15 de enero de 2018

"Cien años de soledad"-Gabriel García Márquez

A estas alturas todos conocen la novela “Cien años de soledad”. El que aún no la haya leído –no sé a qué espera porque se pierde una gran obra– sí habrá, al menos, oído hablar de ella. Esto más que una reseña será un repaso de las maravillas que se encuentran dentro de sus páginas así como la expresión de las múltiples sensaciones que sus reiteradas lecturas me han proporcionado. También voy a contar mi relación amor-odio con García Márquez.

Para empezar, hay que reconocer que el libro es “rarito”. De hecho, la primera vez que lo leí fue en el instituto y por imperativo de mi profesora de Literatura. En aquella ocasión su lectura supuso un auténtico martirio para mí. Recuerdo que le tomé ojeriza a García Márquez y según iba leyendo las vicisitudes de la familia Buendía pensaba que el autor había escrito esa delirante historia bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena.

En aquella ocasión tomaba contacto por primera vez con el realismo mágico y la experiencia fue muy negativa. El que suspendiera el examen sobre el análisis del libro no ayudó a mejorar mi opinión sobre este género literario en general y sobre García Márquez en particular.

Con todo y con eso seguí leyendo a don Gabriel.  Por desgracia, la obra elegida fue “El otoño del patriarca” y, otra vez, no disfruté con su lectura, por lo que seguí convencida de que García Márquez y yo no nos llevábamos bien.

Años después leí, un poco a regañadientes, “Crónica de una muerte anunciada”. Fue tal la admiración que se despertó en mí hacia García Márquez por la manera tan magistral de desarrollar un argumento —al inicio nos cuenta el final y aun así uno está deseando terminar el libro para saber cómo acaba— que decidí dar una segunda oportunidad a la primera obra famosa de este autor.

En aquella segunda lectura de “Cien años de soledad” la impresión fue diametralmente opuesta a la de la primera vez. Disfruté muchísimo y tras terminar la novela me convertí en una rendida admiradora del escritor.

¿Cómo se puede percibir un libro de maneras tan distintas? Creo que la razón estriba en el momento y la situación, anímica y de madurez mental, del lector. Es la prueba evidente de que cada libro tiene un momento para ser leído.

El año 2018 lo he empezado leyendo por tercera vez esta novela. Quería iniciar mi año lector con una buena lectura y aposté sobre seguro. Esta nueva lectura me supuso el reencuentro con personajes que ya son entrañables para mí. 


Aunque la historia arranca con la fundación de una población, Macondo, por obra de un hombre, José Arcadio Buendía, la que realmente sostiene a la familia por más de cien años es una mujer, Úrsula Iguarán. La matriarca es el pilar fundamental de los Buendía, y quien logra con su sabiduría ancestral e intuitiva mantener la continuidad de una estirpe. Un linaje prolífico y algo embrollado por la repetición de los nombres.

José Arcadio Buendía, el primero —habrá tres más con el mismo nombre—, es un hombre tenaz, resolutivo pero ensimismado en su búsqueda del conocimiento, hasta volverse loco. 

Otro José Arcadio, el segundo de la estirpe, impulsivo y emprendedor, recorre mundo pero vuelve a Macondo. 


Aureliano, el coronel —y mi personaje preferido— es bueno para la guerra pero está incapacitado para el amor; inicia más de treinta guerras y todas las pierde, sus hombres le siguen, es un hombre carismático pero está solo.

“Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo”

“Cuídate el corazón, Aureliano. Te estás pudriendo vivo”

Arcadio sigue los pasos de su tío y también ingresa en la milicia, al igual que su primo Aureliano José, pero ninguno puede evadir el destino trágico que acosa a los Buendía. 

Aureliano Segundo se sumerge en una vida de placeres y fiesta que no consigue hacerle escapar de la soledad a la que están todos los Buendía abocados. Porque el telón de fondo de esta familia es la soledad. Algunos personajes la asumen y aprenden a convivir con ella, otros se rebelan inútilmente para sucumbir de igual manera. 

José Arcadio, el cuarto que aparece por la novela, está destinado a ser Papa, pero la tragedia de la familia tampoco le es esquiva y su destino se ve truncado.

Otro Aureliano, el penúltimo de la estirpe, se oculta en un cuarto durante decenios estudiando mapas y manuscritos, pero la vida le hace salir de allí, de su refugio y así enfrentar, una vez más, el destino de los Buendía.


Puede que en los personajes masculinos se centre casi todo el argumento, pero el papel de los personajes femeninos es decisivo en los desenlaces. Ellos son los orgullosos que pelean ciegamente, huyen, vuelven, van de un lado a otro; pero ellas son las que mantienen una tenacidad insensata pero contumaz que asegura la supervivencia.


Además de Úrsula, la matriarca, otras mujeres intervienen en la historia de los Buendía.

Amaranta, con un miedo irracional a su propio y atormentado corazón, ama a quien no la ama y es amada por quien ella no puede amar. Ella misma teje su propia mortaja, anunciando que morirá el día que la termine.

Rebeca, llega a Macondo portando los huesos de sus padres en un saco y también  una enfermedad contagiosa: la peste del insomnio que trae de la mano el olvido. 

Pilar Ternera, ha perdido en la espera la fuerza de los muslos y el hábito de la ternura, pero conserva intacta la locura del corazón. Capaz de dar amor a dos de los Buendía, e hijos también; unos niños que serán primos y hermanos a la vez.

Santa Sofía de la Piedad, con la rara virtud de no existir por completo sino en el momento justo. La etérea y bella Remedios que un día desaparece levitando entre las nubes.

La inflexible Fernanda del Carpio, su firmeza para preservar la familia precipita el final de la misma. Renata Remedios, que asume su trágica fortuna cuando decide enamorarse. O Amaranta Úrsula, la más liberal y vital, pero que tampoco se sustrae a su sino.


Pues el destino de la familia Buendía es la desaparición. El principio del fin se da tras cuatro años, once meses y dos días de lluvia. La aniquilación irá acompañada del olvido y con él la extinción total. Porque tras el olvido vienen las dudas y la creencia de que el pasado es mentira.

“La memoria no tiene caminos de regreso, toda primavera antigua es irrecuperable, y el amor más desatinado y tenaz es de todos modos una verdad efímera”

Por último, acabaré mi homenaje a esta obra excepcional, transcribiendo el inicio del libro y que para algunos, entre los que yo me encuentro, ya es todo un referente:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.


NOTA: Todas las imágenes corresponden a la edición ilustrada por Luisa Rivera.


11 de enero de 2018

Malditos bichos


Relato presentado al “Amigo invisible literario” y al que hago alusión en la publicación Concursos y despistes.

—¡Malditos bichos! No me podía haber tocado otro proyecto. De tres posibles trabajos me tuvo que caer el único que no me gustaba, el de los insecticidas. ¡Qué voy a contar yo sobre insecticidas si a mí no me pican los mosquitos!

De esta manera Ariadna iba rezongando por la Rambla del Carmelo. Tan solo hacía dos meses que había terminado el grado de publicista y ya estaba trabajando en una reputada agencia de publicidad. Con su flamante título bajo el brazo se presentó a una entrevista de trabajo y, para su sorpresa, la admitieron.

Pero la alegría le duró más bien poco. Como era la última en recalar, y novata, más que apreciar su desbordante ingenio lo que solicitaban de ella eran trabajos de poca monta, como rellenar impresos solicitando permisos de rodaje en la calle para filmar los anuncios que la agencia gestionaba.

Sin embargo, hoy parecía que su suerte había cambiado. La habían convocado a una reunión donde se repartirían tres proyectos nuevos que habían sido concedidos a la agencia. Uno de los proyectos era una petición de la oficina de turismo de Suecia que quería promocionar las visitas a ese país, otro era una campaña sobre la violencia de género y el último era el que Ariadna automáticamente bautizó como el de “los bichos”, un anuncio para una famosa empresa de productos sanitarios entre los que se encontraban unos aerosoles repelentes de mosquitos. 

Cuando Ariadna leyó los resúmenes de las tres campañas se quedó prendada del de la violencia de género. No es que fuera particularmente susceptible al problema —ella nunca había sufrido ese tipo de agresión y ni siquiera conocía a nadie que la hubiera padecido—. Además, Ariadna siempre fue una egoísta porque los problemas de los demás le importaban un bledo; pero a su congénito egoísmo había que añadir otra característica de su personalidad: era una trepa. Por eso hacerse cargo de esa campaña le pareció una estupenda manera de promocionarse. En la actualidad la sociedad está muy sensible con las víctimas de maltrato y seguro que ese posible spot ideado por ella la lanzaría al estrellato en el mundo de la publicidad.

Pero más que lanzarse al estrellato lo que hizo fue estrellarse, porque le tocó hacerse cargo del proyecto de “los bichos”. Tendría que ingeniárselas para cantar las excelencias de una sustancia llamada dietiltoluamida —por Dios, si hasta el nombre ya era repelente— que aplicada sobre la piel ahuyentaba a los mosquitos y sus picaduras.

“El mosquito es vector de enfermedades. Bill Gates presentó en su página personal una lista con los animales más peligrosos para el hombre y el primer puesto lo ocupaba el mosquito con una estimación de 725.000 muertes al año”. Esa era la manera que la empresa insecticida quería justificar la utilidad de su producto y en ese aspecto debería incidir Ariadna, o al menos eso es lo que su jefe quería que hiciera.

—Y a mí qué más me dan las muertes por picaduras, si a mí no me pican yo estoy a salvo —pensó Ariadna haciendo gala, una vez más, de su egoísmo más recalcitrante.

Esta peculiaridad de Ariadna con las picaduras de los mosquitos había sido motivo de bromas por parte de sus allegados. Alguno le había dejado entrever, medio en serio, medio en broma, que si los mosquitos no la picaban era porque la veían como un insecto más pero mucho más grande que ellos y con mucha peor intención.

El mal humor que se apoderó de ella tras salir de esa frustrante reunión la tenía amargada y le había levantado un fuerte dolor de cabeza (o quizás había sido el memorizar el nombre de la sustancia esa). Utilizó la jaqueca como disculpa para largarse de la oficina e irse a su domicilio en el barrio del Carmelo. Quería llegar cuanto antes para tomarse un analgésico y una cerveza fresquita, a ver si así se le quitaba la cefalea y de paso la mala leche.

Su casa se encontraba en lo alto de una cuesta. Dado que su barrio estaba ubicado en la ladera de una colina lo de tener que subir empinadas calles era algo habitual y lógico. Una vez arriba las vistas eran espectaculares pero llegar hasta ahí se hacía muy pesado en algunas ocasiones, como la de hoy en la que un molesto dolor de cabeza no era el mejor compañero para hacer esfuerzos al caminar.

Mientras ascendía sintió un cosquilleo en el pie, algo estaba sobre su tobillo. Levantó la pierna y vio una pequeña arañita que se había entretenido en hacerle cosquillas cerca de la pulsera de su sandalia. 

—¡Qué monada! —pensó, para acto seguido recordar que había visto en un documental de la tele que los arácnidos eran unos depredadores naturales de los mosquitos. Ese recuerdo le trajo a la memoria su contencioso con esos bichos en particular y con todos los insectos en general, por lo que el mal humor volvió con toda su crudeza y se tradujo en un manotazo que lanzó a la arañita a unos pocos centímetros de su pie.

El arranque de furia trajo consigo, a su vez, una punzada de dolor más fuerte en su cráneo y Ariadna lo volvió a pagar con la araña que recibió un pisotón para quedar aplastada contra el pavimento en forma de un puntito negro.

Justo cuando espachurró a la araña creyó ver cómo una sombra negra salía del minúsculo cadáver. También, en ese momento, Ariadna percibió una especie de zumbido a su espalda.

—Bzzz, bzzz.

La publicista se giró rápidamente hacia el lugar de donde procedía el ruido pero no vio a nada ni a nadie. Y esto fue lo que le hizo sospechar, que no hubiera nadie, pues a esas horas de la tarde, aunque ya empezaba declinar el día, lo normal es que hubiera transitando por la rambla más gente y la calle se presentaba inusualmente vacía.

Decidió caminar más deprisa a pesar del dolor de cabeza y de la inclinación de la calle y en este punto advirtió otro elemento extraño: la cuesta tenía escaleras.

—¿Escaleras? —se dijo— ¿desde cuándo hay escaleras en este tramo de la calle?

Miró más detenidamente a su alrededor y comprobó que se encontraba en el carrer Beat Almató, una calle alejada de su domicilio y del itinerario que utilizaba para llegar a él.

—¿Qué demonios está pasando aquí? 

Ariadna pensó que su monumental cabreo unido al terrible dolor de cabeza habían sido la causa de que deambulara sin ton ni son, alejándose de su casa y del analgésico que empezaba a necesitar con urgencia.

Comenzó a descender la calle pero comprobó que le costaba mucho trabajo, más pareciera que estuviera subiendo pues notaba una pesadez extraña en las piernas. Después de dar una veintena de pasos levantó la mirada y, alarmada, constató que había estado ascendiendo en lugar de bajando.

—No puede ser, he girado y me he dado la vuelta, no puedo haber estado subiendo —dijo en voz alta y ya bastante asustada. Mientras esto se decía giró sobre sí misma y en ese giro las escaleras se distorsionaron de manera que no sabía qué tramos eran para ascender y cuáles para descender.

Se sintió como si formara parte de un cuadro de Escher, ese tío que pintaba cosas muy raras, con escaleras que se interconectaban en ángulos imposibles y con una especie de gusanos que no se sabía si subían o bajaban.

Ariadna creyó que la cabeza le iba a estallar, el dolor cada vez era más fuerte y la desorientación que tenía en ese momento le añadía una sensación de vértigo. Se masajeó las sienes con los ojos cerrados y en cuanto los abrió comprobó que se encontraba en lo alto de la empinada escalera. No sabía cómo ni cuándo había llegado hasta allí, porque no era consciente de haberse movido. 

Delante de ella una interminable sucesión de escalones bajaban hasta el inicio de la calle, y a su espalda… no había nada. Creyó que la cefalea le había producido una especie de ceguera selectiva, pero el caso es que tan solo el vacío se encontraba en lo alto de esa alucinante escalinata.

Por si esto no fuera suficiente motivo de confusión volvió a oír el zumbido de los minutos anteriores —o puede que hubieran transcurrido horas, ya que el atardecer se había convertido en noche cerrada—.

—Bzzz, bzzz.

Ariadna se giró otra vez y en esta ocasión le pareció ver arrastrarse algo y que se escondía entre una grieta de un escalón. 

Se dispuso a bajar pero notó que no podía mover los pies. Bajó la vista para ver una sustancia pegajosa que se adhería a sus sandalias. Con mucho esfuerzo consiguió despegar uno de los pies y comprobó que esa sustancia era blanca y al tacto parecía sedosa. 

—Bzzz, bzzz, bzzz.

Esta vez el zumbido era mucho más fuerte y se sentía más cercano. Al mismo tiempo la luz descendió notablemente. La sustancia pegajosa empezó a ascender por sus piernas hasta llegar a la cintura. No podía moverse. 

—Bzzz, bzzz, bzzz.

Una pequeña arañita apareció por un lateral de la escalera y con una lentitud  exasperante se dirigió hacia Ariadna. 

Fascinada y aterrada a partes iguales, Ariadna intentó zafarse de aquello que la impedía moverse. Quería huir, quería despertarse pues una pesadilla debía de ser lo que le estaba ocurriendo. Seguro que era eso, una pesadilla.

En su delirio recordó que a ella no le picaban los mosquitos, y puede que tampoco lo hicieran las arañas. De todas formas en Barcelona no hay arañas venenosas, o quizás sí, pero esa que se le acercaba no era demasiado grande. O puede que el tamaño no tuviera que ver con la toxicidad del veneno, en cuyo caso el artrópodo, que ya estaba a escasos centímetros de sus pies, podía ser muy peligroso. 

—¡Mierda! —pensó— debería haber puesto más atención cuando vi aquel documental sobre arañas. Seguro que también dijeron algo sobre los antídotos. Si tuviera a mano un espray de dietitula… duetila… ditelula… como se llame la sustancia esa, podría mandar a ese asqueroso bicho al Infierno. Aunque, eso solo sirve para los mosquitos, o puede que también para las arañas…

Mientras esto balbucía, Ariadna sintió cómo la araña la había alcanzado y con la misma parsimonia empezó a reptar por sus piernas hasta llegar a su rostro. De cerca pudo comprobar que entre lo que debía de ser la cabeza salían dos apéndices que se incrustaron en su labio superior. Al instante, Ariadna sintió un picotazo.

 —¡Joder! Al final resultó que las arañas sí me pican —pensó a la vez que una extraña sensación de bienestar la invadía, incluso ya no sentía el lacerante dolor de cabeza. 

Medio adormilada sintió cómo la oscuridad se cernía sobre ella y con cierta sensación de mareo, como si empezara a caer por un precipicio sin fin, aún tuvo tiempo para un último pensamiento.

—¡Malditos bichos! 

  





  

Hada verde:Cursores
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