28 de mayo de 2017

Feria del Libro de Madrid 2017


    Ayer fui a pasear por la Feria del Libro de Madrid. Asistir a ese evento es casi ya una obligación para mí y siempre que voy disfruto y me lo paso muy bien. En esta ocasión no fue distinto aunque durante todo el paseo sufrí un ataque de nostalgia y es que el año pasado estuve acompañada por varios compañeros blogueros  y recordar aquella inolvidable jornada (La otra cara de la moneda) fue inevitable.

   Añoranzas aparte, ayer me divertí mucho porque como ya he comentado en anteriores ocasiones con motivo de este evento anual (Feria del Libro 2015), la Feria del Libro es un punto de encuentro para los amigos de la lectura, es como una gran quedada de lectores. El ambiente lúdico es encantador y se respira cierto aire de verbena, incluso se pueden ver barquilleros entre los puestos. 

   Una vez más la atracción principal estriba en los autores que están firmando sus ejemplares en las casetas. Y es en esta faceta de la Feria donde me quiero detener a reflexionar, porque me llamó la atención que los "escritores" que más expectación creaban eran gente para mí completamente desconocida y eso, aunque sea una inmodestia por mi parte, me resultó muy extraño siendo yo una lectora empedernida.

   Había un tal Jordi Wild que tenía una fila de al menos cincuenta metros de personas esperando para que les firmaran un libro. Resulta que el tal Wild es un youtuber famoso (famoso para algunos porque yo era la primera vez que sabía de su existencia). Otros "escritores" que tenían mucha gente esperando eran Antonio Resines y un par de presentadoras de telediarios que se han puesto a escribir libros también. A esos sí los conocía pero de otras actividades completamente diferentes a la de escritor. No obstante, insisto, eran muy bien aceptados y supongo que habrán tenido una gran cantidad de ventas de sus libros a juzgar por todas esas personas que ejemplar en mano esperaban que les plantaran un garabato.

   En cambio Lucía Etxebarría, Inma Chacón, Care Santos, Federico Moccia, Gonzalo Giner o Ildefonso Falcones apenas tenían gente. ¿Por qué?


    ¿Por qué un actor o una presentadora de televisión, que no son realmente escritores, tienen más gancho que otros que sí lo son? Que conste que los autores antes citados no todos son de mi agrado, pero creo que escriben mejor que el actor aludido o el youtuber, aunque de estos no he leído nada, lo reconozco, pero me da que no estoy equivocada.

    ¿Qué se deduce de todo esto? ¿Que el público lee algo porque quien lo escribe es famoso y lo que escribe, o cómo lo escribe, es lo de menos? ¿Para que algo resulte atractivo primero tiene que salir en televisión o en un canal de internet?

Carmen Posadas
    En la anterior publicación de este blog respondía a un comentario de un participante lo injusto que me resultaba que escritores noveles que tienen un gran nivel narrativo no sean conocidos mientras que otros con mucha menos calidad vendían montones de libros. Ayer tuve constancia de esa injusticia. 

   ¿Por qué se vende tan bien la mala literatura? No seré yo quien critique a la gente por leer cosas que no tienen calidad, siempre he pensado que es mejor leer lo que sea a no leer nada, pero sospecho que la manera de elegir un libro u otro depende mucho de la publicidad y de quién la realiza; si la cara es conocida y se lo monta bien tiene asegurada cierta clientela.

Camilla Lackberg
    Claro que para mala calidad el cartel que ilustra la edición de la feria de este año. Sobre la imagen no voy a entrar en calificaciones, aunque a mí me parece demasiado simplona, pero sobre gustos no hay nada escrito. Lo que no me parece de recibo es que se escriba con faltas de ortografía. De toda la vida 'Madrid' empieza con mayúscula y "El Retiro" también. Quizás los organizadores creyeron oportuno que la "literatura" que va incluida en el título del cartel debía ir en consonancia con los gustos de la mayoría de los lectores. 


25 de mayo de 2017

Irreal como la vida misma

   En anteriores ocasiones he reseñado que los relatos cortos no me suelen gustar mucho, que prefiero las tramas más largas porque me implico más en la historia.

   Sin embargo, libros como este me hacen cambiar de opinión. Está claro que si el relato es bueno, da igual la extensión del mismo. Se puede contar mucho en muy poco espacio y esto es lo que pasa con "Irreal como la vida misma".

   Además de encontrar en este libro historias muy buenas, hay mucha variedad. El autor, Josep Mª Panadés, toca diferentes temáticas y lo hace muy bien.

   Entre las páginas de este libro uno se puede encontrar historias entrañables como la de un payaso que no hace reír, historias singulares como la del origen de una pareja famosa de gánsteres, historias cargadas de alegorías sobre la mala conciencia y el peso de la culpa, historias crudas sobre la violencia de género, historias inquietantes que ocurren a la cuatro y cuarto, historias de fantasmas malditos, oscuros secretos y muertes extrañas, apariciones, túneles donde al final no se encuentra la luz. Las historias transcurren en el tiempo presente, en tiempos pasados o en un futuro año 2092.

   Josep Mª Panadés tiene muchos registros, engancha con su manera de contar las cosas, nos pone en antecedentes sobre los personajes que protagonizan sus relatos (personajes que, como él mismo señala en el epílogo, podríamos encontrarnos en la vida real) y sorprende con finales inesperados.

   Y para rematar todo esto, además lo hace con un lenguaje muy cuidado, con un vocabulario rico pero sin caer en la pedantería ni en la retórica barroca que utilizan algunos autores, sobre todo si son noveles, para impresionar y hacernos creer que son muy cultos. Josep Mª escribe bien pero sin agobiar con vocablos rebuscados o sintaxis enrevesadas.

   Una delicia leer  unas historias entretenidas y además con una prosa tan cuidada. Recomendable al 100%.




16 de mayo de 2017

La felicidad

Foto

         Relato presentado en la comunidad Escribiendo que es gerundio, en el apartado "Una imagen, un relato".


    Qué gran serenidad me invade, qué plenitud siento. Mi cuerpo parece levitar y esa quietud que recorre mis venas me hace sentir ligera. La sensación de paz es muy agradable y esa luz opalina que todo lo envuelve me resulta acogedora.
    Ni recuerdo la última vez que me sentí así de bien. El estrés del trabajo, las tareas domésticas después de una jornada agotadora, el cuidado de los niños. No puedo más. Esta paz es tan extraña como inesperada.
     Desde donde estoy, en esta roca alejada de todo y de todos, las nubes se presentan como un lecho acogedor, un mullido colchón que promete un cálido recibimiento. Quiero ir hacia allí, sé que así la paz será eterna.
    No sé por qué estoy desnuda, ni por qué estas cuerdas de goma me impiden moverme. Quiero ir hacia las nubes, pero las ataduras en mis brazos y en mi cara no me dejan. Ya está, he conseguido arrancarlas, ya soy libre de saltar. Qué feliz me siento. ¡Allá voy!

***

— ¡Doctor! ¡Doctor! Tenemos un problema.
— ¿Qué ocurre, enfermera?
—La paciente del quirófano 6, está muy agitada, no consigo que se calme y se ha arrancado la vía y la mascarilla de oxígeno. En cuanto el anestesista le administró lo que se supone que era óxido nitroso empezó su comportamiento extraño.
—¿Qué quiere decir con ese “se supone”?.
—Creo que se equivocó de toma de gas, doctor.
—¡¡¿Qué?!! ¡Menuda denuncia nos va a caer! Esto es intolerable, se nos va a venir todo un ejército de abogados encima cuando la paciente despierte. Eso si despierta y no se nos queda tiesa en la mesa de operaciones.
—Puede que no nos denuncie, doctor, después de todo.
—¿Por qué lo dice?
—No sé, no parece que lo esté pasando muy mal. Ahora mismo tiene una sonrisa de felicidad en la cara.


10 de mayo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XV)

La mejor defensa es un buen ataque



   Estos días ando preparando la defensa de la tesis. Mi trabajo ya ha pasado el escrutinio del decanato de la facultad y el del rectorado. Tras ese escrutinio me han dado la aprobación y consideran la tesis apta para exponerla. 

   Ahora tendré que demostrar, ante un tribunal de cinco especialistas en las materias que trato, que ese beneplácito es merecido.

   Es lo que en esto de las tesis se llama la lectura o defensa. Hace unas semanas comenté que un apartado de los artículos (y de la tesis) no me gustaba nada por lo que llevaba implícito su nombre. Me refería al apartado “Discusión”. Lo de discutir ya me parece negativo. Bien, pues el término “Defensa” me da el mismo mal rollo que el de discusión.

   Porque cuando uno se defiende es porque lo atacan, y si “defensa” me da muy mala espina, “ataque” ya me pone muy nerviosa.

   La defensa de una tesis consiste en exponer (mediante una presentación de diapositivas por PowerPoint) durante 40 minutos ante el citado tribunal, un resumen de la tesis, explicando en qué se basa la misma y los resultados que se han obtenido. Después de esta exposición, cada miembro del tribunal hace una serie de preguntas al doctorando.

   De entrada, 40 minutos puede parecer mucho, pero si se tiene en cuenta que en ese lapso de tiempo se ha de contar el trabajo de varios años, bien mirado es muy poco. Entonces se plantean dos opciones: una, resumir bastante quitando muchas cosas; dos, contarlo todo pero a toda pastilla.

   Las dos opciones tienen su lado bueno y su lado malo.

   La primera, la de contar menos de lo que se hizo, es buena porque aprovechas y no hablas de lo más peliagudo, o lo que peor llevas. Pero esta opción es mala porque muchas cosas en las que has invertido un tiempo precioso y gastado muchas neuronas no van a ver la luz, al menos públicamente hablando.

   La segunda opción, contar todo a todo correr, también tiene sus pros y sus contras. Lo bueno: que si vas muy deprisa lo más seguro es que aturdas al tribunal con un exceso de información y eso puede derivar en que lo descoloques y no sepan ni qué preguntar. Lo malo: que si vas muy deprisa lo más seguro es que aturdas al tribunal con un exceso de información y eso puede derivar en que lo cabrees y te inflen a preguntas sobre todo porque no han entendido nada.

   A estas dos opciones hay que añadir una tercera: que tus directores no te dejen hacer ni una cosa ni la otra, es decir, que quieran que lo cuentes todo, sin correr y en 40 minutos. Esta es la opción que se baraja siempre y la que, no se sabe cómo, se acaba haciendo. Intento indagar, a través de compañeros que ya pasaron por este trance, cómo lo hicieron y ninguno sabe contestarme a ciencia cierta. Yo creo que hay algún santo patrón de la Defensa Doctoral, o algo así, que se encarga de este milagro, pero tampoco he podido averiguar qué santo es para ponerle una vela.

   Hay una cuarta posibilidad que, aunque remota, puede ocurrir: que no digas nada, ni mucho ni poco, ni deprisa ni pausadamente. Esto pasa cuando el pánico escénico hace acto de presencia y deja a las cuerdas vocales en estado catatónico. Es lo que comúnmente se llama “quedarse en blanco” y lo que yo denomino “cagarla, pero bien”.

   Por si esto fuera poco, después vienen las preguntas de todos y cada uno de los miembros del tribunal. Por dónde te pueden salir es la principal causa de preocupación del doctorando, pero yo a este respecto no me hago cábalas porque lo tengo muy claro: me van a preguntar sobre lo que peor me sé.

   El caso es que en organizar la defensa estoy, y ando algo preocupada pues no sé si sabré defenderme de forma correcta. Ya comenté que mi trabajo tiene pocos asteriscos y mis resultados no son para que me den el premio Nobel precisamente.

   Dicen que la mejor defensa es un buen ataque, así que he pensado en presentarme ese día con una armadura y una espada, pero soy de constitución endeble y no creo que pueda con la impedimenta. También he pensado en llevar algún tipo de artefacto arrojadizo (cóctel molotov, granada de mano, etc.) pero me parece una medida excesivamente drástica, y entre que me suspendan la tesis o ir a la cárcel, prefiero lo primero.

   Así que, ante todo lo dicho, he optado por hacer una presentación muy bien presentada (valga la redundancia), con unos esquemas muy esquemáticos (valga, otra vez, la redundancia) y con una animación de diapositivas sobria pero animada (la redundancia que vuelva a valer). De momento estoy pensando en contarlo todo, luego ya veré si mi mente ese día le da por recortar por su cuenta ante el cronómetro que tendré en el atril para avisarme del ritmo que llevo y para acojonarme aún más -como si no fuera suficiente ver a cinco señores que saben muchísimo sobre lo que hablas atentos a tus palabras-.

   Para evitar la opción de no decir nada también pienso prepararme, dado que soy farmacéutica y conozco algunos principios activos que pueden ayudar a relajar emplearé esos conocimientos en mi persona (que nadie se alarme porque no pienso utilizar sustancias ilegales ni dosis elevadas que me dejen dormida).

   Cuando el día de la defensa llegue iré bien pertrechada, para atacar, para defenderme y para fenecer en el intento si es necesario, pero ese día tengo que triunfar porque la derrota no se contempla. Cual gladiador valiente saldré a la arena a vencer (o morir). De hecho, el protocolo marca que el doctorando inicie su disertación con la frase “Con el permiso del tribunal comienzo mi exposición”, pero estoy pensando cambiarla por esta otra:

“Ave, Tribunal, la que va a morir os saluda”

   Espero que todos los miembros del tribunal, después de la exposición y el turno de preguntas, acaben con el dedo pulgar hacia arriba. Por si acaso, seguiré buscando al santo patrón de la Defensa Doctoral para que me eche una mano.





6 de mayo de 2017

La buena letra

   Hace tiempo que tengo ganas de leer algo de Chirbes. Una compañera bloguera, Rosa Berros, que es una fan incondicional de este escritor, lleva tiempo recomendándome leerlo.

    Por fin le hice caso y no me arrepiento.
    
Una madre le cuenta a su hijo pequeñas anécdotas familiares y a través de ellas vamos conociendo las vicisitudes de una familia como otra cualquiera que tuvo que pasar por una guerra fraticida, la Guerra Civil española, y la época posterior al conflicto bélico.

A través de los recuerdos de la madre no solo sabemos del devenir de esa familia, también sabemos de la huella que la experiencia vivida y el tiempo ha dejado en esa mujer.

Ana, la narradora, recuerda los años de la guerra y lo que vino después cuando esta terminó. Al rememorar para su hijo la memoria que le viene es "una memoria enferma y sin esperanza".

Porque desesperanza y hastío es lo que se respira en este relato (no es una novela, no llega a las doscientas páginas). En toda la lectura se percibe una constante nostalgia de un tiempo pasado que siempre fue mejor que el presente. Un tiempo pasado antes de que la guerra y la derrota llegara a la vida de Ana y de su familia.

En la memoria de Ana permanecen los recuerdos amargos de años de frío y oscuridad de una guerra que nunca terminó para los vencidos. El derrotado tuvo que soportar la venganza del vencedor. Ella y su familia hubieron de adaptarse para poder sobrevivir y aunque ahora, cuando Ana invoca ese pasado, el recuerdo se torna más amable y duele menos, se percibe un poso de tristeza.

La guerra, y lo que vino después, enseñó a Ana y su familia, a soportarse, a quererse entre sí, a valorar lo realmente valioso. Aunque algunos se volvieron huraños, se tornaron egoístas, perdieron los ideales por los que lucharon y la decepción se anidó tan profundamente en sus almas que se convirtieron en seres egocéntricos y amargados.

 Un relato hecho de recuerdos que persiguen pero que también identifican. Un relato de derrota y tristeza; la tristeza que se siente cuando uno se da cuenta de que ha luchado y ha perdido.

"He resistido, me he cansado en la lucha y he llegado a saber que tanto esfuerzo no ha servido para nada."





3 de mayo de 2017

Sin ella no vale nada


   Con este relato he participado en el segundo certamen Panacea, organizado por la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid.

   El tema de este año era "Elixires y la eterna juventud". Me he inspirado en una escena de una película de los años 80 que me dejó una honda impresión (la escena, no la película): Los inmortales, además la banda sonora es una canción de Queen, Who wants to live for ever. Al final del relato os pongo un video clip de la canción y con escenas precisamente de esa película (pido disculpas por la calidad pero no he encontrado otra versión mejor).

SIN ELLA NO VALE NADA

  Hoy me ha dejado, hoy la he perdido para siempre. Nunca entendió por qué mi piel no tenía arrugas ni por qué mi pelo no se volvió blanco con el transcurrir de los años. Mientras ella, poco a poco, iba acusando el paso del tiempo yo seguía igual de lozano que cuando nos conocimos.

   Mi aspecto y nuestro amor permanecieron inmutables a lo largo de estos sesenta años juntos. Pero ella no; ella fue cambiando como cambiaban las estaciones del año, como cambiaba el paisaje fuera de nuestra cabaña. Tan solo su mirada quedó igual, el brillo de sus ojos siempre fue el mismo, incluso en el momento de expirar en mis brazos no perdieron ni un ápice de luz.

   Ahora me ha dejado, estoy solo y maldigo aquel condenado elixir que bebí hace una eternidad. Maldigo esta eterna juventud que de nada me sirve si ella no está.




28 de abril de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XIV)

Es de bien nacido el ser agradecido

Aunque aún no soy doctora y aún me queda alguna que otra publicación por colgar en este particular diario, a estas alturas tengo que cumplir con una "obligación" que no puedo postergar por más tiempo: dar las gracias.

   Al inicio de la tesis, antes del índice y el texto propiamente dicho, se suelen escribir unas palabras para agradecer a las instituciones y a los compañeros la ayuda prestada para realizar la tesis. En este apartado el doctorando tiene libertad absoluta y no debe rendir cuentas a nadie, ni a sus directores ni a ningún organismo oficial. También es la parte de la tesis que se lee todo el mundo, por curiosidad y por saber si le citan.

   El caso es que yo, aprovechando esa libertad para escribir sin ningún tipo de cortapisas, me he explayado de lo lindo. Tengo  muchas personas a quienes agradecer su apoyo y su ayuda y esa deuda he intentado saldarla dedicando unas letras escritas con todo el alma y el corazón puestos en ellas. Entre estas personas os encontráis todos los que por aquí os habéis pasado y os habéis interesado por mí; nobleza obliga y aquí os cuelgo los agradecimientos donde os veréis reflejados. Aviso que el texto es bastante largo, así que, para el que no quiera tanta lectura, facilitaré la búsqueda avanzando que el párrafo donde hablo de vosotros es el quinto empezando por el final.

   Gracias por vuestra comprensión y constantes apoyos. Gracias de corazón.
A mis padres porque con ellos empezó todo.
A mi esposo y a mi hija porque con ellos todo continúa.
La ciencia, como la poesía, está a un paso de la locura.
LEONARDO SCIASCIA, La desaparición de Majorana,

Agradecimientos.
Muchas veces me han preguntado por qué estudié Farmacia y sobre todo por qué me gusta tanto la investigación. Incluso yo misma me lo he preguntado. Aún sigo haciéndolo, especialmente cuando las cosas no salen como me esperaba. ¿Por qué?
Desde mi más tierna infancia yo ya decía que quería ser científica aunque no sabía en realidad en qué consistía, pero la imagen de un señor con tubos de cristal en la mano mezclando cosas para conseguir líquidos de colores que desprendían humo me atraía mucho. Recuerdo la ilusión que me hizo mi primer juego de química y los desaguisados que organicé en la cocina de casa, para desesperación de mi madre. 
Ya más mayor, las asignaturas que más me gustaban eran la Biología y la Química; se me daban francamente bien y disfrutaba mucho las clases. Debo decir que tuve unos excelentes profesores y creo que ellos también tuvieron mucho que ver en esta predilección. Sabía que quería estudiar una carrera universitaria, de ciencias, pero no sabía cuál exactamente. Al final me decidí por Farmacia, porque se impartían muchas asignaturas de química y enfocadas a la salud, otro tema que me gustaba/gusta mucho. Si a esto le añadimos que soy muy curiosa y que a todo le quiero buscar una explicación creo que mi destino estaba claro: investigar.
En la universidad descubrí que lo de trajinar en el laboratorio me agradaba mucho, que  llevar a la práctica y visualizar las reacciones químicas previamente escritas en un papel me fascinaba. La investigación más genuina la descubrí con la carrera ya terminada, cuando realicé una tesina. Aunque es detrás de ese trabajo en el laboratorio donde se encuentra la verdadera labor científica: analizar los datos y extraer conclusiones.
Tuve otras experiencias laborales y alejadas de la investigación por motivos prácticos –la investigación en este país no da para comer demasiado bien–. Trabajé en oficinas de farmacia y también en un hospital. Con los años, y por avatares del destino, la investigación se volvió a cruzar en mi camino.
Una antigua compañera y amiga de mis estudios universitarios en Alcalá, contactó conmigo después de muchos años sin saber la una de la otra. Tras ponernos al día de nuestras vidas, y conocedora de mi falta de ocupación laboral, me ofreció la posibilidad de volver a mi sueño juvenil de investigar. Más concretamente, me ofreció realizar una tesis doctoral.
Anteriormente he dicho que soy muy curiosa, a este rasgo de mi personalidad hay que añadir que también soy muy impulsiva, por lo que sin apenas recapacitar acepté tan insólita oferta. La artífice y la culpable de tamaño desafío fue Mª José González. Pepa, gracias por ser tan valiente y tan generosa con ese ofrecimiento, aunque después de los apuros pasados no sé si realmente darte las gracias o retirarte la palabra porque en menudo berenjenal me acabaste metiendo.
Así que con los años volví a investigar, e inicié una andadura inesperada e insospechada dada mi edad. Una andadura que me reportó momentos de auténtico frenesí, disfrute y agobio a partes iguales. Durante todo el proceso de la realización de esta tesis doctoral me hice muchas preguntas, la mayoría de índole técnica pero otras tuvieron un cariz más filosófico y entre estas se encontraba una que se repetía constantemente: ¿por qué me decidí a investigar? Después de mucho reflexionar creo que ya tengo la respuesta: ¡porque estoy loca!
Me temo, además, que la locura es una característica de los que se dedican a la Ciencia. Hace muchos años, la hinchada del equipo de baloncesto Estudiantes, ya lo avisó: la madre de la Ciencia no es la experiencia; demencia es la madre de la Ciencia.
A lo largo de la Historia muchos han sido los científicos que descollaron por sus descubrimientos y por sus aportaciones, ayudándonos a conocer mejor el mundo que nos rodea. Algunos pasaron sin pena ni gloria, otros aparecen en los libros de texto con su nombre escrito en letras de oro, pero casi todos tuvieron un rasgo común: no estaban en sus cabales. Al menos no tenían la cordura que se le supone a una persona ‘normal’.
Dicen de Isaac Newton que era presa fácil de la ira y que protagonizó varios episodios de paranoia. Albert Einstein tenía aversión por los calcetines y los pijamas, y se afeitaba con jabón de fregar. Nikola Tesla dio muestras de ser un excéntrico hasta el punto de enamorarse de una paloma –además, y según él, ella le correspondía–.
Nada más lejos que compararme con semejantes genios de la Ciencia, estoy loca pero mi locura no llega a tales extremos. Sin embargo creo que estos excepcionales científicos son un ejemplo de que la ciencia y la investigación sólo es entendida o bien llevada si se tiene un punto de locura. De algunos científicos incluso se llegó a decir que estaban poseídos por espíritus.
En mi caso no sé qué espíritu me poseyó induciéndome a realizar tamaña tarea (una tesis doctoral), pero sí sé qué ánima me acompañó en esta singladura, no como un ente poseedor que manipula, sino como un ser protector que desde el más allá me confortó. Me estoy refiriendo a mi madre, y a ella va dedicado mi siguiente agradecimiento. Mamá, desde donde quiera que estés, sé que me has estado viendo y que te has estado preguntando cómo me he metido en semejante historia, tú que siempre eras tan sensata y me reprochabas mi impulsividad. Muchas veces, igual que cuando estabas físicamente a mi lado, y en momentos de lamentaciones por mi parte, podía oírte decirme al oído: esto lo has elegido tú, así que ahora no te quejes. En esta ocasión, como en muchas otras más, tenías toda la razón, mamá.
Mientras que mi madre siempre fue el pragmatismo personificado, mi padre, y supongo que para compensar, es el idealista que desde pequeña me enseñó a ser ambiciosa en sueños y siempre me animó a emprender proyectos. Con él aprendí que para convertir esos sueños en realidad es necesario luchar y que las cosas verdaderamente valiosas son las que se consiguen con esfuerzo. Afortunadamente, aún lo tengo a mi lado y en esta empresa siempre me ha estado apoyando, aunque para sus adentros dude de mi salud mental. Gracias, papá, por legarme tu idealismo.
Si en el plano emocional he tenido la ayuda de mis progenitores –y de más personas que citaré más adelante–, en un plano más técnico también he sido afortunada pues pude contar con la inestimable ayuda de mis tres directores:
Francisco Jiménez Colmenero, práctico y eficaz, serio y ecuánime, dando siempre un punto de vista crítico para llegar a buen puerto. Su visión pragmática y sus certeros consejos han sido muy útiles para mí.
Begoña Olmedilla Alonso, inmune al desánimo, siempre con una palabra alentadora y disponible en cualquier momento y lugar. Siempre dispuesta a ayudar y con la mente llena de alternativas cuando el camino principal se presentaba obstaculizado.
Y por último, el profesor Francisco José Sánchez Muniz. Su trayectoria profesional avala una calidad investigadora excepcional. Con él he aprendido lo que es el rigor y la rectitud a la hora de manejar los datos. Pero además me ha enseñado, con su infinita paciencia y su inagotable capacidad para el trabajo, otros valores que trascienden lo estrictamente científico. No solo es un excelente profesional, también es una excelente persona. Gracias, Paco, por compartir conmigo tu sabiduría, por demostrarme qué es la seriedad en la investigación y, lo más meritorio, gracias por aguantarme. Eres, y serás siempre, un referente para mí.
Agradezco al Instituto de Ciencia y Tecnología de los Alimentos y Nutrición (ICTAN) del CSIC así como al departamento de Nutrición y Bromatología I (Nutrición) de la Facultad de Farmacia de la UCM, y a su directora, Ana López, que me permitieran utilizar sus instalaciones para realizar la fase experimental que forma parte de esta tesis. También agradezco a Begoña Elorza, vicedecana de Programación Docente y Doctorado,  por su diligencia a la hora de gestionar todos los trámites que la burocracia exige.
Gracias a los voluntarios que participaron en el estudio objeto de esta tesis. Sin su contribución no hubiera sido posible esta investigación. La ilusión y el talante colaborador que tuvieron todos y cada uno de ellos fueron encomiables. Gracias a todos.
Esta tesis tampoco hubiera sido posible sin la generosa aportación de muchas personas que, desinteresadamente, pusieron a mi disposición su buen hacer y sus conocimientos profesionales en diferentes momentos y por lo que les estoy eternamente agradecida. Gracias, Mar Ruperto, Pilar Oubiña, Rafaela Raposo, Manuel Espárrago, María Sánchez, Laura Barrios. En este grupo se encuentra Sara Bastida, que además ha supuesto un apoyo logístico y moral constante, una hermana mayor cuya sombra protectora me ha estado cuidando en todo momento; gracias Sara.
También he tenido la inmensa suerte de contar con compañeros que me ayudaron mucho. No me gustaría dejarme en el tintero a ninguno pero si alguien no se ve reflejado aquí le ruego me disculpe la torpeza: Laura, mi guía inicial en el laboratorio y siempre con una sonrisa en la cara; Miguel, mi profesor particular para medir la arilesterasa; Rocío, con quien compartí muchas horas y batallas contra los elementos para determinar enzimas;  Jorge, compañero de penurias y angustias finales en la entrega de la tesis; Eva, siempre accesible para darme consejos y enseñarme trucos; Ángela, en todo momento dispuesta a ayudar con la ilusión que la caracteriza; Pilar, atenta y eficaz; Elvira y Juana, compañeras de cafés matinales tan cargados de cafeína como de ánimo; Adrián, Feras y Pablo, los tres mosqueteros del laboratorio, siempre con una frase o un comentario alegre para animarme en el último tramo. Gracias a todos por ser tan pacientes y tan generosos dedicándome vuestro tiempo.
Entre estos camaradas tengo que hacer una mención aparte para dos compañeros.
Gonzalo, un colega con el que compartí la primera etapa de esta tesis. Fue una ayuda imprescindible para recopilar todos los datos de los voluntarios que intervinieron en el estudio y para orientarme por los laboratorios del ICTAN. Gracias, Gonzalo.
La segunda mención aparte es para Alba. Su capacidad de trabajo es muy grande pero su labor como consejera espiritual-paño de lágrimas-diván de psicólogo fue tan buena que yo creo que tiene superpoderes. Gracias por tu inestimable ayuda técnica pero sobre todo por estar siempre ahí, para lo que fuera menester, por escucharme siempre y por tus constantes ánimos; ánimos que fueron en muchas ocasiones decisivos para que no tirara la toalla. Me has demostrado qué valiosa es la amistad, sobre todo en los momentos difíciles, y cuánto conforta una palabra amable. Sin tu apoyo y tu visión positiva yo no habría llegado hasta aquí. Gracias, amiga.
En estos agradecimientos también he de mencionar a todo un granado y variopinto grupo de internautas que en el maravilloso mundo bloguero me han estado animando constantemente. Desde mi bitácora y con la serie “Doctoranda al borde de un ataque de nervios” he descargado tensiones escribiendo anécdotas de la tesis y en ese blog fueron muchos quienes se interesaron por mi estado anímico. Gracias, compañeros, por vuestros ánimos y vuestras letras. Además, a Francisco Moroz he de agradecerle el diseño de la portada de la tesis y de la imagen que la ilustra.
También tengo que agradecer el soporte moral que me reportaron mis amistades. Especialmente a dos de ellas, Pepa y Roberto, les agradezco su interés por conocer el desarrollo de mi trabajo y las sobremesas en las que se dedicaron a escucharme. Fueron muchas las horas que hemos compartido, yo desahogándome y ellos atendiendo a mis lamentos con un estoicismo admirable. Gracias por vuestra compañía y por vuestros sensatos consejos. Gracias, amigos.
Dejo para el final a dos personas que además de apoyarme han sido una parte muy especial en este camino. Dos personas que fueron partícipes emocionalmente, desde el primer día hasta el último, de todo este proceso de realizar una tesis doctoral, soportando con disciplina espartana mis tensiones y mis agobios. Esas dos personas son mi esposo y mi hija.
Almudena, gracias por aceptar mis ausencias y mis días de mal humor cuando más absorbida me tenía la tesis, gracias por ser tan dulce siempre; esos abrazos que me diste en los momentos álgidos de más tensión fueron un precioso bálsamo para mí. Jose, gracias por tu continuo apoyo, has sido un pilar importante en esta aventura. Además de ejercer como un competente informático –que  me ahorró más de un disgusto con algunos ficheros ‘perdidos’–, de procurarme herramientas que me facilitaron mucho la tarea de almacenar y escribir, y de realizar todo el proceso de maquetado de la tesis, has sido un pozo de paciencia infinita y también una fuente de serenidad en mis momentos de mayor nerviosismo. Nunca te estaré suficientemente agradecida por compartir tu vida conmigo. Gracias a los dos por vuestra comprensión y por vuestro amor. Os quiero mucho.
En resumen, gracias a todos los que, de una manera u otra, habéis hecho posible que esta demente haya convertido en realidad su sueño más alocado. 

Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores