder la perspectiva y no reflexionamos con la serenidad debida. Quizás esa persona  a la que le recoges del suelo un objeto que se le ha caído o a la que le cedes el paso cuando abres una puerta no te da las gracias porque está ensimismada en sus propios problemas y no capta ese gesto de cortesía o simplemente no le da importancia. ¿Despiste o mala educación?

    Sea como fuere, yo no quiero ser ni mal educada, ni despistada, aunque con esto último lo tengo complicado que yo soy un desastre para recordar cosas y para captar detalles -quien me conoce bien sabe que a mí las sutilezas se me escapan y yo soy de las de "al pan, pan y al vino, vino"-. Por eso quiero dar las gracias.

   Desde que inicié la aventura de crear un blog he recibido muchas alegrías y compensaciones de manos de otros blogueros y siempre he querido mostrar mi agradecimiento en todas las ocasiones en que me han premiado, mencionado o tenido en cuenta por uno u otro motivo. Pero hoy -y sin desmerecer a los demás, que quede muy claro- quiero dirigir mi gratitud a un bloguero en concreto; un bloguero al que yo cariñosamente llamo mi padrino: Francisco Moroz

    El diccionario de la RAE tiene varias definiciones para el vocablo padrino, pero la que define a la perfección el papel de Francisco con una servidora es la siguiente: "Persona que ampara y protege a otra, y que a veces emplea su poder para facilitarle la consecución de algo".

        Y es que no he recibido más que amparo y ayuda de mi padrino. Empezó regalándome sus visitas a mi blog y sus interesantes comentarios. Después me regaló el premio Black Wolf  -al que le siguieron muchos más que no enumero por no pecar de presuntuosa-, me ha asesorado en las múltiples dudas que me han surgido cuando quería cambiar algo en el blog o tenía algún problema logístico y siempre con una paciencia infinita -que yo soy muy pesada y algo torpe con las herramientas informáticas-. Hasta me dedicó una poesía, Con la vista atrás, y ahora ya para remate me hace el montaje de una imagen, la que ilustra esta entrada,  para colgar en el blog. 

   Desde luego no me puedo quejar. 

    Francisco, no voy a escribir ningún panegírico ni nada por el estilo porque, por desgracia, no soy una buena escritora como tú, así que me limitaré a expresar una sola palabra pero va en ella todo mi agradecimiento:
  ¡Gracias! 

Kirke  


10 de noviembre de 2015

Piratas

   Sebastián nace en la isla Margarita a finales del siglo XVII. Junto a su padre se dedica a buscar perlas buceando por las costas de su isla natal. Pero las condiciones abusivas que impone la Casa de Contratación de Indias pagando una cantidad mezquina por tan preciado producto hacen que su familia "pase de una digna pobreza esperanzada a una degradante miseria sin ningún tipo de esperanza".

    La Casa de Contratación de Indias fue una institución creada para regular el comercio y la navegación entre los territorios de ultramar. sin embargo "durante tres siglos constituyó el freno que impidió que las colonias se desarrollaran tal como deberían haberlo hecho y el Nuevo Mundo alcanzara el esplendor al que había sido llamado por la diversidad y magnitud de sus riquezas".

 Sebastián acaba como grumete en un barco pirata y así vive aventuras que le llevan desde la isla Margarita a diferentes puertos del Caribe entonces plagados de corsarios, bucaneros, filibusteros y gente dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad para esquilmar los tesoros que la corona española transportaba desde América a España. Nuestro protagonista se convierte en un pirata más, es un personaje que "arrastra un pasado amargo, un presente difícil y un incierto futuro".

   Con esta premisa Vázquez-Figueroa se adentra en los entresijos de la vida pirata. Hace un análisis sencillo pero muy completo de las diferencias entre las distintas clases de salteadores del mar. Especialmente interesante la comparación entre corsarios y piratas, Los corsarios están amparados por la patente de corso que les otorgan las coronas de los países interesados en atacar las posesiones de España y aunque "presumen de patriotismo, en realidad no son más que sucios asesinos que disfrutan más viendo incendiarse un barco y ahogarse a sus ocupantes que robándolo". En contraposición se nos presenta al pirata como un ser libre de ataduras, sin ningún rey al que servir y sin normas que cumplir "cada año que pasas a la sombra de tu propia bandera vale por diez a la sombra de la del rey".

   En sus descripciones creo que Vázquez-Figueroa nos da una visión demasiado romántica del pirata, adornándolo de unas virtudes que no creo tuvieran, al menos todos, pero esto es una novela al fin y al cabo.

   Las andanzas de Sebastián nos llevarán a la legendaria isla Tortuga que a finales del siglo XVII ya estaba en franco declive, "el antaño deslumbrante baluarte bucanero por el que corría a raudales el oro de piratas y corsarios alimentando a un verdadero ejército de barraganas y buscavidas, se había ido sumiendo en el abandono". 

   En medio de inmensas extensiones de terreno en manos de la corona española había un enclave que pertenecía a los ingleses: la isla de Jamaica y su Port Royal, por lo que también tienen su hueco en esta novela como no podía ser de otra forma.  "Jamaica era, ante todo, un lugar de descanso y diversión para piratas y corsarios, vivía de sus rapiñas, crecía con sus saqueos, y si no caía en manos españolas era porque los españoles sabían muy bien que no contaban con una flota los suficientemente poderosa como para enfrentarse con la menor esperanza de éxito a las fuerzas conjuntas de ingleses, piratas, y corsarios".


   Los barcos negreros también tienen cabida en esta historia y se hace una crítica demoledora a fray Bartolomé de las Casas, "pocos hombres a lo largo de la Historia han hecho tanto daño como este fraile ya que por su culpa millones de desgraciados indígenas pasaron a convetirse en esclavos y también por su culpa la inmensa mayoría de los que jamás le ayudaron a imponer dicha esclavitud pasaron a la Historia como nefastos opresores".

   Con todo esto la novela es muy completa pero a pesar de todo para mi gusto le falta acción y puede parecer paradójico pues toca temas apasionantes pero lo hace de una manera tan ligera que tengo la sensación de haber leído una versión Disney. No he conseguido engancharme a la historia en ningún momento y el devenir de los personajes me pareció demasiado simple.

   Una novela para pasar un rato entretenido, sin más pretensiones.

Kirke  



9 de noviembre de 2015

Actualizarse o morir


 
    En esta sociedad que está continuamente cambiando, donde todo sale ya de fábrica con fecha de caducidad y donde el que no está al tanto de la última novedad es un bicho raro yo soy una víctima más; he sucumbido y me he dejado llevar.

    Así que he decidido cambiar mi avatar por otro quizás más minimalista y más sobrio pero otro al fin y al cabo. También he rediseñado el blog con el tipo de letra.

   Tengo que confesar que no estoy segura si esto del cambio se debe a un sentimiento de renovación o a que de todo se cansa una y si se tiene la oportunidad de cambiar pues hay que aprovecharla. 

   Porque hay cosas que por mucho que nos gustara no pueden transformarse.

   Por ejemplo, los sentimientos. Una puede intentar congeniar con cierto tipo de personas pero luego el corazón, la mente, el espíritu —llámese X— te dice otra cosa y no puedes sentir afecto por ciertos individuos, "te caen mal" y el caso es que te preguntas exactamente por qué y no sabes responder. Una tampoco puede enamorarse de quien quiere sino de quien el corazón, la mente, el espíritu —llámese X— te dice. El amor visceral es el que viene de muy adentro y no podemos cambiar ese sentimiento por mucho que lo intentemos. Ya nos gustaría quitarnos de la cabeza y del corazón a ese amor que nos rechazó pero no podemos, no se pueden cambiar los sentimientos.

   Otra cosa que no se puede cambiar es la familia, por mucho que nos molesten los comentarios de la tía Lucía, o las indirectas del primo Pedro o los estrafalarios vestidos de la abuela esto es lo que hay y una no puede más que aguantar. Que conste que mi familia me gusta mucho y la quiero un montón y no tengo ningún problema de convivencia con ningún miembro —aunque alguno hay que es más que peculiar— pero tengo amigas para las que las fechas navideñas son una auténtica tortura y soportan las cenas y comidas propias de estas fechas con resignación franciscana. Pero esa es la familia que nos ha tocado y con la que hay que apechugar.

   Los vecinos que nos tocan en suerte tampoco se pueden cambiar. Te puedes cambiar tú de casa pero eso no siempre es posible. En algunas juntas de vecinos no sólo me gustaría cambiar a alguno sino hacerlo desaparecer del mapa, pero eso tampoco es posible, al menos legalmente. Además tengo un par de vecinas que serían la envidia del extinto KGB en cuanto a seguimiento y control de las vidas ajenas.

   En fin, que ya que en otras situaciones el cambio es irrealizable tendré que conformarme con modificar la imagen del blog. Y a propósito de la imagen, ¿cuando cambiamos nuestra apariencia realmente estamos cambiando algo que no sea superficial o también estamos alterando algo de nuestro interior? Me viene a la memoria un programa de televisión donde se cambia el aspecto de una persona mediante estilistas, en ese proceso de transformación (ropa, zapatos, maquillaje e incluso tatuajes) el concursante se muestra feliz y dice sentirse más seguro de sí mismo. ¿Qué tipo de seguridad puede ofrecer el ir vestido, peinado y/o maquillado de una forma concreta? ¿Realmente un determinado peinado o un calzado específico hace que uno sea más inteligente, más capacitado, más fuerte? A mí me da que no.

   La imagen puede ser un vehículo de comunicación, nos puede servir de presentación, de avance para decirnos qué hay detrás, pero lo que hay detrás no depende de la imagen, depende de lo que uno es.

   Dejaré las interpretaciones subconscientes para los entendidos y yo sólo me dedicaré a poner un nuevo avatar. Qué se esconde detrás y si es acorde con lo que os esperábais ya me lo diréis vosotros. Yo de momento aquí os lo dejo, espero que os guste.

Kirke  





6 de noviembre de 2015

Los clásicos modernizados





   Hace tiempo que no iba al teatro, al menos al teatro profesional. Sí que me acerco de vez en cuando al Centro Cultural de mi barrio y allí asisto a representaciones de compañías de teatro de aficionados que interpretan generalmente obras de autores desconocidos y modernos.

    Pero a mí lo que me gusta es el teatro clásico, preferiblemente el del Siglo de Oro, es decir, Calderón de la Barca, Lope de Vega y compañía. No sé si se debe a que en el colegio esas eran las obras a las que asistíamos y las que nos tocaba representar como ejercicio de memoria y en mi caso de sufrimiento pues lo de subirme a un escenario no me gustaba nada. Eso de ser actriz no es lo mío; lo mío es ser espectadora porque me gusta el teatro, el clásico repito.

    Por eso aprovechando que están representando en mi ciudad "El burlador de Sevilla" creí que era una buena ocasión para disfrutar del teatro tradicional. Además la representación se hace en el Teatro Español, un maravilloso edificio que fue el asentamiento del legendario Corral de la Pacheca donde ya se interpretaban obras en el siglo XVI. En fin que la cosa prometía.

    Nada más subir el telón -y esto es un eufemismo porque para empezar no había telón- el primer mosqueo es ver que ninguno de los actores iba vestido de la época en que se desarrolla la acción. Esto ya me puso en guardia. Lo demás fue un sinsentido tras otro -y me estoy refiriendo exclusivamente a la puesta en escena- desde ver a Ana de Ulloa vestida con liguero y picardías hasta escuchar música funky (o algo parecido, desde luego música de cámara no era) en la boda de Aminta pasando por unas proyecciones en el fondo del escenario donde se veían imágenes de distinta índole como espermatozoides alrededor de un óvulo o el (apasionante) recorrido del líquido seminal por el conducto deferente camino del glande y esto por decirlo de una manera fina que mi compañero de al lado lo expresó de una forma mucho más castiza y ordinaria. Pero nada tan impactante como ver bailar salsa a don Juan; esa escena me impresionó tanto que se ha quedado grabada en mi retina y no sé si algún día seré capaz de recuperarme del espanto. Afortunadamente las espadas eran del tipo toledano y no espadas láser, menos mal.



    Quizás yo soy demasiado tradicional o algo carca pero me pregunto ¿qué hay de malo en representar los clásicos 'clásicamente'? (valga la redundancia), ¿por qué no se puede ver una obra de este tipo en el formato que fue creada?  Un amigo mío me dice que yo soy más de corral de comedias que de teatro. Será. Yo siempre he sido muy del vulgo -vulgar- y me gustan las cosas del pueblo, de ese pueblo para el que fueron escritas estas obras de teatro precisamente.

    Por suerte los versos de Tirso de Molina eran los de siempre y los actores estupendos por lo que con cerrar los ojos y sólo escuchar sus maravillosas declamaciones la magia de las estrofas se podía disfrutar en toda su plenitud, una auténtica delicia.
      
    No sé si estas innovadoras/chocantes puestas en escena pretenden actualizar obras que ya son conocidas y poner un punto de novedad para no hacerlas repetitivas pero el caso es que a mí me impactan negativamente y me descolocan de la época y el lugar del drama. A mí lo de actualizar o modernizar lo que, desde mi punto de vista, no lo necesita no me acaba de convencer y eso que, en el caso que nos ocupa, reconozco que algunas secuencias escenificadas de forma alegórica y ecléptica me gustaron mucho.

    Con todo y con esto he vuelto a revivir la magia del teatro y pienso repetir. Quiero ir al Teatro de la Comedia que han vuelto a abrir después de unos años de rehabilitación -espero que en esas obras no hayan cambiado las butacas por cojines o algo así- para ver El alcalde de Zalamea, otro clásico. Ya curada de espanto estoy dispuesta a encontrarme cualquier cosa mientras me respeten a Calderón. 

   Parafraseando a Tirso de Molina que escribió "Mal haya la mujer que en hombres fía" yo voy a decir: "Mal haya el espectador que en teatro clásico actual fía".

Kirke  

3 de noviembre de 2015

Puerto escondido


"Oliver, un joven londinense con una peculiar situación familiar y una triste pérdida, hereda una casona colonial, Villa Marina, a pie de playa en el pueblecito costero de Suances, en Cantabria. En las obras de remodelación se descubre en el sótano el cadáver emparedado de un bebé, al que acompaña un objeto que resulta completamente anacrónico. Tras este descubrimiento comienzan a sucederse, de forma vertiginosa, diversos asesinatos en la zona (Suances, Santillana del Mar, Santander, Comillas), que, unidos a los insólitos resultados forenses de los cadáveres, ponen en jaque a la Sección de Investigación de la Guardia Civil y al propio Oliver, que inicia un denso viaje personal y una carrera a contrarreloj para descubrir al asesino."

   Tras esta sinopsis el libro me pareció tremendamente atractivo. Una vez más las sinopsis se muestran engañosas.

   El descubrimiento del cadáver de un bebé abre la puerta a una serie de asesinatos -tampoco muchos, que el lector no se lleve a engaño- y que tienen como base unos hechos acaecidos en los años posteriores a la Guerra Civil española. La verdad es que el relato está envuelto en cierto misterio que fue lo que a mí, personalmente, me incitó a seguir leyendo porque tengo que confesar que la forma de contarlo me resultó algo sosa.

    Los personajes me parecieron bastante planos y predecibles. Hasta el propio misterio en el que se basa el argumento es algo endeble porque, a excepción de un par de detalles sorprendentes al final, la respuesta a dicho misterio la vi venir desde la mitad del libro. El desenlace me resultó bastante folletinesco y además utiliza un recurso que ya viene a ser una constante en algunos libros de detectives y asesinos y que si bien fue original en su día ahora ya parece demasiado manido -no doy más detalles para no destripar el final-.

   La autora se ha documentado con rigor y minuciosidad. Algo que nos demuestra continuamente cuando habla sobre determinados temas: autopsias, perfiles de psicópatas o plantas venenosas. Aunque quizás en algunos momentos tanta profusión de detalles es excesiva y a mi juicio innecesaria.

   También describe con detalle el paisaje donde se desarrolla la acción: Cantabria. A mí es lo que más me ha gustado porque tengo lazos afectivos con esa tierra y reconocer lugares donde he pasado épocas maravillosas me ha hecho recordar momentos muy especiales para mí.

   Trama detectivesca aparte también se hace una ligera reflexión sobre los puertos escondidos, de ahí el título, que cada uno tenemos en nuestro corazón y en nuestro recuerdo. Los lugares, reales o imaginados, donde nos sentimos a salvo de las tormentas de la vida, donde nos sentimos libres, seguros, despreocupados; felices al fin y al cabo.


Kirke  


1 de noviembre de 2015

José Zorrilla


  Ya que el mes de noviembre se inicia con un día dedicado a los difuntos el poeta de la sección Poemas y Cantares de este mes es José Zorrilla y los versos elegidos pertenecen a la sin par obra Don Juan Tenorio.

   Desde hace unos años en España está cobrando protagonismo la fiesta de Halloween; una fiesta importada de países con tradiciones muy distintas a las nuestras. No estoy en contra del intercambio cultural pero creo que en algunas ocasiones nuestro propio acervo es suficientemente rico y valioso como para no necesitar de añadidos y mucho menos de sustituciones. Por eso en esta ocasión me molesta sobremanera adoptar costumbres cuando nosotros tenemos las nuestras.



   Recuerdo que, antes de esta moda foránea, la noche de difuntos, la del día 1 de noviembre, en casa veíamos por la tele la representación teatral de Don Juan Tenorio y mi madre compraba los famosos buñuelos de viento; esa semana en el colegio leíamos (una vez más) El monte de las ánimas de Bécquer y nadie iba por la calle disfrazado de monstruo sangriento. 

   En recuerdo a esa época que tan lejana parece he elegido para esta ocasión unos versos de Don Juan Tenorio. Antes y como ya viene siendo habitual unas breves pinceladas sobre la vida del autor.

   José Zorrilla nació en Valladolid el año 1817. Hijo de un padre déspota y muy severo sufrió con un gran sentimiento de culpa el no cumplir las expectativas que su progenitor había depositado en él. El deseo paterno era que se hiciera abogado pero los gustos del joven Zorrilla iban encaminados a las artes, especialmente el dibujo y la literatura. Además sus continuos líos de faldas le trajeron muchos problemas. Cuando abandona los estudios de Derecho se va a Madrid y frecuenta ambientes bohemios donde se relaciona con varios escritores como Espronceda y también sufre estrecheces (las penurias económicas fueron una constante durante toda su vida). Vivió largas temporadas en París, México y Cuba. Finalmente se trasladó a vivir a Madrid y allí murió de un tumor cerebral a la edad de 75 años.

   La obra teatral Don Juan Tenorio es de sobra conocida pero para quien no relacione el día de difuntos con esta obra comentaré que el final se desarrolla en un cementerio donde los espectros de los muertos por don Juan (mujeriego y pendenciero a partes iguales) se le aparecen para atormentarle. 

Sin más dilación aquí vienen unos versos donde la altanería de Don Juan se enfrenta a los espíritus:

¡Sí, sí; sus bustos oscilan,
su vago contorno medra…!
Pero don Juan no se arredra.

¡Alzaos, fantasmas vanos,
y os volveré con mis manos
a vuestros lechos de piedra!

No; no me causan pavor
vuestros semblantes esquivos;
jamás, ni muertos ni vivos,
humillaréis mi valor.

Yo soy vuestro matador,
como al mundo es bien notorio;
si en vuestro alcázar mortuorio
me aprestáis venganza fiera,
daos prisa, que aquí os espera
otra vez don Juan Tenorio.

José Zorrilla (1817-1893)



Donde estén estos versos que se quite el "truco o trato"

Kirke  

Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores