19 de octubre de 2017

"Los instrumentos del mal"-Imogen Robertson

Sussex, 1780. Cuando un cadáver sin identificar aparece en las lindes de su propiedad, la curiosa Harriet Westerman no puede evitar implicarse en la resolución de este misterio. Para ello busca la ayuda de su huraño vecino, un anatomista de inteligencia notable pero escasas aptitudes sociales. Las pistas apuntan a la familia del conde de Sussex, a su joven segunda esposa y a su hijo alcohólico, excombatiente en la guerra de Independencia americana. Mientras tanto, en Londres, Alexander Adams es asesinado delante de sus dos hijos pequeños. Las deudas y la complicada historia de los pequeños los llevarán también a Sussex, donde se convierten en un elemento clave de la resolución del misterio. La presión sobre Harriet y Gabriel es grande, y el peso de los secretos del conde amenaza con sepultarlos a todos.

Esta es la sinopsis del libro que se puede leer en la carátula.

Dos asesinatos en principio sin conexión resultan que sí están ligados y los misterios a los que se hace alusión en la sinopsis se ven venir mediado el libro. "Los secretos del conde" tampoco son demasiado originales a mi modo de ver por lo que eso de que pueda "sepultar a todos" me pareció bastante exagerado. 

Un thriller sin demasiadas pretensiones pero bastante entretenido, las cosas como son. Hay asesinatos, hay investigadores voluntarios y desde su "amateurismo" (ni Harriet ni Gabriel son detectives profesionales) intentan averiguar quién se esconde tras esos hechos tan luctuosos. Todos los ingredientes del género policíaco -si es adecuado emplear el término policíaco cuando la trama transcurre en el siglo XVIII- se dan en esta novela; hay asesinados y asesinos, hay investigaciones, hay un pasado oscuro en alguno de los personajes que aflora y como un fantasma acosa a toda una familia. Y de telón de fondo unos hechos históricos que le dan más colorido, por un lado la guerra de la independencia de EEUU y por otro los llamados disturbios de Gordon (unas algaradas que se dieron en Londres a raíz de un edicto donde se permitía a los católicos tener propiedades y heredar tierras).

Quizás en lugar de una reseña debería hacer aquí un análisis sobre las sinopsis de los libros. ¿Quién las hace? Siempre he pensado que son personas a sueldo de la editorial, pero siempre creí que además se habían leído el libro. Dado que últimamente lo que cuenta la solapa del libro difiere bastante de lo que uno se encuentra entre las páginas del mismo... empiezo a tener mis dudas sobre esto último.

En cualquier caso quienes escriben las sinopsis saben mucho de psicología o son optimistas redomados y saben extraer conclusiones que muchos lectores -entre los que yo me suelo encontrar- son incapaces de sacar. Algunos además, y me estoy refiriendo a esta sinopsis en particular, cuentan demasiado, porque alguna de las cosas que se reseñan en la misma ocurren al final de la novela, y eso ya me parece fatal.

Como ya empieza a ser habitual en mí, cuando un libro me decepciona me pongo a marear la perdiz y me paro en detalles que no tienen demasiada importancia pero que me llaman la atención. Por ejemplo, en un momento dado uno de los personajes escribe una dirección en un "cuaderno", arranca la hoja y se la da a su interlocutor. Llamadme tiquismiquis, pero ¿en el siglo XVIII había cuadernos? Tenía la impresión de que escribir en aquella época era una tarea bastante ardua, por lo del tintero, la pluma, secar la tinta y todas esas cosas. Pero si había cuadernos a lo mejor no era tan complicado.

Otra cosa que yo creía bastante peliaguda en ese siglo era lo de enviar cartas. Estaba en la idea de que la correspondencia se daba de tarde en tarde y había que esperar bastante para enviar y recibir una carta. Sin embargo, uno de los personajes tiene una importante noticia que contar a una amiga suya y le pone en antecedentes pero sin entrar en detalles, porque eso tan importante se lo va a contar en otra carta que enviará ese mismo día pero por la tarde (!). Evidentemente, a ese personaje le pasa algo y la carta donde se aclararía "un gran misterio" no se escribe y el misterio se hace de rogar -y el libro se puede prolongar unas cien páginas más-.

Y ya por último, otro personaje es testigo de una escena muy importante, pero se le olvida, así sin más, sin recibir un golpe en la cabeza ni nada por el estilo. Treinta años después la recuerda -la memoria de este personaje parece que viene y va sin motivo aparente-, y desencadena una reacción en otro personaje que derivará en hechos trágicos. Siento no ser más explícita pero no quiero destripar el argumento -para eso ya está la sinopsis-.

En fin, un libro para pasar un rato entretenido y no darle tantas vueltas como he hecho yo. Porque la lectura de evasión es entretenimiento en forma de libro y los libros, libros son.


13 de octubre de 2017

Dígaselo con un abanico (Segunda Parte)


Enlace para ver la primera partepinchar aquí  

Al día siguiente y aún escocida por el fracaso de su temeraria actitud se dispuso a vestirse para acudir a misa en la aledaña iglesia de la Santa Cruz. Allí le pondría un par de velas a San Judas Tadeo, abogado de los casos difíciles y desesperados, pues muy difícil y desesperado parecía conseguir la atención de Salvador Rupérez y Quiroga. 

Cuando estaba acomodándose la última horquilla en su estirado moño, Pacita —la criadita que ayudaba a Paca, la cocinera, y que se encargaba de los pequeños recados— entró toda presurosa en su dormitorio.

—Doña Matilde, doña Matilde, que en la puerta hay un chico con un recao pa usté.
—Pacita, ¿cuántas veces te he dicho que has de llamar antes de entrar en una estancia? Hija mía, qué poca carrera hago contigo, no hay manera de que sigas las mínimas normas de la educación —contestó Matilde a la acalorada chiquilla.
Tié usté razón, señora. Pero ¿qué hago con el recao?

Fue entonces cuando Matilde fue consciente de lo que implicaba la irrupción de la criada; un recado de alguien. Hacía años que no se recibían avisos en esa casa, tan solo la invitación impecablemente escrita en letra inglesa —cómo no— de las hermanas Rupérez para las meriendas de los martes, pero hoy era miércoles. ¿Quién podría ser?

—Bueno, pues pídele al chico ese que te diga lo que quiere y me lo comunicas —le contestó a la sirvienta.
—Es que viene escrito en un papel, señora.
—Bien, ¿y qué? —replicó Matilde mientras se acomodaba un pequeño mechón de pelo especialmente rebelde.
—Pues que yo no sé leer, doña Matilde. No puedo saber qué recao es.
—¡Alma de cántaro! Pues coge ese papel y tráemelo. Por Dios bendito, mira que eres simple, niña. ¡Vamos!

Mientras Pacita salía de la habitación a todo correr para obedecer las indicaciones de su señora, Matilde se quedó cavilando quién sería el autor de esa misteriosa nota.

—¡Bah! Seguro que es una equivocación o alguna chiquillada de los zarrapastrosos que andan por los descampados de Atocha.

Mientras estaba en estas cavilaciones Pacita regresó y le tendió un sobre. Era de color ocre, de buena textura; con una letra pulcra y sin florituras ponía ‘Para Matilde Salazar’, en el anverso y  con el mismo tipo de letra se podía leer ‘Salvador Rupérez y Quiroga’.

Con el corazón a punto de salírsele por la boca, Matilde empezó a temblar de pies a cabeza. Pacita, que aún permanecía en la estancia a la espera de nuevas instrucciones, se asustó pues pareciera que a su señora le estuviera dando un ataque de no sabía muy bien qué.

—Señora, ¿qué le pasa? ¿le está dando un paralís? —preguntó la chiquilla seriamente preocupada.
—¿Eh? Nada, nada, no pasa nada, Pacita —contestó la aludida siendo consciente de la presencia de la niña—. Puedes retirarte, vete a ayudar a Paca.

Una vez sola, Matilde se decidió a leer la nota. Antes necesitó respirar profundamente varias veces hasta que consiguió ralentizar los latidos de su corazón.

¡Una nota de Salvador! ¿Qué querría de ella? Quizás sí que entendió todos los mensajes que le había enviado la tarde anterior y por pudor, y porque era todo un caballero, no quiso que nadie —ni siquiera ella misma— se diera cuenta de que había entendido cada uno de sus movimientos con el abanico.

La nota rezaba así:

“Estimada señorita Salazar:
Perdóneme la intromisión y la osadía por dirigirme a usted de una manera tan abierta, pero después de la velada de ayer en casa de mis tías tengo una idea en mente en la que usted juega un papel muy importante y me veo en la necesidad de hablarlo directamente sin necesidad de testigos que entorpecerían el diálogo.
¿Cabría la posibilidad de que nos reuniéramos en algún lugar, público por supuesto, para poder decirle de viva voz lo que desde ayer necesito comunicarle? He pensado que el lugar de encuentro podría ser el café Universal de la Puerta del Sol, allí podríamos hablar cómodamente y estaría encantado de invitarla a una horchata o a lo que prefiera usted.
Sé que mi petición puede parecer atrevida e insolente, pero le aseguro que mis intenciones son absolutamente honestas y no ha de temer ningún agravio por mi parte.
Sea como fuere yo estaré en dicho café esta tarde a las cuatro, si finalmente se decide a acceder a mi petición me hará sentirme un hombre afortunado.
Se despide de usted con afecto:
Salvador Rupérez y Quiroga.”
Con manos temblorosas Matilde apretó la nota contra su pecho y se puso a reír y a llorar a la vez. Salvador quería una cita con ella. ¡Una cita! Por “una idea en mente” desde ayer en la velada en casa de sus tías. Estaba claro que tenía que ver con sus manejos del abanico. Seguro.

*****

Matilde decidió no ir a misa y dejar las velas a San Judas para otra ocasión. Pensó en una tarea más productiva como elegir un vestido para su cita con Salvador y, lo más importante, pensar qué abanico sería el más adecuado. Aun así las manecillas del reloj del salón parecían no moverse, por lo que decidió dejar de mirarlo y guiarse por las campanadas del cercano reloj de la Puerta del Sol, algo que la hizo llegar con diez minutos de retraso porque era famosa, y motivo de chanzas por parte de los madrileños, la poca fiabilidad del reloj emplazado en la torre de Gobernación.

Cuando entró en el café a punto estuvo de desmayarse de tan emocionaba como se sentía. Al fondo, al lado del espejo, estaba Salvador, con su piel morena, con sus ojos claros y con su sonrisa en la boca en cuanto la divisó. Él se levantó y galantemente le tendió la mano a la vez que retiraba una de las sillas para que Matilde se sentara.  

—No sabe qué feliz me hace verla aquí y comprobar que ha aceptado mi invitación —dijo Salvador iniciando la conversación.
—Bueno, confieso que me tiene sumamente intrigada eso que quiere hablar conmigo —contestó Matilde con un hilillo de voz pues el nerviosismo que la atacaba siempre que estaba delante de Salvador hizo de nuevo acto de presencia.

Después de que el camarero les sirviera sus consumiciones —café para él y azucarillos para ella—, Salvador continuó con la tímida conversación. Se le notaba azorado, pensó Matilde, y eso era señal de que lo que le iba a comunicar era importante.

—Verá, Matilde, no soy hombre de circunloquios. Durante muchos años me he desenvuelto entre plantaciones y gente del campo cultivando café, por eso le pido de antemano disculpas si mi tono y mis maneras le resultan bruscas.
—Ay, Salvador, ¡qué cosas dice usted! No me parece en absoluto un hombre brusco —respondió Matilde al mismo tiempo que sentía ruborizarse, por lo que optó por ocultarse detrás de su abanico a la vez que se daba algo de aire para ver si así se le iba el calor que empezaba a sentir en todo el cuerpo.

Cuando hizo esta maniobra Salvador amplió su sonrisa —y Matilde sintió aún más calor—.

—Matilde, es usted una artista con los abanicos. Y precisamente de ellos quería hablarle.

Llegados a este punto el movimiento de muñeca de Matilde era desenfrenado, y el aire que despedía el abanico llegó hasta los ocupantes de la mesa colindante.

—Pues usted dirá.
—Mire, desde que la conozco me ha llamado mucho la atención la cantidad de abanicos que posee. 
—Sí, bueno, verá, es que aquí en Madrid hace mucho calor y… en fin, son muy útiles, claro, porque si no fuera por el aire que dan no se podría aguantar, aunque ustedes los hombres no los llevan y no pasa nada, o eso parece, es decir, que no se va a morir uno por no llevar abanico pero si lo lleva mejor que si no lo lleva ¿no cree?

Mientras decía todo esto, Matilde pensó que hubiera sido mejor quedarse calladita, porque para decir semejante sarta de bobadas era preferible enmudecer. Pero entre el calor y la sonrisa de Salvador estaba al borde del síncope y su cerebro no era capaz de funcionar con lucidez.

Sin embargo Salvador siguió sonriendo y prosiguió.

—Mi madre y mis tías también son aficionadas a utilizarlos pero reconozco que usted tiene un donaire particular. Además, ayer fui consciente de quién es de verdad. Su manera de utilizar ese útil y al mismo tiempo bello instrumento me ha hecho reflexionar y de ahí mi petición por verla hoy.

Según hablaba Salvador, Matilde estaba flotando en una nube vaporosa y nadando en un mar de sudor pues el calor que sentía no se lo habrían quitado ni los abanicos gigantes de plumas que vio en uno de los cuadros de El Prado.

—Matilde, ¿sería usted tan amable de acompañarme a elegir un abanico para alguien muy especial? Usted es una entendida en la materia, ayer me lo demostró con unos movimientos de gran pericia y creo que me sería muy útil.
—¿Elegir un abanico? ¿Para alguien muy especial? —balbució ella aturdida por lo que acababa de escuchar.
—Es algo que llevo con mucha discreción, por eso he querido hablarlo con usted fuera de las paredes de la casa de mis tías. Tengo una prometida en Cuba y quería regalarle un abanico, pero cuando fui a una de las mejores tiendas de la ciudad me asaetearon con ingentes detalles. Que cómo quería las varillas, de carey, nácar o marfil, que si mejor de madera, pero madera de peral o de manzano, que si la tela de seda o de encaje. En fin, que me aturdieron con muchas preguntas y no supe contestar. 
—Bueno... esto... en realidad es sencillo. No... no es tan complicado. Ejem, las varillas mejor que sean de peral, pero los padrones han de ser de nácar porque así duran más, la tela que sea resistente pero no muy gruesa pues le quitaría cimbreo —contestó Matilde con un hilillo de voz otra vez, pero en esta ocasión no por el nerviosismo sino por la amarga decepción que se acababa de instalar en su pecho.

Además, el calor que anteriormente la abrasaba había sido sustituido por un sudor frío que estaba haciéndole tiritar. 

Después de despedirse apresuradamente de Salvador aduciendo una jaqueca repentina y dejando al indiano algo extrañado, Matilde salió a todo correr del café Universal.

*****

Matilde caminaba calle Alcalá arriba anegada en sudor y lágrimas. El agua en la cara no fue capaz de atenuar el tremendo sofoco que padecía. Pestañeando furiosamente para ahuyentar el llanto se fue a su casa deseando quitarse la ropa que tanto la incomodaba y el mal sabor de boca de unos azucarillos que le habían dejado un regusto a hiel. 

Mientras iba camino de su casa agitaba frenéticamente el abanico. ¡Por Dios, qué calor!



Escrito en Madrid, una tarde calurosa del mes de agosto. 

Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores