22 de marzo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (X)

Dos científicos discuten aunque uno no quiera


Me considero una persona pacífica. Por lo general, y si no me tocan mucho las narices, no suelo ser beligerante. Practico la tolerancia y sigo la máxima 'vive y deja vivir'. Este rasgo de mi personalidad es un inconveniente a la hora de investigar. Porque en el mundo científico se lleva mucho discutir.

Dicen que dos no discuten si uno no quiere. En investigación esto no es verdad. Yo no quiero discutir pero acabo haciéndolo a pesar de ello.

Los artículos científicos (y la tesis) se dividen en una serie de apartados. Uno de ellos es “Resultados”, ahí se exponen los datos obtenidos en el trabajo correspondiente. Después de ese apartado viene uno que no me mola nada: “Discusión”. Es decir, una vez expuestos los resultados, toca discutirlos.

El propio título ya da mal rollo. Parece como que la cosa no pinta bien y hay que batirse el cobre para defender aquello que se quiere publicar. Se da por sentado que enfrente hay alguien que va a poner pegas y ya, de antemano, hay que pelear. Es como estar a la greña constantemente.

Ni me gusta discutir, ni me gusta pelearme. En el colegio huía de los matones; siempre los he detestado, por abusones, porque no me gustan los que quieren imponer sus ideas por la fuerza y porque en una pelea física llevo las de perder siempre. Soy de constitución más bien endeble, ni demasiado alta ni demasiado corpulenta, por lo que si me tengo que dar de bofetadas no tengo muchas posibilidades de salir airosa. Además soy muy miedica y tengo muy poca tolerancia al dolor.

Quizás de aquellas experiencias infantiles me ha quedado ese disgusto por la confrontación y como soy de natural tranquilo y conciliador cuando llego a esa sección de la tesis (en la que estoy ahora precisamente) lo paso especialmente mal.

Aunque, puestos a pelear, prefiero utilizar la lengua a las manos; prefiero las peleas dialécticas, por lo que, dentro de lo que cabe la discusión de la tesis aún tiene un pase para mí. No obstante, no me gusta.

Cuando uno discute y sabe que tiene razón puede tener cierto aliciente, pero cuando uno no tiene muy clara la firmeza de su postura la cosa ya es más complicada, porque yo en la tesis tengo un inconveniente más que añadir a mi talante pacífico: mis resultados tienen pocas ‘p’ significativas (En busca de la significación perdida) y pocos asteriscos, o sea, bajo peso estadístico y ese punto de partida ya es un serio hándicap a la hora de discutir. Es como si un púgil salta al cuadrilátero con una pierna rota y un parche en un ojo: le van a caer tortas hasta en el carnet de identidad.

Afortunadamente tengo un director, el número UNO (Con tres basta) que siempre sabe cómo justificar lo que, a priori, no tiene muchos visos de ganar en una discusión. Así que yo expongo los datos, los dejo ahí y por si alguien se pone chulo planteando objeciones yo me escondo detrás de mi director y él se encarga de defenderlos. Es como el primo de Zumosol.

Cicerón dijo que la discusión fortalece la agudeza, en mi caso fortalece más bien mi instinto de supervivencia y me busco las mañas para cubrirme bien las espaldas. Si no hay más remedio que discutir, discuto, pero lo hago con buenos aliados que me aseguren la victoria.

Aunque yo sigo pensando que la única manera de ganar una discusión es evitándola. Prefiero que digan de mí ‘aquí huyó como una cobarde’ a ‘aquí murió como una valiente’. De momento no pienso huir pero tanta discusión me está soliviantando, quizás cuando termine la tesis pueda conseguir un puesto en uno de esos programas de televisión donde se ponen a discutir gritando todo el rato, con lo que la próxima vez que me pregunten para qué sirve mi tesis podré contestar:

- Para ser tertuliano en "Sálvame" o en "Jugones".

Tanto sufrimiento para acabar así. ¡Madre mía, qué depresión!


18 de marzo de 2017

La hija de Cayetana

María Teresa de Silva Álvarez de Toledo XIII duquesa de Alba de Tormes es la protagonista de esta novela, o una de ellas pues se puede considerar a este libro como una obra coral dado el gran número de personajes que aparecen, cada uno con su propia historia.
Además de la duquesa también aparece Francisco de Goya, la reina María Luisa de Parma, Godoy y muchos otros más. Con la excusa de una de las muchas peculiaridades/excentricidades de la duquesa -adoptó a una niña de raza negra- Carmen Posadas nos repasa la sociedad española de finales del siglo XVIII, desde el estrato social más bajo de los arrabales al más alto ubicado en los palacios. A lo largo de sus más de cuatrocientas páginas se desgranan los usos y costumbres de aquellos años, las veleidades de la aristocracia y las necesidades del pueblo llano.

Parece ser que la número trece de la casa Alba, al no poder tener descendencia, decidió adoptar y para demostrar su carácter indómito y/o antojadizo lo hizo con una niña de color, María Luz. Una adopción que no dejó de ser un capricho pues a la muerte de la duquesa el ducado pasó a manos de su primo, Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva.
Se hace especial hincapié en la forma de vivir de esta mujer, fuera de convencionalismos; le gustaba provocar haciendo cosas que los aristócratas no hacían, como mezclarse con el pueblo llano. Por lo visto solía vestirse de manola y presumía de castiza. Durante toda la lectura se ven muchos paralelismos -supongo que intencionados- con la última duquesa de Alba, que también gustaba de ir a las fiestas populares. 
Aunque ese casticismo del que presumía la de Alba no era más que una impostura; puede que asistiera a verbenas y comiera churros, pero la vida, la de verdad, la tenía en sus palacios rodeados de lujo. Esa supuesta rebeldía en realidad era una forma encubierta de la frivolidad y el desapego que caracterizó a la aristocracia en el siglo XVIII y que en el país al otro lado de los Pirineos la convirtió en carne de guillotina. 

A través de personajes históricos y ficticios la autora nos cuenta muchas historias, no solo la de Cayetana. Entre los personajes ficticios se encuentra Trinidad, la madre biológica de María Luz y que tiene su propia historia llena de aventuras y desventuras y que bien podría haber dado lugar a una novela propia. 
Todas estas historias están salpimentadas con multitud de curiosidades como la colección de arte erótico de Godoy, los líos amorosos de la reina María Luisa, o la existencia de esclavos en España. Pero, aunque el estilo literario de Carmen Posadas es muy bueno, lleno de matices y con mucho sentido del humor, tanto personaje y tanta historia llegó a abrumarme. 
Además hay algunos cambios de ritmo que me llegaron a desconcertar: llega a relatar escenas con gran abundancia de detalles para luego contar en un par de párrafos otras donde hay más acción. 
En resumen, una novela entretenida a la que le sobran páginas y que se puede tolerar por estar muy bien escrita.



14 de marzo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (IX)

La versión interminable



En una publicación anterior de este diario tan particular confesé cuánta aversión me produce la palabra “cita” (Y eso, ¿quién lo dice?). Hoy traigo otra que me produce escalofríos: “versión”.

Los diferentes apartados de los que consta una tesis se escriben por separado para que luego sean revisados por los directores. Como cabría esperar siempre tienen algo que corregir, de manera que un fichero tiene varias copias con modificaciones, es decir hay varias versiones del mismo texto.

Y aquí entra en juego una cualidad muy importante para escribir una tesis: tener muy claro por qué versión va uno; de lo contrario, la tragedia está servida.

Ya he comentado en otra publicación que yo tengo tres directores (Con tres basta) por lo que cuando envío un texto para su corrección recibo tres documentos con los respectivos comentarios. Después de intentar ajustar esas tres versiones corregidas envío la nueva versión a mis directores. Estos vuelven a corregir y a comentar y yo vuelvo a ajustar –y a desesperarme–. Cabría esperar que a la segunda o a la tercera tanda de correcciones la cosa ya estuviera terminada, pero no. Este proceso puede acabar en un bucle donde el número de versiones corregidas tiende al número n (el número n representa a cualquier número, por lo general el último número de una sucesión muy larga).

Esto se traduce en que se van acumulando varias copias con diferentes modificaciones del mismo texto y si uno no anda avispado la puede liar parda porque un error de etiquetado se traduce en corregir lo ya corregido o en escribir sobre una versión antigua donde no están incluidos cambios posteriores.

Una de las peores frases que un doctorando puede oír de su director es:

–Pero esto ya lo habíamos cambiado, ¿por qué vuelve a estar mal?

Cuando a mí me dicen esa frase, en mi cabeza suena la música de la película Psicosis, esa que se oye cuando atacan a la chica en la ducha.


Para evitar errores de este tipo hay varias maneras de marcar los ficheros, cada una tiene sus pros y sus contras:

§ Utilizar la fecha en que se escribe el texto. Esta táctica para mí no es muy útil porque al tener tres directores y como no se coordinan a la hora de reenviar los ficheros si me los mandan el mismo día puede dar lugar a confusión. Además, comprobar cuántos días van pasando –si comparo la fecha del primer fichero con la del último– me agobia mucho y me pone muy nerviosa.

§ Emplear las iniciales de quien lo escribe al lado de la fecha. Para evitar el inconveniente del punto anterior en cuanto a la autoría de quien corrige el texto esta técnica puede resultar eficaz, no obstante sigue teniendo la misma pega en cuanto al agobio de ver las fechas y comprobar cuántos días transcurren sin llegar al final.

§ Poner un número de orden delante del nombre y poner las iniciales de quien lo ha escrito al final. Esta técnica es la que solía utilizar al principio. Era aséptica porque al no venir fecha no se es tan consciente del paso del tiempo (y del poco avance de la tesis) pero deja de ser útil en cuanto a serenidad cuando las versiones sobrepasan el número 10. No viene la fecha pero no hace falta ser especialmente pesimista para reconocer que si se han escrito más de diez versiones corregidas es que la cosa no va bien.

Por eso, ahora utilizo otra técnica que yo llamo de autoayuda y que consiste en añadir un mensaje positivo después del nombre del fichero. Por ejemplo:

MaterialYMétodos Versión Casi Final.docx
MaterialYMétodos Final.docx
MaterialYMétodos Definitiva.docx
MaterialYMétodos Esta Sí Que Sí.docx
MaterialYMétodos Venga Que Esta Es La Buena.docx
MaterialYMétodos Como Esta No Valga Me Corto Las Venas.docx

Pero esta técnica también tiene un inconveniente, y es que Word no sabe de autoayudas ni de estados de ánimo y clasifica los ficheros por orden alfabético, por lo que para saber cuál es el último texto escrito hay que recurrir a la fecha de creación, provocando en mí el efecto agobio que ya he mencionado y que tan arraigado tengo últimamente.


Otra cosa de la que tengo varias versiones es la copia de seguridad. Es tal el pánico que me entra solo de pensar que mi portátil se estropee, y se pierda toda la información de la tesis, que suelo copiar todo en varios sitios. Para tal efecto tengo un disco duro externo, pero también guardo todo lo referente a la tesis en un pen-drive, en un disco virtual y ahora estoy pensando en pedirle a mi vecino de abajo que me permita almacenar en su ordenador una de dichas copias. Por si acaso.

Estas copias también deben ser debidamente etiquetadas pues si se quiere recuperar algo que se borró o perdió accidentalmente hay que saber a qué versión hay que ir a buscar. Suelo poner la fecha como dato informativo; un dato bastante inútil en cuanto a información pues saber la fecha me sirve de bien poco ya que cuando pierdo un fichero no suelo acordarme de cuándo era y en el caso de que me acuerde siempre es, por pura Ley de Murphy, de un día del que no hay copia de seguridad.

De momento aquí estoy con todas estas versiones, esperando la definitiva VERSIÓN FINAL, la que se enviará a la imprenta y quedará registrada, la versión válida y la incambiable. Pero mientras esa quimérica Versión Final llega yo tengo en la cabeza varias versiones de MI final, de DÓNDE voy a acabar YO:

Versión 1:En la planta de Cardiología de un hospital.
Versión 2:En la planta de Neuro Psiquiatría de un hospital.
Versión 3:En la planta de enfermos peligrosos de un manicomio.
Versión 4:En un penal, por masacre indiscriminada.
Versión 5:En un convento de clausura.
Versión 6:En una secta.

    Estoy pensando cuál de todas me gusta más y no me entusiasma ninguna. Creo que tendré que seguir corrigiendo y versionar más.


Kirke


6 de marzo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (VIII)

Dime a quién admiras y te diré con quién andas(*)


     Quien más quien menos tiene ídolos que admirar. Todos tenemos nuestras aficiones y el que destaca en ese campo se convierte en objeto de admiración.

    Un poeta francés del siglo XIX (Theophile Gautier) dijo que admirar es amar con la mente. Pero un escritor español del Siglo de Oro (Baltasar Gracián) dijo que la ignorancia es la madre de la admiración. Según el DRAE, admirar es “tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios” pero no entra en calificaciones sobre el admirador.

    El caso es que yo en esto de la investigación científica tengo varios personajes a los que admiro y por los que siento un gran respeto, no sé si porque tengo una mente que ama (si hacemos caso a Gautier) o porque soy tonta de capirote (si hacemos caso a Gracián).

    Algunas de estas personas admiradas por mí ya fallecieron y están en el firmamento brillando con más estrellas, pero otras aún caminan entre nosotros y, aunque para mí son igualmente de inaccesibles que si se tratara de espíritus inmateriales, puedo disfrutar de su sabiduría en vivo y en directo acudiendo a conferencias o simposios en los que participan y a los que yo puedo asistir como espectadora.

    Pero mi admiración siempre es 'desde lejos' y muy moderada. No soy nada mitómana. No me gustan los autógrafos ni los selfies con el personaje admirado. No niego que me encantaría departir ante un café con alguno de mis mitos científicos, pero soy consciente de mi insignificancia y de la alta probabilidad de poner de manifiesto, en el caso de que se diera esa circunstancia, cuán lejos estoy del nivel alcanzado por el admirado ídolo y de quedar como lo que soy, una ignorante (y de paso darle la razón a Baltasar Gracián).

    Así que admiro a mis ídolos desde la distancia.

    En cierta ocasión asistí a una conferencia de uno de ellos con motivo de una Convención de la Estrategia NAOS (Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad). El lugar de la conferencia fue el Ministerio de Sanidad y el ídolo en cuestión era José María Ordovás. Para quienes no se muevan en el ámbito de la nutrición aclararé que este señor es un prestigioso investigador, pionero en nutrigenética y nutrigenómica, respetado mundialmente como uno de los pilares más importantes de este campo. Es decir, Ordovás es a la nutrición lo que Cristiano Ronaldo (o Messi, según los gustos) al fútbol, solo que con bastante más intelecto y con una conversación mucho más interesante que la de los futbolistas (y que me perdonen los futboleros).


    Además, el profesor Ordovás es amigo de mi director número UNO y cuando éste supo de mi asistencia a una conferencia de su colega me pidió que le transmitiera recuerdos de su parte; algo que yo no hice, primero porque era materialmente imposible acercarse a más de diez metros del reputado profesor pues estaba escoltado por todos los gerifaltes del Ministerio y porque, ya lo he dicho, yo admiro a mis ídolos desde la distancia, lo que me impide aproximarme y ponerme a hablar con ellos.

   Pero de lo que yo realmente quiero hablar hoy es de la “admiración por transferencia”. Porque esta tesis me está trastornando, pero también está trastornando a mi círculo más cercano. En el caso que nos ocupa, está afectando a mi media naranja. 

    Puede que sea cierto eso de “dime con quién andas y te diré quién eres” o puede que tengan razón quienes dicen “dos que duermen en el mismo colchón son de la misma opinión”, o simplemente que “todo se pega menos la hermosura”. El caso es que mi querido consorte también admira, por ósmosis, por amor o por la matraca que le doy todos los días con la puñetera tesis, a los mismos personajes. 

   Hace un par de semanas y con motivo de unas jornadas de alimentación saludable en el grupo empresarial del que forma parte la empresa donde trabaja mi marido, José María Ordovás dio una conferencia. Cuando mi esposo me oyó hablar de Ordovás con la admiración que le tengo, y que se merece, no lo dudó un instante y decidió acudir con varios compañeros a los que también les convenció mi idolatría.

    El caso es que yo le pedí, bromeando y recordando la petición de mi jefe en aquella otra conferencia a la que yo asistí, que le diera recuerdos. Todo era una broma pero mi consorte, que cuando quiere me hace caso, ni corto ni perezoso intervino en el turno de preguntas y se los dio, ya de paso hasta me citó a mí. Cuando por un chat del móvil me lo contó creí que me estaba vacilando y devolviéndome la broma.

   Salí de mi error cuando unos minutos más tarde me envió por el mismo chat un selfie con el susodicho profesor. Pasmada me quedé. 

    Además, como el selfie no salió muy bien de nitidez los compañeros de mi marido hicieron varias fotos cual si de un photocall se tratara. ¡No me lo podía creer!



   Se podría decir que, en este caso, mi querido cónyuge aceptó mi admiración como parte de los bienes gananciales que se adquieren en el matrimonio, asumiendo su parte con valentía y arrojo.

   Tengo muchos ídolos lejanos y distantes a los que admirar, personas que son un referente profesional, personas a las que tomo como ejemplo a seguir en mi carrera. Pero, también, a mi lado tengo a mucha gente que sin ser famosa, ni tener un curriculum llamativo, bregan conmigo el día a día, me aguantan, me soportan y me animan constantemente; eso sí que es para admirar. 

    A todas esas personas las admiro de verdad, por su paciencia y su inestimable compañía. A todas ellas las admiro y además las quiero, con la mente y con el corazón. Muchos de los que esto están leyendo forman parte de ese grupo: sois admirables.



Dime quién te admira y te ama, y te diré quién eres.
 Antoine de Saint-Exupery.


(*) Esta publicación está dedicada a mi admirada media naranja: Jose.



1 de marzo de 2017

La pregunta de sus ojos


   Después de varios meses en el dique seco, este barco maravilloso que tengo el honor de tripular con una excepcional marinera, Chelo, vuelve a navegar. 

   En esta ocasión se trata de una novela/película recomendada por nuestro compañero y amigo, Francisco Moroz:

La pregunta de sus ojos, novela escrita por Eduardo Sacheri
El secreto de sus ojos, película dirigida por Juan José Campanella (Reseña de Chelo)


    Benjamín Chaparro es prosecretario de un juzgado de instrucción y está a punto de jubilarse. Esta situación le atemoriza pues siendo un hombre solitario el trabajo es el único motor que le hace levantarse todas las mañanas. Ahora, y ante la perspectiva de tanto tiempo libre, tiene miedo. Miedo al vacío, a dejar de ser útil, a convertirse en nada.

   Ante este panorama tan poco alentador surge una idea en su mente: rescatar del recuerdo un caso que tuvo que atender en el juzgado más de treinta años atrás. Decide escribir sobre ello y utilizar la memoria trasladada al papel como catarsis pues aquel suceso le marcó para siempre.

   En 1969 una mujer aparece muerta y violada. El caso recae en el juzgado de Chaparro y a él le toca la instrucción del caso. Durante las indagaciones trabará contacto con el marido de la víctima, Ricardo Morales, y aunque no es la intención del prosecretario, la fuerza de carácter del viudo hará que Chaparro establezca un vínculo especial con este personaje, un individuo que al perder a su esposa lo ha perdido todo, hasta la razón de vivir; solo le mantiene el deseo de justicia pero ni eso se le concede. Morales es un sujeto que está más allá de cualquier daño, no por sentirse a salvo, sino por haber sucumbido.

"El tiempo pasa más lento para los que padecen, y la angustia y el sufrimiento marcan la piel con signos definitivos"

   Durante la investigación saldrán a la luz rencores, venganzas y corruptelas que salpican los juzgados de una Argentina que se sumerge sin remisión en una de las épocas más oscuras y llenas de oprobio de su historia. Estamos en los años setenta donde los militares, con total impunidad, hacen y deshacen eliminando a cuantos se oponen a sus tejemanejes, haciendo del miedo su mejor herramienta para gobernar. Esta tesitura es el caldo de cultivo perfecto para que crezca la peor ralea y los más abyectos crímenes queden sin castigo; al menos sin castigo oficial.

"Todos somos cobardes, solo es cuestión de que nos atemoricen lo suficiente"

   Sin embargo, a pesar de todo, siempre hay valientes anodinos que se oponen al orden establecido, por mucha presión y amenazas que sufran, y con tenacidad siguen buscando la verdad y la justicia, o lo que ellos entienden por justicia. Cada uno a su manera y según sus capacidades intenta seguir el camino que su conciencia le dicta.

   Cabría esperar, y a tenor de lo ya contado, que esta es una novela policíaca. Hay un asesinato, y se busca a un asesino. Pero no lo es. Porque todas las novelas policíacas suelen terminar cuando se prende al criminal. Por lo general, no sabemos qué pasa después de capturar al homicida. Aquí sí, la historia continúa y nos cuenta qué puede ocurrir una vez resuelto un caso. O lo que ocurre después de haber resuelto este caso. 

   Porque pasan muchas más cosas y porque todo lo que ocurre después hará de Chaparro una persona distinta, tanto que, muchos años después y ya jubilado, escribe toda la verdad para que su conciencia no olvide y para que el lector sepa cuánto puede hacer un ser humano cuando se le lleva al límite, cuando las instituciones no responden, cuando uno mismo se ve obligado a tomar la iniciativa y resolver temas pendientes.

   La novela utiliza un ritmo muy bueno, con ciertos tintes de ironía y de humor negro el autor define muy bien los entresijos de la justicia argentina. La descripción de los personajes es estupenda, llena de matices que van más allá de los rasgos físicos. 

   Confieso que he tenido algunos problemillas a la hora de entender ciertas expresiones típicas del país donde se desarrolla la acción, pues utiliza en ocasiones un lenguaje coloquial que a mí, castellana de pura cepa, me ha costado comprender: ‘chapalear’, ‘redoblante’, ‘bolsillear’, ‘estar al pedo’, ‘volarse los patos’, son algunas de estas expresiones que solo por el contexto he conseguido medio entender.

   Pero, con todo y con eso, me ha encantado el estilo narrativo. Sacheri escribe muy bien y mantiene la intriga hasta el final revelando la verdad oculta de ese caso tan importante en la vida de Benjamín Chaparro, aunque un poco antes de llegar a esa revelación yo ya me la imaginé por lo que en ese aspecto no fue tan sorprendente como cabría esperar.

   Lo que sí me resultó sorprendente fue el porqué del título, hasta el final tampoco se explica y la verdad es que nunca hubiera imaginado ni la pregunta ni a quién pertenecían los ojos que la hacían. Ahí sí que fui sorprendida.

"La brevedad o la prolongación de la vida de un ser humano depende del caudal de dolor que esa persona se ve obligada a soportar"







25 de febrero de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (VII)

Peer-review: el poder en la sombra


La expresión peer-review se utiliza cuando en el ámbito académico se habla coloquialmente (y también cuando se habla en inglés) del proceso de arbitraje que sufre todo artículo científico antes de ser aceptado para su publicación.

La traducción literal sería “revisión por pares” y lo de "pares" se debe a que el texto a evaluar es revisado por otros científicos de igual o superior categoría que el autor del artículo en cuestión. Es decir, varios colegas, que trabajan en campos similares, deben leer y dar el visto bueno al artículo. Lo de “colegas” ya lleva mucha retranca porque si uno se piensa que por ser un compañero de área de investigación va a ser más comprensivo está muy equivocado. Además, en mi caso, ya os digo que todos los revisores son de superior categoría a la mía por lo que, además, eso de “par” me suena un poco a choteo.

El caso es que estos señores, también llamados referees, tienen en sus manos el poder de dar luz verde a un artículo, encumbrándolo al Olimpo de los artículos publicados, o mandarlo a la papelera de la editorial en cuestión, sumiéndolo en el más oscuro ostracismo.

Se habla mucho del cuarto poder (el de los medios de comunicación) o de la importante influencia de los grandes lobbies que manejan los hilos de la economía mundial. Sin embargo muy pocos conocen el poder absoluto que ejercen los referees de artículos científicos.

Una de las características de estos señores (y señoras) es el completo anonimato con el que actúan, y en el que se escudan. Cuando mandan sus críticas a los autores de un artículo nunca se identifican, algo que les viene muy bien a muchos pues así aprovechan para poner de vuelta y media a quienes firman dichos artículos (o a su trabajo, que viene a ser lo mismo).

Muchas de las opiniones que vierten para calificar el trabajo revisado dejan bastante que desear en cuanto a ecuanimidad e imparcialidad. Las escabechinas que realizan dejarían en mantillas a algunas masacres bélicas -metafóricamente hablando, claro- ya que algunos comentarios de estos colegas no es que sean implacables, son auténticas sentencias de muerte (investigadora).

Es posible que cuando los comentarios no son elogiosos el criticado se lo tome por lo personal y puede que vea ofensas donde no las hay, pero al leer alguna de estas observaciones recibidas una servidora ha llegado a pensar:

 Yo a este tío le debo dinero o algo así, denoto cierta animadversión hacia mi persona. ¡Qué manía me tiene!

Y es que, si bien el anonimato se mantiene para los revisores, no lo hay para los autores. Es decir, yo no sé quién me está evaluando pero quien me evalúa sí sabe quién soy yo. Esto, a mi modo de ver, deja en clara desventaja al evaluado pues al defenderse no sabe muy bien hacia dónde dirigir sus tiros (ni a la madre de quién mentar).

La que esto escribe ha recibido muchas críticas negativas y demoledoras -unas veces con razón, otras no tanto- incluso me han llegado a rechazar un manuscrito sin tiempo material para leerlo. En esta ocasión en concreto estoy segura de que simplemente contaron los (pocos) asteriscos de las tablas y tomaron la decisión de mandarme a la porra.

Los comentarios de los referees suelen ir acompañados de consejos. Consejos que son más bien órdenes, -a ver quién es el guapo que les dice que no- y cuando leo las objeciones a mi trabajo me afano con obediencia espartana en enmendar esos fallos -que muchas veces no son tales pero para los revisores sí y yo les hago caso porque me dan mucho miedo-. En raras ocasiones, y ante la absoluta falta de razón del revisor, me niego a seguir las pautas recomendadas, pero esto siempre que lo hago va acompañado de palpitaciones, sudoración fría y falta de aire, es decir, bajo un auténtico ataque de pánico.


A pesar de todo, se puede dar el caso de que esas modificaciones, una vez seguidas al pie de la letra y con disciplina militar, al final no son suficientes y después de trabajar durante muchas horas para adaptar el artículo a los gustos y/o criterios de los referees, estos, en un alarde de refinada crueldad, decidan rechazar finalmente el artículo en cuestión. Es en estas ocasiones cuando me doy cuenta de la facilidad que tengo para renegar en varios idiomas y acordarme de toda la parentela -la viva y la muerta- de los revisores de marras.

También en estas ocasiones doy gracias por el anonimato en el que se encuentran estos sujetos, de lo contrario ya contaría en mi haber varios delitos tipificados por el Código Penal con muchos años de cárcel.

A lo largo de la Historia se ha especulado mucho sobre cómo podría ser el infierno. Unos lo describen como un lugar en llamas donde los penados sufren el martirio eterno de quemarse a fuego lento; otros lo definen como la nada absoluta donde el condenado queda relegado al olvido. 

Yo me imagino el infierno lleno de revisores de revistas científicas. En lugar de llamas que me queman y me causan dolor, me lo figuro con miles de referees exigiéndome montones de aclaraciones, cambios en las tablas, añadir más citas bibliográficas y muchas cosas más para luego, en medio de estentóreas carcajadas, decirme que no les gusta el artículo y que no lo van a publicar.

Eso sí que es una tortura y no las quemaduras de tercer grado de las llamas eternas.

Tanto miedo me da que exista un infierno así que he prometido portarme bien durante esta vida para evitar sufrir ese suplicio en la otra.

Kirke

Anteriormente en "Doctoranda al borde de un ataque de nervios":

19 de febrero de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (VI)

Y esto, ¿para qué sirve?


Es habitual que a los científicos se nos entienda poco fuera de nuestro círculo. Tendemos a utilizar un lenguaje demasiado técnico que resulta incomprensible para quienes no se desenvuelven en nuestro mismo campo de acción.

Yo procuro no utilizar terminología muy específica cuando me relaciono con “gente normal” pero, a veces, es inevitable y es entonces cuando empiezan a mirarme con caras raras.

Cuando me preguntan de qué va mi tesis intento explicar lo más sencillamente posible en qué consiste y no sé si es porque no lo hago bien (lo de explicar), porque el tema resulta interesante o porque mi interlocutor es muy educado, el caso es que, invariablemente, después de esa primera explicación me hacen la misma pregunta:

 Y eso ¿para qué sirve?

Creo que esa pregunta es muy habitual que se la hagan a los científicos los que se encuentran fuera del ámbito científico. Es habitual y perfectamente lógica. Una línea de investigación puede ser muy interesante pero si no tiene una aplicación tangible como que no resulta útil.

El caso es que ese pragmatismo no se le exige a otras ramas del conocimiento. Yo nunca he oído preguntar a un filósofo para qué sirve una determinada línea de pensamiento. Y eso que se ahorran (los filósofos) porque creo que más de uno se vería comprometido para encajar determinados conceptos en la vida real. Ante muchas de las aseveraciones filosóficas yo me pregunto qué utilidad tienen en el día a día, es más, y dada mi ineptitud con la filosofía, me pregunto qué quieren  decir exactamente.

 Ojo, que con esto no estoy diciendo que la filosofía no sea necesaria, todo lo contrario, pero a los filósofos creo que se les trata más benévolamente que a los científicos.


Pero volvamos al caso que nos ocupa: mi adorada tesis. Cuando me preguntan para qué sirve lo que estoy haciendo se me vienen muchas respuestas a la cabeza.

La primera, y supongo que la que en realidad quiere conocer el demandante de la información, es la aplicación real de tanto experimento. Podría ponerme técnica pero voy a contarlo con un lenguaje llano y sin entrar en detalles: a individuos con unos kilos de más y con el colesterol elevado se les hizo comer salchichas y patés con una composición grasa mejorada y se miró qué pasaba con su colesterol después. Si les baja el colesterol, y otros factores de riesgo cardiovascular, eso quiere decir que esos patés y  salchichas son estupendos.

Esta sería la primera (y simple) respuesta. Pero yo tengo bastantes más para explicar la utilidad de mi tesis. Aquí van unas cuantas.

1- Para comprobar qué riqueza tiene nuestro idioma y qué variedad de expresiones hay para decir lo mismo.

Entre muchas de las cosas que tuve que realizar en la fase experimental estuvo el análisis de la dieta de los individuos a estudiar. Durante semanas volqué en un programa informático los datos sobre los alimentos ingeridos en varios días que previamente me habían puesto en unos cuestionarios.
 
En aquella ocasión descubrí cuántas maneras diferentes tenemos los seres humanos para expresar lo mismo. Por ejemplo, ‘un café cargado’, ‘un cafelito largo de café’, ‘un café fuerte’, ‘un buen café’ o ‘un café como Dios manda’, son diferentes formas de decir lo mismo, siempre y cuando el tamaño de la taza donde se toma sea igual.

 Otro ejemplo sería la cantidad de nombres distintos que tienen diferentes pescados según la zona donde se pesquen y según el lugar de donde es oriundo el que se los come: quisquilla (camarón), zapata (dorada), furagoña (lubina), sapo (rape) –este me asustó mucho porque comerse un sapo me pareció una gran insensatez, clavudo (rodaballo), parrocha (sardina), choco (sepia), etc. Cuando terminé de trasvasar todos los datos ya tenía un máster en ictiología.

Pero el que se llevó la palma en cuanto a contar las cosas a su manera fue uno que me puso ‘un cuenco de verdura, trituradita, trituradita’. Después de hacerme cábalas sobre si sería menestra o puré de verdura (no sabía cómo clasificar el grado de trituración), decidí preguntar al susodicho y ni en mis sueños más alucinantes hubiera esperado la respuesta que recibí: gazpacho.

2- Para utilizar la psicología como terapia suplementaria.

Un estudio de intervención nutricional –así se llama lo que he hecho en la tesis– requiere una interacción con los individuos a estudiar (y a intervenir). A lo largo de cinco meses estuve entrevistándome con los sujetos que participaron en el estudio.

En las entrevistas, donde además tomaba otros datos, me encargaba de dar instrucciones para que el estudio se realizara adecuadamente. Yo puedo llegar a ser muy pesada y les largaba unas charlas de mucho cuidado. Ellos lo tomaban como un signo de dedicación pero aquí confieso que me movía el puro egoísmo: si el estudio salía mal, mi tesis no tendría futuro.

La confianza que puede trasmitir un profesional (en el campo que sea) es importante. Si te muestras seguro de lo que haces quien está recibiendo la atención también se muestra confiado. Cuando los voluntarios salían del despacho con sus productos cárnicos debajo del brazo les había dado tal chapa sobre lo bueno que iba a ser –esto lo hacía para que se lo comieran todo y no me fastidiaran los resultados que salían con una creencia absoluta sobre la efectividad de esos productos de manera que ya les estaban bajando los niveles de colesterol solo de pensarlo.

El efecto placebo siempre es una variable a tener en cuenta en este tipo de experimentos pero en mi caso, y por pesada, creo que fue mayor de lo habitual.

3- Para establecer relaciones de amistad insospechadas.

A lo largo de la realización de esta tesis he creado vínculos de afectividad, mi círculo de amistades se ha ampliado. He conocido a compañeros maravillosos que me regalaron su apoyo y su experiencia. Pero con quien realmente mantuve una estrecha relación fue con la Arilesterasa.

La Arilesterasa(*), aunque pueda parecer el nombre de un personaje de zarzuela, es el alias de una enzima, la Paraoxonasa (PON1 para los amigos). Para los legos en la materia aclararé que las enzimas son catalizadores biológicos que regulan reacciones bioquímicas.

Con esta enzima llegué a convivir durante más de tres meses –los que tardé en medirla en las muestras de sangre recogidas en el estudio– y tanto tiempo pasado en el laboratorio a solas con ella creó una singular amistad.

Como toda amistad que se precie tuvo altibajos y momentos de desencuentro. Recuerdo los días amargos en que ella se mostraba esquiva y no quería manifestarse, dándome unas gráficas planas donde no había signos de actividad enzimática y entonces yo le preguntaba toda compungida dónde se había metido y por qué me castigaba con el desprecio de su silencio. Pero luego venía la reconciliación y ella, ya superado el momento de enfado, se mostraba activa regalándome unas curvas hiperbólicas que me alegraban el día y me hacían volver a casa con una sonrisa en la cara.

De aquella bonita amistad salieron unos resultados con varias ‘p’ de tres asteriscos.
¡Qué maja mi amiga la Arilesterasa!

Curva de cinética enzimática

En fin, que la realización de esta tesis dio para más de lo que se pensaba en un principio, o puede que haya sido yo con mi manía de buscarle siempre tres pies (o cinco) al gato la responsable de tanto efecto colateral.  Quizás estas nuevas, e inesperadas, utilidades podrían servir para realizar otros estudios y la próxima vez que me pregunten para qué sirve mi tesis yo conteste:

 Para hacer otra tesis.

Puede que sí pueda hacerse otra tesis, pero lo que es seguro es que no seré yo quien la haga. Con esta que me traigo entre manos ya tengo para cien vidas.





(*) Arilesterasa es una de las tres acciones enzimáticas de la enzima paraoxonasa.
Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores