25 de febrero de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (VII)

Peer-review: el poder en la sombra


La expresión peer-review se utiliza cuando en el ámbito académico se habla coloquialmente (y también cuando se habla en inglés) del proceso de arbitraje que sufre todo artículo científico antes de ser aceptado para su publicación.

La traducción literal sería “revisión por pares” y lo de "pares" se debe a que el texto a evaluar es revisado por otros científicos de igual o superior categoría que el autor del artículo en cuestión. Es decir, varios colegas, que trabajan en campos similares, deben leer y dar el visto bueno al artículo. Lo de “colegas” ya lleva mucha retranca porque si uno se piensa que por ser un compañero de área de investigación va a ser más comprensivo está muy equivocado. Además, en mi caso, ya os digo que todos los revisores son de superior categoría a la mía por lo que, además, eso de “par” me suena un poco a choteo.

El caso es que estos señores, también llamados referees, tienen en sus manos el poder de dar luz verde a un artículo, encumbrándolo al Olimpo de los artículos publicados, o mandarlo a la papelera de la editorial en cuestión, sumiéndolo en el más oscuro ostracismo.

Se habla mucho del cuarto poder (el de los medios de comunicación) o de la importante influencia de los grandes lobbies que manejan los hilos de la economía mundial. Sin embargo muy pocos conocen el poder absoluto que ejercen los referees de artículos científicos.

Una de las características de estos señores (y señoras) es el completo anonimato con el que actúan, y en el que se escudan. Cuando mandan sus críticas a los autores de un artículo nunca se identifican, algo que les viene muy bien a muchos pues así aprovechan para poner de vuelta y media a quienes firman dichos artículos (o a su trabajo, que viene a ser lo mismo).

Muchas de las opiniones que vierten para calificar el trabajo revisado dejan bastante que desear en cuanto a ecuanimidad e imparcialidad. Las escabechinas que realizan dejarían en mantillas a algunas masacres bélicas -metafóricamente hablando, claro- ya que algunos comentarios de estos colegas no es que sean implacables, son auténticas sentencias de muerte (investigadora).

Es posible que cuando los comentarios no son elogiosos el criticado se lo tome por lo personal y puede que vea ofensas donde no las hay, pero al leer alguna de estas observaciones recibidas una servidora ha llegado a pensar:

 Yo a este tío le debo dinero o algo así, denoto cierta animadversión hacia mi persona. ¡Qué manía me tiene!

Y es que, si bien el anonimato se mantiene para los revisores, no lo hay para los autores. Es decir, yo no sé quién me está evaluando pero quien me evalúa sí sabe quién soy yo. Esto, a mi modo de ver, deja en clara desventaja al evaluado pues al defenderse no sabe muy bien hacia dónde dirigir sus tiros (ni a la madre de quién mentar).

La que esto escribe ha recibido muchas críticas negativas y demoledoras -unas veces con razón, otras no tanto- incluso me han llegado a rechazar un manuscrito sin tiempo material para leerlo. En esta ocasión en concreto estoy segura de que simplemente contaron los (pocos) asteriscos de las tablas y tomaron la decisión de mandarme a la porra.

Los comentarios de los referees suelen ir acompañados de consejos. Consejos que son más bien órdenes, -a ver quién es el guapo que les dice que no- y cuando leo las objeciones a mi trabajo me afano con obediencia espartana en enmendar esos fallos -que muchas veces no son tales pero para los revisores sí y yo les hago caso porque me dan mucho miedo-. En raras ocasiones, y ante la absoluta falta de razón del revisor, me niego a seguir las pautas recomendadas, pero esto siempre que lo hago va acompañado de palpitaciones, sudoración fría y falta de aire, es decir, bajo un auténtico ataque de pánico.


A pesar de todo, se puede dar el caso de que esas modificaciones, una vez seguidas al pie de la letra y con disciplina militar, al final no son suficientes y después de trabajar durante muchas horas para adaptar el artículo a los gustos y/o criterios de los referees, estos, en un alarde de refinada crueldad, decidan rechazar finalmente el artículo en cuestión. Es en estas ocasiones cuando me doy cuenta de la facilidad que tengo para renegar en varios idiomas y acordarme de toda la parentela -la viva y la muerta- de los revisores de marras.

También en estas ocasiones doy gracias por el anonimato en el que se encuentran estos sujetos, de lo contrario ya contaría en mi haber varios delitos tipificados por el Código Penal con muchos años de cárcel.

A lo largo de la Historia se ha especulado mucho sobre cómo podría ser el infierno. Unos lo describen como un lugar en llamas donde los penados sufren el martirio eterno de quemarse a fuego lento; otros lo definen como la nada absoluta donde el condenado queda relegado al olvido. 

Yo me imagino el infierno lleno de revisores de revistas científicas. En lugar de llamas que me queman y me causan dolor, me lo figuro con miles de referees exigiéndome montones de aclaraciones, cambios en las tablas, añadir más citas bibliográficas y muchas cosas más para luego, en medio de estentóreas carcajadas, decirme que no les gusta el artículo y que no lo van a publicar.

Eso sí que es una tortura y no las quemaduras de tercer grado de las llamas eternas.

Tanto miedo me da que exista un infierno así que he prometido portarme bien durante esta vida para evitar sufrir ese suplicio en la otra.

Kirke

Anteriormente en "Doctoranda al borde de un ataque de nervios":

19 de febrero de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (VI)

Y esto, ¿para qué sirve?


Es habitual que a los científicos se nos entienda poco fuera de nuestro círculo. Tendemos a utilizar un lenguaje demasiado técnico que resulta incomprensible para quienes no se desenvuelven en nuestro mismo campo de acción.

Yo procuro no utilizar terminología muy específica cuando me relaciono con “gente normal” pero, a veces, es inevitable y es entonces cuando empiezan a mirarme con caras raras.

Cuando me preguntan de qué va mi tesis intento explicar lo más sencillamente posible en qué consiste y no sé si es porque no lo hago bien (lo de explicar), porque el tema resulta interesante o porque mi interlocutor es muy educado, el caso es que, invariablemente, después de esa primera explicación me hacen la misma pregunta:

 Y eso ¿para qué sirve?

Creo que esa pregunta es muy habitual que se la hagan a los científicos los que se encuentran fuera del ámbito científico. Es habitual y perfectamente lógica. Una línea de investigación puede ser muy interesante pero si no tiene una aplicación tangible como que no resulta útil.

El caso es que ese pragmatismo no se le exige a otras ramas del conocimiento. Yo nunca he oído preguntar a un filósofo para qué sirve una determinada línea de pensamiento. Y eso que se ahorran (los filósofos) porque creo que más de uno se vería comprometido para encajar determinados conceptos en la vida real. Ante muchas de las aseveraciones filosóficas yo me pregunto qué utilidad tienen en el día a día, es más, y dada mi ineptitud con la filosofía, me pregunto qué quieren  decir exactamente.

 Ojo, que con esto no estoy diciendo que la filosofía no sea necesaria, todo lo contrario, pero a los filósofos creo que se les trata más benévolamente que a los científicos.


Pero volvamos al caso que nos ocupa: mi adorada tesis. Cuando me preguntan para qué sirve lo que estoy haciendo se me vienen muchas respuestas a la cabeza.

La primera, y supongo que la que en realidad quiere conocer el demandante de la información, es la aplicación real de tanto experimento. Podría ponerme técnica pero voy a contarlo con un lenguaje llano y sin entrar en detalles: a individuos con unos kilos de más y con el colesterol elevado se les hizo comer salchichas y patés con una composición grasa mejorada y se miró qué pasaba con su colesterol después. Si les baja el colesterol, y otros factores de riesgo cardiovascular, eso quiere decir que esos patés y  salchichas son estupendos.

Esta sería la primera (y simple) respuesta. Pero yo tengo bastantes más para explicar la utilidad de mi tesis. Aquí van unas cuantas.

1- Para comprobar qué riqueza tiene nuestro idioma y qué variedad de expresiones hay para decir lo mismo.

Entre muchas de las cosas que tuve que realizar en la fase experimental estuvo el análisis de la dieta de los individuos a estudiar. Durante semanas volqué en un programa informático los datos sobre los alimentos ingeridos en varios días que previamente me habían puesto en unos cuestionarios.
 
En aquella ocasión descubrí cuántas maneras diferentes tenemos los seres humanos para expresar lo mismo. Por ejemplo, ‘un café cargado’, ‘un cafelito largo de café’, ‘un café fuerte’, ‘un buen café’ o ‘un café como Dios manda’, son diferentes formas de decir lo mismo, siempre y cuando el tamaño de la taza donde se toma sea igual.

 Otro ejemplo sería la cantidad de nombres distintos que tienen diferentes pescados según la zona donde se pesquen y según el lugar de donde es oriundo el que se los come: quisquilla (camarón), zapata (dorada), furagoña (lubina), sapo (rape) –este me asustó mucho porque comerse un sapo me pareció una gran insensatez, clavudo (rodaballo), parrocha (sardina), choco (sepia), etc. Cuando terminé de trasvasar todos los datos ya tenía un máster en ictiología.

Pero el que se llevó la palma en cuanto a contar las cosas a su manera fue uno que me puso ‘un cuenco de verdura, trituradita, trituradita’. Después de hacerme cábalas sobre si sería menestra o puré de verdura (no sabía cómo clasificar el grado de trituración), decidí preguntar al susodicho y ni en mis sueños más alucinantes hubiera esperado la respuesta que recibí: gazpacho.

2- Para utilizar la psicología como terapia suplementaria.

Un estudio de intervención nutricional –así se llama lo que he hecho en la tesis– requiere una interacción con los individuos a estudiar (y a intervenir). A lo largo de cinco meses estuve entrevistándome con los sujetos que participaron en el estudio.

En las entrevistas, donde además tomaba otros datos, me encargaba de dar instrucciones para que el estudio se realizara adecuadamente. Yo puedo llegar a ser muy pesada y les largaba unas charlas de mucho cuidado. Ellos lo tomaban como un signo de dedicación pero aquí confieso que me movía el puro egoísmo: si el estudio salía mal, mi tesis no tendría futuro.

La confianza que puede trasmitir un profesional (en el campo que sea) es importante. Si te muestras seguro de lo que haces quien está recibiendo la atención también se muestra confiado. Cuando los voluntarios salían del despacho con sus productos cárnicos debajo del brazo les había dado tal chapa sobre lo bueno que iba a ser –esto lo hacía para que se lo comieran todo y no me fastidiaran los resultados que salían con una creencia absoluta sobre la efectividad de esos productos de manera que ya les estaban bajando los niveles de colesterol solo de pensarlo.

El efecto placebo siempre es una variable a tener en cuenta en este tipo de experimentos pero en mi caso, y por pesada, creo que fue mayor de lo habitual.

3- Para establecer relaciones de amistad insospechadas.

A lo largo de la realización de esta tesis he creado vínculos de afectividad, mi círculo de amistades se ha ampliado. He conocido a compañeros maravillosos que me regalaron su apoyo y su experiencia. Pero con quien realmente mantuve una estrecha relación fue con la Arilesterasa.

La Arilesterasa(*), aunque pueda parecer el nombre de un personaje de zarzuela, es el alias de una enzima, la Paraoxonasa (PON1 para los amigos). Para los legos en la materia aclararé que las enzimas son catalizadores biológicos que regulan reacciones bioquímicas.

Con esta enzima llegué a convivir durante más de tres meses –los que tardé en medirla en las muestras de sangre recogidas en el estudio– y tanto tiempo pasado en el laboratorio a solas con ella creó una singular amistad.

Como toda amistad que se precie tuvo altibajos y momentos de desencuentro. Recuerdo los días amargos en que ella se mostraba esquiva y no quería manifestarse, dándome unas gráficas planas donde no había signos de actividad enzimática y entonces yo le preguntaba toda compungida dónde se había metido y por qué me castigaba con el desprecio de su silencio. Pero luego venía la reconciliación y ella, ya superado el momento de enfado, se mostraba activa regalándome unas curvas hiperbólicas que me alegraban el día y me hacían volver a casa con una sonrisa en la cara.

De aquella bonita amistad salieron unos resultados con varias ‘p’ de tres asteriscos.
¡Qué maja mi amiga la Arilesterasa!

Curva de cinética enzimática

En fin, que la realización de esta tesis dio para más de lo que se pensaba en un principio, o puede que haya sido yo con mi manía de buscarle siempre tres pies (o cinco) al gato la responsable de tanto efecto colateral.  Quizás estas nuevas, e inesperadas, utilidades podrían servir para realizar otros estudios y la próxima vez que me pregunten para qué sirve mi tesis yo conteste:

 Para hacer otra tesis.

Puede que sí pueda hacerse otra tesis, pero lo que es seguro es que no seré yo quien la haga. Con esta que me traigo entre manos ya tengo para cien vidas.





(*) Arilesterasa es una de las tres acciones enzimáticas de la enzima paraoxonasa.

17 de febrero de 2017

Desde una bicicleta china

    Dolores Payás ha vivido en China durante un largo periodo de tiempo, concretamente en Pekín, y durante su estancia en aquel país se interesó por conocer a sus vecinos, a los habitantes del país más poblado del planeta, una tarea complicada pero en la que se implicó con entusiasmo.

    Al contrario que otros occidentales que allí recalaron por cosas del destino ella no se recluyó en un microcosmos de exiliados. Ella cogió una bicicleta y paseó de un lado para otro, captando todo lo que su mente curiosa y ávida de conocimiento pudo absorber. De esas escapadas y de esa curiosidad que la caracteriza nació “Desde una bicicleta china”, una serie de relatos cortos donde, mediante anécdotas, historias inventadas y reales Dolores cuenta ciertos usos y costumbres chinos y nos acerca un poco a ese Oriente misterioso que como ella misma confiesa sigue siendo tan misterioso como siempre.

   Que nadie crea que este libro es un libro de viajes. Al menos de viajes tradicionales. Dolores nos habla de las experiencias vividas al viajar pero al viajar con la mente abierta, dispuesta a captar y absorber el sentir de los lugareños.

   Con el estilo literario exquisito que caracteriza a la autora y como si de un paseo en bicicleta se tratara vamos recorriendo diferentes temas, variados y muy interesantes. Tiene crónica social (El zumbido de la colmena, Favor de no escupir, Confucio viaja en primera), thriller (Muerte entre la peonías), ‘fábulas’ con su moraleja correspondiente (Punto de encuentro, Templando gaitas), cotilleo erótico-festivo (Las pájaras), análisis económico fantástico (Apocalipsis fashion); en fin que habla de lo humano y lo divino (De dioses y transacciones), de poesía (Estampas estacionales, Los sin patria, Felicidad, este último perfecto y precioso broche de oro para terminar el libro). 

   Las páginas de este entretenido libro destilan ironía y/o sarcasmo (nunca he sabido diferenciar muy bien estos dos términos) pero sobre todo mucho humor. Un humor que se hizo patente de manera notoria en Sun, Chang, Li y la kriptonita, donde nos revela algunas tradiciones muy curiosas de los chinos a la hora de hacer regalos que a mí me resultaron chocantes y si, además, se cuentan con la gracia y la sorna de Dolores son desternillantes.

   Me considero una lectora de muchos géneros –todoterreno me llamó en cierta ocasión una querida amiga– pero no soy muy aficionada a los relatos cortos, prefiero las historias largas para así implicarme más en la trama. Cuando me llegó este libro en forma de regalo –precioso regalo– me lo tomé como una lectura de ‘a ratos’, es decir, me leo un relato/historia cada día insertado entre la novela de turno. Pero no fue así. Imposible desconectar de una narración refinada, imposible dejar de leer de un tirón estas pinceladas primorosamente dibujadas en el papel; por cierto, las historias van acompañadas de preciosos dibujos realizados con tinta china (precisamente).

   Dolores Payás sabe captar belleza donde otros solo ven fealdad y uniformidad, encuentra donde otros no saben ni ver ni hallar.

“La Felicidad acecha tras cualquier esquina. Escondida bajo la vegetación enmarañada. Agazapada en el fondo oscuro de un patio. Aguarda. Nos aguarda.
Todo consiste en reconocerla”

   La lectura de este libro me ha cambiado porque creo que a partir de ahora no voy a poder decir que prefiero las historias largas; me he dado cuenta de que si las cortas son muy buenas, son tan interesantes como las extensas. Y las historias que nos cuenta Dolores Payás “Desde una bicicleta china” son todas excelentes. 

   Una delicia para leer y disfrutar paseando entre sus páginas.








12 de febrero de 2017

Doctoranda al borde de una ataque de nervios (V)

Con tres basta (*)



Dicen que un médico cura, dos dudan y tres matan. Si extrapolamos esta sentencia al número de directores que puede tener una tesis, se podría concluir lo siguiente:

“Un director ayuda, dos marean y tres te vuelven loca de remate”

Yo tengo tres directores en mi tesis. Son tres reputados investigadores que, cada uno en su campo, me están ayudando y enseñando mucho. Su sabiduría es enriquecedora, cada uno aporta su experiencia y sus conocimientos en el desarrollo de la tesis, de manera que el resultado final es muy completo.

Sin embargo,  sus diferentes puntos de vista pueden desencadenar situaciones controvertidas cuando las órdenes o sugerencias son opuestas, provocando una gran desesperación en quien recibe esas órdenes/sugerencias, es decir, el doctorando, o sea, yo. En castellano llano: para contentar a los tres tengo que hacer encaje de bolillos.

Durante varias semanas me dediqué a escribir la introducción de la tesis. Cuando ya la tuve lista se la envié por correo electrónico a mis tres directores para que me dieran su opinión (y sus correcciones). Esperé ansiosa su parecer. Sus respuestas no se hicieron esperar mucho y a los pocos días me contestaron. El director UNO y el director DOS lo hicieron el mismo día con un intervalo de diez minutos. Y esto fue lo que me expresaron.

Director UNO: La introducción es demasiado corta.

Director DOS: La introducción es demasiado extensa.

Mal empezamos, pensé yo. Pero mi mente analítica salió a rescatarme y decidí esperar la contestación del tercer director creyendo, ingenua de mí, que se decantaría por la opinión del director UNO o del DOS y así desharía el empate. Dicha contestación llegó al día siguiente.

Director TRES: La introducción, en general, me parece bien.

En ese momento mi moral empezó a flaquear. Una tesis consta de siete grandes apartados (Introducción, Objetivos, Material y métodos, Resultados, Discusión integradora, Conclusiones y Bibliografía), si ya con el primero tenía problemas, el panorama no se presentaba muy alentador.

Tenía ante mí un terrible dilema pues si contentaba al director UNO, dejaba al DOS fuera de juego, es más, contentar al UNO implicaba no solo ignorar al DOS, sino hacer todo lo contrario. Terrible dilema y comprometida situación.

Al final decidí hacer caso al director UNO porque si bien soy una firme defensora del axioma que dice “lo bueno, si breve, dos veces bueno” pudo más aquel otro de “más vale que sobre, que no que falte”.

Me puse a la laboriosa tarea de ampliar todo lo que el director UNO tuvo a bien indicarme (también seguí las sugerencias/correcciones de los directores DOS y TRES). Después de muchas horas de trabajo tuve lista la segunda versión, corregida y extendida –bastante más extendida– y se la envié a mis tres directores de nuevo. Las contestaciones fueron estas y por este orden.

Director TRES: Has hecho un gran esfuerzo y tu capacidad de trabajo es excelente (si habláramos de poli bueno/poli malo, el director TRES es el bueno, sin ninguna duda).

Director DOS: Sigo pensando que la introducción es muy extensa (si habláramos de coherencia el director DOS tiene mucha, además de paciencia y comprensión pues no me mandó a freír espárragos).

Director UNO: Bueeeeno, ahora está “algo” mejor.


El comentario del director UNO corrobora una característica de los directores de tesis: son insaciables, siempre están pidiendo y nunca se dan por satisfechos.

La insatisfacción permanente en la que viven los directores de tesis podría resumirla con este diálogo ficticio pero que puede ser un resumen de muchos otros reales que se están dando a lo largo de mi querida tesis:

Director UNO: El encabezamiento de esta tabla ponlo con otro tipo de letra. Los asteriscos en negrita y dos puntos más grandes, la ‘p’ en cursiva y la leyenda de la gráfica la sacas fuera y la pones en el pie de la figura.

Doctoranda: (después de protestar un poco) A la orden.

Dos horas después y tras algún que otro rifirrafe con el Word y sus puñeteras tablas, se presenta el trabajo corregido.

Director UNO: Los asteriscos no tan grandes, la ‘p’ mejor la cambias de sitio, y la leyenda de la gráfica la incluyes dentro.

Doctoranda: … (silencio en señal de mosqueo)

Un “rato” más tarde se vuelve a presentar la tabla y la figura.

Director UNO: No me gusta mucho pero de momento lo dejamos así. O no, mejor añade dos variables más y de paso calculas un par de correlaciones.

Director DOS: ¿No se puede poner una tabla más pequeña?


A esta característica de la insatisfacción se suma otra que dificulta más si cabe todo esto que cuento: para los directores de tesis el tiempo es relativo.

Dicen que Einstein basó su teoría de la relatividad en cálculos matemáticos, yo creo que lo hizo observando a los directores de tesis. La mencionada teoría predice que el tiempo va más lento o más rápido según qué sistema de referencia se tome, lo que en el tema que nos ocupa se traduce así:

“El tiempo que se emplea en hacer una tarea ordenada por un director de tesis es mucho menor para el director que para el doctorando”

Recuerdo la confección de unas tablas de riesgo cardiovascular que me ordenó hacer el director UNO y que me dijo no me llevarían más de tres cuartos de hora. ¡Tres mañanas (de 9 a 13 h) tardé en terminarlas! Sé que soy algo lenta para según qué tareas pero ahora mismo pongo la mano en el fuego a que no hay nadie que hubiera podido hacerlas en 45 minutos como él predijo.


Otra cualidad que caracteriza a un director de tesis es la extraordinaria capacidad para captar el mínimo error. Desarrollan un sexto sentido que les permite ver ipso facto cualquier fallo, especialmente si el fallo lo comete su doctorando.
  
En cierta ocasión le presenté al director UNO una tabla de las mías –con muchas filas, columnas y datos, pero sin apenas asteriscos y con unas ‘p’ paupérrimas–. En aquella tabla, entre valores medios, desviaciones estándar e intervalos de confianza había más de cuatrocientas cantidades (juro que no exagero) con sus correspondientes decimales. Antes de continuar aclararé que en español los decimales se ponen con una coma, mientras que en inglés se utiliza el punto; cuando se hacen los cálculos la coma es lo que se utiliza pero al trasladar los resultados y si se van a publicar en una revista en inglés, hay que cambiarlo.

En aquella ocasión yo había cambiado todas las comas por puntos (o eso creía), aun así repasé la susodicha tabla varias veces, cuando creí que todo estaba bien colocado (la ‘p’ en negrita y cursiva, los asteriscos dos puntos más grandes, etc.) se la presento a UNO convencida de que estaba perfecta. No tardó ni una décima de segundo en detectar dos comas que no se habían reemplazado por los respectivos puntos y un espacio de separación de más en una de las desviaciones estándar. 

¿Cómo lo hacen? ¿Tienen superpoderes o los errores emiten una luz especial en una frecuencia que solo el ojo de un director de tesis es capaz de percibir?

Cuando se comportan así me viene una imagen de la película El Señor de los Anillos: el Ojo de Sauron que vigila atentamente y en cuanto el Anillo hace acto de presencia (léase un error) enfoca su mirada escrutadora hacia él, esté donde esté (léase una tabla con cientos de datos).

Mis directores de tesis son unos profesionales muy competentes, tengo mucha suerte de contar con su dirección, sin embargo, a veces, también son fuente de bastantes quebraderos de cabeza. Pero reconozco que sin ellos no habría sabido ni cómo empezar esta tesis ni, por supuesto, terminarla con éxito.

   Lo que ya no tengo tan claro es cómo voy a acabar yo.


Kirke

 (*) Esta publicación está dedicada a Paco:

Paco, he escrito esta publicación con todo el cariño que te profeso, pero sabes que a mí me gusta protestar mucho y en este diario eso tenía que plasmarse. Gracias por tu infinita paciencia y por ser tan bueno en todos los sentidos. Eres el número UNO.

10 de febrero de 2017

Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia



Quiero contribuir con el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, homenajeando con este relato a todas aquellas pioneras de la Ciencia que no se plegaron al papel que la sociedad les tenía asignado por ser mujeres. Quiero rendir tributo a todas aquellas valientes que se enfrentaron a los inconvenientes que les impedían acceder a la educación, al ejercicio de unas profesiones consideradas masculinas. Gracias a su coraje y determinación hoy han cambiado muchas cosas, y aunque aún hay mucho camino por recorrer, ellas nos allanaron la senda y nos abrieron la puerta a nuevos horizontes que antaño estuvieron vedados a las mujeres. Va por ellas.


"Porque, a pesar de todo, querida, lo mejor es la libertad"
Katherine Mansfield

    Nunca le gustó el color rosa, nunca le gustaron las muñecas. Cuando sus amigas se entretenían jugando a las casitas, cambiando de vestido a los muñecos y recortando flores de papel, Cecilia se ensimismaba mirando al cielo y preguntándose de qué estarían hechas las estrellas.

    Mientras sus compañeras del colegio saltaban a la comba Ada se entretenía contando las baldosas del patio para dividir el recinto en cuadrantes donde poder distribuir a sus compañeros por grupos de edad y altura.

   Si algún compañero se hacía una herida los demás corrían en busca de un profesor para que lo socorriera, pero Dorothy se quedada mirando cómo fluía la sangre y preguntándose qué producía ese color rojo y por qué se formaba una costra al final. Aquella niña era rara.

   La madre de Anna no entendía por qué prefería quedarse en el jardín dibujando las hojas de las plantas a ir de compras con ella. El primer juguete que Rosalind pudo elegir consistió en un juego de química y los desaguisados que organizó en la cocina de su casa fueron motivo de más de una regañina por parte de su madre, que prefería que se dedicara a la repostería a que mezclara líquidos que luego olían mal y se limpiaban peor.

   Lise se crio en una familia de abogados con bufete propio. Su destino estaba marcado desde que nació, al igual que sus dos hermanos varones. Se decidió que ella colaboraría a la economía familiar ayudando a sus hermanos en tareas administrativas en el despacho.

   Pero algo se empezó a torcer en ese plan tan bien trazado cuando Aletta decidió estudiar Ciencias. Sus padres no comprendían qué habían hecho mal para que se descarriara de aquella manera. Incluso se barajó la posibilidad de que hubiera habido alguna confusión en la selecta clínica privada donde nació y les hubieran entregado un bebé equivocado. Pero Barbara les tranquilizaba diciendo que los rasgos físicos que tan parecida la hacían a su madre y el genio tan vivo que tan parecida la hacía a su padre no dejaban lugar a la duda de que ella era hija de los dos.

   Después de muchos esfuerzos, y ante la incomprensión de sus amigas que ya estaban casadas y con varios hijos a su cargo, Zoe consiguió terminar sus estudios universitarios. La curiosidad innata de Dorothea la predispuso para la investigación y realizó un doctorado. Después de una rigurosa selección consiguió un puesto en una prestigiosa universidad.

   Tras muchas peleas y algún que otro desplante por parte de sus colegas masculinos Marie ha conseguido que sea reconocida su labor.

   Ahora, cuando mira su laboratorio donde abundan las mujeres echa la vista atrás y da por buenos todos los esfuerzos realizados. Gracias a ella(s) hoy otras mujeres podemos ver nuestro sueño hecho realidad.


Gracias Cecilia Ada Dorothy Anna Rosalind Lise Aletta Barbara Zoe Dorothea Marie...




Cecilia Payne-Gaposchkin,  astrónoma (1900-1979)
Ada Lovelace, matemática (1815-1852)
Dorothy Crowfoot Hodgkin, química (1910-1994)
Rosalind Franklin, biofísica y cristalógrafa (1920-1958)
Anna Atkins, botánica (1799-1871)
Lise Meitner, física (1878-1968)
Aletta Henriette Jacobs, médica (1854-1929)
Barbara McClintock, genetista (1902-1992)
Zoe Rosinach Pedrol, farmacéutica (1894-1973)
Dorothea Christiane Erxleben, médica (1715-1762)
Marie Curie, física (1867-1934)


4 de febrero de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (IV)

Yo me pregunto si esto es normal


Cuando crees que tienes todas las respuestas, viene el Universo y te cambia las preguntas.
Albert Espinosa(*)

Desde hace tiempo tengo la desagradable sensación de que no soy normal. Me comporto de manera diferente a la mayoría de mis semejantes.

Cuando, por ejemplo, en una charla insustancial en el ascensor con un vecino se habla de la climatología yo estoy pensando en la probabilidad de que vaya a llover según el grado de humedad o la densidad de las nubes; cuando el jardinero de mi casa me comenta que el día anterior encontraron restos de sangre de una posible reyerta en la calle yo pienso cuál será la elongación de las  gotas para averiguar la direccionalidad y cuántos grupos sanguíneos se encontrarían en el caso de que se analizaran para plantear una segunda hipótesis a la reyerta, como la de que alguien se haya pegado un trompazo y se rompiera la nariz; o cuando en la fila para pagar en la caja del súper las dos señoras de delante comentan quién abandonará en la próxima eliminatoria Gran Hermano, yo pienso en la relación del estado mental de una persona con el hecho de estar encerrado con varios oligofrénicos en una casa donde hay cámaras por todos lados emitiendo las 24h.

Esto me ocurre desde hace mucho, pero de un tiempo a esta parte me parece que se ha recrudecido y creo saber la razón: estoy escribiendo una tesis.

 El análisis de los resultados de una tesis requiere una gran dosis de paciencia y mucha moral porque hay que darle vueltas y vueltas hasta que uno encuentra sentido a lo que ha obtenido. El dar explicación a los resultados conseguidos obliga a abrir la mente y ser capaz de ver una misma cuestión desde varias perspectivas para que todo consiga encajar. Si estos resultados van acompañados de unas “p” con muchos asteriscos no es necesaria tanta justificación, pero si no es así -que es lo que me suele pasar a mí- la tarea para discutir esos datos es ardua y la empanada mental es de campeonato. Por supuesto, se explique como se explique, siempre debe ser con el beneplácito de una o más citas bibliográficas.

A menudo me planteo pensar como los demás: cuando me hablen del tiempo simplemente contestar si hace frío o calor, cuando me digan que han encontrado restos de sangre en la acera simplemente decir que las calles ya no son seguras y cuando me hablen de Gran Hermano, simplemente… callarme porque no tengo ni idea de quién participa. Me planteo, al fin y al cabo, reinsertarme en la sociedad y comportarme como el común de los mortales.

Por desgracia en mi casa todos somos de ciencias y eso no facilita mucho la reinserción social.

Mi marido cursó la misma carrera que yo aunque, afortunadamente, al terminar decidió ampliar su formación con otro tipo de estudios, de manera que hoy en día es un valorado analista informático; gracias a Dios. Doy gracias por que no se hiciera científico como yo y así hoy podemos vivir bajo un techo y tener un plato de comida caliente todos los días. Su profesión, al contrario que la mía, nos permite vivir con holgura –sin lujos pero sin necesidades-. Si tuviéramos que subsistir con lo que yo aporto como científica estaríamos siendo atendidos por los servicios de beneficencia.

Mi hija, no sé si por genética, por predestinación o por mimetismo ambiental, también es de ciencias, de hecho está estudiando la misma carrera que realizaron sus progenitores.

Ser los tres de la misma cuerda produce situaciones que a cualquier persona “normal” le resultarían extrañas. Por ejemplo, nuestras conversaciones en la mesa pueden tratar sobre el último descubrimiento científico español –desde que empezó la crisis y con los recortes en investigación, este tema cada vez es menos habitual-, o sobre alguna nueva terapia.

Hace poco más de un año -mi hija aún iba al colegio- salió el tema de los ácidos grasos omega 3 (mi tesis versa sobre ellos), y mi marido y yo comenzamos a comentar que si las insaturaciones eran varias o no, que si la posición del doble enlace respecto al grupo metilo, que si el grupo acilo y el hidroxilo, etc. (perdón por el vocabulario pero es que no hay traducción posible). Mi hija estuvo atenta a todo lo que decíamos e incluso intervino con alguna observación, con tan buena suerte -o mala, según se mire- que al día siguiente en clase dieron en química orgánica los ácidos grasos. Cuando la criatura empezó a hablar de insaturaciones y demás, la profesora se quedó sorprendida -y sus compañeros empezaron a mirarla de reojo y con el ceño fruncido-. Total, que la profe le pregunta dónde ha aprendido eso y mi hija, ni corta ni perezosa, le contesta:

Ayer se lo oí a mis padres mientras cenábamos.

Me imagino la cara de sorpresa de la profesora y el choteo de sus compañeros. De hecho, uno de ellos llegó a decir:

Jo, tía, ir a cenar a tu casa debe de ser flipante.

A lo que mi hija, y ya para rematar la jugada, dijo:

No, cuando vienen visitas hablamos normal.

El estar inmersa en esto de escribir la tesis me impide desconectar. Cuando dejo el ordenador puede que deje de escribir y hacer gráficas pero no dejo de pensar en los datos y en los temas relacionados; voy andando por la calle dándole vueltas a un resultado incongruente o poco esclarecedor.

Una de las partes de mi tesis se basa en la defensa de la carne roja y la carne procesada, esa a la que la OMS tuvo a bien estigmatizar hace más de un año con un comunicado de lo más alarmante y polémico -ya me desahogué al respecto en su día en el blog con “La OMS y sus informes” que podéis ver pinchando aquí y para los que estéis interesados en una aclaración más seria y formal podéis acudir a otra publicación en la que intervine, pero fuera del blog, “To eat or not to eat meat. That is the question”-. El caso es que cuando me tocó redactar esa parte andaba yo completamente centrada en el tema y con el runrún en la cabeza. Tan obsesionada estaba que un día haciendo la compra en un famoso hipermercado, y mientras estaba cogiendo el fiambre, me vino a la mente una pregunta que le transmití a mi marido:

Oye, ¿tú crees que se podría evitar el uso de nitritos en la carne procesada si se administrara una antitoxina contra el botulismo? Y en el caso de ese posible antídoto administrado previamente ¿se podría considerarlo como una vacuna?, porque no se interviene sobre la bacteria, ya que no se trata de una enfermedad infecciosa, se intervendría sobre la toxina que produce la intoxicación alimentaria. Pero, claro, la toxina es una proteína por lo que se podrían generar anticuerpos…

Mi marido, que después de tantos años casados no se sorprende de nada de lo que digo ni de dónde lo digo,  me contestó tranquilamente a pesar de que el tema de conversación no era el más adecuado para cuando estás haciendo la compra. Lo malo es que al lado había una señora decidiendo qué embutido llevarse y aunque supongo que apenas entendió nada de lo que dije, sí oyó las palabras “botulismo”, “toxina” e “intoxicación alimentaria”; no debió de sentirse muy tranquila porque dejó el salchichón que tenía entre las manos y se fue a la sección de verduras. 


No puedo evitar hacerme preguntas constantemente, y una vez que consigo las respuestas, vuelvo a preguntarme más cosas y cuando esas nuevas preguntas son contestadas ideo otras más. Aunque Einstein dijo “lo importante es no dejar de hacerse preguntas(**), así no se puede vivir.

Yo achaco todo esto que me pasa al agobio de escribir esta puñetera tesis y a mi mente analítica. O puede que tan solo sea que me gusta mucho marear la perdiz y buscarle tres pies al gato.

Debería dejar de comerme el coco y de hacer preguntas, saber desconectar, airear la mente y convertirme en una persona normal. De momento no lo consigo, pero estoy en ello.




 (*) Albert Espinosa no es santo de mi devoción, pero reconozco que esta frase es muy acertada.
(**) Frase atribuida a Albert Einstein pero que no he conseguido ubicar en ningún documento de él.

2 de febrero de 2017

La caja china

    Cuando Felipe II es coronado rey de Portugal ve anexionadas a sus ya vastas posesiones las tierras portuguesas, entre estas se encuentran los enclaves del Pacífico. Además, las Islas Filipinas están conquistadas pero están resultando poco rentables pues las valiosas mercancías que se exportan a España, a través de México, proceden de China. Dado que las Filipinas se encuentran a tan solo unos pocos días de navegación de la costa china, el monarca español empieza a acariciar la idea de invadir el Imperio Celestial.

    Para saber si su sueño es una quimera o tiene visos de hacerse posible recluta al joven Rodrigo Silva, un cartógrafo excelente que se ha formado en Sevilla en el arte de navegar y trazar cartas náuticas pero que solo piensa en restablecer el buen nombre de su padre, un capitán de barco que fue ejecutado por traidor y cobarde cuando en realidad fue víctima de la avaricia de un aristócrata sin escrúpulos.

    A Rodrigo lo envían a Manila para que intente visitar China y conocer qué posibilidades de invasión tiene. También le encomiendan una tarea muy especial: averiguar más de un gran marino chino del pasado y ahora caído en desgracia, Zheng-He. Este marino cruzó la mar océana realizando mapas de gran valor estratégico y marítimo; los cartógrafos españoles creen que en esos mapas se encuentra la forma de medir la longitud –un dato esencial, junto a la latitud, para saber posicionarse en el mar–.  Pero Rodrigo tiene otra misión más personal y privada: conectar con un grumete que puede dar testimonio de la trampa en que cayó su padre y por la que fue ajusticiado.

    Con estas premisas se inicia esta novela. Rodrigo viajará primero a Veracruz, luego por tierra llegará hasta Acapulco. Allí se embarcará en el llamado Galeón de Manila o de China para llegar a las Islas Filipinas. Posteriormente su mala y buena fortuna –le pasa de todo, bueno y malo– le hará recalar en China. Allí también vivirá diferentes experiencias –buenas y malas– y conocerá las costumbres de tan vasto y enigmático imperio pues podrá acceder a la inaccesible Ciudad Prohibida.

   Mientras seguimos a Rodrigo en su itinerario el autor nos va contando detalles de los lugares visitados. Con una minuciosidad a la que ya estamos acostumbrados sus lectores, Maeso explica profusamente muchas cosas. Especialmente se detiene en los usos y costumbres de la sociedad china. Ya pude comprobar la gran labor de documentación que hace en otra novela suya, “La dama de la Ciudad Prohibida”, ambientada en su totalidad en la China imperial del siglo XVIII.

    Al igual que en aquella lectura, en esta algunos pasajes me han parecido muy pesados por esa profusión de detalles. Además, en esta ocasión he “pillado” un par de gazapos, lo que me hace dudar del rigor a la hora de realizar dicha tarea de documentación.

    En un momento dado se denomina a Legazpi y a Urdaneta como los “descubridores” de las Islas Filipinas, cuando lo que realmente hicieron fue conquistar las islas en el caso del primero, y encontrar una ruta marítima para regresar a Acapulco en el caso del segundo (el llamado "tornaviaje"). Las Islas Filipinas se descubrieron en el viaje de circunvalación del mundo por Magallanes y Elcano (perdonad el discurso pero  he leído bastante sobre el tema y además estuve hace poco en una exposición sobre el Galeón de Manila en el Museo Naval).

    Cuando el autor describe las calles del Pekín del siglo XVI habla de la Plaza de Tiananmen. Me extrañó ese nombre en esos años, indagué y resulta que esa plaza se construyó en el inicio del periodo comunista, evidentemente mucho después de la época en que el protagonista pasea por la capital china.

    No me he detenido a comprobar más datos de los que por la novela aparecen, pero estos dos errores me hicieron sospechar que no podía creerme a pie juntillas todo lo que se contaba. Sé que en una novela el autor tiene el poder de inventar lo que quiera, pero cuando se alude a hechos históricos y/o geográficos lo que cuenta debe ser verdad.

    Lo que sí fue cierto es que Felipe II pensó  invadir China y que si no inició tan ambiciosa –y descabellada– aventura fue porque la guerra en Flandes le requería todos los recursos bélicos disponibles.

   Otra de las cosas que me llamaron la atención –y que era cierta– es que por aquella época no se sabía calcular la longitud. La latitud se sabía mirando la posición del sol o de las estrellas, pero el cálculo de la longitud era desconocido. Sí se sabía cuál era la circunferencia de la Tierra, sin embargo no se sabía el punto exacto entre dos meridianos. Para saber dónde se está posicionado estos dos datos –longitud y latitud– son imprescindibles; en tierra siempre hay referentes geográficos que ayudan a orientarse, pero en la inmensidad del océano no. El darme cuenta que a finales del siglo XVI los navegantes se iban a la aventura sin saber realmente dónde se encontraban me ha dejado estupefacta y ha aumentado mi admiración por el arrojo y valentía –o insensatez– que demostraron tener para ir descubriendo esos mundos de Dios.

   Volviendo otra vez a la novela, se podría calificarla de aventuras e histórica (aunque con algunos fallos importantes, hasta donde yo he llegado a detectar). Sin llegar a ser aburrida, salvo los pasajes con exceso de detalles, tampoco me ha entusiasmado. Es un libro donde pasan muchas cosas –algunas completamente accesorias–, donde determinados sucesos se resuelven de manera bastante peregrina y donde uno tiene la desagradable sensación de que las páginas se suceden una tras otra para llegar a la conclusión de que en realidad no ha pasado casi nada.

   Reconozco que no estoy en un buen momento lector. Mis personales agobios me impiden concentrarme en la lectura y prestar atención, así que puede que esté siendo demasiado exigente pero me parece que esa sensación de mucha página y poca historia delata un argumento muy pobre y poco trabajado. A cambio se adorna todo con muchos detalles documentales que a mí me entorpecieron la lectura y que, además, me dejaron la duda de que todos fueran ciertos.

   En fin, un libro bien escrito, con buena narrativa pero con un argumento demasiado endeble donde no hay una trama trabajada. Una aventura algo desventurada.





Hada verde:Cursores
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